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Me dices, ¡Oh, hijo de Ali!

Elegía a los nietos del Profeta

13/10/2016 - Autor: Suleiman Hussein
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Me dices, ¡Oh, hijo de Ali!, que alguien te traicionó
y sin embargo otros no le echan cuenta.
Y yo, que soy un simple poeta, con estupor veo
aquello que otros desprecian.

Falsos reyes y ministros corrompen a quien
te amaba y ahora te envenena,
y sin embargo incapaz fuiste de maldecir
a los demonios, que por la noche erran.

Amado por el amado que en la noche te sumes
esperando que tu cuerpo yazca junto al del Mensajero.
No habrá paz jamás para los que a tu memoria falten,
amado entre amados fuiste y tu nobleza persiste.

Me dices, ¡Oh, hijo de Ali!, que no te respetaron
y bajo el sol sin sangre, la lucha perdiste.
Y yo, que soy un simple poeta, con estupor veo
cuando otros te maltratan.

Día oscuro y sin sentido, de sol sin oro y luna sin plata,
para gozo de demonios es tu cabeza profanada.
Sangre vertida impunemente, la maldición de Allah sea
para aquellos que de Muhammad la sangre ya no respetan.

Amado por el amado que en la noche te sumes
esperando que tu memoria yazca junto a la del Mensajero.
No habrá jamás paz  para los que a tu cuerpo falten,
amado entre amados fuiste y tu belleza persiste.

Aquella noche sobrecogido en Kerbala contemplaba
como El Cairo brillaba por tu presencia áurea.
Yo no entendía tu sangre, ni tampoco el cadáver de tu hermano,
ni la falsa clemencia de los que sigilosamente murmuraban.

Fui a la rawda, donde tu abuelo yacía,
y pregunté por las infamias.
Tal era el silencio que apremiaba,
que ni Jibril, ante tanto dolor, supo contestarme.

Y solo en Arafat pude comprender
que la sangre de los nobles era necesaria
para que amara con ceguera
al mensajero y su casa.

¡Juicio! No te retrases y no dejes
que esa sangre seque,
y que los demonios no olviden
sus crímenes viles.

Y hastiado, me lancé al desierto
recorriendo leguas, millas y sueños,
y los amados como estrellas me miraban
del modo que nunca lo habían hecho.

Día y noche caminaba
hasta que el oasis del padre encontré,
y allí vi a vuestro abuelo
y liberándome de mis dudas, le dije:

¡Oh, luz! Que no son mis nietos
y sin embargo me enfurezco
ante el veneno y la espada
porque nada pude hacer.

Y sin mediar palabra se apresuró
a darme agua tan pura
que poco pude decir
y tal sueño me hizo olvidar.

Y desperté en mitad de la noche
arrebatado, por tal belleza y bondad,
con agua tan dulce
que disipó todas mis penas.

Y a la mañana siguiente ya no estaba él,
ni ellos, ni yo, ni nadie en ese desierto,
porque el desierto era yo,
y ni tan siquiera había sido un sueño.

Y mi cabeza disuelta
en puro vacío
ya ni en Hassan ni en Hussein
se atrevía a pensar.

Porque un amanecer os contempla, ¡Oh, hijos de Ali!,
y la caída de un Imperio forjado en la mentira
y el renacer de vuestros nobles vástagos
con el sol elevandose desde el poniente a levante.



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