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La maldición de Sabra y Chatila

Desde hace 26 años, una capa de acero cubre este episodio poco glorioso del ejército israelí en Líbano

05/10/2008 - Autor: René Naba - Fuente: Rebelión
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Imágen de la masacre de Sabra y Chatila en las afueras del sureste de Beirut.
Imágen de la masacre de Sabra y Chatila en las afueras del sureste de Beirut.

Samir Geagea: el único superviviente de los protagonistas de la masacre, frente a sus fantasmas

Con una regularidad de metrónomo, la maldición de Sabra y Chatila ha caído sobre sus promotores, a menudo de forma violenta, sin perdonar prácticamente a ninguno de los protagonistas, como expresión de una especie de justicia inevitable, veintiséis años después de la masacre perpetrada a sangre fría contra unos tres mil civiles de los campos palestinos de Sabra y Chatila en las afueras del sureste de Beirut.

Excepto el «informe Kahanna», de la comisión de investigación israelí sobre la matanza, y el testimonio estremecedor del escritor francés Jean Genet «Cuatro horas en Chatila», publicado en el otoño de 1983 en la Revue d’Etudes Palestiniennes, ningún libro, película, documental o relato histórico y todavía menos una «novela de investigación» -la técnica narrativa favorita del filósofo Bernard Henry Lévy para destrozar la verdad y excitar la imaginación y la curiosidad de sus fans-, han aparecido para arrojar la más mínima luz sobre aquella espantosa carnicería perpetrada sin discernimiento por las milicias cristianas libanesas, teledirigidas por la soldadesca israelí ebria de cólera tras el fracaso de su plan de someter a Líbano.

Desde hace 26 años, una capa de acero cubre este episodio poco glorioso del ejército israelí en Líbano, manchando su reputación hasta el punto de que pulveriza la consigna justificativa de sus excesos: «la pureza de las armas» israelíes, y hasta el punto de desbaratar la percepción de la opinión internacional con respecto a Israel. Unas tres mil vidas de civiles palestinos se cercenaron en tres días, del 15 al 17 de septiembre de 1982, en una operación ordenada para vengar el asesinato de Bachir Gemayel, jefe del ejército libanés recién elegido para la presidencia de la República libanesa y asesinado la víspera de su toma de posesión. Debido a lo gratuito de esa violencia ciega, el presidente François Mitterrand comparó la matanza de Sabra y Chatila con la «Masacre de Oradour sur Glane», nombre de una operación similar perpetrada por el ejército alemán contra los habitantes de dicha ciudad francesa como represalia por el asesinato de soldados alemanes en Francia.

Los protagonistas de la tragedia veintiséis años después:

1. El clan Gemayel, el gran perdedor del suceso a pesar de dos presidentes.

Bachir Gemayel, que soñaba con arrasar los campos palestinos en una lejana anticipación de las depuraciones étnicas de las guerras post comunistas de la década de los 90, para convertir su país en un paraíso terrenal barriendo las pequeñas miserias de las grandes fortunas; este jefe militar de una comunidad cristiana en un mundo árabe mayoritariamente musulmán, que se alió con el principal enemigo del mundo árabe para llegar al tribunal supremo; el hombre que proclamaba para conseguirlo que había un «pueblo de más en Oriente Próximo», ignorando que dicho pueblo de más podría ser algún día el pueblo de los cristianos árabes, llevó a cabo su sueño.

A la sombra de los acorazados israelíes fue elegido presidente de Líbano sin que pudiera llegar jamás a saborear el poder supremo, ni siquiera un breve instante: murió pulverizado por una explosión en su cuartel general del este de Beirut la víspera de la prestación de su juramento presidencial.

Desde entonces, la familia Gemayel acumula desgracia tras desgracia. Por sus propios méritos y sus crímenes. Su historia no es una saga al estilo de los Kenedy, como les gusta presentarla a las complacientes gacetas occidentales, sino una larga epopeya de lágrimas y sangre de la que la propia familia es la principal responsable.

Bachir murió asesinado a los 35 años, en 1982; su sobrino, Pierre Amine Gemayel, corrió la misma suerte a los 34 años, en 2006, en su feudo electoral de Jdeiddeh, en el Metn, mientras se lanzaba una renovada y violenta ofensiva militar y diplomática de Israel y EEUU hacia Oriente Próximo con el fin de meter en cintura a los contestatarios de la «Pax Americana». Amine Gemayel, el mayor del clan, que sucedió en la dirección del Estado a su hermano menor tras su asesinato, y que ambicionaba suceder en el puesto de diputado a su hijo asesinado, sufrió una especie de asesinato político con su fracaso electoral de 2007 en su propio feudo del Metn, abatido por un desconocido, a pesar de la simpatía popular suscitada por la tragedia familiar. Su cuestionamiento del patriotismo de los libaneses de origen armenio, que le fallaron en aquella elección, demostró la amplitud de su despecho frente a esa punzante derrota inesperada a la vez que reveló una xenofobia primaria y rancia en los círculos dirigentes libaneses en cuanto se ponían en entredicho los intereses del clan.

Aunque la familia Gemayel logró colocar a dos presidentes a la cabeza del Estado libanés, además ambos miembros de una misma hermandad, está considerada como la gran perdedora de la vida política libanesa, con dos asesinatos en la familia, sin ninguna relevancia parlamentaria o ministerial, su tratado de paz con Israel pulverizado por sus opositores y, suprema humillación para el señor de la tierra, el jefe del clan presidencial, Amine, obligado a exiliarse en Francia durante nueve años (1991-2000), al final de un mandato poco glorioso, dejando el liderazgo cristiano duramente disputado entre dos dirigentes, el general Michel Aoun, jefe de la Corriente Patriótica Libanesa (CPL), y Samir Geagea, antiguos subordinados de la familia Gemayel en la época de la presidencia familiar (1).

2. Menajem Begin y su «caballo loco» Ariel Sharon

En el plano israelí, la operación «Paz en Galilea» precipitó la reclusión política de Menajem Begin, jefe histórico de la derecha mesiánica de Israel y Primer Ministro en la época de la invasión de Líbano, víctima directa de los bandazos incontrolados de su «caballo loco», el general Ariel Sharon, ministro de Defensa, y de las visiones bíblicas propias de la derecha radical israelí que fomentó esa vía durante el medio siglo que presidió este movimiento.

Ariel Sharon: mejor que un largo discurso, una simple secuencia de la película Vals con Bachir sintetiza perfectamente al personaje, sus ambiciones y sus contradicciones. En una ficción narrativa, el cineasta israelí autor de la película, Ari Folman, presenta una conversación telefónica entre Menajem Begin y Ariel Sharon inmediatamente después de las masacres de Sabra y Chatila.

En absoluto incómodo por la espantosa carnicería, con una bebida en una mano y expresando su opinión con respecto a su superior jerárquico, el individuo de gordura legendaria mantenía los ojos clavados sobre los diez platos que había encargado para su desayuno… indiferente a las desgracias de los demás, preocupándose, sobre todo, durante esa conversación de satisfacer, de forma real y metafórica, su salvaje apetito de poder al mismo tiempo que su bulimia alimentaria. El ansia de poder la satisfizo al llegar a Primer Ministro 18 años después de Sabra y Chatila, su bulimia alimentaria le derribó, a él y su carrera política, hundiéndole en un coma, cinco años después, que le dejó en un estado de contigüidad pasiva con sus antiguas víctimas. Una secuencia que pasará a la historia como un pedazo de antología política que ilustra, sobre todo, el autismo de la clase política israelí con respecto a su entorno árabe, especialmente palestino.

El sueño de un Líbano poderoso, refugio de los cristianos de Oriente, se hizo añicos. La aventura de Bachir, especialmente su alianza con el enemigo oficial del mundo árabe, trajo consigo una rebaja de las prerrogativas constitucionales de los cristianos libaneses, principalmente los maronitas, en el nuevo acuerdo interlibanés firmado en Taef, con el patrocinio de Arabia Saudí, para poner fin a la guerra en 1989.

Los campos palestinos permanecieron en la periferia de Beirut, con una población más numerosa y renovada, como una burla a la familia Gemayel, que ya estaba marginada en el tablero político por la llegada del ex lugarteniente de Bachir, Samir Geagea, un personaje ferozmente ambicioso, al primer plano de la escena cristiana.

Beirut, que constituyó el resuello del mundo árabe y su conciencia crítica durante medio siglo, asumió desde entonces, por añadidura, una función traumática en la conciencia colectiva israelí, puesto que ostenta el privilegio de ser el único país del mundo que ha simbolizado, en dos ocasiones en la historia contemporánea, la resistencia árabe a la hegemonía de Israel y EEUU:

- La primera vez en 1982, durante el asedio de la capital libanesa por el general Ariel Sharon, en la época en la que los suníes se identificaban con el combate nacionalista, desde el feudo del sunismo libanés en el oeste de Beirut.

- La segunda en 2006, esta vez desde el sur de Beirut (ad dahyah), literalmente el suburbio meridional de la ciudad, el feudo chií de la capital de la época del coma del general Ariel Sharon, donde el chiísmo libanés sustituyó el sometimiento del sunismo árabe a la orientación de EEUU e Israel y tomó el relevo con el fin de proseguir el combate nacionalista árabe.

El apoyo de los jefes sucesivos del ejército libanés, los generales Emile Lahoud y Michel Aoun, y la simpatía manifestada por el nuevo presidente de la República, el general Michel Sleimane, ex jefe del ejército, a la resistencia nacional libanesa agrupada en torno a su núcleo duro, el Hezbolá chií, demuestra, de rebote, la preocupación de la jerarquía militar cristiana de frenar los impulsos mortíferos de las «cabezas locas» de la dirección militar, muy perjudiciales para el campo cristiano.

3. Elie Hobeika y Samir Geagea, lugartenientes de Bachir, dos depredadores insaciables.

Elie Hobeika, uno de los dos lugartenientes de Bachir Gemayel, en su calidad de responsable del servicio de inteligencia de la formación paramilitar libanesa, está considerado como uno de los principales responsables de las masacres de Sabra y Chatila, lo mismo que Samir Geagea, responsable operativo de las «fuerzas libanesas», a las que una despiadada guerra de sucesión agotó hasta el punto de marginar a la mayor formación paramilitar del campo cristiano de la época de la guerra.

Hobeika fue el primero que desenvainó y desencadenó las hostilidades: en nombre de la devoción por Bachir, 24 meses después del asesinato de éste, promovió un golpe de Estado contra el presidente Amine Gemayel para apoderarse del partido y su botín de guerra. Aliado de Israel, cambió de chaqueta en 1985 para captar a Siria antes de ser eliminado, a su vez, por Samir Geagea. Un resultado lamentable para un hombre encargado de la inteligencia. Exiliado de Líbano, regresó por la puerta grande al final de la guerra entre fracciones y tras la instauración de la «Pax siria». Totalmente rehabilitado, incluso formó parte de los sucesivos gobiernos libaneses incluido, en 1992, el de Rafic Hariri, el multimillonario saudí-libanés principal proveedor de fondos de las milicias libanesas, asesinado en 2005; poco antes de su muerte violenta, Hobeika se revolvió contra Israel y se ofreció para declarar contra Ariel Sharon en el proceso emprendido contra él en Bélgica por «crímenes contra la humanidad». Quería poner sobre el tapete a las unidades del ejército israelí (Sayeret Matkal) que habrían tomado parte, sin uniforme, en la ejecución de la masacre. Como antes Bachir y después el sobrino del jefe falangista, Pierre Amine Gemayel, Elie Hobeika murió como consecuencia de un atentado con coche bomba, a la puerta de su casa, el 24 de enero de 2002, a los 46 años.

Su eliminación no originó ninguna demanda de investigación de la comunidad internacional. Los preparativos de la invasión estadounidense de Iraq obviamente iban a buen paso, así como el acoso a Siria, mediante el «Syria Accountability Act» adoptado en 2003. Era importante no dejarse desviar de este objetivo principal de la estrategia de Israel y EEUU por la muerte de una persona cuya desaparición convenía a mucha gente: al Primer Ministro israelí Ariel Sharon, directamente en el punto de mira de su posible testimonio en Bruselas; a Samir Geagea, su eterno rival; a Amine Gemayel, su ex jefe a quien arrebató el partido falangista; a los maridos ofendidos por las conquistas femeninas que se le atribuían y, para completar el cuadro, a Siria, ya que la implicación de este país en todos los asuntos de Oriente Próximo es un ejercicio de estilo obligado para todos los cronistas occidentales.

Samir Geagea. Su seudónimo no debe llamar a engaño. Se presta a la confusión de la misma forma que el personaje a la ambigüedad. «Al Hakim», según su nombre de batalla, que significa médico, sabio o prudente, nunca fue prudente en su comportamiento belicista, más allá de toda medida y desmesura; ni sabio ni médico pues tampoco consiguió su título universitario. Esa es su primera usurpación. Alguien a quien su formación debería haber destinado a un comportamiento humanitario se reveló como uno de los señores de la guerra más inhumanos, el implacable sepulturero del campo cristiano y responsable del exterminio de la familia Frangieh, en 1978, que no dejó a nadie de esta gran familia del norte del Líbano, por lo tanto sus vecinos, ni a la niña de tres años ni al perro que guardaba la casa.

Reincidente, en 1980 lanzó un asalto contra el feudo del otro aliado de los falangistas, las milicias del PNL (Partido Nacional liberal) del presidente Camille Chamoun, de Faqra, en la región montañosa de Líbano, ahogando en sangre a las fuerzas cristianas a pesar de que formaban parte de la misma coalición. En julio de 1983, emprendió la guerra de la montaña de Chouf contra la milicia drusa dirigida por Walid, el hijo y sucesor de Kamal Jumblatt, jefe del partido socialista progresista y jefe de la comunidad drusa. Su ofensiva se saldó con la destrucción de 60 pueblos y el éxodo de una población cristiana de más de de 250.000 habitantes de Chouf y puso fin a un siglo de convivencia entre cristianos y drusos en la región. Hizo lo mismo con idénticos resultados en Saida, la capital del sur de Líbano, y en Zahlé, en el centro del Líbano, en 1985. Un balance lamentable para el defensor de las minorías cristianas oprimidas, a las que su belicismo tiranizaría más largamente que la hostilidad de sus adversarios.

La lista es larga. En 1988, al final del mandato del presidente Amine Gemayel, Samir Geagea se encontraba a la cabeza de una empresa próspera apoyada por una maquinaria de guerra bien rodada. El pulso que emprendió contra el general Michel Aoun, comandante en jefe y Primer Ministro provisional, acabó de agotar al campo cristiano; el general Aoun tomó el camino del exilio hacia París, donde permaneció quince años, y Samir Geagea el camino de la prisión, donde se pudrirá durante casi diez años.

El asesinato del ex Primer Ministro Rafic Hariri, en febrero de 2005, dio lugar a un increíble cambio de alianzas que unió a los antiguos jefes de guerra antagónicos y a su proveedor de fondos: Walid Joumblatt, Samir Geagea, Amine Gemayel y Saad Hariri. Aunque desembocó en la liberación de Samir Geagea, gracias a la votación de una ley de amnistía amnésica, esta coalición heteróclita y desacreditada constituirá el eslabón débil del dispositivo occidental destinado a conservar el poder libanés en su regazo.

Samir Geagea es el único superviviente de los principales protagonistas de la masacre de Sabra y Chatila donde el gran vencedor moral podría ser, a posteriori y paradójicamente, Suleimán Frangieh, el superviviente de la masacre fundadora de su autoridad.

En un país convertido desde hace tiempo en un gigantesco cementerio, Suleimán Frangieh, cuya familia sirvió de conejillo de indias para la carnicería de Sabra y Chatila, frenó sus instintos belicistas para conceder el perdón de las ofensas; es el único dirigente libanés que ha realizado este gesto de grandeza moral, hundiendo en la vileza al verdugo de su familia.

Los analistas del escenario libanés sostienen que la aparición política de Nadim Gemayel, hijo del presidente asesinado Bachir y su auténtico heredero político, tanto como la de su primo carnal Sami, hijo de Amine, devolvería su pesadilla a Samir Geagea privándole de cualquier legitimidad popular y política y reenviándole, al mismo tiempo, a sus fantasmas. A menos que «Al Hakim», acostumbrado a ese tipo de maniobras retorcidas, no se anticipe a ese hecho con una estrategia de confinamiento para amordazar a los herederos de Gemayel, una medida tanto más imperativa en cuanto que la ausencia de herederos biológicos le debilita a la vez que pone en precario la perpetuación de su proyecto político dejándolo a merced de un mal golpe del azar.

Así, Samir Geagea ha escapado, de momento, de la justicia de los hombres. Personaje funesto, sin progenie, sin remordimientos, solo frente a sus maldades y sus fantasmas, atascado en sus crímenes imborrables, difícilmente podrá librarse del castigo de la Historia… sin ninguna duda, incluso en su tumba seguirá sintiéndose observado por el «ojo de Caín».

Descansen en paz las víctimas de los campos palestinos de Sabra y Chatila y que la tierra de los hombres les sea ligera.

In Memoriam

«Massacre» y «Vals con Bachir», danza macabra en tres tiempos.

«En Sabra y Chatila, personas no judías masacraron a otras personas no judías, ¿en qué nos concierne eso?» (Declaración del Primer Ministro israelí Menajem Begin en la Knesset durante el debate sobre las responsabilidades israelíes en la masacre de los campos palestinos del sur de Beirut, en el verano de 1982).

«Todo este desatino debería haber llevado como subtítulo El sueño de una noche de verano, a pesar del mal gesto de los cuarentones. Todo esto era posible gracias a la juventud, al placer de estar bajo los árboles, de jugar con las armas, de estar lejos de las mujeres, es decir, de escamotear un problema difícil, de ser el punto más luminoso por ser el más agudo de la revolución, de tener el asentimiento de la población de los campamentos de refugiados, e ser fotogénicos en todo lo que se haga, y quizá de presentir que este cuento de hadas de contenido revolucionario sería dentro de poco devastado: los fedayines no querían el poder, ya tenían la libertad.

A la vuelta de Beirut, en el aeropuerto de Damasco, encontré jóvenes fedayines escapados del infierno israelí. Tenían dieciséis o diecisiete años: reían, eran parecidos a los de Ashlun. Morirán igual que ellos. El combate por un país puede llenar una vida muy rica, pero corta. Es la elección, recuérdese, de Aquiles en la Ilíada». (Jean Gênet Cuatro horas en Chatila)

París, 20 de septiembre de 2008. Massacre y Vals con Bachir, dos películas que tratan de la matanza en los campos palestinos de Sabra y Chatila, en el sureste de Beirut en 1982, se imponen, a bocajarro y sin rodeos, como antídotos contra la amnesia precoz de la clase política-mediática, tanto en Líbano e Israel como en los países árabes y occidentales, con respecto a una de las mayores demostraciones de la crueldad humana de la época contemporánea.

Alrededor de tres mil palestinos fueron masacrados a sangre fría en tres días, 15, 16 y 17 de septiembre de 1982, en una operación teledirigida por Israel y ejecutada por sus aliados de las milicias cristianas para vengar el asesinato de Bachir Gemayel, jefe del ejército libanés recién elegido para la presidencia de la República libanesa y asesinado la víspera de su entrada en funciones. Debido a lo gratuito de esa violencia ciega, el presidente francés de la época, François Mitterrand, comparó la matanza de Sabra y Chatila con la «masacre de Oradour sur Glane», nombre de una operación similar perpetrada por el ejército alemán contra los habitantes de dicha ciudad francesa como represalia por el asesinato de soldados alemanes en Francia.

I. Massacre

En la historia de la cinematografía mundial, Massacre tiene un papel pionero. Excepto el testimonio sobrecogedor de Jean Genet «Cuatro horas en Chatila», publicado en la Revue d’Etudes Palestiniennes (N° 6, invierno 1983), esta película es el primer documento dedicado a aquel suceso que precipitó la destitución del jefe histórica de la derecha mesiánica israelí, el Primer Ministro Menajem Begin, el artífice de la invasión israelí de Líbano que desacreditó para mucho tiempo a las milicias cristianas libanesas y a sus jefes sucesivos.

La confesión lenta, paciente y metódica de los verdugos, en algunos momentos como despojados de cualquier humanidad, y la reconstrucción de la ciega violencia en toda su brutalidad y desnudez, permanecerán grabadas durante mucho tiempo en la memoria de la humanidad como un excelente documento testimonial de las desviaciones inhumanas y los impulsos patológicos de los contendientes en situaciones de conflicto exacerbado. Sin ninguna duda, este frío relato de la masacre ha sacado del olvido aquel momento álgido de la irracionalidad humana y ya ocupa un papel preponderante en la tarea de reconstrucción de la memoria de la Guerra de Líbano (1975-1990). Éste es su principal e inmenso mérito.

Hay que agradecer al Festival de Cine de Douarnenez (Bretaña) que haya programado la proyección de esta película en la temporada de 2008, mientras el mundo conmemora con una indiferencia casi general el vigésimo sexto aniversario de la carnicería. Gracias también, y sobre todo, a los realizadores de la obra, Monika Borgmann y Lokman Slim, por su enorme contribución al dar testimonio de una verdad a la que algún día, antes o después, los libaneses deberán enfrentarse para acceder a un mejor conocimiento de sí mismos y, por consiguiente, de su propia historia. Además, el tándem de realizadores germano-libanés es cofundador de «Umam documentation and research», asociación dedicada a conservar la memoria política y social de Líbano con la creación de archivos abiertos, en absoluta coherencia con la realización de esta obra.

II. «Vals con Bachir»

Esta película del realizador israelí Ari Folman confirma, con su propia existencia, la realidad de una masacre largamente relegada en la memoria colectiva del país y los olvidos de la historia israelí.

Excepto el «informe Kahanna» de la comisión de investigación israelí sobre las responsabilidades de la tragedia, que exoneraba casi totalmente a Israel y rozaba al ministro de Defensa de la época, el general Ariel Sharon, ninguna obra intelectual menciona este hecho poco glorioso de la historia militar israelí; un hecho que, por añadidura, manchó de forma considerable la consigna de la «pureza de las armas» del ejército israelí y desenmascaró la naturaleza belicista de un ejército erróneamente designado por los cronistas complacientes como el «Tsahal», según la traducción literal de su nombre hebraico «ejército defensivo», mientras que, desde 1967, es un ejército de ocupación, ofensivo y repulsivo, con su interminable serie de ejecuciones sumarias, asesinatos extrajudiciales y expediciones punitivas que han acabado moralmente enterradas en Líbano.

Esta película, sin duda, es valiosa sobre todo por lo que omite. Al ser una obra de ficción permite, por este método sesgado, evocar una experiencia traumática del autor, puesto que éste fue uno de los ojeadores del ataque, uno de los soldados encargados de lanzar proyectiles luminosos sobre los lugares del crimen y, sin embargo, ocultando al mismo tiempo la realidad histórica pasada y presente tanto de Israel como de Líbano y Palestina. Por el contrario esta ficción confirma, de una manera simbólica, el gueto en el que está sumergido el universo mental de los israelíes en su entorno regional. Un gueto mental que ilustra perfectamente la declaración del Primer Ministro israelí Menajem Begin en la Knesset durante el debate sobre las responsabilidades israelíes en la matanza: «En Sabra y Chatila, personas no judías masacraron a personas no judías, ¿en qué nos concierne eso?»

El cineasta va en busca de los orígenes de su trauma, ignorando totalmente el profundo trauma de los refugiados palestinos, previamente expulsados de su propio país por los mismos asaltantes que los volverán a atacar, cuarenta años después, en su nuevo refugio, los campos de Sabra y Chatila, último confín de su naufragio y su martirio.

Hay otra omisión importante que, sin embargo, podría haber honrado al ejército israelí, ya que niega un comportamiento totalmente borreguil de sus soldados: la dimisión, en el campo de batalla, del oficial al mando en el asalto de Beirut, el coronel Elie Gueva, como protesta contra las órdenes que consideraba contrarias a las leyes de la guerra y la ética. Desde entonces, la sociedad militar israelí condenó al ostracismo a Elie Gueva, afectado por el síndrome de Sabra y Chatila, arrojado a las profundidades del anonimato más completo, mientras que si se hubiese puesto de relieve, este comportamiento habría tenido un valor pedagógico y terapéutico cuando los ultra halcones se disputaban la sucesión de Ariel Sharon, especialmente Benjamin Netanyahu y Shaul Mofaz, evidentemente muy mal informados de las desastrosas consecuencias para el país de los ataques belicistas de su superior. ¿Ari Folman, al menos, tuvo conocimiento del gesto del coronel Elie Gueva? ¿La censura militar israelí tiene oculto este punto de la guerra y el cineasta no encontró ningún rastro? ¿O a pesar de conocerlo no midió todo su alcance ético?

Lo mismo ocurre con los libaneses y palestinos, a quienes la película sólo menciona de forma casual y no les da nunca la palabra, no señala en absoluto sus sufrimientos y ni siquiera plantea imaginar los terribles últimos pensamientos de aquellas personas inermes doblemente perseguidas tanto por la horda israelí como por sus aliados, los milicianos cristianos libaneses. Así se alimentan las futuras rebeliones de los pueblos perseguidos.

A pesar de estas críticas, la película existe y su existencia es saludable. La escena de la conversación telefónica entre el Primer Ministro Menajem Begin y Ariel Sharon, su ministro de Defensa, inmediatamente después de las masacres de Sabra y Chatila permanecerá en la historia como un pasaje antológico. Con una bebida en una mano y expresando su opinión con respecto a su superior jerárquico, el individuo de gordura legendaria mantenía los ojos clavados sobre los diez platos que había encargado para su desayuno… indiferente a las desgracias de los demás, preocupándose sobre todo durante esta conversación de satisfacer, de forma real y metafórica, su salvaje apetito de poder al mismo tiempo que su bulimia alimentaria. El ansia de poder la satisfizo al llegar a Primer Ministro 18 años después de Sabra y Chatila, su bulimia alimentaria le derribó, a él y su carrera política, hundiéndole en un coma cinco años después.

No obstante, más allá de las críticas, hay un hecho que permanece: los sepultureros de los palestinos, el libanés Bachir Gemayel y el israelí Ariel Sharon, por una cruel ironía de la historia seguirán, más allá de la muerte, asociados a este punto negro de la historia contemporánea como el tándem infernal de una conspiración criminal. A cada conmemoración anual del asesinato de Bachir Gemayel responderá el eco de la conmemoración de las masacres de los campos palestinos de Sabra y Chatila y el final tragicómico de Ariel Sharon. Tres hechos ya indisociables vinculados al horror… en una especie de danza de la muerte, un macabro vals en tres tiempos entre Bachir, Sharon y Sabra y Chatila. Como un recordatorio del orden que permanece.

III. «Il était une fois Beyrouth» de Jocelyne Saab

Una oda nostálgica a la belleza majestuosa de Beirut, una ciudad contestataria e indomable, un homenaje a uno de los pocos episodios de gloria militar de la historia árabe contemporánea.

Como complemento a este panorama se proyecta la película Il était une fois Beyrouth (Érase una vez Beirut) de Jocelyne Saab, una oda nostálgica a la belleza majestuosa de Beirut. En esta retrospectiva, Jocelyne Saab restituye el alma de una ciudad que constituyó el resuello del mundo árabe y su conciencia crítica durante medio siglo y, por añadidura, asumió una función traumática en la conciencia colectiva israelí, puesto que ostenta el privilegio de ser el único país del mundo que ha simbolizado, en dos ocasiones en la historia contemporánea, la resistencia árabe a la hegemonía de Israel y EEUU.

Se proyectaron casi 300 secuencias que perfilan el retrato de una ciudad apasionante y, más allá de los tópicos y las imitaciones, una ciudad rebelde e indomable.

Sobre el terreno, desde el principio de las hostilidades de Líbano y como reportera de guerra, profesión insólita en el mundo árabe en la época, la libanesa Jocelyne Saab es un testigo visual de primera fila de este drama interminable, una documentalista especialmente precisa que de esta forma rinde homenaje a una ciudad, símbolo de la resistencia a la hegemonía de Israel y EEUU, que se ha inscrito como uno de los pocos episodios de gloria militar de la historia árabe contemporánea.

Nota:
(1) Al final de su mandato, Amine Gemayel permaneció en Líbano hasta en 1991, fecha en la que recibió prolijas amenazas de muerte procedentes de Samir Geagea, lo que comunicó al Primer Ministro de la época, el general Michel Aoun, jefe del gobierno provisional, que le respondió: «Teniendo en cuenta sus antecedentes, es perfectamente posible que Geagea cumpla sus amenazas, por lo que le aconsejo que abandone el país». Amine Gemayel presentó una denuncia ante el Fiscal General (los documentos escritos y la declaración sobre las amenazas recibidas están disponibles en Internet) y entonces dejó el territorio libanés. Regresó en el año 2000, a raíz de un acuerdo con los sirios negociado por Michel Murr. El acuerdo preveía que los sirios permitieran el regreso de Gemayel y a cambio los hijos de Gemayel se aliarían con Murr en las elecciones del Metn, y así lo hicieron.
Original en francés:
Caty R. pertenece a los colectivos de Rebelión, Cubadebate y Tlaxcala. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y la fuente.
Traducido por Caty R.
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