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Venimos de parte del Gobierno español

21/05/2007 - Autor: José María Irujo - Fuente: El País
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"¿Perteneces a Al Qaeda? ¿Has planeado hacer atentados? ¿Conoces a gente que ha hecho atentados? ¿Y a alguien que los planea? ¿Odias a América?" El ceutí Hamed Abderramán, Hamido, contestó a todas las preguntas con un escueto "no", tal y como le ordenaron. "Sólo debes responder sí o no", le advirtió Ana, la militar estadounidense que dirigía el interrogatorio. Era la Navidad de 2003 y Hamed estaba sentado con su mono naranja, los pies atados con cadenas al suelo, un anillo en un dedo de la mano derecha, un tensiómetro en el brazo y dos cables en el pecho conectados a una máquina. La prueba del polígrafo. la máquina de la verdad, fue el último interrogatorio al que fue sometido en la base de Guantánamo (Cuba).

En febrero de 2004, semanas después de enfrentarse varias veces a aquella máquina, Hamed Abderramán, de 32 años, fue entregado a España y conducido al hospital madrileño Gregorio Marañón. Había perdido 15 kilos de peso y sufría depresión. Aguantó dos años de interrogatorios en la base norteamericana en la que EE UU concentra a supuestos miembros de Al Qaeda. Un centro de tortura que policías españoles visitaron en cinco ocasiones para interrogarle a él, el único español, y a otros 12 presos de varias nacionalidades, sobre su estancia en Afganistán, su detención tras los atentados del 11-S y sus supuestos contactos con Al Qaeda.

"Cuando vi a esos policías declarando en el juicio como testigos me quedé sorprendido. Habían sido testigos de mi tortura y no dijeron ni una palabra de cómo me encontraba allí ni de mi lamentable estado de salud", se lamenta ahora. El Tribunal Supremo anuló la condena de seis años de prisión dictada por la Audiencia Nacional contra el talibán ceutí basada en las declaraciones autoinculpatorias que esos agentes obtuvieron en Guantánamo de un preso torturado y sin defensa. El juez Baltasar Garzón, que investigó al ceutí, asegura que los policías fueron autorizados por Interior.

Hamed ha engordado, viste pantalón, camiseta y zapatillas deportivas, se ha dejado coleta y reza cinco veces al día. Sentado en el salón de la humilde casa en la que vive su familia, en el barrio ceutí de El Príncipe Alfonso, el más deprimido de la ciudad, rememora los interrogatorios de la policía española y marroquí. Dos de sus hermanas le escuchan con atención, pero faltan Mustafá y Yousef, detenidos hace meses por su presunta pertenencia a una célula islamista. Soodia, la madre, de 65 años, se pregunta qué más puede pasarle.

La primera visita de los policías españoles se produjo en marzo de 2002. Hamed estaba en el campo Rayos X de Guantánamo adonde había sido conducido por los militares norteamericanos desde Kandahar (Afganistán). La delegación la encabezaba Félix Valdés, número dos de la Embajada española en Washington, y Rafael Gómez Menor, entonces uno de los jefes de la Unidad Central de Información Exterior de la policía, que investigaba a la célula del sirio Imad Eddin Barakat, Abu Dahdah.

El preso fue conducido a una habitación de madera de cuatro metros cuadrados con un cristal tras el que se ocultaban los agentes norteamericanos. "Su primera frase fue ésta: Tranquilo, venimos de parte del Gobierno español. Me encontraron sentado en una silla, con la cabeza rapada, encadenado de pies y manos y atado al suelo por una argolla para que en ningún momento pudiera levantarme. Querían saber si era español, si mi pasaporte era verdadero. Me preguntaron por los nombres de mis padres y hermanos. Me tomaron huellas y grabaron en vídeo... Pero después los policías me interrogaron durante varias horas sobre mi viaje y estancia en Afganistán. Y les conté la historia que había relatado a los americanos. Les dije lo que ellos querían oír: que fui a hacer la yihad, que estuve en un campo de entrenamiento. Si cambiaba, sabía que me torturarían más". "¿Podré ir a Chechenia cuando salga de aquí?", aseguró Valdés que les dijo Hamed al despedirse.

Tres meses después, los días 22, 23, 24 y 25 de julio, la delegación policial española regresó por segunda vez a la base. "Me dijeron que habían comprobado mi identidad. Y de nuevo otro largo interrogatorio: ¿Conoces a Bin Laden? ¿Has tenido relación con Mustafá Setmarian? ¿De qué conoces a Abu Dahdah? Me preguntaron por mis amigos de Ceuta, mi marcha a Afganistán y me mostraron decenas de fotos. Un interrogatorio a fondo. No fue una conversación de amigos ni hubo una palabra de aliento. Sólo había uno, algo mayor, que no me preguntaba y sonreía. Ése me daba algo de confianza, pero el resto estuvieron siempre fríos y distantes. Sólo les interesaba la información, no la persona destrozada que tenían delante".

Hamed asegura que la reclusión y las amenazas de los militares estadounidenses le empujaron a la depresión. "Me decían los militares americanos que si no colaboraba no saldría de allí jamás. Qué no volvería a ver a mi familia. En las salas de interrogatorio me tenían horas y horas solo con el aire acondicionado a tope. Pero a los policías españoles no pareció importarles la situación en la que me encontraron, mi estado físico ni mi depresión. Estaba muy mal, tomaba pastillas y quería morirme. Muchas veces pensé en el suicidio... Muchas veces. ¿Sabía usted que allí se han suicidado varias personas?".

Los policías españoles, entonces bajo la dirección de Agustín Díaz de Mera, el eurodiputado del PP que propagó la teoría conspirativa en torno al 11-M, elaboraron un informe de 39 páginas sobre aquella visita en la que interrogaron a otros 12 presos sirios, marroquíes, tunecinos, argelinos, saudíes y daneses. Diecinueve páginas se dedicaron a Hamed, el preso número 267 de Guantánamo, el único español en la base.

El ceutí ofreció todo lujo de detalles sobre Abu Naiz, un tipo al que conoció en 2001 en la mezquita ceutí Sidi Embarek, que había entrenado en campos terroristas en Afganistán y que, según su testimonio, le animó a ir al país de los talibanes. Hamed viajó a través de Irán y entrenó con kaláshnikov y pistolas, "diez disparos diarios", en un campo a las afueras de Kabul. Allí hablaban de Bin Laden y de la yihad. Contó su fuga hasta la frontera de Pakistán, atravesando las montañas a pie y guiado por un afgano, y los interrogatorios de los norteamericanos en Kandahar. Negó conocer a Abu Dahdah, pero describió su relación con otras personas.

Ahora, Hamed tuerce el gesto cuando se le pregunta por su relación con Al Qaeda y niega toda su declaración en Guantánamo. "En Afganistán estuve en una escuela coránica, pero conté esa historia porque no podía cambiar la versión que di a los americanos. Si cambiabas una sola coma de tu declaración, comenzaban de nuevo las torturas. ¿Por qué iba a cambiar mi versión? Tenía que aguantar, tenía que salir de allí. Estaba obsesionado con ver a mi familia. Además, la policía ha cambiado e inventado cosas de mi declaración", alega.

El talibán ceutí, igual que Lahcen Ikassrien, de 39 años, un preso marroquí interrogado también por la policía española, fue trasladado en una camioneta al Campo Delta. "Las jaulas eran peores y no podíamos ver el exterior". Por allí también apareció la policía española. El ceutí sitúa esta tercera visita en septiembre u octubre de 2002, aunque no está seguro.

Él lo recuerda así: "Acudieron tres policías y otra persona que creo que era agente del CNI. Con el tiempo y la experiencia aprendes a distinguir las preguntas entre unos y otros. Con los norteamericanos era igual, los interrogatorios de los militares eran distintos de los que hacían los agentes de la CIA. Me preguntaron por marroquíes, por gente que había estado en Bosnia y Chechenia, por Abu Mughen, el tuerto, por Setmarian, al que ahora tienen en una cárcel secreta los norteamericanos. Tenía miedo de que me implicaran en cosas con las que no tenía nada que ver. Estaba acabado físicamente, depresivo y casi no tenía fuerzas para responder, pero ellos seguían preguntando".

En 2003, Hamed recuerda "una o dos" visitas más de los agentes españoles al infierno de Guantánamo. Especialmente una, el cuarto interrogatorio, en el que uno de los policías le comunicó que había estado en el barrio de El Príncipe Alfonso visitando a sus padres. "Traía una cinta con un mensaje grabado de mi madre. Me la enseñó: ¿Quieres oírla?. Le dije que no. No tenía fuerzas. Me iba a poner peor de lo que estaba. Aquel día me interrogaron otra vez. De nuevo, más preguntas sobre lo mismo".

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