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Cómo humillar a los pasajeros en nombre de la seguridad

05/04/2007 - Autor: Mónica G. Prieto - Fuente: El Mundo
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Registro en el aeropuerto de Tel Aviv
Registro en el aeropuerto de Tel Aviv
«Es por su seguridad». La lacónica frase, repetida mecánicamente por los oficiales del aeropuerto de Tel Aviv, debió de resultar grotesca a oídos de Tania Hisch, una estudiante alemana de Medicina de 24 años, cuando el cacheo previo a su embarque se convirtió en un episodio vejatorio propio de la prisión iraquí de Abu Ghraib.

Tania se disponía a regresar a su país hace dos semanas, tras realizar un curso en Israel, cuando los agentes del aeropuerto Ben Gurion le instaron a vaciar su maleta, algo casi rutinario. Cuando acomodó de nuevo sus enseres, fue acompañada a una sala donde una oficial le ordenó desnudarse completamente: primero le tocó los pechos y luego le instó a arrodillarse y apoyar las palmas en el suelo para proceder a examinar su ano con una linterna. Sólo una vez que lo hizo se le permitió tomar su vuelo.

El de Tania Hisch es uno de los últimos casos denunciados pero no el más grave de los que ocurren en las fronteras israelíes. Los humillantes registros a los que son sometidos los ciudadanos no judíos y, en especial, los árabes están multiplicando las protestas de las embajadas y han llevado a algunas organizaciones pro Derechos Humanos a exigir el final de unas prácticas tachadas de racistas y excesivas, donde la dignidad humana es sacrificada en nombre de la seguridad. El Ministerio de Exteriores israelí ha pedido al Shin Bet, encargado de la seguridad nacional, que ponga fin a estas prácticas pero no por su carácter denigrante. «La imagen del Estado de Israel no es buena. Parece que los trabajadores del aeropuerto no son conscientes del daño que infligen a los turistas», se quejaba un responsable de Exteriores al Yediot Ahronot.

Los visitantes son sólo la parte visible de un problema del que no se libran ni los funcionarios y diputados israelíes siempre que no sean judíos. Es el caso de Rania Jubran, la primera diplomática árabe-israelí del país e hija de uno de los jueces del Tribunal Supremo. A mediados de febrero, cuando se disponía a volar a Barcelona, Rania fue sometida a un interrogatorio «desconsiderado, irrespetuoso y rudo» en el que nada sirvió su credencial. Sólo la intervención del Ministerio permitió que embarcara en su vuelo. La diputada árabe-israelí Nadia Hilou, que sufre esos desmanes cada vez que viaja por aire, describe la experiencia por la que debe pasar cualquier ciudadano árabe: «Primero te apartan de la cola de facturación y te colocan en una fila diferente, donde todo el mundo te mira (...) Los registros físicos son humillantes. Una vez incluso registraron la papilla de mi nieta. Les dije: ¿Creéis que hay una bomba ahí dentro?»

Excesos en los cacheos

Para el Centro contra el Racismo y la Asociación Arabe para los Derechos Humanos se trata de una política discriminatoria y denigrante. A finales de diciembre, ambas organizaciones presentaron el informe Sospechoso por ser árabe, en el que decenas de víctimas de humillaciones relataban sus experiencias, que a menudo son acompañadas de insultos. Los hechos son siempre los mismos: los viajeros no judíos son separados de los judíos, interrogados durante horas, obligados a abrir sus equipajes y, en muchos casos, sometidos a cacheos de los que no se libran niños ni ancianos.

La periodista palestino-americana Laila Hadad se recuerda con 12 años «gritando y rogando a mi madre» para que convenciese a la oficial de turno de que no era necesario quitarse las bragas. Mayson Zayid, estadounidense de padres palestinos, ha vivido episodios similares desde los siete años.

El penúltimo ocurrió el pasado verano, cuando el cacheo manual coincidió con su menstruación. Tras el interrogatorio, donde le despojaron de su material de aseo, Mayson pasó horas sangrando a la vista de todos en la sala de embarque. Mayson sufre una parálisis cerebral y en el momento de ese incidente estaba en silla de ruedas. Los autores de Sospechoso por ser árabe han constatado que, con la excusa de la seguridad, un segmento entero de la población es discriminada en los aeropuertos israelíes e indicaban que tal política viola diversos derechos fundamentales, por encima de todos, el de la igualdad.

Los excesos también se dan contra gentiles (no judíos) e incluso contra judíos no israelíes. El pasado noviembre, Ingrid Steinitz, una judía danesa de 72 años, regresaba a su país, tras visitar a su hija (israelí) y sus cuatro nietos cuando fue interrogada y obligada a desnudarse. La oficial de turno la instó a apoyar las manos en la pared y abrir las piernas. Steinitz comentó que la situación le recordaba a un campo de concentración y la joven supervisora condenó indignada la comparación. A muchos activistas se les impide la entrada y se les complica la salida de Israel. Ya le ocurrió a la norteamericana Hedy Epstein, cuya familia pereció en los campos nazis, cuando visitó el país a sus 79 años y participó en una protesta pacífica en Cisjordania: en el aeropuerto fue obligada a desnudarse y fue «examinada internamente» por los agentes.

Harta de abusos, la parlamentaria Hilou ha comenzado una campaña en la Knesset para lograr que la dignidad y los derechos más fundamentales sean atropellados. En este contexto se entrevistó, a mediados de febrero, con el responsable del Shin Bet, Yuval Diskin: cuando la reunión fue hecha pública, recibió «40 o 50» llamadas y mensajes de árabes-israelíes que relataban las humillaciones sufridas en los aeropuertos, entre ellos un diputado de Jerusalén y un reconocido médico del hospital Hadasa. Varias ONG se han unido a la lucha, entre ellas Machsom Watch, cuyos miembros supervisan las irregularidades en los checkpoints israelíes de Cisjordania. Las mujeres de Machsom Watch han solicitado hacer lo mismo en Ben Gurion, pero las autoridades impiden que se desplieguen en el aeropuerto. La situación es tan irregular que el primer ministro israelí, Ehud Olmert, se ha entrevistado con el titular de Transportes, el ex ministro de Defensa Shaul Mofaz, para llegar a una solución. «Debemos encontrar un equilibrio entre la necesidad de inspeccionar a los pasajeros y el deseo de que pasen rápidamente por las terminales y lo haga con dignidad»
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