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Ramadán gijonés

La numerosa comunidad musulmana relata cómo celebra y guarda, lejos de su tierra, el mes del ayuno que prescribe su religión

26/10/2005 - Autor: Olaya Suárez - Fuente: La Nueva España
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Un grupo de marroquíes celebra la puesta de sol alrededor de una mesa en su domicilio de El Coto.
Un grupo de marroquíes celebra la puesta de sol alrededor de una mesa en su domicilio de El Coto.

Son muchos los musulmanes que durante estos días celebran en Gijón el mes más significativo de su calendario lunar: el Ramadán. Un mes de sacrificio marcado por unas tradiciones milenarias que obligan a los devotos a ayunar durante las horas de luz. Esta prohibición es vista por los musulmanes como una festividad, no como una penitencia.

Aun estando fuera de su tierra, los seguidores del Corán hacen piña para rendir tributo a Dios y cumplir con una religión que cuenta con más de 1.200 millones de seguidores en todo el mundo y que en español significa «compromiso». Algunos de estos musulmanes celebran el mes sagrado desde sus domicilios gijoneses. Es el caso de la marroquí Sara el Garch que a pesar de llevar ocho años en Asturias y estar casada con un español, cumple a rajatabla el ayuno del Ramadán. «No es difícil no comer durante todo el día, estamos acostumbrados desde pequeños y no nos cuesta trabajo; lo vemos como algo normal», afirma desde su casa de El Coto mientras se dispone, junto a una decena de marroquíes, a «romper el ayuno», es decir, a comer después de la puesta del Sol.

Es sábado, pasadas las siete y media de la tarde. Alrededor de una mesa repleta de comida se sientan padres, hijos, amigos y tíos. Proceden de Marruecos; unos de Casablanca y otros Oujda. Todos han viajado a Gijón con el propósito de labrarse un futuro y para algunos es el primer Ramadán que pasan lejos de su tierra. Dátiles y zumo de naranja para romper el ayuno. «Después de todo un día sin comer lo que más apetece es algo dulce», explica Mohamed Hamoudi.

Tras los dátiles vienen toda una serie de exquisitos manjares: «harira» (sopa de legumbre), «salaoi» (harina hecha a base de frutos secos), «chabakia» (dulce frito), pescados y todo tipo de galletas y postres. Y para regar la comida, té y zumos. «Cuando vinimos a Gijón, nos resultaba muy difícil comprar los ingredientes necesarios para elaborar los platos típicos, pero ahora los encontramos fácilmente en algunas grandes superficies», apunta Sara Elgarch.

Los fines de semana son idóneos para reunirse y celebrar el Ramadán. «De lunes a viernes trabajamos y nos resulta más difícil reunirnos, pero los fines de semana aprovechamos para juntarnos todos en casa y celebrar el Ramadán», dice Khadija Blmarm.

El mes del Corán es el noveno en el calendario lunar musulmán. Dura treinta días, todo un ciclo de la Luna nueva («al-hilal»), y este año finalizará el próximo día 4 de noviembre. Cada día, debido al movimiento de la Tierra alrededor del Sol, el ayuno se rompe un minuto antes. Durante las horas de sol, los musulmanes que ya han sobrepasado la pubertad no deben comer, beber, fumar, mantener relaciones sexuales ni incluso perfumarse. Sin embargo, no tienen obligación de cumplir el ayuno las mujeres embarazadas, los enfermos ni los niños. El ayuno se complementa con las oraciones especiales nocturnas (además de las cinco que se realizan diariamente mirando hacia La Meca), en las que se recita el Corán por partes antes de que finalice el Ramadán.

Normalmente, los musulmanes se reúnen en las mezquitas para rezar. En Gijón, lo hacen en el Centro Cultural de la calle Echegaray, en El Llano, que hace las veces de recinto de oración. «Seguimos teniendo las mismas costumbres que en Marruecos, no las queremos perder; somos musulmanes y queremos seguir siéndolo», explica Mahjoub Thoumi.

Aunque no se conoce el número concreto de los musulmanes residentes en la ciudad, lo cierto es que durante los últimos años el porcentaje ha aumentado en gran medida, debido, principalmente, a las oportunidades laborales que puede ofrecer Gijón a los inmigrantes. «Yo vine hace ocho años y entonces éramos muy pocos los marroquíes que vivíamos aquí, poco a poco hemos ido creciendo y ahora somos una comunidad grande», asevera Sara Elgarch, cuya hija, Dunia Fernández, de 4 años, habla a la perfección árabe y español. Crece en el mundo occidental manteniendo las costumbres árabes.

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