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Desde la otra orilla del Estrecho

Alrededor de 2.500 personas profesan la fe musulmana en la provincia de Córdoba, expectantes ante polémicas como la del hiyab

29/09/2010 - Autor: Ángel Robles - Fuente: El Día de Córdoba
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Mezquita al Morabito, en Córdoba.
Mezquita al Morabito, en Córdoba.

"Todo es mucho más simple de lo que parece, más normal", asegura Mohamed Haloui Makri, un inmigrante natural de Marruecos que llegó a España por cuestiones de salud. Tan "normal" como que la mayor de sus tres hijas, Hanifa, estudia en el instituto Maimónides, habla con un innegable deje cordobés y escucha flamenco. O como que las dos pequeñas, Sara y Amale, ven Disney Channel y escuchan a los Jonas Brothers. Hanifa, de 16 años, lleva pañuelo, sí, pero eso no la distingue del resto de jóvenes de su generación: piensa llegar a la Universidad, sale con las amigas y baila sevillanas en las Cruces y en la Feria. "Y yo hago el perol mejor que muchos cordobeses", bromea su padre. Así es la vida de muchas familias musulmanas en Córdoba: "normal" y alejada de polémicas estériles como la prohibición del velo en las escuelas, la reivindicación del rezo compartido en la Mezquita-Catedral o el islamismo entendido como un fanatismo reaccionario.

A muchos políticos e intelectuales se les llena la boca hablando de la "interculturalidad". El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se inventó el término Alianza de Civilizaciones para referirse a un acercamiento fructífero entre los mundos cristiano y musulmán tras los terribles atentados de las Torres Gemelas y de Madrid. Y decenas de jornadas y conferencias bombardean a los asistentes con sesudas reflexiones sobre qué es el entendimiento entre culturas. No hace falta ser un estudioso de la Historia para comprenderlo. Es mucho más "fácil", como afirma Mohamed Haloui. Cuando él llegó a España en el 90, y a pesar de que la inmigración era todavía minoritaria, "todo era ya normal". Trabajó en la venta ambulante y luego consiguió un puesto estable como recepcionista en un hotel. Su mujer, Jemaa Benmer, también marroquí, tampoco tuvo dificultades para encontrar trabajo como asistente del hogar o como cuidadora de personas mayores pese a que nunca renunció a llevar el hiyab.

"Todo ha ido bien desde el primer momento, no hemos tenido ningún problema de discriminación", asegura Jemaa mientras hierve agua para preparar el té. Por eso no entiende cómo en unas semanas cuestiones superficiales como cubrirse el cabello con un pañuelo están llenando la agenda de los políticos y de los medios de comunicación. "Es cuestión de fe, un símbolo religioso y no una imposición de mi familia o de mi marido", reflexiona. Para una musulmana, es una "obligación" tocarse la cabeza: "De la religión no puedes coger sólo lo que te gusta y lo demás dejarlo a un lado, eso no sería correcto", dice. A los ojos de Alá, es como rezar cinco veces al día, como no beber alcohol y como no comer cerdo.

También, de alguna manera, llevar el velo es una cuestión de feminidad, un símbolo del paso de la infancia a la juventud, de reivindicarse como adulto. Hanifa empezó a llevarlo a los 11 años. "Hablé con mis padres y les dije que quería ponérmelo. El primer día que llegué al colegio estaba nerviosa y me daba vergüenza, pero nunca pensé en quitármelo o en dar marcha atrás", recuerda. Aquella decisión no significó ningún cambio en la relación con sus compañeros de clase o con sus maestros. Todo siguió igual, las clases, la pandilla… "Los primeros días me preguntaron por qué lo llevaba, si me habían obligado, si me gustaba...", recuerda. El cambio se asumió pronto, por eso no puede imaginar que una mañana, al llegar al instituto, se vea obligada a deshacerse del pañuelo como le ocurrió a Najwa, la niña de Pozuelo de Alarcón convertida en cuestión de Estado. "No había pensado que eso podría pasarme, ni me lo imagino", dice.

"Cada colegio tiene un criterio, una ley interna. Y hay que respetarlas. Pero generalmente no hay discriminación. Estamos en un país democrático, de libertades, y nadie se mete en si un niño va a clase con una camiseta de tirantes o una niña en minifalda", razona Mohamed. Ajena a estas polémicas, Hanifa cursa el primer año de auxiliar de oficina y piensa en llegar a la Universidad.

Pero hasta que ese día llegue aún quedan muchos veranos y muchos viajes a Marruecos, el país natal de Jemaa y Mohamed. "Cuando llegan las vacaciones estoy deseando irme allí. Y cuando llevo allí unas semanas estoy deseando volver", dice Hanifa con una sonrisa. De Marruecos le gusta el ajetreo de la calle, sentirse identificada con otras chicas que visten como ella, el reencuentro con la familia y la explosión de las especias. "Aquí son más flojas, no tienen tanto sabor", compara Jemaa. Por lo demás, hacer la compra semanal no es tan diferente entre ambos países: "Los ingredientes son muy parecidos", dice la madre, aunque artilugios como el tajín -un recipiente de barro para guisar- puedan despistar a simple vista. Luego llega el regreso a Córdoba, "a nuestra casa, a nuestro país", dice Mohamed, con las pequeñas entonando el Soy cordobés al paso por la Torrecilla.

La familia Haloui Benmer no es una excepción. Basta acudir a la mezquita del Morabito, en los jardines de Colón, para encontrar muchos otros casos. Los viernes a mediodía el recinto se queda pequeño y los fieles tienen que rezar en pleno parque. "Cuando llegué en el 88 éramos sólo una fila y la mezquita parecía enorme", recuerda Fadil Doukkali, el presidente de la Asociación de Musulmanes en Córdoba, entidad encargada de la gestión del templo. Fadil calcula que en la actualidad residen en la provincia alrededor de 2.500 musulmanes. Él llegó desde Larache, en Marruecos, como estudiante de Medicina. Casado y con tres hijas -la mayor de 12 años-, tiene un locutorio en el Sector Sur.

"Parece que estamos retrocediendo. En aquellos años empezaron a llegar estudiantes musulmanas a la Facultad de Medicina. Llevaban el velo y nadie las miraba mal. Aquello era un símbolo de convivencia, de interculturalidad, de tolerancia. Y ahora, en cambio, se están cuestionando aspectos que estaban asumidos en la convivencia", reflexiona Fadil. "Y nuestras hijas -la primera generación de musulmanes nacida en Córdoba de padres inmigrantes-, por desgracia, no van a poder ver esa luz, que parece que se está apagando de manera repentina".

Algunas voces críticas cuestionan el velo por considerarlo un símbolo del machismo: "La mujer tiene más poder que el hombre tanto en el mundo musulmán como en el occidental. Y el pañuelo no se lleva por imposición del padre o del marido, sino por su propio convencimiento. Es una cuestión de fe", asegura Fadil. "La mujer está eximida de los cinco rezos diarios. Puede estar en el parque o tomando un café mientras el hombre musulmán tiene la obligación de acudir a la mezquita. Eso no es machismo", zanja.

Yasser Heddah, de 39 años y natural de Argelia, se une a la conversación. "De la religión tienes que cogerlo todo o nada. Y sólo por fe en nuestro creador, porque todo lo que nos pide es bueno para nosotros". Yasser, padre de dos niñas y un niño, lo explica de manera gráfica: "Cuando vas a un médico con un problema en el estómago, confías en que la medicina que te recete sea la más adecuada. No comprendes su composición ni cómo se producen sus efectos, pero la tomas con confianza. Lo mismo ocurre con la religión. Es una fe casi ciega. Y la ciencia está demostrando que todo lo que viene registrado en el Corán es lógico. Son los milagros científicos del Corán", argumenta. Yasser, que ahora gestiona un negocio de kebab en Ronda de los Tejares, también era estudiante cuando vino a España, aunque tardó siete años en matricularse en la universidad por cuestiones burocráticas. Primero vivió en Huesca, luego en Granada y por fin en Córdoba, donde cursa un doctorado en electrónica. "En Argelia había pocas oportunidades de ampliar la formación. Mandé mi expediente a Francia, pero me denegaron el permiso porque coincidió con una oleada de terrorismo. Así que solicité la estancia en España y me concedieron el visado".

Su vida es como la de cualquier otra familia cordobesa: "Hacemos peroles en Los Villares y los domingos paseamos por el Vial, como todo el mundo. Cuando vas a casa de otro, tienes que respetarlo al máximo", dice. Por eso a la asociación de la que es tesorero ni se le pasa por la cabeza reclamar el rezo compartido en la Catedral: "No queremos conflictos con nadie", dice Fadil. Y Yasser añade: "Hay que buscar el bien para esta ciudad, sin crear polémicas. El Islam no nos pide que recemos allí".

Y esto a pesar de que la mezquita del Morabito se ha quedado pequeña. "Llevamos ya más de cuatro años pidiendo que el Ayuntamiento nos ceda suelo como a cualquier otra asociación para construir otro recinto. Aquí parece que estamos como en una jaula de grillos", reflexiona Fadil. Pero en todo este tiempo, pese a que el Ayuntamiento pasea las tres culturas como emblema de Córdoba, no han obtenido respuesta. La asociación, mientras tanto, sigue su actividad pese a las polémicas que llegan y se pasan jaleadas por "los medios de comunicación y los políticos": un equipo de fútbol que empieza a cosechar éxitos en la liguilla y clases de árabe en los colegios para acercar la cultura que llega desde la otra orilla del Estrecho.

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