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La batalla de Los Ángeles

20/01/2003 - Autor: Mercedes Hervás
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- Las temibles bandas urbanas sembraron el año pasado con 658 cadáveres las calles de la ciudad norteamericana

- Las autoridades movilizan a cientos de policías para combatir a los delincuentes armados

Cada mañana, los estadounidenses se despiertan con los continuos y machacones recordatorios de la guerra contra el terrorismo en que está inmersa la nación y de la que se avecina contra Irak. Pero, como dice Sufia Giza, vecina de Los Ángeles, "no veo por qué tenemos que cruzar los mares para luchar contra los terroristas, cuando nos están aterrorizando aquí mismo".
 

El palpable miedo que destila su voz emana de la oleada de violencia indiscriminada que sufre la populosa urbe californiana, convertida en capital del crimen de EEUU por los 658 cadáveres caídos en sus calles este año pasado. Son las temibles bandas callejeras las que han bañado en sangre la ciudad, cuyas barriadas más pobres soportan un penoso estado de sitio bajo estos "terroristas nacionales", como califica el comisario de policía Rick Caruso a los miembros de las bandas, que han convertido a Los Ángeles en una ciudad sin ley.

Gran ofensiva

La respuesta del alcalde, James Hahn, y del jefe de la policía de Los Ángeles, William Bratton, ha sido declarar la guerra a las bandas, con una ambiciosa ofensiva policial, para calmar a los vecinos y garantizar su precaria seguridad. "Cada día cae alguien, un niño, su padre o su pariente pierde la vida", denuncia Timothy Watkins, presidente del Comité Obrero de Acción Comunitaria del barrio de Watts, que se encarga de transportar a niños y adolescentes en autobuses a sus escuelas, para protegerlos.
No se trata de una medida exagerada, porque hoy en día en las calles de Los Ángeles, particularmente en los barrios de su distrito South-Central, plagado de violencia, uno puede ser abatido por una bala mientras espera el autobús. O aguardar dentro de un coche mientras una amiga recoge un regalo el día de Navidad y ser fulminada por un disparo, como le sucedió a Leslie Zepeda, de 11 años. O caminar con un amigo hacia casa, tras un partido de baloncesto, y caer bajo el ataque de un pistolero desconocido, como Andre Morgan, de 18 años.

La otra cara

Las lágrimas de los familiares, los entierros de las víctimas y el miedo palpable de los angelinos chocan con la dorada imagen internacional de la ciudad, sede de Hollywood y hogar de multimillonarias estrellas de cine en Beverly Hills, surcada por enormes avenidas pespunteadas de palmeras y vecina a espectaculares playas, caldeadas todo el año por el sol, a orillas del Pacífico. Pero tras esta tarjeta postal bullen fuertes tensiones, alimentadas por los odios raciales y la pobreza, que periódicamente explotan en disturbios y son cantera inagotable para las bandas callejeras.
Más de la mitad de ellas son hispanas y llegan a 500 en la ciudad y su área metropolitana, compitiendo con 274 bandas negras y un número indeterminado de otras compuestas por blancos y asiáticos. Según datos de Streetgang.com, las hispanas controlan fundamentalmente los valles de San Fernando y San Gabriel, las comunidades playeras como Long Beach y el distrito más problemático y peligroso, South-Central.

 

"No hay nada más insidioso que estas bandas, son peores que la Mafia", asegura William Bratton, que se estrenó el pasado octubre como jefe de la temible policía local con la patata caliente de las bandas callejeras y la violencia que generan. Aunque Los Ángeles sufrió el récord de asesinatos en 1992, con 1.092, desde 1996, cuando se registraron 707, la ciudad no había padecido un año tan sangriento como el pasado.

Sin trabajo

La causa fundamental se achaca al resurgimiento de las bandas, en parte porque muchos de sus miembros han salido de la cárcel y, en parte, porque la mala situación económica impide que encuentren trabajo.
Por si fuera poco, la concentración de las fuerzas policiales de toda la nación en combatir el terrorismo ha restado medios para hacer frente a otros problemas, algo que es evidente en Los Ángeles. "Hay que preocuparse también de la guerra interna al terrorismo", insiste Bratton, refiriéndose a las bandas, algo que piensa recalcar esta semana próxima en Washington, donde acudirá junto al alcalde para discutir la situación de la ciudad con el director del FBI, Robert Mueller, y el jefe de Seguridad Nacional, Tom Ridge.
Bratton y Hahn quieren ayuda económica del Gobierno federal para materializar su ofensiva contra las bandas, última en una serie de intentos que no han logrado eliminar el problema a lo largo de los años. Se trata de combinar cientos de agentes de todos los departamentos de policía, para formar grupos que luchen contra las bandas callejeras, con la ayuda de funcionarios como los fiscales, los directores de escuelas y hasta los que vigilan a quienes se encuentran en libertad provisional. Se cuenta, además, con la asistencia del FBI y de la Oficina de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego, así como con los buenos oficios de iglesias y grupos comunitarios, para limpiar las barriadas más conflictivas sin soliviantar a los vecinos, sobre todo los negros e hispanos, que miran con gran desconfianza, cuando no abierto temor, a la policía.

 

Los Ángeles puede convertirse en un laboratorio nacional para luchar contra el problema de las bandas, sostiene Bratton, ya que empieza a resurgir en otras ciudades como Oakland, Little Rock, Minneápolis y Atlanta. Ninguna de ellas llega a padecer, por ahora, los estragos que soporta Los Ángeles, cuyo centro está asolado por 52.000 miembros de más de 400 bandas.

La herencia

Como en el caso de la Mafia, la pertenencia a las bandas pasa de padres a hijos, pero las actividades de los pandilleros están mucho menos organizadas y la mayor parte de las muertes se producen por disputas de honor o, incluso, por el control del territorio. Los pandilleros suelen ser adolescentes o veinteañeros, que acaban cayendo víctimas de sus rivales o dan con sus huesos en prisión, después de aterrorizar a los vecinos de su zona.

 

Hay barriadas donde no se puede ni salir a la calle tras la puesta del sol, "a menos de que sea imprescindible", como dice Cheryl B., que vive en South-Central y, por miedo, ni siquiera revela su apellido. Para los adolescentes es aún peor, porque se puede provocar a un pandillero casi sin darse cuenta. "No hay que vestirse de azul o rojo, ni de colores fuertes como el amarillo, para no llamar la atención", dice Michael Pye, de 17 años. "Tampoco es buena idea ponerse joyas o zapatillas de deporte marchosas, y no hay que mirar fijamente a nadie", explica.

El eco

El clamor de los angelinos resuena ya en toda la nación. "¿Cuándo decidiremos que ésto no se puede soportar?", se preguntaba Los Angeles Times, tras denunciar que el 11-S "hizo que muchos estadounidenses se sintieran vulnerables por primera vez, pero para los residentes de los barrios pobres del sur de California basta con levantarse cada mañana para sentirse así".

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