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La Argentina, un ejemplo de diálogo interreligioso

Hay un aporte para hacerle, con mucha humildad, al mundo, porque aquí la convivencia se da de un modo particular e intenso.

14/09/2005 - Autor: Daniel Goldman, Guillermo Marcó y Omar Abboud. - Fuente: Clarín
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Hubo épocas de la historia, especialmente en la Edad Media, donde el aparente diálogo de convivencia interreligiosa tomaba el formato de disputa, con la obsesiva manera de demostrar metafóricamente la totalidad de una verdad, como si ella fuese patrimonio de una fe.

Registran las crónicas de la época que mientras en determinados ámbitos esas reyertas ilusoriamente amables concluían de manera violenta, lo que ocurría en la calle, en el vecindario, en el mercado, entre los feligreses era totalmente distinto. Había fraternidad, vínculos reales de colaboración, respeto y acercamiento. La madurez de la "gente común" debería haber primado por sobre determinada dirigencia que mucho sabía acerca de disquisición intelectual, pero poco conocía del misterio de la vivencia y la convivencia.

El devenir histórico posterior presentó momentos que resultaron ingratos y amargos para la humanidad, fanatismos que produjeron persecuciones y aniquilamientos que tuvieron solamente el sustrato cultural basado en la afirmación de la propia identidad negando las demás y que hicieron, como decía Theodor Adorno, que después de Auschwitz no se pueda escribir más poesía.

Tal vez de eso se trata la guerra. De negar la particularidad del otro, ejerciendo el pensamiento monolítico y unicromático, en oposición a una tendencia multifacética y plurivalente que aporta la riqueza de la diferencia.

La Argentina más reciente puede dar un ejemplo de esta última tendencia, de diálogo y convivencia interreligiosa que remonta una experiencia distinta de inclusión tras tanta exclusión socioeconómica y cultural que vivimos. Hay elementos en nuestra sociedad que deberían establecer entre nosotros un lenguaje común, pero la dificultad es aprender a colocarnos en el lugar del otro, desarrollar el sentido de alteridad.

Trabajar juntos nos ayuda a entender el lenguaje del "tú" refiriéndonos así a valores, a actitudes y a acciones. Es la búsqueda de ese lenguaje el que tiene que ver con el idioma de la preocupación, el compromiso y la esperanza ante la falta de trabajo, el hambre y la falta de memoria. Y es allí donde las tradiciones religiosas pueden brindar una orientación hacia el encuentro que no resulte una formalidad, haciéndonos profundizar en los problemas que nos son comunes como argentinos y reflejando un modelo tal de convivencia armoniosa a ser emulado por otros bajo un mismo cielo.

Tenemos un aporte para hacerle, con mucha humildad, al mundo, porque en la Argentina la integración, aun con lo secular, se da de un modo muy particular. Eso le da un tono especial a este ser argentino.

Los fundamentalismos bajo formatos religiosos o con aparatos gubernamentales hacen que los conflictos de coexistencia e intolerancia se agudicen cada vez más en otras latitudes. No tenemos este problema hoy en nuestro país, aunque todavía debemos desplegar un trabajo muy arduo en torno al concepto de pluralismo, sorteando los prejuicios que tienen su raíz en la falta de conocimiento del otro.

Sin perder la particularidad, es ahí donde cada cultura y tradición religiosa puede brindar el aporte específico para enriquecernos unos a otros, dado el modo singular con que cada una de ellas se aproxima a lo trascendente: el judaísmo aporta la experiencia de un Ser innombrable que es fiel y aglutina a un pueblo; el islam ofrece el Dios que trasciende toda imagen y que ordena la vida de acuerdo con prescripciones accesibles a todos; el cristianismo, la concepción de un Dios que es comunión de relaciones estáticas; las religiones orientales, métodos concretos para alcanzar la esencia divina que está en todo ser humano; las religiones amerindias, la veneración por la madre tierra y el valor sagrado de la naturaleza; las posturas no creyentes, la aceptación de la finitud.

El diálogo entre culturas y religiones no es un efecto de superficie. Es el principio dialógico, al decir del filósofo Martín Buber, que hace que paso a paso caminemos hacia un mundo con cambios paradigmáticos de una intensidad tal que permitan una revisión de principios éticoreligiosos que desemboquen en un verdadero amor al otro, basado en el cuidado del medioambiente, en el uso de una tecnología más humana, en el desarrollo de una ciencia responsable y en la construcción de democracias que garanticen una justicia planetaria.

En un memorable escrito de los años 70, el rabino A. J. Heschel decía: "¿Cuál es el propósito de la relación interreligiosa? No es ni alabarse ni refutarse la una a la otra, sino ayudarse mutuamente; compartir conocimientos y aprendizaje, cooperar en actividades académicas en los más altos niveles de ilustración, y lo que es aún más importante, buscar en el desierto que dejó la violencia el renacimiento de la conciencia y la resurrección de la sensibilidad para el cuidado de la existencia".

Adel Made, recientemente fallecido, insistía en que la concurrencia de valores espirituales y éticos pueden brindar un modelo sólido de progreso haciendo de la Argentina un ejemplo de convivencia y de comprensión de las relaciones humanas.

El cardenal Jorge Bergoglio ha hecho diferentes gestos de acercamiento entre las tres comunidades, inspirado en la línea de las proposiciones del Concilio Vaticano II. Ya el Papa Juan Pablo II trazó un derrotero de acción entre los creyentes, fue el faro que iluminó este sendero de la unidad entre los pueblos. El actual pontífice Benedicto XVI, en la reciente Jornada Mundial de la Juventud, ha reiterado la condena a toda violencia hecha en nombre de Dios.

No es la neutralidad la que favorece el acercamiento entre los hombres. Es el diálogo de modo activo el que nos enseña a unirnos en objetivos comunes que superan los intereses individuales y que nos hacen trascender la sordera de la intransigencia.

Los autores son: rabino de la Comunidad Bet-el; presbitero y vocero del cardenal Bergoglio; dirigente del Centro Islámico de la Argentina, respectivamente. Son autores, junto a Ricardo López Dusil, del libro "Todos bajo un mismo cielo", Edhasa, 2005.

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