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Urumqi, el barrio musulmán vive en un estado de alarma permanente ante el peligro de la irrupción de los han

Los uigures achacan pasividad al Ejército ante la etnia rival

12/07/2009 - Autor: Adrián Foncillas - Fuente: El Periódico
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Niñas uigures, en la ventana de su casa. Foto: REuTERS / NIR ELIAS
Niñas uigures, en la ventana de su casa. Foto: REuTERS / NIR ELIAS

El madrugón es forzoso en el Hotel Hoy Tak. Limita por el norte con la monumental plaza del Pueblo y concentra a la prensa porque no hay otro con internet. Primero es el estridente ulular de una sirena, recién tocadas las siete. Al automóvil le sigue una cadenciosa columna con una cincuentena de vehículos militares que se van repartiendo los márgenes de la plaza. «Yi, er, san, si» (uno, dos, tres, cuatro), grita ahora la tropa al acercarse al corazón de la plaza, y en unos minutos no queda rastro del gris del cemento. Las briosas arengas del jefe de mando llegan por un megáfono. Acabadas, vehículos y soldados parten con diligencia. Otro día empieza en Urumqi.

Es difícil mantener el orden en una ciudad con dos comunidades podridas por el odio y que se retan con palos en cualquier esquina. Las tropas concentran críticas: los han, por no haber impedido que los uigures los masacraran el domingo; estos, porque no detienen ni disparan a los han. La mayoría va a sellar el barrio musulmán. Los han nunca lo han frecuentado. Hoy solo acuden los que buscan problemas. Un millar y medio fue frenado el martes cuando querían igualar los linchamientos del domingo.

El gran bazar es otra ciudad dentro de Urumqi. Las teces se oscurecen y los trazos rotundos de la caligrafía china se transforman en las formas redondeadas arábigas. Abunda la pobreza, con muestras de barraquismo. Es palmario que los uigures han salido perdiendo en el reparto del desarrollo de Xinjiang.

Los uigures devoran pinchitos y sopas de cordero en los pocos restaurantes abiertos. De no ser por un par de coches aún volcados, se diría que no ha pasado nada. Pero la calma se quiebra con el mínimo chispazo. Un grito precede a una aglomeración de uigures. Se detienen frente a una zanja y aprovisionan pedruscos.

Decenas van surgiendo de todos los callejones, armados con palos, cuchillos o barras de camas descuartizadas. «Han vuelto los han», comentan. Se quedan inertes, hasta que una uigur en la distancia les pide con la mano que acudan. Y empieza el fragor. La visión de una estampida de uigures, armados y vociferantes, no se olvida fácilmente. Pero los han ya han escapado de los límites del barrio, y solo queda un puñado de uigures.

Pasado el peligro, la multitud empieza a repasar sus denuncias, que el periodista no sabe en qué porcentaje son mentiras, rumores o realidades. «Ayer vinieron aquí y mataron a palos a mi hermano de 3 años», «la policía es cómplice», «los soldados mataron ayer a cinco uigures».

Los soldados llegan al barrio para forzar la dispersión. Unos van armados con palos como los de los alborotadores, otros con metralletas, pistolas o bayonetas, muchos con material antidisturbios. Encabeza el destacamento militar un uigur. Debería ser el puente de diálogo con su comunidad, pero es más insultado que escuchado.
Un helicóptero vuela bajo sobre la escena y lanza octavillas. Contienen la foto y el discurso del jefe del partido en Xinjiang: los uigures gozan de grandes oportunidades con los chinos, los culpables de los disturbios son las fuerzas en el exilio que incitan el odio, hay que regresar a los hogares y vivir en paz. Esas octavillas también las reparten los policías y los hoteles.

La anciana y el policía

En medio de la desgracia queda lugar para escenas berlanguianas: un largo diálogo entre una anciana uigur con rulos que grita asomada a la ventana y un policía uigur, a través de un altavoz. Las tropas consiguen al final dispersar la concentración y echar a la prensa.

«Hay demasiadas diferencias entre nosotros y no dejan de crecer. No hay forma de convivir. No confiamos en ellos, tienen el poder y nos desprecian. No he tenido nunca un amigo han ni me apetece. No quiero que mis hijos crezcan en este ambiente». Es uigur, tiene 26 años, no desvela su nombre, trabaja en una empresa de comunicación y tiene estudios universitarios. Imaginen el discurso de las clases uigures bajas.

Ha anochecido y desde la plaza del Pueblo llegan pisadas rítmicas. «Yi, er, sun, si». Otro día ha acabado en Urumqi.

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