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El viaje hacia Allah

El viaje con el corazón es indispensable

01/01/2009 - Autor: Anónimo - Fuente: Webislam
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El hombre ante la Inmensidad (cuadro de Caspar David Friedrich)
El hombre ante la Inmensidad (cuadro de Caspar David Friedrich)

El Islam es un viaje hacia Allah, y, por ello, viajar, en todos los sentidos, es una idea que encuentra un sitio reconocido dentro de las enseñanzas del Islam. Se nos dice que existen dos clases de viaje: uno se realiza con el cuerpo yendo de un lugar a otro, y el segundo viaje es con el corazón elevándolo hasta las regiones más nobles del mundo del espíritu.

Todo lo parado se pudre en sí mismo. El movimiento es posibilidad de alcanzar plenitud. A quien se detiene en la infancia se le llama bobo, o retrasado, porque no alcanza la madurez. Quien se detiene en lo que le enseñan sus padres y sus maestros y no progresa por sí mismo, no consigue lo que su propia inteligencia y experiencia le permiten. Son ejemplos de detenciones que empobrecen al ser humano. El Islam es para beduinos del espíritu, para personas inquietas siempre en busca de algo mejor, de algo más profundo. Todos estos son viajes interiores, que se complementan con los viajes físicos. Es necesario separarse de los padres para alcanzar la madurez, es necesario viajar para aprender cosas nuevas que nos abran la mente. Es necesario viajar para enriquecernos, incluso materialmente. Hay que salir de la inmadurez, la estrechez, la ignorancia y la pobreza. Son viajes lícitos y aconsejados en el Islam.

El viaje con el corazón es indispensable. Se trata del que se realiza abandonando la ignorancia, la ingratitud, la avaricia, la mentira, la codicia, el odio, la frustración,... para instalarse en los espacios amplios del saber, la generosidad, la verdad, la satisfacción, la confraternidad. Con ello nos elevamos por encima de la miseria de espíritu y la cerrazón del ego. Entramos así en una ciencia que es la del cambio interior. Este viaje tiene un carácter obligatorio para todo musulmán y musulmana.

En cuanto a los viajes físicos, hay recomendaciones que el viajero debe tener en cuenta. Como todos los actos del ser humano, tiene sus ventajas y sus desventajas, y hay que medirlas con sensatez propia de sabios. Se nos dice primero que todo viaje es, o una huida, o una búsqueda. Se viaja huyendo de una amenaza, de un peligro, de la opresión, de la escasez, las enfermedades, de las persecuciones,... Quien abandone su país por alguna de estas razones debe meditar previamente con atención y saber si tiene derecho o no a esa huída. La huída puede ser legítima o ilegítima, como cuando no es más que por cobardía o pereza. Cada cual debe saber cuáles son sus fuerzas, sus recursos, sus límites, sus aspiraciones, y en función de ello planear lo más justo y mejor para él y para los suyos.

Los viajes que tienen como razón una búsqueda son aquellos que se emprenden para estudiar, para reflexionar, para mejorar como personas, para alcanzar un mayor prestigio,... Todo el saber que tenemos los musulmanes en la actualidad fue el resultado de los viajes de nuestros antepasados. Desde los comienzos del Islam, viajar para aprender fue una constante.

Y también se viajaba para mejorar como personas. En árabe, viaje se dice sáfar, que significa literalmente descubrir, desvelar, y es porque en los viajes uno se descubre a sí mismo. Y éste, para el atento, es el mayor provecho que se puede sacar de un viaje. Más que lo que se ve y se aprende a lo largo de un viaje, está lo que de ti te muestra tu movimiento. Pero la mayoría de la gente no está atenta a esto. Sin embargo, en los principios del Islam se emprendían viajes con este único propósito. La dureza de los viajes, la ausencia de lo acostumbrado, la tensión con los compañeros, en todo ello hay lecciones valiosísimas que se consideraban inestimables. Se decía que el ego casi no se manifiesta en la patria, o lo hace de manera velada, y por ello se provocaba sus reacciones con los viajes, y así el egoísmo queda avergonzado. Es reconociendo nuestros defectos como podemos sustituirlos por virtudes, pero la mayoría de nuestros defectos nos pasan desapercibidos a menos que los forcemos a manifestarse.

El Corán insiste en que se realicen viajes para admirar a Allah. Recorrer llanuras, ascender a montes, atravesar desiertos, internarse en bosques, cruzar océanos, todo ello es, a la vez, surcar los espacios de Allah. Ello nos hace contempladores de su Poder, su Saber, su Belleza, su Fuerza,... Todo ello aumenta nuestro conocimiento y saboreo de Allah. No hay nada que no sea signo de Allah, y quienes saben leer descubren a su Señor en cada átomo. Y es necesario viajar porque rompe con la rutina, y al romper con nuestras rutinas estamos más abiertos para paladear a Allah. Así es como viajan los musulmanes, conociéndose a sí mismos y disfrutando de Allah, en un constante aprendizaje que los alza, siendo un poderoso apoyo para ese otro viaje interior que están obligados a realizar.

También en el Islam se fomentaron los viajes comerciales que ponen en relación culturas distintas y proponen intercambios siempre fecundos. Viajar para enriquecerse es noble porque cumple muchas funciones. Cuando lo que te es de utilidad sirve para más cosas y beneficia a los demás se convierte en algo meritorio dentro del Islam, es una virtud digna de elogio.

Viajar para aprender, para disfrutar, para enriquecerse, todo ello es aconsejado en el Islam. Lo que está mal visto es el vagabundeo, que no debe confundirse con nada de lo anterior. Ir sin más de un sitio a otro, sin aprender nada, sin aprovechar nada, sin servir en nada a los demás, viviendo de la caridad, molestando, esto es lo que en Islam no es juicioso.

Cuando se cumplen todas las condiciones anteriores y se tienen en cuenta las advertencias, se hace del viaje un acto en el sendero de Allah, y es porque encerrarse en uno mismo, en las rutinas, en la escasez, es contrario al espíritu del Islam. Y de ahí que los viajes ocupen entre las enseñanzas del Islam un puesto importante, y sean citados en el Corán como fuentes de conocimiento y de satisfacción.

El Islam es una inquietud. El musulmán se sabe vivo porque en él palpita un deseo que lo pone en movimiento. Ese movimiento se puede manifestar de muchas y muy variadas maneras. La necesidad de viajar es una de ellas. Cada cual debe descubrir la suya y activarla para vivir en ese desafío sin miedos, ¿cómo tener miedo a lo que nos hace sentirnos vivos?

Lo malo es el aburrimiento, la desidia, la autocomplacencia, la autocompasión. Son sinónimos de muerte. Por ello, el Islam no deja de describirnos movimientos, nos insta a ponernos en acción, a emprender un viaje cuya meta es un Jardín infinito. A esa invitación responden los que tienen corazones vivos, los que no temen dejar atrás sus rutinas, sus apegos, sus certezas, y afrontan los horizontes despejados de Allah.

Ser musulmán es intuir la inmensidad. ¿Intuir la inmensidad y seguir encerrados entre cuatro tonterías? El Islam dibuja ante nosotros la Grandeza de Allah para retarnos, invitándonos a penetrar en esa eternidad absoluta. Por ello es necesario viajar, y dejar atrás lo que nos ciega, lo que nos enferma, lo que nos hace ignorantes, pobres, sufridores. Quejarse no es viajar. Y el más grande de los viajes es el que se hace con el corazón. Ése es el viaje obligatorio para todo musulmán y musulmana.

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