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Las palabras y las cosas

06/08/2002 - Autor: Abdennur Prado - Fuente: Webislam
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Abdennur Prado
Abdennur Prado

Abdelkarim hablaba: ... y llegar a desear fervientemente que las cosas sean tal y como aparecen, que esta mesa sea justamente esta mesa, que nuestro deseo no sea una proyección hacia el futuro, sino que corresponda exactamente a lo que nos rodea...

El Mehdi intervino: Pero, entonces, ya no se trata de deseo.

Es al acabar esta conversación donde nació el siguiente poema.

Hemos llegado al universo del Decreto,

que siempre estuvo ahí pero ahora se muestra.

Hemos pasado noches en vela repitiendo el Nombre

en un oscuro mármol de Ferrara

y eran caminos de la ceniza que quedaba.

Un ardiente deseo de que la mesa sea mesa,

de que la mano sea mano.

Un ardiente deseo que se materializa

en el mismo momento del deseo.

 

Una vez escuchada la voz se multiplica,

resuenan las manos, dan palmas las palomas

y los lobos aúllan sobre el oscuro mármol que decía.

Las resonancias de lo imaginario pueblan el mediodía,

en el ir y el venir de la energía derrochada

podemos engendrar un instante vacío,

donde la luz del mundo nos retrata,

nos muestra deseosos de un íntimo susurro:

ahí está tú enemigo, el mismísimo diablo,

la escucha de un discurso que te invita a lo dicho,

a dibujar un ego en el ahora.

 

Pero no. Pero sabemos. Ya lo hemos aprendido:

a entretejer el día con la noche,

a dejarse influir por lo inaudito,

por la incandescencia de un mandato

que nos unifica con la mesa,

y no dar realidad a las promesas del diablo.

 

Así la escucha permanece y calla,

se guarda su secreto, se evapora

y la respuesta se dilata en mundo.

Aquí la vista se vacía y muere

la tentación de abrirse a su deseo.

 

Vamos a seguir concentrando la energía,

a no mover ni un dedo ni una gota

de esperma que el oído disfrazase.

Estarse así parado en el minuto

exacto donde el tiempo y la caricia

desvían sus temores al vacío

hasta el minuto exacto de la muerte,

de la pura inacción borrada por la terca

resonancia después de media noche.

 

Aquí te quiero ver: desnudo y congregado

en la respiración del Nombre.

Aquí te quiero ver todo entregado

en el puro descenso del ahora.

A capturar la inmediatez sellada

a partir de una triste despedida,

a capturar el modo del retorno,

de la causalidad hacia la bienvenida

de la mar que trasiega su fuego interpretado.

 

No es el estrecho caminar sabido

en la interpretación que nos refleja.

La escucha es una muerte circular de ciego

para dejar lugar a lo que Él quiera.

 

Desde esta podredumbre desmedida

maldicen las horas a los minutos

y los ciempiés al fuego, y el fuego a su camino.

Desde esta mansedumbre restaurada

se ven los movimientos de las nubes

en la médula ósea, donde todo ya es ojo,

oído, cavidad sin ser, sin orificio.

 

Ya no hay identidad que valga:

todo recorre el tobogán magnético del ocio,

todo destruye el íntimo desdén

de la palabra por la cosa.

La forma se insemina de azar, de regadío,

todo parece circular de nuevo,

sin absorción de la potencia hacia el objeto.

En esa podredumbre, de nuevo separado

el grito del chiquillo

se vuelven a encontrar la cosa y el deseo.

 

En la potencia el creador recoge

las sabanas limpias de cejijunta masa.

Candidez del vegetal zarpazo,

del ascenso de la salvia del árbol a la boca.

 

Lo uno ya es lo otro, superado el estilo,

donde el decir se esfera hasta batalla,

la tensión recompone los huesos en la mano,

cruza un escalofrío por la noche

y suenan los tambores nostálgicos de selva.

Ya vamos creando vida,

ya vamos haciendo ruido.

 

Que el humo de la senda sea humo

perfumado y el sexo no se vea.

Que sea sutil el secreto, sutil la promesa,

la transparencia de un derviche,

de un vínculo que busca desde uno

la bóveda estrellada del otro.

 

Que sea cierto, que sea a la manera

de las antiguas ménades de Grecia,

los instrumentos de aliento,

de la respiración acompasada,

de un suave estar en la mañana derretida.

 

Que el río de vocablos done la turbulencia,

el remolino se apodere de lo anterior a él,

sea el espejo del futuro,

de la hoguera unitiva, del pájaro de nieve.

Que el fluir nos remonte a la plegaria.

 

De nuevo la mujer, de nuevo se recibe

la paz en el seno de la madre.

De nuevo somos sumisión callada,

respiradores de una resistencia

que deja la ceniza.

 

De nuevo somos gente a la deriva,

depósitos de sangre, y de misericordia creadora.

El vínculo no pesa, se orienta al mediodía

del más sublime anhelo,

de un modo de morir que nos recibe.

 

De nuevo somos forma, mineral latencia

de una potencia que nos sobrepasa.

De nuevo somos forma atravesada

por el recuerdo,

receptores acorde con lo que era.

 

Saber es bucear el prana y el apana

en medio de una noche más negra que la noche

hasta dar un perfil a lo que sea.

Y que la esposa siga siendo esposa.

Y los velos también, que se cree de nuevo la distancia.

 

Oh suavidad de la raíz que aflora,

del saboreo del instante.

Oh dulzura del límite extasiado,

la ternura del tiempo que congrega

a las palabras para que digan a las cosas.

Oh aparición del ego que es usado

por el ojo feliz de lo inmediato

que tiene a la distancia por soporte.

Oh donación del nombre,

devoración de la distancia,

devoción desde el ojo a la gaviota

en medio de un millón de velos recibida.


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