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Europa blindada: Los que quedan en el camino

De cada tres cayucos, las endebles barcas de pescadores, que zarpan de Africa, uno nunca llega a las Canarias

02/09/2008 - Autor: Gustavo Sierra - Fuente: Clarín
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He tenido que hacerme cargo muchas veces de los cadáveres de mis compatriotas.
He tenido que hacerme cargo muchas veces de los cadáveres de mis compatriotas.

El estrecho de Gibraltar es desde siempre un juntadero de piratas, pescadores y narcotraficantes. No es inusual ver barcas a la deriva dejadas por los que quieren confundir a los radares o porque sus ocupantes terminaron como carnada después de pasar a degüello a manos de algún socio despechado. Es por eso que el capitán Miguel Castanedo, en general, no le lleva el apunte a las manchas marrones que aparecen cada tanto en el horizonte. Pero el martes pasado navegaba a 12 nudos por hora al comando de su buque de carga Isla de los Volcanes en su ruta entre Málaga y Melilla cuando levantó un poco más los prismáticos. Vio un cayuco, una de esas embarcaciones de pescadores que traen a los inmigrantes ilegales subsaharianos a España, semihundido con unos cuerpos desfallecientes en su interior y otros en el agua aferrados a unas sogas. Estaban a la deriva, a 33 millas de la costa africana, esperando la muerte.

"Era un momento de desesperación. No hubieran vivido tres horas más en esas condiciones", explicó el capitán cuando entregó a los sobrevivientes en el puerto de Málaga. Lo que logró rescatar era un verdadero despojo humano. En el interior del cayuco de apenas siete metros de eslora había 21 hombres y mujeres de países tan diversos como Chad, Ruanda, Eritrea o Kenia que viajaban sin agua ni alimentos. Y en el mar había otros cuatro que cayeron durante el viaje y estaban aferrados a una madera y a un bidón de combustible. Una mujer de unos 30 años, gordita, que se encontraba en muy malas condiciones, no paraba de llorar y de balbucear unos nombres. Horas más tarde, en el hospital de Málaga le contó a la Policía lo que había sucedido. "Perdí a mis tres hijos y a mi marido", dijo desesperada. Los otros sobrevivientes terminaron el relato. Originalmente eran 70 los inmigrantes que abordaron el cayuco. Dieciseis murieron o desaparecieron en el mítico mar de Alborán.

"Aquí sólo se cuentan los cuerpos que llegan, pero se trata sólo de una parte. No se contabiliza a las víctimas que cayeron en el Sahara tratando de alcanzar Argelia o Libia".

Lo sucedido en el cayuco nadie lo sabrá con exactitud. Ninguna Policía va a investigarlo a fondo. Se toma como un número más en las estadísticas. En los últimos dos años murieron oficialmente unas 20.000 personas tratando de llegar a Europa. Extraoficialmente esa cifra es mucho más elevada. La Media Luna Roja (la Cruz Roja musulmana) y otras organizaciones humanitarias como la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía calculan que al menos uno de cada tres cayucos que parten de Africa nunca llega a las costas españolas y que al menos otro 10% de los que logran cruzar fallece en el camino. "Los tiburones de esta zona del Atlántico y los del Mediterráneo están gordos como elefantes", me dice en forma brutal un pescador que encuentro en el puerto de Los Cristianos en Tenerife.

"Aquí sólo se cuentan los cuerpos que llegan, pero se trata sólo de una parte. No se contabiliza a las víctimas que cayeron en el Sahara tratando de alcanzar Argelia o Libia. Las organizaciones de la zona estiman que el transito terrestre se cobra al menos la mitad de las vidas de las que se cobra el Atlántico", explica Briggitte Espuche una de las autoras del informe de la asociación andaluza. Steven David, un inmigrante que llegó de Ghana a las Canarias hace ya once años sabe de esto. "He tenido que hacerme cargo muchas veces de los cadáveres de mis compatriotas. Es muy difícil llamar a las familias para decirle que les va a llegar el cajón con los restos de un hijo, un marido, hasta bebés. Hay que darles la peor de las noticias. Ser inmigrante es muy duro siempre, te salves en el cruce como yo o no", cuenta David mientras nos tomamos una cerveza en un bar del barrio de Taco, en Santa Cruz de Tenerife.

Una de las peores tragedias de cayucos repletos de muertos sucedió en las costas de la isla canaria de La Gomera. En julio del 2006 llegó hasta cerca del puerto de Alajeró un cayuco con 59 cuerpos tirados uno encima del otro. Los vecinos del lugar que veían la embarcación a unos cuantos metros de la costa sólo podían distinguir una pila marrón. A primera vista parecía que habían perecido todos en la ruta que los traía desde Guinea Bissau. Cuando se embarcaron eran más de 70. Un pescador con ojo experto para ver cosas por encima del reflejo de las olas, percibió que entre los cuerpos había algún movimiento. De inmediato se inició el rescate. Cuando lograron traer la barca hasta el muelle pudieron ver que la mayoría aún estaba con vida pero sin fuerzas siquiera para pedir ayuda. "Eran como zombies", fue la descripción de uno de los testigos.

Para poder subirlos al muelle tuvieron que utilizar una vieja balanza atunera. Iban cargando los cuerpos de a cuatro o cinco y los subían como si fueran pescados para vender en el mercado. Al parecer, nadie había actuado sobre los más débiles para poder sobrevivir.

Ese es un principio de explicación a las cosas que suceden en estos cayucos. Como en los barcos negreros de la era esclavista, hay relatos de que los más débiles son tirados por la borda. También de grupos que se quedaron sin suficiente agua dulce para llegar a destino y se trabaron en lucha hasta que unos terminaron arrojando a los otros a una mar embrabecida. Y hay testimonios de los que contraen enfermedades o se infectan las heridas producidas por los golpes de las olas con los restos del combustible que cae sobre ellos o queda concentrado en el fondo del cayuco.

Los cementerios de todas las Canarias están repletos de tumbas con inscripciones como "inmigrante sin identificar-26-07-06". El campo santo de Antigua, en Fuerteventura, es el que más inscripciones de estas tiene. Allí tuvieron que habilitar el año pasado una sección nueva del cementerio sólo para sepultar estos cuerpos que nadie reclama. Y no es sólo del lado europeo. En Nuadibú, el puerto de Mauritania desde donde parten los cayucos que quieren alcanzar las Canarias, hay un cementerio enorme donde trabajan inmigrantes de Mali, Camerún o Burkina Fasso. Cavan tumbas para los que devuelve el mar y para juntar dinero que les permita subirse a un cayuco. "Es una ruleta rusa, pero todos están dispuestos a hacerlo. Lo otro, lo que tienes, la vida que llevas en Africa la despreciamos y creemos que acá, en Europa, vamos a tener de inmediato todo lo que vemos en televisión. Por esa ilusión nos jugamos la vida", me explica Najib Ahdemnaji que llegó hace años en un cayuco y que ahora ayuda a otros inmigrantes en una de las sedes de Cáritas en la Cuesta de Piedra de Santa Cruz.

Todos los que logran el cruce tienen a un familiar o conocido que murió en el cruce. Uno de los chicos que encuentro en el centro de acogida donde los alojan tras cumplir 18 años -llegó a los 15 años sólo en un cayuco-, me cuenta la historia de Abiem, un primo de su edad que salió poco antes que él del pueblo de Elinkin, en la desembocadura del río Casamancé, en el sur de Senegal. Abiem no llegó a Tenerife como tenía previsto su cayuco. "Desapareció, nunca supimos nada. Nunca apareció un cuerpo", cuenta el chico que dice llamarse Samba. Y lo peor es que Samba recibe en el centro de acogida las llamadas de la madre de Abiem que no deja de preguntar por su hijo. "Nunca tuve coraje de decirle que estaba muerto", confiesa. "Y ella me dice que Abiem tiene que tener el "yom" (valentía en la lengua wolof que hablan en esa región senegalesa). Y que yo también tengo que tener el Yom. Pero Abien ya no puede hacer nada. Vive en lo más profundo del mar".

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