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La canción del hermano

Son telarañas rotas al borde del sentido...

05/01/2001 - Autor: Huseyn Vallejo - Fuente: Webislam
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puerta
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Siempre viví esperando una ocasión de nudo inexplicable, una forma de lazo al absoluto tierna y definitiva.

Es muy cierto que estuve un minuto cerca del paraíso, siendo aquí minuto no contable, minuto como signo del instante que se sigue, que no se queda en soplo.

Cuando se abrió la puerta vi la distancia que separa mi cuerpo de la vida, y decidí dejar escapar la ocasión de huir en una nube que, según se dice, sube envuelta en fuego hasta la gloria.

Si la dejé escapar no fue por huir de eso que llamamos lo invisible, sino para subir completo, o tal vez por amor a la miseria, aunque la miseria sea, según un hadith del profeta, una forma de impiedad, pues nunca fui piadoso, y si, en cambio, tendente a lo divino como un mulo.

Si la dejé escapar no fue por cobardía sino por estar atrapado en el círculo extraño de la palabra andando junto al hombre siglos de telaraña, y esa andadura es la que me hizo llegar ante la puerta. Tengo la certeza de que si la abandono se desvanecerá la puerta.

Lo que conduce no puede dejarse de lado, es sello y secreto, camino y destello que guía. Lo que conduce es manto de niebla que te hace sensible y te entrega. (Justo lo contrario es lo que pensaba Wittgenstein del razonamiento lógico, el cual nos sirve y luego se abandona).

Tengo que estar del lado de lo que se gesta, en el umbral del lazo verdadero. Tengo que estar al borde de lo que vendrá, con una mano asiendo lo infinito, con la otra mano atada a la miseria.

Si lo tuviese todo tendría demasiado, siempre me faltaría la carencia que me haga deseoso, y esa es la condición de la escritura, la condición humana convertida en lento desapego.

Una cuchara o un objeto cualquiera pueden habitar pasivamente el paraíso, pero el hombre no, el hombre es propiedad de su miseria, conciencia de los límites que crea, conciencia que se amplia sin tener que salirse de la tierra, pues necesita obrar, tener palabras, captar el sufrimiento y ser voz enlazada, que recorre los mundos y se entrega.

Decir a Allah o decir a lo absoluto equivale, así, a afianzarse en el deseo como insaciable aspiración al otro, tendencia a lo insondable concreto que nos posa en un pozo de luz y de lava.

Los más osados afirman ese foso como garante del sentido, como en un desplegarse de águilas de bruma, como alas altas meciéndose en la bruma, con ojos limpios de niebla y de fatiga meciéndose en la bruma, ojos que ven el corazón que siente, ojos invisibles.

Los más osados afirman la pureza, la perfección del mundo como un arrebato de luz soberana, como una pasión creadora vibrante y serena. Y esa pasión la ven en cada gesto con ese o esos ojos arriba mencionados.

Sin querer discutir con ellos, diré que el asombro es mi guía, y el cuerpo que se hace de piedra no ve en el instante, no ve en cada instante la furia de velos desplomándose, de velos desplegándose en la nada.

Quizás mi problema sea no alcanzar ese ver que sobrepasa y se queda fijado en el uno absoluto, un ver que rebosa ceguera y ternura, tiniebla y certeza a la par que kilómetros limpios de carne, kilómetros puros de nada.

Quizás mi problema sea el ojo fijado en la doble cadena: la sucia cadena de fuego y de orina donde el hombre mata, la noble cadena de entrega donde se redime.

Pues ya lo dije antes: yo sigo estando unido a la miseria humana como condición de la escritura, y no por el hecho de escribir o no, sino por todo aquello que la escritura significa: son la palabra, el modo, el lazo, la fijeza, la libre elección de la cárcel de amor como fuero.

Son la distancia, el corazón abierto, el pulso y la pasión del vuelo, la historia como mito, la suavidad del papel y su blancura, la transparencia de la palabra grito sobre el folio, la contundencia de la palabra piedra, de la palabra miedo.

Son telarañas rotas al borde del sentido, pujanzas de la única fuerza soberana, la del azul distante que se posa en la mirada. Son los preludios y fugas de una palabra que, a falta de otro nombre mas certero hemos dado en llamar palabra convocante.

Por ello he mencionado el “lento desapego”, la aparición de lo lejano como estigma, como horizonte y ruta. Es evidente que la visión de lo posible nos absorbe. Es evidente que el todo nos doma y nos redime, dejándonos curvados sobre el mundo como secretos muñecos de trapo con gran corazón y con gran tentación de belleza.

Nos postramos como pequeños instrumentos del destino, un destino de criatura capaz de hermosear aún el mundo mediante la alabanza de Su mundo, capaz de ser reflejo y propagar un poco de Su gran ternura.

También he mencionado lo invisible concreto: eso que ya entre los hombres asoma en la mirada, como diálogo de secreto a secreto y no de cosa frente a cosa. Ese modo de comunicación solo se alcanza a través de la palabra inspirada, la palabra mas simple y directa surgida al calor de la luz que nos confronta.

Se trata del otro. El paraíso habitable no es solitario, en el todo se existencia como parte del Uno. Un todo y fragmento que pugna por cumplirse ya no frente al otro sino junto a junto.

Ahora sé que no acepté la entrada al paraíso solitario, a eso que Massignon llamaba la pseudo-mística del literato. Y si estuve un minuto cerca de esa gloria ficticia fue para intuir aquello que ha de ser el goce verdadero, a la satisfacción de ser para Allah en el hermano.

La verdad del Islam se impone como abrazo. Por todo ello escribí la canción de hermano:

El hermano canta aún en la muerte
Las tribus, las especies
El pan, la gasolina
La sucia resina se adhiere a su canto
De hombre que muere

Las olas, los montes, la arena
Remueven materia y el viento la mece
Como a una gaviota en su vuelo
Como a un leopardo sagrado
Mirando el secreto del cielo

Así el lenguaje originario
El habla no nacida del comercio
Se mueve en el alma
Donando sendero de asombro azulado

Un caminar pensante, una eufonía
De sombra a sintaxis plegada
Audacia del fin que aparece
Entre el silencio prematuro
Y el ansia que acuna el lenguaje

Lugar de reunión es el poema
Lugar de encuentro preclaro y sereno
De abismo y de lanza partida
Lugar de incisión en el habla
Lugar de imposible proeza

Canta el hermano verdaderamente
Su voz disociada, su esfera de viento
Fuerza el decir, la gloria del suspiro
Del aspirar del hombre a ser hermano.

El aspirar del hombre a ser hermano... solo puede darse a fuerza de ser conscientes de que estamos compartiendo el mismo mundo dado, el mismo sol creado. El Dios compasivo nos hace estallar como sombra enamorada, nos aniquila a cada instante y nos crea de nuevo.

Nacidos para el asombro, vagamos envueltos por luz y un poniente de ceniza que debe dar el ritmo y la medida. Vagamos despiertos sin siquiera un lugar donde caer, un camino en que perderse, tan sólo laberintos concéntricos en fuga, cuyo centro se vislumbra mediante la sumisión a la palabra que Allah nos otorga.

Y ese cuerpo que se observa como piedra se convierte en materia más sensible que la piel al tacto de la nada. Sólo la nada acaricia las nalgas de la piedra, sólo la nada atraviesa su ciega dureza y encuentra un corazón en la piedra, una voz en el árbol y un abrazo de viento o aliento de vida.

Puedo entonces captar el movimiento de las mareas y el despertar de la materia al tacto de la luna, puedo gozar de los colores como fuente de sabiduría, y en las olas y gestos de la materia abrasadora descubrir lazos con la mujer que no sabía.

Entonces me convierto en recipiente, receptáculo de la semilla o palabra revelada. Leo en el Texto mi destino. Entonces soy mujer creadora de vida, soy la alumbradora, la portadora de una nueva vida que nace en mí y soy yo quién ha nacido.

Entonces soy de tierra, de mar y de fuego, soy materia uniéndose al todo incesantemente. Y mi ser de tierra busca tierra, busca el modo de ser concreto atado al todo, busca la nueva tierra donde debe crecer y establecerse como hombre nuevo.

Nacido de si mismo y del abismo, nacido en la tiniebla como amigo del Dios compasivo se vuelca en la vida, se vuelca en sus obras y, magia en la magia, se vuelve creador de un mundo propio, del mundo que le es propio según el designio divino.

He dicho haber estado cerca del paraíso, pero eso no fue así, pues en verdad no hay voluntad vivida que pueda conciliarse con el don perfecto de la vida, y si no hay fragmento capaz de hacerse con el todo, no fui yo, no estuve allí.

Para acabar diré que Husseyn Vallejo ha sido conducido como creyente oculto a esta tierra que llamamos al-Ándalus, donde unos pocos hombres se enlazan a la palabra convocante con una ingenuidad que crece.


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