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El Damasco Viejo se resiste a desaparecer

26/03/2008 - Autor: Agencias - Fuente: PL
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Mezquita de los Omeyas
Mezquita de los Omeyas

Bullicioso, solemne, de comercios vibrantes, casuchas maltrechas, recintos señoriales y callejuelas siempre enigmáticas, el núcleo antiguo de Damasco honra su cualidad cosmopolita y seductora de hace más de seis mil años.

Pareciera que poco le importa al Damasco Viejo, declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 1979, la pujante modernidad de la capital de Siria, sus imponentes edificios, el neón de sus vistosas avenidas o la "occidentalización" de la vida.

 

La ciudadela, flanqueada en una de sus partes por las murallas del Castillo de Damasco y a los pies del monte Kasiun, es la urbe habitada de forma ininterrumpida más antigua del mundo, y de ella aparecen referencias en textos de hace cuatro milenios y medio.

 

Según refiere el Nuevo Testamento, Jesús se le apareció al judío Saulo de Tarso cuando venía hacia la metrópoli, y éste se convirtió al cristianismo (luego se le identificó como San Pablo), de ahí que sea sagrada tanto para cristianos como para musulmanes.

 

La Calle Derecha, conocida como Vía Recta, se menciona en la Biblia como el escenario sobre el cual se produjo la conversión de Saulo, y es ello una de las causas de que se considere a Damasco "cuna de civilizaciones y pesebre de religiones".

 

Impresionante en el plano arquitectónico y reveladora en su historia, la Gran Mezquita Omeya es uno de los símbolos citadinos que, con sus columnas de capiteles romanos, sus mosaicos y escrituras griegas, enorgullece a los damascenos.

 

Guiado por Ahmed, uno de los tantos sirios que se vanaglorian de cuánto atesora su ciudad, transitó descalzo por la sala de oraciones de la mezquita hasta llegar a la tumba de Juan Bautista, prueba de que allí confluyeron en los rezos cristianos, judíos e islámicos.

 

Pero el Damasco Viejo, al que sus callejuelas estrechas obligan a restringir el tránsito de vehículos, no vive sólo de su pasado.

 

Está cargado de singularidades apreciables en sus mercados populares, llamados aquí zocos, en los aromas que emanan de sus pintorescos restaurantes o de los cafés frecuentados por fumadores empedernidos de narguiles.

 

Los zocos, atestados de tiendas de antigüedades reales o imitadas, artesanías, alfombras, oro, plata y artículos industriales modernos, son calles que semejan extensas galerías por los altos techos de hierro que unen una acera con otra desde el siglo XIX.

 

Entre los zocos sobresalen el cubierto de Madhat Basha, uno de los más importantes de Damasco junto al Hamidiyeh, y el Al Zuria o mercado de las semillas donde llega a ser insoportable el penetrante aroma de los más de dos mil tipos de semillas, especias, frutos secos y dulces.

 

Hay para todos los gustos, incluso sanguijuelas vivas y serpientes en frascos con fines esotéricos o terapéuticos. En el barrio cristiano los comerciantes mantienen la tradición de los muebles de taracea y la orfebrería.

 

Sosiego y meditación encuentran muchos hombres en los baños colectivos o hammams, con una pileta al centro y asientos alrededor, a donde acuden a fumar y beber té que los árabes llaman chai-, o en los cafés que frecuentan entre amigos con iguales propósitos.

 

Extrañeza provocó en este forastero el Café Al-Nawfara, frecuentado comúnmente por mujeres solas que toman asiento como en desafío al sexo opuesto y degustan alguna exquisitez de la pastelería árabe, leen, conversan, fuman su narguile o se deleitan con músicos sufíes.

 

En los recovecos de la ciudadela de Damasco son comunes en las partes altas de algunas edificaciones los "barad shabi", unos pequeños salientes de la pared cerrados con maderas cruzadas que antaño y aún hoy hacen la función de refrigeradores para conservar alimentos.

 

Mucho hay para describir del Damasco Viejo, un espacio por momentos alicaído, pero reconfortante que así como lo fue para las caravanas que cruzaban el desierto hacia la Meca- sigue siendo punto de referencia obligada en la historia universal.

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