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Ante la miseria, africanos retienen su optimismo

13/03/2006 - Autor: Lydia Polgreen - Fuente: NYT en Reforma
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Campamento en Chad (Foto de Tomás Abella/Intermón Oxfam)
Campamento en Chad (Foto de Tomás Abella/Intermón Oxfam)
Amouna Muhammad se sentó tranquilamente a la sombra de su carpa de lona, mientras imaginaba el futuro de su hijo de 3 meses, Haider, arropado en su regazo. “Mi hijo irá a la escuela”, declaró, al tiempo que espantaba distraídamente las moscas que se agrupaban alrededor de sus desenfocados ojos castaños. “Tendrá doctores y bastante carne que comer. Vivirá en paz”.

Muhammad ha visto pocas de esas cosas en sus 20 años de vida. La conocí en Gaga, un campamento para refugiados refundido en la parte oriental de Chad, apenas unos cuantos días después de que llegó de la región de Darfur en el oeste de Sudán. Ahí, la guerra ha matado al menos a 200 mil personas en los últimos tres años y ha hecho que millones como ella huyan de sus hogares.

Y ésta era la segunda ocasión en estos tres años en que se había visto obligada a huir. La primera vez huyó de los ataques de milicias árabes que irrumpieron en camellos y a caballo, que disparaban armas al tiempo que robaban ganado, masacraban hombres y violaban mujeres. Muhammad se dirigió a un campamento justo dentro de la frontera de Sudán, el lugar de su nacimiento y que ocupa la posición 141 de las 177 naciones que aparecen en el índice de desarrollo humano de la ONU. Ahora, con la guerra en proceso de extenderse y desbordarse por la frontera, ha vuelto a huir —a un campamento a unos 95 kilómetros del incluso más desolado y árido Chad, que se sitúa en el lugar 173 en la escala de desarrollo humano.

Y sin embargo, entre todo este caos, ahí estaba Muhammad, con planes de un futuro de bondad inimaginable para su hijo.

¿De dónde proviene un optimismo tan incesante frente a una miseria inflexible? Un vistazo al perfil estadístico de los 900 millones de habitantes del continente le dirá que los africanos tienen expectativas de vida más cortas, de ganar los ingresos más bajos y sufrir algunos de los peores gobiernos del planeta. Tienen más probabilidad que cualquier persona en la Tierra de enterrar a sus hijos antes de los 5 años, de infectarse de VIH, de morir a causa de malaria y tuberculosis y de necesitar asistencia alimenticia.

Pero una encuesta reciente a 50 mil personas de todo el mundo realizada por Gallup International Association, encontró que los africanos son la gente más optimista. Cuando se les preguntó si el 2006 sería mejor que el 2005, 57 por ciento dijo que sí. Cuando se les preguntó si tendrían más prosperidad este año que el pasado, 55 por ciento respondió afirmativamente.

Estos datos corroboran lo que veo todas las veces que viajo como corresponsal a través del África subsahariana: que todos y cada uno de los días vividos en este continente, cada nacimiento, boda, graduación, amanecer y atardecer es, de formas grandes y pequeñas, un triunfo diario de la esperanza sobre la experiencia.

Parece ser que la esperanza es la cosecha más abundante de África.

“Si me pusiera mi sombrero académico, no tendría nada que decirte para explicar esto”, dijo Kayode Fayemi, politólogo de Nigeria e importante activista a favor de la democracia en dicho país, un hombre con todos los motivos para ser pesimista al tiempo que el caos amenaza con envolver a su país. “Lo único que mantiene a la gente a flote es la esperanza y el optimismo sobre el futuro que se desconoce. La esperanza es la evidencia de cosas no vistas. Creo que ésa es la única forma de explicar el optimismo, porque no puedes basarlo en cualquier análisis de nuestra condición actual”.

Expertos de Gallup International han tratado de resolver el significado de los datos, que resultan ser consistentes en el transcurso del tiempo y en muchos lugares que han sufrido catástrofes. Lugares como Kosovo y Bosnia, por ejemplo, que han salido de guerras sangrientas para enfrentar un futuro incierto, califican alto en la escala de optimismo.

África ha encabezado esa escala durante años, una clasificación indiferente a los ciclos repetidos de esperanza y desesperación del continente.

Sin duda, la religión juega un papel. Otras encuestas de Gallup International han encontrado que África es el continente más religioso. La única región que rivaliza en esa puntuación es EU, que también es un lugar muy optimista.

Pero la encuesta también revela que el optimismo de África no es simplemente el optimismo de la fe. La información revela que los africanos están dolorosamente conscientes de lo inadecuado que son sus líderes: 8 de cada 10 dijeron que “los líderes políticos son deshonestos”; tres cuartas partes “consideran que tenían demasiado poder y responsabilidad”; mientras que 7 de cada 10 “piensan que los políticos se comportan con poca ética”.

Los africanos, sin embargo, también expresaron en la encuesta una profunda fe en la democracia, aún si su práctica imperfecta ha traído mucho dolor y aún si algunos afirman que África necesita líderes fuertes. En la encuesta, 87 por ciento dijo creer que la democracia era la mejor forma de gobierno para ellos —el porcentaje más alto del mundo en sostener esa opinión, en empate con los norteamericanos. Cuando cientos de miles de electores hicieron fila mucho antes del alba para emitir sus votos a fines del año pasado en la primera elección en Liberia desde que terminó su guerra civil de 14 años, pocos insistieron en el dolor del pasado o los retos por delante, y en lugar de ello eligieron imaginar las posibilidades que depara el futuro.

“Vamos a tener empleos, agua, luz, comida”, expresó Benedict Newon, de 19 años, a quien conocí en un enorme edificio abandonado a las afueras de Monrovia donde él y cientos de otros ex combatientes viven como posesionarios en la miseria total. Fue conscripto a un grupo rebelde cuando era niño; la guerra es la única vida que ha conocido. Aún así, no tiene problema alguno para imaginar una vida de paz.

“Nunca volveremos a ver guerra”, me dijo, con sus ojos brillantes. “Liberia va a cambiar”.

Sin embargo, los africanos no ignoran los límites de la democracia tal como se practica en el continente. Sólo 34 por ciento de los encuestados dijo sentir que sus elecciones eran libres y justas y que los Gobiernos elegidos representaban la voluntad del pueblo.

Al centro de esta aparente contradicción se encuentra una paradoja —un exceso de miseria enfrentada no con estoicismo sino con una fe inquebrantable en un futuro desconocido.

Esta paradoja es la condición africana y, en mis viajes a lo largo de la frontera en Chad nunca se manifestó de forma más vívida que en el hogar de Hissein Kassar Mostapha, de Adé, un poblado fronterizo que ha sufrido incesantes ataques. Tan grande era el peligro que había enviado a su esposa e hijos a un poblado más al oeste.

Mostapha, funcionario municipal de menor rango, me ofreció la poca hospitalidad que podía: un pedazo de tierra donde dormir bajo las estrellas, un tazón comunal de guisado y atole de avena compartido entre todos aquellos reunidos dentro de este complejo, unas cuantas tazas de té caliente.

“Sólo desearía que pudieras haber estado aquí con mi esposa y mis hijos”, dijo la mañana siguiente, sus ojos igual de expresivos que sus palabras. “Entonces verías la feliz vida que llevamos aquí. Incluso cuando sufrimos, tenemos alegría”
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