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Cuando el paraíso abre sus puertas

Los musulmanes cordobeses, durante el mes del Ramadán, expían las faltas con un ayuno que salvará el alma de un colectivo que recibe la misericordia divina de Allah

15/08/2010 - Autor: Alba Moreno - Fuente: El Día de Córdoba
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Un momento de la oración celebrada ayer noche.
Un momento de la oración celebrada ayer noche.

Esta fecha se adelanta cada año diez días. "Cuando la luna toma la forma de una rama de palmera vieja y al día siguiente desaparece, es cuando podemos afirmar que empieza el Ramadán", explica Abdullah Belfassat, joven musulmán de casi 19 años que reside en Córdoba.

El pasado miércoles comenzó lo que la comunidad musulmana denomina como Ramadán; es decir, el mes santo de los creyentes que pertenecen a esta religión. Todo "buen musulmán" debe hacer el Ramadán, que "básicamente" consiste en ayunar alimentos sólidos y líquidos desde que sale el sol hasta que se pone. "Antes de las 05:50 de la mañana, que es cuando amanece, comemos unos cuantos dátiles y bebemos leche, sobre todo líquidos; y hasta la noche, que empieza a las 21:20 no volvemos a probar bocado", continua Rachid Oubahri, musulmán de 34 años de edad, mientras permanece sentado en un banco situado junto al Morabito de la plaza de Colón, en Córdoba.

El Ramadán es ayuno total. "Durante este mes, no podemos ni comer ni beber, evidentemente, pero tampoco podemos mantener relaciones sexuales, decir palabras malsonantes o hacer actos que se consideran malos", explica Abdullah. Pero este mes sacro, no es sólo eso. Al igual que ocurre cuando enfermas, el Ramadán limpia el cuerpo de la persona que lo practica. "Cuando estás malo, a tu cuerpo no le apetece nada. Está apático y no le entra comida por la sencilla razón de que necesita sacar eso que le hace mal". Pues lo mismo ocurre durante el Ramadán. "El ayuno contribuye a que tu cuerpo sane y expíe todos los pecados cometidos a lo largo del año, por lo que Allah se acerca a ti con su misericordia y te perdona", afirma Abdullah, quien muestra convicción y certeza al pronunciar cada una de sus palabras.

La duración del Ramadán suele ser de un mes, tiempo que puede oscilar día arriba o abajo, según el calendario lunar. Las embarazadas, los enfermos, los ancianos o las mujeres con el periodo están exentos de someterse a este ayuno de treinta días, pues su salud podría verse en peligro. "Cuando una mujer tiene la regla y coincide que estamos en el mes sagrado, esa chica, durante este tiempo, no se someterá a las normas que el Islam establece, pero deberá recuperar esos días una vez termine de sangrar", ejemplifica Rachid, quien añade que ocurre lo mismo con los enfermos. "El ayuno se puede romper con una simple inyección, pues de algún modo se insufla algo externo a la sangre, da igual que sea antibiótico", concreta Abdullah.

Los niños forman también parte de ese grupo que de algún modo se "salva" de hacer este ayuno diurno. No obstante, más temprano que tarde, y si así lo "sienten", formarán parte de ese colectivo de creyentes que cada año considera necesario "entregarse por completo a Dios a fin de conseguir su perdón", tal y como afirma Abdullah. La edad límite de los chicos para hacer el Ramadán son los 16 años. Las niñas, por el contrario, tendrá que decidir con 14 ó 15 años, a mucho tardar 16, si se sienten preparadas espiritualmente para entrar a formar parte del mundo del Islam. "Cada persona arranca cuando lo cree conveniente. Yo empecé con 14 ó 15 años, pero Abdullah esperó hasta los 16", rememora Rachid, que en ocasiones encuentra ciertas dificultades lingüísticas para expresar lo que para él significa esta religión.

Pero, ¿qué aporta el sacrificio físico que el Ramadán supone? Trabajar durante el mes de agosto, con 40 grados a la sombra y sin beber ni una sola gota de agua, no es nada apetecible, ni tan siquiera saludable. El cuerpo se acostumbra a no comer, el estómago, tras un par de días sin echar nada a la boca, "se cierra y no supone inconveniente", pero esa sensación de tener sed, "es muy distinta". Entonces, ¿por qué someter a una persona a tal martirio? "Es una pregunta difícil de responder", confiesa Rachid. Abdullah, veloz, responde. "Es algo que encuentra su respuesta en la misericordia de Allah", apunta el joven.

Durante el Ramadán, el casi medio millar de musulmanes que reside en la capital aumenta el número de oraciones diarias, siendo preferible rezar en la mezquita, con la comunidad. La última oración, Isha, a las 23:00 es multitudinaria. Tras ésta, se sucede el Tarawih, una serie de rezos con los que se adora "de más" a Dios, a fin de que las buenas obras sean valoradas diez veces más de lo normal por Allah y así se subsanen las malas acciones que los "ángeles que nos guardan" apuntan en el libro que cada uno lleva consigo.

Tras este mes, el colectivo musulmán celebrará la Aid, la fiesta que celebra el fin de un mes en el que "se cierran las puerta del infierno y se abren las del paraíso", según afirma la religión musulmana.

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