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Irán, tierra de los mártires

05/03/2006 - Autor: Mikel Ayestarán - Fuente: ABC
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Alí, 21 años; Hassan, 19 años; Hussein, 21 años; Karimi, 17 años; Moceen, 18 años, y así hasta llegar al medio millón de muertos que, según las cifras oficiales, dejó la guerra entre Irán e Irak entre los años 1980 y 1988. El cementerio de Teherán alberga a muchos de ellos considerados como mártires en esta sociedad. Cada semana se llena de familiares que desfilan por las miles de lápidas decoradas con fotos y banderas nacionales, y se debaten entre la pena y el orgullo por haber perdido a sus seres queridos.

«La sangre de mis hijos ha servido para ayudar a crecer a este país y volvería a enviarlos a la guerra si Jamenei me lo pide. Espero que el Mahdi -el duodécimo imán, al que esperan los chiíes para salvar al mundo- venga pronto y destruya Estados Unidos con su presidente, Mush (rata en iraní), dentro. Maldito país». Fátima perdió a sus dos hijos en la guerra y viene a visitarlos cada semana, ella misma quería ir al frente, pero no se lo permitieron, «mi consuelo fue que aceptaron a Karimi, el menor de mis hijos». Karimi tenía 17 años y tuvo que falsificar sus papeles para poder alistarse. Un mes después su cadáver llegó a Teherán.

«En mi familia hay veinte mártires y gracias a ellos hemos logrado este Irán que disfrutamos, libre de las manos de los extranjeros. Los que han puesto las bombas en Samarra o el caricaturista ese deben saber que aquí no tenemos miedo, les esperamos», amenaza Fátima mientras se arregla el chador para taparse hasta los ojos.

Las hermanas de Mahdi y Abu-al-Fazl, dos adolescentes que cayeron en combate con sólo 16 y 19 años, también estaban dispuestas a luchar. Esta semana era el cumpleaños de Mahdi y toda la familia se ha juntado para visitar su tumba, «estamos muy orgullosos de ellos y si fuera necesario nosotras mismas iríamos a combatir por Irán».

«Están vivos»

En el otro extremo se encuentra Mahmoud Yáfari. Perdió a sus dos hermanos en una guerra en la que él mismo tomó parte durante cuatro años y aún sufre las consecuencias de las bombas químicas que usaron los iraquíes en Schalmche (Kurdistán). «No merece la pena ir a la guerra porque luego todos se olvidan de uno y sólo queda el dolor y la pena por los caídos. Yo, como veterano, no recibo una pensión y debido a mis problemas físicos llevo diez años en paro. El Gobierno sólo ayuda a las madres de los mártires y les da 100 dólares al mes, a los convictos nada de nada», se queja Mahmoud. Un antiguo militar como él ¿qué opina de la energía nuclear tan de moda estos días?: «No tengo ni idea de lo que es la energía nuclear, no me interesa».

Además de las familias al completo que acuden al cementerio para pasar el día con sus difuntos, entre la muchedumbre destaca la presencia de grupos de jóvenes que se sientan frente a las lápidas y rezan. Los colegios y universidades de Teherán organizan autobuses gratuitos para que sus alumnos puedan ir hasta Behest-e-Zahra a estar junto a los mártires.

Milagros

No todos acuden a llorar a sus familiares, también hay quien recorre los treinta kilómetros que separan la capital del cementerio en busca de milagros. Entre todas las tumbas de los ex combatientes hay una que, según la creencia popular, huele a agua de rosas y donde se producen milagros. Bajo una lápida en la que se puede leer Ahmed, descansa el capitán Morteza, cuya historia y curaciones de todo tipo cuentan con devoción los que se acercan hasta aquí. «Cuando Morteza era un niño se le apareció Mahdi, le abrazó y derramó una lágrima sobre él. Desde entonces empezó a oler a agua de rosas y hoy este aroma perdura en su tumba. Tras caer en combate, su madre compró una lápida con el nombre de Morteza, pero cada vez que la ponía, el mármol amanecía roto. Una noche los santos del islam le dijeron a la madre que su hijo era familiar directo de Mahoma y por ello debía grabar el nombre de Ahmed en su tumba. El mármol nunca más se rompió. En estos años muchos enfermos que se han acercado a rezarle, han regresado sanos».

A las seis de la tarde empieza a ponerse el sol y las familias dejan el paraíso de los mártires. Unos mártires que les acompañan día a día desde 1988 en los murales que inundan las fachadas y los medios de comunicación. Son el último resorte al que acuden los gobernantes cuando su discurso llega a un callejón sin salida, como en Irán hoy. El argumento es contundente: si se ha derramado tanta sangre por la República Islámica, si existen tantos mártires, ahora no es posible dar marcha atrás
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