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Tánger, un fin de semana bajo coste

02/03/2008 - Autor: María Ovelar - Fuente: El País
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Tomamos un vuelo de la línea recién abierta por Easyjet a la ciudad del Estrecho. Los dirhams se estiran allí: marcha en la playa, té a la menta en el café de Allen Ginsberg y regateo en la Medina.

Poner un pie en Tánger significa sacarlo del mar y meterlo en un muelle sacudido por las idas y venidas de cientos de marroquíes que ofrecen una habitación, un taxi o una visita guiada. En enero, la visita hubiese arrancado así: en el puerto tangerino tras bajar de un ferry. Sin embargo, desde el 1 de febrero, los seis vuelos semanales de la bajo coste Easyjet tienden un nuevo puente entre Madrid y la ciudad marroquí. Nuestra aventura, de más de 48 horas (por 139,48 euros, más 40 euros en compras de souvenirs), arranca un mes antes de partir frente a la pantalla del ordenador.

Adquirir un billete de ida y vuelta debería ser fácil: se entra en la web www.easyjet.com, se eligen las fechas y se paga. No obstante, el proceso está minado de trampas. El precio inicial (19,99 euros) puede engordar hasta los 73,75 euros si uno se descuida. Y aunque se eliminen las casillas del seguro de viaje (16 euros), bolsa facturada (11,98 euros cada una) y speedy boarding (permite embarcar los primeros, por 14,25 euros), desembolsamos una comisión por pagar con tarjeta (2,50 euros, la Visa Electrón; 7,50 euros, el resto). Al final, el billete cuesta 23,48 euros, ida y vuelta.

Son las 11.30. En el aeropuerto de Barajas más de un despistado paga el recargo de 15 euros por llevar más de una bolsa de mano. "Debe facturarla, supera las dimensiones permitidas", informa una sonriente azafata a una viajera. Con el fin de subirla a bordo, la pasajera embute su maleta en un medidor. Y lo hace tan bien que luego es incapaz de sacarla. La azafata acude en su auxilio, más sonriente si cabe, y la mujer apoquina los 15 euros a regañadientes.

En el embarque no se salva ni Rita. No hay asientos numerados. Cada billete lleva asignada una letra: A, B, C o D. La entrada al avión se realiza por riguroso orden alfabético. Los pasajeros esperan, algunos impacientes y otros cabizbajos, su turno. Es fácil acordarse de cuando pasaban lista en el colegio. Son las 13.10. Despegamos.

Por un puñado de dirhams

Una hora y media de vuelo, y el avión aterriza en Tánger. El aeropuerto de Bouakhalef (15 kilómetros al sureste de la ciudad) es minúsculo. Como en una película de los sesenta, los pasajeros descienden por la escalerilla y reciben la bofetada del viento en la cara. Un reguero de universitarios y varios marroquíes cruzan -con la mano en la gorra o en la falda- la pista de aterrizaje. No tardan en aparecer errores en la guía de viaje: ¿quién dijo que existían grands taxis (taxis compartidos) del aeropuerto al centro? Tras cambiar 50 euros (555,75 dirhams), un taxista nos conduce al hotel en un Mercedes destartalado por 150 dirhams (13 euros). La carretera -la misma que une Asilah con Tánger- es una metáfora de la ciudad: tenderetes de artesanía en la cuneta, ovejas en prados verdes, decenas de edificios en construcción, escolares que cruzan casi sin mirar y un desfile de mujeres vestidas con chilabas y con hiyab en la cabeza. El taxista sortea, experto, los peligros.

Veinte minutos paladeando la ciudad desde la ventanilla dejan al turista confundido en el hotel Rembrandt, en pleno bulevar Pasteur, la espina dorsal de la ciudad. Son las 15.00, una hora más en España. El equipaje se deja en la habitación doble (dos noches, 70 euros) donde una ventana muestra el tumultuoso trajín de la vida tangerina. Primera parada: la oficina de turismo del bulevar Pasteur, donde se acumulan polvorientos libretos en español, editados en los ochenta, y algunas guías de ocio gratuitas en francés.

Al baysara y té con hierbabuena

El hambre aprieta. El gran zoco huele a pescaíto frito. En la calle Salah Eddine el Ayoubu, en la Place du 9 Avril 1947 (fecha de la declaración de independencia de Marruecos), varios puestos de comida tientan el paladar. Las mesas y sillas dispuestas en la acera, con vistas a una mezquita y al antiguo cine Rif, son de plástico blanco. El menú, copioso: al baysara (sopa de habas secas y aceite de oliva con comino y pimientos picantes), mezze (ensalada de tomate y lechuga aderezada con limón), harissa (salsa de pimentón) y un plato de sardinas rebozadas, aceitunas, patatas fritas y arroz con azafrán. Un banquete que se acompaña con un humeante té verde con hierbabuena. Todo por 30 dirhams (menos de tres euros). Para bajar el festín nos dejamos engullir por la Medina, a la que se accede por la calle Semmarine. A la derecha, en un mercado con enormes calabazas y montañas de especias y frutos secos, gatos somnolientos maúllan sobre cajas de pescado.

Recuerdos de William Burroughs

La Medina es laberíntica y hechizante. Las paredes de las calles Nasiria, Seqaya Jdida o Mohamed Torres están empapeladas de carteles de La Vache Qui Rit (La Vaca Que Ríe, en francés) y de Tánger Expo 2012. Asumimos la derrota: nos hemos perdido. "¿Dónde está el Pequeño Zoco?". Afilah, un vendedor, hace de guía. No sin antes improvisar una parada en el bazar de artesanía de su padre, Abaakil, donde el viajero pica y compra almendras, nueces y cacahuetes (50 dirhams; 4,50 euros). El Pequeño Zoco es un oasis entre tanto bullicio. Bajo el toldo del café Tingis (nombre de la Tánger romana), hombres mayores beben té, juegan al backgammon y fuman en pipa sentados en sillas de hierro forjado. La atmósfera es de lo más peculiar: roscas de humo en la penumbra, techos altísimos y gigantescas cristaleras. Se respira el misterio que inspiró a escritores como William Burroughs y a poetas como Allen Ginsberg. Un elegante camarero sirve té como si escanciara sidra de una tetera plateada. Es fácil sacudirse el cansancio mientras se admira esas escenas costumbristas y se sorbe té (la tetera, ocho dirhams; unos 70 céntimos de euro). El teatro Cervantes, inaugurado en 1913 y levantado por españoles, está en ruinas. Pero su fachada art déco bien merece la visita.

Nos dan las 17.00. A tiro de piedra, en la calle Touahine, se levanta la Fundación Lorin. El edificio, una antigua sinagoga, resume el siglo XX a través de recortes de periódico, caricaturas de políticos como Winston Churchill, fotos (como la llegada del sultán Maley Hassan) o un amarillento folleto del hotel Minzah donde se anuncia una "divertida caza del jabalí". El hotel, todavía en pie, es un emblema de Tánger como ciudad internacional. Ava Gardner, Ian Fleming o Francis Bacon pisaron el piano-bar del Minzah.

El atardecer en Marruecos es de película: vale la pena volver al Pequeño Zoco, dejar atrás su Gran Mezquita y descender por la agujereada calle de Mokhtar Aherdan hasta la puerta Bab dar Dbagh. La estampa es sobrecogedora: una plaza blanquísima entre paredes desconchadas, donde duermen varios taxis y charlan algunos taxistas. Desde la barandilla impacta el puerto, el motor de la ciudad: detrás de varios transatlánticos, camiones y enormes naves industriales se esconde el Atlántico.

De tapas por Tánger

Son las 19.00. El objetivo es llegar al hotel. Pero es imposible no entretenerse en el avispero vibrante de comercios de la calle de la Liberté. Un comerciante pide 300 dirhams por un bolso de cuero. Es necesario regatear insistentemente para que baje a 50 (4,50 euros). A dos pasos, tras unas vidrieras, los cuadros de la marroquí Safaa Erruas ocupan las paredes de la galería Delacroix. El empleado muestra los precios: rondan los 48.000 dirhams (4.220 euros).

Después de acicalarse en el hotel, un atractivo portero invita a entrar a The Pub, elegante local en las inmediaciones del bulevar Pasteur, animado con la potente voz de la francesa Edith Piaf. Hombres encorbatados beben copas de chardonnay en sofás de terciopelo verde. ¿Quién dijo que las tapas eran asunto granadino o madrileño? Con la cerveza -las marcas locales son Casablanca y Spéciale (40 dirhams, unos 3,50 euros)-, el camarero sirve dos generosas tapas: una de queso de cabra y una versión tangerina de la paella. No hace falta pedir otro botellín para zamparse otras dos buenas raciones: el camarero sustituye los platos vacíos por más exquisiteces. La conversación surge espontáneamente con Jamaal, un marroquí de 43 años que en los setenta trabajó durante un par de meses en una empresa textil de Linares (Jaén). La noche termina con un batido de fresa en el café La Giralda, con vistas a los cañones de la terraza de los Perezosos.

Festín cultural y regateo

A las 7.30 suena el despertador. La panza se llena en el bufé del hotel: higos hervidos en agua de azahar con miel, mandarinas, cruasanes, aceitunas, café con leche y un zumo de naranja. Aplacado el hambre toca abordar el festín cultural: de primero, la iglesia Saint Andrews; de segundo, el Museo de Arte Contemporáneo, y de postre, el Museo Dar el Makhzen.

Mustapha se ocupa desde hace 45 años del jardín de Saint Andrews y su cementerio. La leyenda cuenta que un jeque del golfo Pérsico financió la Gran Mezquita porque la aguja de esta iglesia anglicana, construida en 1894, eclipsaba todos los minaretes de Tánger. El relato de Mustapha se mezcla con los gritos de las tifereñas que venden verduras y huevos a las puertas del recinto. En el cercano Museo de Arte Moderno (10 dirhams; casi un euro), los cuadros abstractos recuerdan que el islam no aprueba el arte figurativo.

La calle de Italia conduce a la kasbah. Unos niños atraviesan la puerta de Bab Bhar. Les seguimos. Las murallas esconden un secreto: cañones y unas sorprendentes vistas sobre el Estrecho.

Son las 11.30 de un jueves, día de los enamorados (el viaje se hizo el pasado 14 de febrero), y el Museo Dar el Makhzen (10 dirhams, ocho euros), en el palacio del sultán Muley Ismail, está vacío: el edificio del siglo XVII cuenta la historia de Marruecos a través de flechas prehistóricas, ánforas griegas, mosaicos romanos y armaduras portuguesas. Antes de partir vale la pena sentarse en los jardines del Sultán. Las puertas del palacio de Sidi Hosni -donde Barbara Hutton, la legendaria heredera del imperio Woolworth, celebró sus glamourosas fiestas- están selladas. Nadie acude a las llamadas. Tampoco hay suerte en la iglesia de la Inmaculada Concepción. Está cerrada a cal y canto. De la casa de al lado sale sin previo aviso una simpática monja. No habla ni papa de español, ni de inglés, ni de francés. En el interior de la vivienda, donde conviven las monjas, las visitas de parejas se suceden. Una religiosa explica en inglés que la iglesia lleva años cerrada y sugiere visitar la Catedral Española. De camino, en la calle Belgique (número 166), en el Ensemble Artisanal, financiado por el Gobierno, varios artesanos trabajan la madera y el cristal. No muy lejos, los tangerinos rezan en la mezquita Mohammed V. El contrapunto lo pone la calle Hassan II y su Catedral Española, de 1961.

El tiempo vuela: ya son las 15.30. Una baguette de cordero picado (17 dirhams; 1,50 euros) y un zumo de mango (13 dirhams; poco más de un euro) convencen al comensal más exigente en la avenida Mexique. La librería Des Colonnes es perfecta para comprar, en inglés, la novela de Paul Bowles El cielo protector. El ambiente bohemio del café de París invita a leer. Justo al lado, la pastelería La Española seduce al visitante con khaab al ghazal (cuernos de gacela, con forma de media luna y rellenos de pasta de almendra; 30 dirhams, 2,50 euros). El resto de la tarde se escapa regateando por collares y brazaletes en la Medina.

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