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Los musulmanes de Madrid

15/04/2004 - Autor: Jesús Rodríguez - Fuente: El País
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Madrid. Bendaud Enkhamnichi está fuera de peligro. Vivirá. Con los pulmones destrozados y cicatrices sicológicas para el resto de su existencia, pero saldrá adelante. Este electricista marroquí nacido cerca de Casablanca hace 28 años es un superviviente del atentado del 11 de marzo. Todavía no sabe que un puñado de sus compatriotas participaron, presuntamente, en la matanza. Hombres de su edad con los que quizás un día compartió un té con menta en algún cafetín de Lavapiés. No, aún no lo sabe. Ben, un musulmán alejado de los extremismos, que sueña casarse con su novia Sonia, una mujer ecuatoriana de religión evangelista, nunca comprenderá que se pueda asesinar en nombre de Dios. No sólo él. Un mes después de los atentados, ningún musulmán en España logra entenderlo. "Ésos no eran musulmanes. Eran terroristas".

"¡El que mata a un inocente es como si matara a toda la humanidad!", se escucha al imam Nagah, el egipcio que dirige la oración en la mezquita Abu Bakr en el barrio madrileño de Tetuán. Desde el 11 de marzo, en los más de 400 oratorios y mezquitas de la comunidad islámica en toda España, la jutba (el sermón del viernes) tiene un único argumento: condenar la violencia. Por una vez, el laberinto de facciones que rezan a Alá en este país se ha puesto de acuerdo. Puede ser el comienzo de un nuevo islam en España.

No será una tarea fácil. Para empezar, nadie sabe cuántos musulmanes hay en España. Empezando por la Administración, cuyo desinterés por el tema ha sido absoluto en los últimos años. Y continuando con las dos grandes federaciones de comunidades islámicas. Una es la Federación Española de Entidades Religiosas Islámicas (Feeri), que busca construir un islam europeo, democrático. La otra federación, la Unión de Comunidades Islámicas de España (Ucide), dirigida por españoles de origen sirio, busca ayudar y asistir a los inmigrantes mediante una organización de corte más tradicional.

¿Cuántos musulmanes hay en España? Los cálculos oscilan entre 500 mil y 800 mil. Aún hay otro misterio: el número de las comunidades de musulmanes que operan en el país. Cuando se le pregunta a un alto funcionario de justicia qué tipo de doctrina se está lanzando desde los oratorios, su respuesta es indolente: "Ni idea; supongo que lo sabrá la policía a través de su red de confidentes". Para el gobierno saliente, el islam siempre ha sido una simple cuestión policial. Gente bajo sospecha.

Pero que nadie imagine tampoco un ente monolítico, disciplinado, con unas finanzas saneadas, es decir, algo similar a la Iglesia católica. Ni de lejos. El islam es otra cosa. No tiene una autoridad central. Y menos aún en Europa.

Según Mehdi Flores, dirigente de la Feeri en Ceuta, "en Francia se calcula entre 5 por ciento y 10 por ciento el porcentaje de musulmanes que frecuentan las mezquitas francesas. Esa estimación puede ser también aplicable a España".

Cualquier garaje o mal ventilado bajo comercial es un oratorio en potencia. Cualquier musulmán puede dirigir el rezo. Ésa es la fuerza y la debilidad del islam.

"Si no podemos enseñar religión a nuestros hijos en la escuela pública, si no tenemos profesores preparados y pagados por el Estado, se la enseñará en la mezquita un imam que acaba de llegar del campo de Marruecos, que no sabe español, no conoce esta cultura y al que todo lo que ve aquí le parece corrupción occidental. ¡Imagine qué Corán va a enseñarles!", explica un imam de nacionalidad española. Las cifras de niños musulmanes en España oscilan, según las distintas fuentes, entre 50 mil y 80 mil.

El vacío financiero en el que el Estado español ha dejado a los musulmanes ha propiciado que distintos estados árabes se hayan lanzado a financiarlos por su cuenta. El caso más señalado es el de Arabia Saudita, que ha extendido su versión rigorista del islam, el wahabismo, en todo el mundo a base de petrodólares. En España, la prueba más evidente es el Centro Cultural Islámico, en Madrid, más conocido como mezquita de la M-30. Muchas comunidades más han recibido ayudas de estados árabes. Pocas lo admiten.

En la calle de la Peña de Francia, en pleno barrio mestizo de Lavapiés (30 por ciento de inmigración), en Madrid, en 200 metros de estrechísima acera se sitúan dos oratorios, uno de Bangladesh y otro de Irak. Dos mundos. El reflejo de la diversidad del islam. La afluencia de fieles ha disminuido. Se respira miedo en el barrio. Desconfianza. No es sólo ser musulmán, ni siquiera ser marroquí. Va más lejos: toca al inmigrante sin documentos que teme ser expulsado; a todos aquellos que vinieron buscando un futuro mejor, lucharon por integrarse y se ven señalados con el dedo por el color de su piel, su chilaba o su velo. En voz baja, los musulmanes mencionan los agravios que han sufrido desde el 11 de marzo: un autobús que no les para. Unas pedradas anónimas contra un oratorio. Codazos en una cola. Frases destempladas. Miradas. Actitudes que les van encerrando más en sí mismos.

En la mezquita de Bangladesh la desconfianza inicial deja paso a la cordialidad: "No somos como los árabes, nuestro islam es más relajado". El imam ruega que no hagamos público su nombre, "es que no tengo papeles, pero no tengo nada que ocultar. Nosotros no hemos hecho nada".

Otro de sus dirigentes, Jahangir Hossain, afirma que no reciben dinero de ningún Estado islámico y que se financian con pequeñas cuotas de los socios. Aquí rezan, celebran sus fiestas y los sábados imparten clase de Corán a una docena de niños bangladesíes. Y una vez a la semana se abren a marroquíes, argelinos, senegaleses… "Tenemos diferente cultura, lengua, comida. No hablamos árabe. Sólo lo que recitamos del Corán. No tenemos una relación buena ni mala. No tenemos relación".

Entre los musulmanes no árabes se percibe un intento de distanciarse de los colectivos nacionales más señalados por el terrorismo. Los senegaleses también reafirman su escasa relación con los árabes. "Nuestro trato se limita al saludo `salam aleikum, aleikum salam`". Explica Khadim Mbacké, máxima autoridad islámica de los senegaleses en Madrid. Es un hombre alto, atractivo, culto, que viste chilaba y gafas de intelectual con montura de titanio. "Que no nos metan a todos los musulmanes en el mismo bolso. Nosotros somos respetuosos con los otros credos. No olvide que el islam fue una religión que en Senegal nos vino de fuera y se adaptó a nuestras tradiciones".

"Nuestro profeta es Mahoma, no Bin Laden, y eso lo deben tener claro todos los musulmanes que viven en España". Ghany al Muamar es iraquí, informático, lleva 25 años en España y es el presidente de la Asociación Cultural Islámica Ahlul Bait, la única comunidad chiíta (la corriente minoritaria del islam) de Madrid. Va de sport impecable, chaqueta de tweed y corbata de rayas.

En 1992, muchos países europeos que se devanaban los sesos para encontrar una solución a la integración de la creciente comunidad musulmana en su territorio (13 millones en la Unión Europea) se quedaron asombrados con la perfecta solución jurídica con la que el Estado español reconocía la realidad islámica. Eran los Acuerdos de 1992. No fueron fáciles. El gobierno obligó a las dos grandes federaciones a ponerse de acuerdo para firmarlos. Lo consiguieron. Era un camino para la convivencia. Los Acuerdos del 92 suponían el reconocimiento legal del islam en España. Reglamentaban desde la protección jurídica a las mezquitas hasta los efectos civiles del matrimonio religioso y el estatuto de los imames. Y, sobre todo, la enseñanza de la religión en colegios públicos. Nunca se llevaron a cabo.

Hoy, la Administración acusa a las dos federaciones de haber impedido con sus enfrentamientos la aplicación de los acuerdos. Y las federaciones acusan de obstrucción a la Administración. Y el islam en España quedó a la deriva. Ahí sigue.

Tras los atentados del 11-M, los responsables de las dos federaciones buscan dar una imagen más conciliadora. El sector de los conversos ha ido más lejos, intenta organizar un encuentro del Consejo Islámico Europeo que, según Jadicha Candela, letrada de las Cortes y una de las figuras clave del islam español, "concluya con un dictamen que ponga a Al-Qaeda fuera del mundo musulmán. Necesitamos una fatwa que diga que ese terrorismo no es musulmán. Hace falta una profundización teológica para que los jóvenes no piensen que esto es una guerra santa".

Un buen primer paso. En busca de la paz. El líder de los árabes nacionalizados, Riay Tatary, barba blanca, amplia anatomía, chilaba impecable, o terno oscuro, según la ocasión, es la imagen de la moderación. "Nuestro islam no tiene nada que ver con el terrorismo. Es abierto al diálogo". Tras las sonrisas, se adivina un musulmán profundamente tradicional. Tradicional, pero moderado. Algo que se esfuerza en transmitir. Tras las buenas palabras, Tatary esgrime un discurso más político: "Esos asesinos son un producto del odio. Y la opresión, el doble rasero en el mundo, producen ese odio. Está muriendo gente en Palestina, Irak, Chechenia, y nadie en Occidente les apoya. Y eso es explosivo. Hay que apagar ese fuego. Y lo mismo pasa con la inmigración. Si se logra que la gente esté integrada, nunca se moverá hacia el odio".

Son las nueve de la noche. Tras el rezo del Ichaa, la última oración del día, una docena de marroquíes se sientan en el suelo en torno del periodista. Mezquita Al Imam, en Villalba, una localidad cercana a Madrid con 7 mil 500 magrebíes empadronados. Provienen del norte de Marruecos. Gente humilde con las uñas manchadas con el yeso de la construcción. Entre ellos, Yussuf Fernández, un dinámico converso asturiano. El imam es un jardinero marroquí que carece de papeles. La primera parte del diálogo es una condena total del atentado. "Nosotros también somos madrileños". La segunda, ya en caliente, desnuda sus convicciones más íntimas. Las resume Ayad, de Alhucemas, que lleva 22 años en España: "¿Terrorismo islámico? ¡Terrorismo a secas! ¿O es que con la ETA o el ERI se dice `terrorismo católico`?".

Muchas veces se han sentido ciudadanos de tercera. Por debajo incluso de los inmigrantes ecuatorianos y los del Este. Incomprendidos por su religión. Y sus tradiciones. Se les ha negado la nacionalidad. Son observados con lupa. Especialmente desde los atentados de las torres gemelas. Ahora, tras la detención de una veintena de magrebíes por su relación con el 11-M, aún es peor. Se sienten humillados. Incomprendidos.

No son extremistas. Son trabajadores que rezan una vez a la semana. El resto del tiempo trabajan duro. Y buscan un futuro mejor. Muchos ya se han traído a su familia a España. "No nos vamos a ir. Somos del norte de Marruecos; hemos convivido siempre con vosotros. Tenemos vuestra lengua y costumbres. Sólo queremos trabajar. Y mucho mejor aquí que allí".

Hace unos días, a Mari Carmen, una musulmana española que cubre su melena con un velo por convicción propia, alguien le lanzó una frase en la calle como una pedrada: "¡A ver si te largas a tu país!". Ella sonríe. "¿A qué país querrán que me marche?"

 

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