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Damasco, una ciudad milenaria

27/05/2006 - Autor: Ferrán Bono - Fuente: El País
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Mezquita de los Omeyas
Mezquita de los Omeyas
Damasco es la ciudad habitada más antigua del mundo, según les gusta repetir a sus ciudadanos. Tan antigua y espléndida que Muhammad rehusó entrar en ella. "Al paraíso sólo se accede en el momento de morir", cuentan que dijo el profeta hace unos 15 siglos sobre una urbe con vestigios de 5.000 años de antigüedad. Hoy desconcierta, al menos en una primera impresión. Y no por su magnificencia, sino por cierta decepción que provoca. El viajero sale del hotel y se topa con un muro de ruido erigido por avenidas impersonales, atestadas de coches que se abren paso con el claxon. Todo parece pintado por tubos de escape. Sólo las ráfagas de amarillo chillón de los omnipresentes taxis rasgan el gris de fachadas y calles. Nada es extraordinario ni legendario. Es el centro moderno y financiero de la capital de la República Árabe Siria, un caos que el visitante empieza a mirar de otra manera conforme se despiertan los sentidos, camino de la Ciudad Vieja. Pasa muy pronto. Uno se detiene en un puesto de frutas, le invitan a sentarse y a beber un delicioso zumo. El muro se derrumba por completo cuando, ya en una cafetería, se observa la expresión absorta y despreocupada de los hombres, fumando en narguile, tomando café negro o té. Es sólo un anticipo de lo que vendrá.

Una vez dentro de la antigua ciudad amurallada, el ajetreo más frenético y la tranquilidad más absoluta se suceden. Recorriendo las mil y una tiendas del zoco de Al Hamidiyya, una prolongada y elegante galería cubierta, es difícil sustraerse a la vitalista actividad del intercambio comercial. Todo invita a ello, la amabilidad de sus gentes y su gran variedad cromática y olfativa (telas, lámparas, taburetes, alfombras, azafrán, orégano, melones, café, herrajes, juegos de ajedrez, sortijas, lavanda, toallas...).

El lenguaje del fútbol

"¿Turco, italiano, españolo?", pregunta un tipo moreno, de ojos azules, como muchos sirios. "Yo, del Real Madrid. De Raúl...", añade, ya en el lenguaje internacional del fútbol, que también hablan el policía de la frontera, el taxista, el recepcionista y el encargado de uno de los múltiples cibercafés. Sorprende el elevado número de establecimientos de este tipo en toda la ciudad. Están repletos de jóvenes de aspecto occidental. Tener un ordenador personal y conectarse a Internet desde casa es caro. No así ver la televisión; por eso es común encontrar a los noctámbulos, que pueblan los numerosos cafés, restaurantes y locales de la muy animada Ciudad Vieja, charlando sobre el último partido del Barça en la Liga de Campeones.

La vida, sin embargo, sigue girando en torno a la mezquita de los Omeya, un impresionante edificio levantado en el siglo VIII, cuando Damasco se convirtió en capital del islam. Aquí descansan el mausoleo del gran guerrero, la pesadilla de los cruzados occidentales, Saladino, y el sepulcro de san Juan Bautista (el profeta Yahia, para los musulmanes). Dicen que bajo el piso de la antigua basílica cristiana, que antes fue templo romano dedicado a Júpiter, apareció la cabeza del santo.

Echar una breve siesta en el patio marmóreo de la mezquita y admirar sus mosaicos dorados, los artesonados y las cúpulas del interior constituye un recomendable alto en el vagabundeo por uno de los mayores zocos del mundo. La gente reza y socializa en el templo y en el enjambre de cafés de su entorno, mientras escucha las diversas llamadas a la oración del almuecín, que a veces remiten a los quejíos flamencos.

Los damascenos se muestran hospitalarios y curiosos, aunque al principio pueden parecer un tanto serios y distantes. Tres jóvenes sirias universitarias con velo apuran sus consumiciones, cuando se deciden a practicar su inglés. Al conocer la profesión de periodista y la procedencia europea del interlocutor, le preguntan por su opinión sobre las caricaturas de Mahoma. Ellas aseguran rechazar de plano la violencia desatada por un "grupo" de fanáticos que quemó en Damasco la embajada de Dinamarca, pero inciden educadamente en el insulto y en la ignorancia de Occidente con respecto al islam y al Corán. Algunos comercios, pocos, exhiben carteles en los que se garantiza que no han empleado mantequilla danesa para sus dulces (lo que no es óbice para que resulten exquisitos, cuando no son demasiado empalagosos), o advierten de que los compatriotas de Lars von Trier no son bienvenidos en el nombre de Mahoma.

En uno de los preciosos restaurantes de la Ciudad Vieja, que aprovechan los patios interiores de las casas, una joven de radiante belleza fuma en narguile y conversa animadamente con una amiga. Ambas llevan velo y visten ceñidos vaqueros a la última moda. Pero se ven muchas mujeres que no se cubren la cabeza, y algunas, las menos, que tan sólo muestran sus ojos. Los hombres suelen vestir con pantalón y chaqueta. Así aparece el presidente sirio Bashar al Assad, en compañía de su padre y antecesor en el cargo, Hafez al Assad, en los infinitos retratos colgados en los comercios de la parte vieja, y no tan vieja, de una ciudad con cerca de cuatro millones de habitantes.

Makhluba y tabulé

Comer es un auténtico placer y, además, barato. Los restaurantes están abiertos todo el día, y por apenas cuatro euros se accede a un auténtico manjar. De entrantes: los mezze, verduras, empanadillas saladas, hummus, ensaladas (tabulé); de plato principal: brochetas de carne diversa a la brasa o arroz makhluba, que se prepara con caldo con especias, garbanzos, cebollas y pierna de cordero deshuesada (o berenjenas). En fin, la lista de apetitosos platos sería muy larga. Reseñar que los damascenos suelen beber arak (leche de león), una bebida anisada típica de Oriente Próximo que combina con agua y hielo. También disponen de varias cervezas locales. En buena parte de los restaurantes sirven alcohol, así como en los locales que animan las veladas de la Ciudad Vieja, emplazados sobre todo en el barrio cristiano.

Pero antes de adentrarse en la noche, conviene alcanzar la paz de cuerpo y espíritu, si la jornada ha sido pródiga en caminatas y estímulos. Y si no, también. Entre la mezquita Omeya y la llamada Vía Recta (que no es tan recta, como sugería san Lucas en la única ironía destacable de la Biblia, según el escritor Mark Twain), se conservan unos baños del siglo XII, el hammam Nuredín. Ofrecen un relajante recorrido a través de tres salas (de agua fría, caliente y templada) que incluye masajes, y concluye con un reflexivo té en el espléndido edificio de luz cenital. Quizá entonces se decida a abandonar la ya añorada Ciudad Vieja y cenar en uno de los restaurantes del cercano monte Qassioun, que irrumpe en la planicie desértica sobre la que se asienta la mayor parte de Damasco. El viajero se marchará así con un recuerdo panorámico indeleble de esta ciudad legendaria
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