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Melilla, secretos del modernismo

16/12/2006 - Autor: Miriam Márquez - Fuente: El País
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Ciudad de Melilla
Ciudad de Melilla
Un altavoz desconchado de la mezquita del barrio de Mantelete comienza a exhalar una melodía -una oración en realidad- con una voz femenina y ondulante que sobrecoge al forastero. En la cafetería Los Arcos, las manos hábiles de un camarero pliegan en cuatro una pasta dulce y aromática que luego, recubierta de miel, lleva a una mesa donde cuatro mujeres maduras paladean un té moruno a la menta. En la avenida central, dos niños acarician con sus pestañas el vidrio del escaparate en el que se exhiben zapatillas deportivas. En la parte vieja, un Pedro Estopiñán de hierro, orgulloso como todo conquistador, blande su lanza como queriendo poner orden entre tanto revuelo. Y sobre toda esta agitación, unos edificios misteriosos de chaflanes curvos y adornados con rostros de mujer adquieren con la oscuridad toda su plenitud.

"Todo el mundo reconoce la viveza de Melilla, pero pocos saben de su riqueza arquitectónica. Lo más curioso de la manera que tuvo la ciudad de forjarse fue que se hizo con el convencimiento de estar creando algo bello". Lo dice Antonio Bravo Nieto, historiador y uno de los embajadores de la faceta artística de la ciudad, considerada la segunda de España en legado modernista después de Barcelona. "Fue una obra colectiva, en la que participó a un tiempo el universo militar y civil de la ciudad. Melilla fue, en cierto sentido, como el Lejano Oeste americano, una tierra virgen en la que empezar de nuevo", explica.

Una tierra para renacer manteniendo bien visibles los gustos y privilegios de una clase burguesa orgullosa de sí misma y con ganas de definirse en una provocación calculada y elegante. Tras los acuerdos entre España y Marruecos que posibilitaron la ampliación del territorio de Melilla, hasta entonces una fortaleza, la ciudad comienza en el siglo XX un nuevo ciclo en el que la sociedad civil llegada de la Península va sustituyendo la esfera militar. El modernismo se convirtió en el escaparate de este relevo y su seña de identidad, como las cuentas de los collares de perlas de las nuevas damas o sus animadas veladas en el cine Monumental, el más grande de la época en España.

Como una caja musical

Pasear por Melilla es asistir al desenlace de un experimento calculado. De un lado, una ciudad varonil y rancia, donde abundan las murallas, las odas al ejército y el peso de la piedra se convierte en ley. De otro, una urbe femenina, alimentada por las líneas curvas y cuajada de balcones que habrían encantado a los protagonistas de las historias de Poe o Gautier. De un lado, la obsesión por la defensa del intruso. De otro, un deseo de encandilar al visitante, una especie de gusto por acogerlo entre su cromatismo y su calidez. Melilla sigue siendo al mismo tiempo la cerradura de la caja de música y la bailarina que gira en su interior.

Quizá por ello, las grandes avenidas, trazadas con la ambición de emular el ensanche de Barcelona y las arterias berlinesas, fueron obra de ingenieros militares. La plaza de España, el parque Hernández, el primigenio ensanche y los primeros y ambiciosos planos de urbanización salieron de las fantasías de artistas de uniforme. De ellos fue el monopolio, hasta que, llegado de Barcelona, apareciera en 1909 Enrique Nieto, un discípulo del arquitecto catalán Domenec i Montaner. En él encontró la ciudad el lenguaje arquitectónico y la identidad que andaba buscando. En Melilla encontró Nieto un lugar para experimentar y ser protagonista.

Pasó el desastre de Anual, se proclamó la República, cayó Madrid, Franco se convirtió en caudillo, el hambre se hizo insoportable... En Melilla, mientras tanto, la arquitectura florecía gracias a un puñado de talentos, y una mejor latitud y coyuntura histórica. Se experimentó con todo: el modernismo, el art déco (también en su variante aerodinámica), el neogótico, el neoárabe...

En el número 1 de la avenida de Juan Carlos I, una explosión floral en un edificio de Nieto recuerda el modernismo barcelonés. Algo más adelante, el antiguo Economato Militar (hoy una moderna tienda de ropa) impresiona por el lujo de sus frontones y su color grisáceo azulado. Escondida en la calle de López Moreno, la sinagoga de Yamín Benarroch adelanta en su imaginativa fachada la delicadeza de su interior. En la Casa de los Cristales, testigo escarmentado de mejores épocas, los azulejos que forman composiciones geométricas y exquisitas resisten como pueden el paso del tiempo. Un millar de edificios con trazas de alguna manera modernistas.

Empieza un nuevo día en Melilla. La bruma densa que dejó el amanecer comienza a disiparse.Un grupo de hombres se reúne en una terraza donde las chilabas se mezclan con las eternas chaquetas de paño. Comienza el mercado junto a la frontera, las especias brillan en sus cestos con un poder casi hipnótico. Cuando la vista descansa, llegan los olores: a almendras amargas, a mandarinas, a pistacho, a carne ensartada en brochetas. En la frontera, los porteadores, con sus bolsas a reventar, inician una nueva jornada de trasiego entre dos mundos. Desde el barrio más obrero al más señorial, los millones de ventanas de la ciudad -modernistas, delicadas, arabescas o simplemente vulgares- se abren para asistir al espectáculo cotidiano de vivir en Melilla
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