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Los colonos cavan en Hebrón la trinchera de su reto al Gobierno

Un millar de radicales israelís se niegan a acatar al Supremo y a desalojar una casa palestina

04/12/2008 - Autor: Ricardo Mir de Francia - Fuente: El Periódico de Cataluña
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Varios colonos en la sala principal de la casa palestina ocupada en Hebrón, que han convertido en una improvisada sinagoga. Foto: RICARDO MIR DE FRAN
Varios colonos en la sala principal de la casa palestina ocupada en Hebrón, que han convertido en una improvisada sinagoga. Foto: RICARDO MIR DE FRAN

Es medianoche en Hebrón y cerca de un millar de colonos judíos aguardan atrincherados en la que llaman la casa de la paz. Unos dormitan tirados en los rincones, otros toman sopa caliente para mitigar el frío y la vigilia. La sala principal de la vivienda, un inmueble de cuatro pisos de hormigón desnudo, la han convertido en una sinagoga oficiosa. Hombres de todas las edades, con kipá y barba mesiánica, en el caso de los adultos, rezan en voz alta, flexionando mecánicamente el torso. Muchos van armados y todos creen que Dios está de su parte. Son un ejército de iluminados.

Tres años después de la evacuación de los asentamientos judíos de Gaza, los colonos israelís vuelven a estar en pie de guerra. Pero en esta ocasión, por un motivo mucho más peregrino: el desalojo de una casa palestina de Hebrón, ocupada por varias familias judías desde marzo de 2007. El Tribunal Supremo de Israel falló a finales de noviembre que los colonos falsificaron los papeles de compra del inmueble y ordenó al Gobierno su deshaucio.

Símbolo de intransigencia

Pero los colonos, preocupados ante las negociaciones de paz en curso con los palestinos, han querido hacer de esta casa un símbolo para dejar claro al Estado que no abandonarán un solo centímetro del territorio ocupado. "La decisión del tribunal es política. El Estado cree que si nos marchamos de Cisjordania habrá paz, pero sería un suicidio, los árabes están esperando para matarnos a todos", afirma la sexagenaria Rachel Klein, una de sus portavoces.

En la fachada del inmueble, situado en un punto estratégico entre el asentamiento de Kyriat Arba y las colonias judías de Hebrón, un cartel llama ladrones al ministro de Defensa, Ehud Barak, y a la presidenta del Supremo. En las últimas semanas cientos de simpatizantes de los colonos han llegado de todo el país para resistir el desalojo. La mayoría son adolescentes, estudiantes de las escuelas talmúdicas donde se inculcan los valores del sionismo religioso, un cóctel explosivo de ultranacionalismo político y mesianismo religioso. Ariel, alumno de una yeshiva de Jerusalén, resume su credo: "Esta tierra es solo de los judíos, está escrito en la Biblia y Dios nos ha ordenado que la poblemos".

De momento el débil Gobierno israelí intenta negociar para evitar un clima de fractura social como el que se vivió durante la evacuación de Gaza. Con las elecciones generales previstas para febrero, teme que se repitan episodios como el de Amona hace dos años, cuando 200 colonos y 80 policías resultaron heridos durante el desmantelamiento de una colonia diminuta de ocho casas. "Todos estamos de acuerdo, incluidos los colonos, de que lo mejor es llegar a un acuerdo, pero si es necesario emplearemos la fuerza", decía ayer el ministro de Seguridad Interna, Avi Dichter. Pero la tensión aumenta y ante los desmanes de los colonos, el Gobierno desplegó ayer a 300 antidisturbios para ponerles coto.

Durante las dos últimas semanas estos inquilinos ejemplares han apedreado casas palestinas y pintado estrellas de David en sus puertas, han profanado tumbas musulmanas, incendiado coches y atacado comercios. Además han tenido varios encontronazos con la policía israelí. El último, ayer, se saldó con 18 colonos detenidos. "De aquí no nos saca nadie si no es a rastras y sangrando", afirma Bela Gonen, una veterana, residente en Kiryat Arba.

Como un ejército

Para resistir, los colonos se han organizado como un Ejército. Han acumulado un arsenal de rocas en el tejado, colocado alambradas y posicionado a su gente en puestos de vigilancia. Cuentan además con un factor a su favor: la infiltración de los suyos en las fuerzas de seguridad. Un colono neoyorquino reconocía el martes que puntualmente reciben llamadas y mensajes de militares y policías informándoles de los próximos movimientos de los cuerpos de seguridad. "No te olvides --decía-- de que muchos viven en los asentamientos y comparten nuestra lucha".
Dentro de la casa prosigue la salmodia de los devotos. Para ellos, la defensa del territorio ocupado, parte de su Gran Israel, es un mandamiento divino.

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