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Lesley Hazleton: La duda esencial para la fe

Hazleton apela a una nueva apreciación de la duda y del cuestionamiento como fundamentos de la fe, y del final de los fundamentalismos de todo tipo.

05/01/2014 - Autor: Lesley Hazleton - Fuente: ted.com
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Lesley Hazleton: La duda esencial para la fe | Duración: 00:13:45 | Idioma: Inglés | Subtítulos: Español

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Lesley Hazleton
Lesley Hazleton

Cuando Lesley Hazleton estaba escribiendo una biografía de Mahoma, se sorprendió por algo: la noche en que recibió la revelación del Corán, según los primeros relatos, su primera reacción fue de duda, de temor, incluso de miedo. Y sin embargo, esta experiencia se convirtió en el fundamento de su creencia. Hazleton apela a una nueva apreciación de la duda y del cuestionamiento como fundamentos de la fe, y del final de los fundamentalismos de todo tipo.

 

TRANSCRIPCIÓN DE LA CONFERENCIA:

Escribir biografías es una cosa extraña. Es un viaje al territorio extranjero de la vida de alguien, un viaje, una exploración que puede llevarte a lugares a los cuales nunca soñaste ir y que aún no puedes creer del todo que has estado, especialmente si, como yo, eres un judío agnóstico y la vida que has estado explorando es la de Mahoma. Hace 5 años, por ejemplo, me sorprendí despertando cada mañana en la Seattle brumosa a la que sabía que era una pregunta imposible: ¿Qué sucedió realmente una noche desierta, al otro lado del mundo y casi a la mitad de la historia? ¿Qué sucedió, es decir, en la noche del año 610 cuando Mahoma recibió la primera revelación del Corán en una montaña a las afueras de la Meca? Este es el momento clave de la mística del Islam, y como tal, por supuesto, desafía un análisis empírico. Sin embargo, la cuestión no me abandonaba. Estaba plenamente consciente de que para alguien tan secular como yo, el solo preguntárselo podría parecer puro descaro. (Risas) Y me declaro culpable de cargos, porque toda exploración, física o intelectual, es inevitablemente en algún sentido un acto de transgresión, de cruzar límites. Aún así, algunos límites son más grandes que otros. Así, que un ser humano se encuentre con lo divino, como los musulmanes creen que hizo Mahoma, para el racionalista, se trata no de un hecho sino de una ficción ilusoria, y como a todos nosotros, me gusta pensarme racional. Que podría ser la razón por la cual cuando miraba los primeros relatos que tenemos de esa noche, lo que me impresionó más que lo que sucedió fue lo que no sucedió. Mahoma no regresó flotando de la montaña como si estuviera caminando en el aire. No bajó gritando "¡Aleluya!" ni "¡Bendito sea el Señor!". No irradiaba luz ni alegría. No hubo ningún coro de ángeles, ni música de las esferas, ni euforia, ni éxtasis, ni una aura de oro rodeándole, ni un sentido de su papel absoluto, predestinado como el Mensajero de Dios. Es decir, no hizo ninguna de las cosas que harían fácil decir que es falso, que haría de la historia una fábula piadosa. Todo lo contrario. En sus propias palabras divulgadas, estaba convencido al principio de que lo sucedido no podía haber sido real. A lo mejor, pensó, tuvo que haber sido una alucinación; una ilusión óptica o del oído, tal vez, o su propia mente actuando contra él. En el peor de los casos, una posesión, que había sido poseído por un genio malvado, que un espíritu quería engañarlo, incluso quitarle la vida. De hecho, estaba tan seguro de que solo podía ser Majnun, poseído por un genio, que cuando se dio cuenta de que aún vivía, su primer impulso fue terminar el trabajo él mismo, saltando desde el acantilado más alto y así escapar del terror de lo que había experimentado poniendo fin a toda la experiencia. Así el hombre que bajó de la montaña esa noche temblaba no con alegría sino con un temor sombrío y primordial. Estaba abrumado no con convicción, sino por la duda. Y esa desorientación de pánico, que desgarraba todo lo familiar, esa conciencia desalentadora de algo que excede la comprensión humana, solo puede llamarse como un asombro terrible. Esto podría ser algo difícil de entender ahora que usamos la palabra "asombroso" para describir una nueva aplicación o un vídeo viral. Con la excepción quizás de un terremoto, estamos protegidos de asombro real. Cerramos las puertas y nos resguardamos, convencidos de que tenemos el control, o, al menos, esperamos tenerlo. Hacemos nuestro mejor esfuerzo para ignorar el hecho de que no siempre lo tenemos y que no todo puede ser explicado. Sin embargo, ya sean racionalistas o místicos, ya sea que crean que las palabras que Mahoma oyó esa noche vinieron de su interior o del exterior, lo que está claro es que las experimentó y que lo hizo con una fuerza que destruiría el sentido de sí mismo y de su mundo y transformaría a este hombre modesto en un defensor radical de la justicia social y económica. El miedo era la única respuesta natural, la única respuesta humana. Demasiado humana para algunos, como los teólogos musulmanes conservadores que sostienen que el relato de su deseo de matarse ni siquiera debe ser mencionado a pesar de que está en las primeras biografías islámicas. Insisten en que nunca dudó ni por un momento, mucho menos se desesperó. Exigen perfección, se niegan a tolerar la imperfección humana. Sin embargo, ¿qué tiene de imperfecto la duda? Mientras leía esos primeros relatos, me di cuenta de que era precisamente la duda de Mahoma lo que le dio vida para mí, lo que me permitió empezar a verlo en su totalidad, a otorgarle la integridad de la realidad. Y cuanto más lo pensaba, más sentido tenía que haya dudado, porque la duda es esencial a la fe. Si esta parece una idea sorprendente al principio, consideren que la duda, como una vez dijo Graham Greene, es el corazón del asunto. Abolid todas las dudas, y lo que queda no es fe, sino convicción absoluta sin corazón. Estarán seguros de que poseen la Verdad, inevitablemente ofrecida con una V mayúscula implícita, y esta certeza se transforma rápidamente en dogmatismo y santurronería, y me refiero a un orgullo arrogante y efusivo de ser tan correctos, en resumen, la arrogancia del fundamentalismo. Tiene que ser una de las múltiples ironías de la historia que un insulto favorito de los fundamentalistas islámicos es el mismo que una vez usaron los fundamentalistas cristianos conocidos como cruzados: "infiel", del latín "sin fe". Doblemente irónico, en este caso, porque su absolutismo es en realidad lo contrario de la fe. En efecto, ellos son los infieles. Como los fundamentalistas de todas las tendencias religiosas, no tienen preguntas, solo respuestas. Encontraron el antídoto perfecto para el pensamiento y el refugio ideal a las duras demandas de la fe real. No tienen que esforzarse por ella como Jacob luchando toda la noche con el ángel, o como Jesús en sus 40 días y noches en el desierto, o como Mahoma, no solo esa noche en la montaña, sino a lo largo de sus años como Profeta, con el Corán constantemente instándole a no desesperar, y condenando a aquellos que más fuertemente proclamaban que saben todo lo que hay que saber y que ellos y solo ellos tienen razón. Y sin embargo, nosotros, la mayoría vasta y todavía demasiado silenciosa, hemos cedido el terreno público a esta minoría extremista. Hemos permitido que el judaísmo sea reclamado por los violentos colonos mesiánicos de Cisjordania, el cristianismo por hipócritas homofóbicos y fanáticos misóginos, el Islam por atacantes suicidas. Y nos hemos permitido no ver los hechos no importa si dicen ser cristianos, judíos o musulmanes, ningún militante extremista es nada de lo anterior. Son un culto en sí mismos, hermanos de sangre empapados en sangre de otras personas. Esto no es fe. Es fanatismo, y tenemos que dejar de confundir ambas cosas. Tenemos que admitir que la fe verdadera no tiene respuestas fáciles. Es difícil y dura. Se trata de una lucha permanente, un cuestionamiento continuo sobre lo que creemos que sabemos, una lucha con temas e ideas. Va de la mano con la duda, en una conversación interminable con ella, y a veces en un desafío consciente de ella. Este desafío consciente es el porqué, como agnóstica, todavía puedo tener fe. Tengo fe, por ejemplo, de que la paz en el Medio Oriente es posible a pesar de la avalancha interminable de pruebas que dicen lo contrario. No estoy convencida de ello. Apenas puedo decir que lo creo. Solo puedo tener fe en ello, comprometiéndome con la idea, y hago esto precisamente por la tentación de darme por vencida y resignarme y retirarme en silencio. Porque la desesperación se retroalimenta. Si decimos que algo es imposible, actuamos de tal manera que así lo hacemos. Y en mi caso me niego a vivir de esa manera. De hecho, la mayoría de nosotros nos negamos, aunque seamos ateos o teístas o estemos en cualquier lugar en el medio o más allá, de hecho, lo que nos impulsa es que, a pesar de nuestras dudas e incluso debido a nuestras dudas, rechazamos el nihilismo de la desesperación. Insistimos en la fe en el futuro y la de unos a otros. Llámenlo ingenuidad si quieren. Llámenlo idealismo imposible si quieren. Pero una cosa es segura: llámenlo humano. ¿Podría Mahoma haber cambiado tan radicalmente su mundo sin esta fe, sin la negativa a ceder a la arrogancia de la certeza de mente cerrada? Creo que no. Después de haber estado con él como escritora durante los últimos 5 años, no puedo imaginar que no esté absolutamente indignado con los militantes fundamentalistas que pretenden hablar y actuar en su nombre en Medio Oriente y en otros lugares hoy en día. Estaría consternado por la represión de la mitad de la población debido a su género. Estaría desgarrado por las amargas divisiones del sectarismo. Llamaría al terrorismo por lo que es, no solo una farsa criminal, sino obscena de todo lo que creyó y por lo que luchó. Diría lo que el Corán dice: todo aquel que toma una vida toma la vida de toda la humanidad. Todo aquel que salva una vida, salva la vida de toda la humanidad. Y estaría comprometido totalmente al proceso espinoso y difícil de lograr la paz. Gracias. Gracias.




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