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La catástrofe humanitaria en Pakistán poco tiene de natural

El rápido aumento de población en Pakistán ha hecho que muchas familias construyan sus hogares en los lechos fluviales ya secos o demasiado cerca de los ríos.

20/08/2010 - Autor: Rina Saeed Khan - Fuente: Gara
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En algunas zonas de las llanuras de Sindh, el Indo ha alcanzado amplitudes de hasta 85 kilómetros.
En algunas zonas de las llanuras de Sindh, el Indo ha alcanzado amplitudes de hasta 85 kilómetros.

Cuando las aguas del río se desbordaron por las lluvias torrenciales que cayeron sobre la región del Hindu-Kush, en Pakistán, los campesinos del distrito de Charsadda apenas tuvieron tiempo de escapar de sus hogares. Como no había ningún sistema de alerta temprana, fueron los líderes comunitarios quienes al oír el estruendo de las aguas en el valle de Swat alertaron a sus vecinos, salvando así la vida de muchos de ellos.

La ONU habla de, al menos, 4 millones de personas sin hogar, 20 millones de damnificados y más de 1.600 muertos. Desde Charsadda, uno de los distritos más afectados por las inundaciones, Saleem Ullah, de la oficina del PNUD en Pakistán, dice que «no se habían visto unas inundaciones así desde 1929».

Ironías de la historia, miles de campesinos acababan de regresar a la zona de Swat, de nuevo bajo control gubernamental, tras haber permanecido desplazados debido a los enfrentamientos entre los talibán y el Ejército pakistaní. «La gente ya no tiene la capacidad de enfrentarse a este desastre», apunta Saleem Ullah. «Su capacidad de salir adelante está bajo mínimos».

Pero las malas noticias siguen. La oficina meteorológica predice que las lluvias torrenciales pueden continuar hasta principios de septiembre. Las fuertes precipitaciones en Gilgit-Baltistán, en el norte del país, también han destruido cientos de hogares y puentes.

El río Indo baja desde Gilgit-Baltistán hasta la provincia de Khyber Pukhtunkwa -antes Provincia de la Frontera del Noroeste- en dirección al sur, hacia el Punjab. El río Swat desemboca en el río Kabul que se une al Indo en la frontera punjabí.

En algunas zonas de las llanuras de Sindh, el Indo ha alcanzado amplitudes de hasta 85 kilómetros. La represa de Sukkur, construida por los británicos, se salvó in extremis cuando uno de los diques fue destruido deliberadamente para reducir la presión del embalse sobre esta estructura que cuenta con 66 compuertas. La presa de Sukkur fue diseñada, originalmente, para permitir el paso de hasta 42.000 metros cúbicos de agua por segundo, pero su capacidad se redujo cuando algunas de las compuertas quedaron obstruidas por sedimentos.

Su capacidad real es 25.200 metros cúbicos por segundo y durante las inundaciones recibieron cantidades superiores a los 31.640 metros cúbicos por segundo. Casi 6,5 millones de litros más de los que podía soportar.

Dejadez gubernamental. Nadie apunta al cambio climático como único responsable del desastre. «Lo que ocurrió es que un sistema frío del Oeste chocó con los vientos cálidos del Este provocando las tormentas sobre la región montañosa del Hindu Kush», explica el director de la oficina meteorológica en Islamabad, Qamrul Zaman Chaudhry. «Estas situaciones extremas van en aumento como lo va su intensidad. Sólo en los últimos seis meses, Pakistán ha sufrido potentes ciclones y ahora inundaciones sin precedentes».

El Gobierno creó en 2009 un equipo de trabajo sobre cambio climático para que le asesorara sobre su impacto en el país. En su informe, entregado en febrero de 2010, se advertía de que «el cambio climático aumentará la variabilidad de los monzones, lo que se traducirá en más y peores inundaciones y sequías». Entre sus recomendaciones, se recogía «la ampliación de las capacidades de reservas de agua, así como el desarrollo de sistemas para gestionar desastres como las inundaciones». También pedía ampliar las «estaciones de seguimiento meteorológico, especialmente en las áreas montañosas del norte».

El informe quedó archivado y hasta la fecha, Pakistán no cuenta con ninguna estrategia para hacer frente a los efectos del cambio climático. Países vecinos como Bangladesh, India y Nepal cuentan con planes de acción ad hoc. Según Shafqat Kakakhel, un ex funcionario del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) que participó en el grupo de trabajo, «podemos ver cómo los monzones son cada vez más caóticos, erráticos e impredecibles. O llegan demasiado tarde o demasiado pronto o con demasiada lluvia. Lo que el país necesita son procedimientos estandarizados para reducir el riesgo de desastres. Necesitamos planes a nivel de distrito».

Por otro lado, las expectativas a corto plazo no son nada halagüeñas. «Va a haber una terrible escasez de alimentos y brotes de enfermedades», prevé Jugnu Mohsin, director del semanario paquistaní «The Friday Times».

Deforestación y mafias

El rápido aumento de población en Pakistán -con más de 180 millones de habitantes- ha hecho que muchas familias construyan sus hogares en los lechos fluviales ya secos o demasiado cerca de los ríos. En cualquier caso, esas casas se convirtieron en trampas mortales. «Ha habido una planificación y una gestión muy mala», explica Ali Sheikh, de la ONG LEAD-Pakistán. «Hace falta una planificación urbana mejor, necesitamos proteger nuestras infraestructuras e instalar sistemas de alerta temprana basados en la comunidad, así como preservar nuestros ecosistemas».

Lamentablemente, Pakistán cuenta con uno de los índices más elevados de deforestación de todo el mundo. Sólo en las últimas dos décadas ha perdido el 25% de sus reservas forestales. Y cada año la tala se cobra el 2% de la masa boscosa.

Desde los 90, la deforestación extensiva de los bosques de coníferas ha hecho mucho más vulnerable la región, según Shafqat Kakakhel, que recuerda que «si nada detiene el agua, ésta bajará a una mayor velocidad».

Luchar contra la deforestación no es sencillo en un país como Pakistán. Aunque existe la prohibición de cortar los árboles, siguen cortándose y vendiéndose a contratistas que trabajan para la mafia de la madera, que se enriquece mientras las comunidades de los bosques permanecen en la pobreza.

Hay un claro nexo entre la mafia de la madera, que opera en el norte, y los talibán. Cuando los talibán se hacen con el poder -como ocurrió en Swat y Waziristán-, los bosques protegidos dejaron de estarlo y fueron talados y explotados sin tener en cuenta las secuelas. Una de las consecuencias ya se vivió durante el terremoto de 2005, en el que la mayoría de los daños se debieron a los deslaves causados por la deforestación.

Saleem Ullah cree que ni siquiera los bosques habrían impedido el desastre. «Quizás lo hubieran reducido en un 20%, pero la lluvia cayó en exceso». En cualquier caso, este fenómeno puede repetirse dada la impredecibilidad y variabilidad del clima. Para la gente de Charsadda, la pesadilla sigue, al menos hasta setiembre. «No sé cuánto podrán aguantar, lo único que les queda es rezar».

Rina Saeed Khan. Miembro de la red Panos London.
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