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Fracaso de Obama en Oriente Medio

El intento palestino de ingresar en la ONU revela la incapacidad de la Casa Blanca para llevar a Israel a su terreno

30/09/2011 - Autor: Eugenio Fuentes - Fuente: www.lne.es
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«Estados Unidos», dijo Obama en El Cairo, «no aceptará la legitimidad del mantenimiento de los asentamientos israelíes».
«Estados Unidos», dijo Obama en El Cairo, «no aceptará la legitimidad del mantenimiento de los asentamientos israelíes».

La Administración Obama reza hasta cinco veces al día para no tener que vetar la solicitud palestina de ingreso en la ONU. Mañana, tarde y noche, Washington mueve sus hilos para impedir que el expediente palestino obtenga en el Consejo de Seguridad los nueve apoyos que obligarían a EE UU a lanzar el mazazo. La Casa Blanca está, pues, atrapada entre su íntima alianza con Israel y su voluntad de no enajenarse al primaveral mundo árabe: un veto disiparía los últimos jirones de esperanza suscitados por el discurso de El Cairo de 2009. Pero la salida de la ratonera, hoy con Obama como ayer con Bush, es sólo una: la defensa de Israel.

Así las cosas, proliferan las acusaciones de traición a los compromisos adquiridos por Obama en El Cairo. Y, con ellas, crece el regocijo de los extremistas islámicos, que ven cómo se difumina la amenaza de un inicio de entendimiento entre EE UU y amplios sectores árabes. Sin embargo, antes de acusar a Obama de traición, conviene releer los párrafos del discurso de El Cairo relativos al conflicto palestino.

El 4 de junio de 2009, en la milenaria Universidad islámica de Al Azhar, Obama pronunció un discurso destinado a tender puentes de entendimiento con el orbe musulmán. Bien acogida en líneas generales, la alocución pretendía liquidar la cortina de animadversión generada por la política exterior de la Administración Bush y, en particular, por la invasión de Irak. «Estados Unidos no está en guerra con el Islam», proclamó Obama. Respecto a Oriente Medio, el líder demócrata comenzó calificando de «inquebrantables» sus lazos con Israel y reconociendo el sufrimiento de los palestinos «en su búsqueda de una patria».

Ya en el plano de las propuestas, Obama enunció: «La única solución es que las aspiraciones de ambas partes sean satisfechas a través de dos estados». Y señaló el camino: la negociación bilateral. «Las obligaciones que ambas partes acordaron en la Hoja de Ruta son claras», dijo un Obama que lanzó exigencias a unos y otros.

A los palestinos les pidió, primero, el abandono de la violencia. Después, y en consonancia con la escisión territorial de 2007, envió sendos mensajes a la Autoridad Nacional Palestina (ANP), cuyo control se limita a Cisjordania, y a Hamas, señores de Gaza. A los primeros, construir instituciones fuertes. A los segundos, cesar cualquier agresión, reconocer el derecho de Israel a existir y aceptar todos los acuerdos ya firmados. Obama también fue exigente con Israel, al reclamar la congelación de los asentamientos judíos en Cisjordania y Jerusalén oriental: «Estados Unidos», dijo, «no aceptará la legitimidad del mantenimiento de los asentamientos israelíes».

Más de dos años después de El Cairo, EE UU no ha logrado que Israel paralice los asentamientos e incluso ha dejado de condicionar a esa parálisis la reanudación del diálogo bilateral. Tampoco ha logrado que Hamas retroceda en su hostilidad hacia Israel. Para colmo de males, la ANP, que nunca ha renunciado a la congelación de las colonias como requisito para negociar, ha decidido, al calor de la primavera árabe y en un intento de reforzarse ante Hamas, buscar en la ONU una independencia que no puede obtener en la difunta mesa de diálogo.

La iniciativa de la ANP es un hábil movimiento táctico de una Administración que tiene una débil legitimidad sobre el terreno, ya que lleva largo tiempo en funciones y a la espera de unos comicios que nunca llegan. Pero es también la decisión de un Gobierno que, pese a la retórica israelí sobre la vuelta al diálogo, ve cómo la proliferación de asentamientos cierra las vías a una negociación bilateral en la que, por otra parte, 20 años de esfuerzos baldíos le han enseñado a no confiar. La ANP busca en el respaldo de la ONU un refuerzo que le permita abordar su enfrentamiento con Israel en una situación legal de mayor igualdad. Y a EE UU le toca impedirlo.

¿Traición? Más bien fracaso. Las buenas intenciones expresadas por Obama en El Cairo exigían la colaboración de ambas partes. Y la Casa Blanca, que sigue teniendo en Hamas a un enemigo y en la ANP a un interlocutor poco fiable, no ha conseguido doblegar la resistencia del Gobierno israelí, cuya continuidad depende de un ala derecha intransigente.

Ya en su momento trascendieron los enfados de Obama con Netanyahu. Se comentaron incluso los desplantes que le prodigó en la Casa Blanca. Pero, finalmente, la respuesta de su Administración ante la díscola actitud israelí ha sido nula, ya que no ha empleado ninguno de los mecanismos de presión a su alcance. Lo cual, sencillamente, pone de manifiesto todo el calado del adjetivo «inquebrantable» aplicado a la relación con Israel y todo el poder de los lobbies judíos en el entramado político estadounidense.

Si Obama no los ha desafiado en sus tres primeros años de mandato, no lo va a hacer ahora -sólo para impulsar una jugada de ajedrez de la ANP-, cuando apenas le falta un año para las difíciles elecciones presidenciales de 2012. No, al menos, si pretende seguir dirigiendo un país que, precisamente estos días, tiene de descanso a su Cámara de Representantes con motivo de una festividad religiosa judía.

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