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Acerca de la boda peresidencial

21/09/2002 - Autor: Alberto Suárez-Rojas
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Capacidad de síntesis

La escena se desarrolla en un viejo palacio erigido en tiempos de la Contrarreforma. Dígame usted ¿Qué o quién podría reunir en un mismo evento los representantes de una rancia monarquía, un capo maffiosi, un anciano Cardenal preconciliar, las tristes figuras de unos cantantes decadentes, la flor y nata del mundo de los negocios de la Península Ibérica, los herederos políticos del General Franco, algunos escritores de la corte, un sonriente Primer ministro del Reino Unido, representantes del Real Madrid y un millonario de la industria de la comunicación? Esto no es una mala adivinanza ni una fábula surrealista, pero casi…

La boda de Ana, la hija de José María Aznar, actual presidente del gobierno español, y de su ex-asesor personal y ex-presidente del Partido Popular europeo, Alejandro Agag, ha logrado esa extraña alquimia. Todos estaban allí presentes, en el imponente edificio de El Escorial, junto con otros 1000 invitados más. Juan Carlos y Sofía, Reyes de España; Silvio Berlusconi; Monseñor Rouco Varela quien ofició la misa y repartió las hostias; Julio Iglesias y Raphael; los dirigentes de Telefónica y de la Banca; los miembros del gobierno al completo, junto con Adolfo Suárez y Manuel Fraga, ex-ministros del Generalísimo, a la cabeza; Mario Vargas Llosa y Pedro J. Ramírez, eso sí, sin ligueros, Tony Blair y viejas glorias del Real Madrid; sin olvidar a un envejecido Rupert Murdoch… Una boda «sin oposición» como lo señalaba un diario madrileño, en el que se insistía especialmente sobre la falta de «glamour» del acontecimiento y un poco más tímidamente sobre el costo (público) de esta fiesta (privada) del poder.

Incluso el conservador ABC, guardián de los valores nobiliarios de los Grandes de España, ha criticado con cierta dureza «la escasa humildad» demostrada por esta moderna burguesía de negocios, la cual forma el núcleo central del Partido Popular, al osar transformar un acto familiar en una cuestión de Estado. Tanto es así que por gracia del servicio de prensa de la presidencia y de la televisión pública, los ciudadanos españoles, transformados para la ocasión en espectadores pasivos de las nupcias, tuvieron derecho a la retransmisión en directo y a los comentarios de rigor a propósito del vestido elegido por la esposa del Presidente o del buen aspecto de Berlusconi y, por supuesto, del menú ofrecido por un José María «feliz».

Esta descarada privatización de los presupuestos del Estado en beneficio de los intereses de la familia del Presidente debería interrogarnos sobre su profundo sentido político. En relación con la sociedad española, la primera concernida, es importante señalar lo que Poder ponía en escena: más cercana del cómico y tenebroso Baile de los vampiros de Polanski que del clásico Gatopardo de Visconti, el acto resumía de manera sobrecogedora la historia de las clases dominantes españolas desde los monárquicos hasta los « populares » pasando por Falange y todo ello con la bendición de la Iglesia en el nombre del Opus Dei. Es esta una foto de familia "sin estilo" y, sin embargo, de gran simbolismo: pasado y presente, los personajes de un siglo de continuidad en la dominación se daban cita ese día cita en El Escorial.

Efectivamente, el evento carecía de «glamour». El ridículo de esta burguesía, inmortalizada en el momento de su consagración, no mata pero confirma a la perfección el adagio del Conde de Lampedusa: si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie. Y mala suerte para la "nobleza".

Pero este «asunto de Estado» también tiene una posible lectura al calor de los grandes acontecimientos internacionales de este principio de siglo. Entre las líneas de esta boda, poblada de jóvenes tiburones y de «ex» en declive, se podría entrever una nueva etapa en la consolidación del eje que disputa la hegemonía en la construcción europea al desfallecido tandem franco-alemán. Al día siguiente del 11 de septiembre del 2001 y bajo el impulso norteamericano de la lucha contra el terrorismo, el Primer ministro británico logró convocar el apoyo de Berlusconi y de Aznar en torno a un proyecto autoritario, salvando así al primero del aislamiento político y dándole al segundo, que iba a dirigir el destino del Consejo de Europa en el inicio del 2002, los elementos necesarios para desarrollar la estrategia de la que carecía. Como buenos y leales vasallos, el eje Londres - Madrid - Roma, inédito en la historia de Europa, iniciaba así una política resueltamente «atlantista», sirviéndose de la OTAN como su principal instrumento político. La criminalización de toda oposición a la expansión de la potencia americana llevaría a fundir a todas las clases dominantes europeas en torno a un proyecto de revolución conservador, finalización del ciclo iniciado en los años 80 por los gobiernos Reagan en Estados- Unidos y Thatcher en Inglaterra.

De esta manera el neoconservadurismo ultraliberal norteamericano de inspiración religiosa ha encontrado un inesperado relevo en Europa. En esta nueva Santa Alianza se hayan convocadas familias políticas bien diferentes, lo que le da ese aire de «mal gusto» señalado por los conservadores españoles. La más vergonzante es esa socialdemocracia convertida al neoliberalismo representada por el Primer ministro británico. Pero en su cruzada, el imperio ha despertado y legitimado demonios que ya creíamos desaparecidos de la escena histórica. Los viejos y nuevos totalitarismos burgueses estaban bien presentes en la foto y no solamente en la figura de Berlusconi, en el papel de un patético Duce bis, o en el rostro envejecido de los antiguos falangistas reconvertidos a la cyber-economía.

La foto captó un aspecto de la nueva configuración del mundo, hecha de intereses privados cubiertos por el secreto de Estado, de corrupción generalizada y de zonas sin ley —en las finanzas internacionales y en el uso unilateral de la fuerza militar— así como en la panoplia de disposiciones jurídicas tomadas en estos últimos meses con el fin de restringir las libertades fundamentales. Añadan al conjunto esos hombres discretos que controlan el le nec plus ultra de la tecnología de la comunicación de masas, verdadera industria de la conciencia moderna, y verán emerger, sobre las ruinas de la burguesía clásica, el resplandeciente rostro del neofascismo globalizador.

Y toda esas bellísimas personas se encontraban delante del altar de Monseñor el Arzobispo de Madrid, justo un año después de los atentados de New York y de Washington: Tony Blair, por parte de la novia, Berlusconi, por parte del príncipe consorte. Sonrientes y alegres, seguros de su poder, juntos en un acto que pareciera repetir de manera caricatural (miren bien la foto) la derrota del liberalismo de los años 30, cuando ésta abría de par en par las puertas a la irrupción fascista. Pero no perdamos el tiempo atraídos por la capacidad de síntesis de las imágenes de esta unión sagrada. Se trataba tan sólo de un momento ligero y fugaz. El Poder reclama que se ocupen de él sin demora. Es por ello que tan ilustres invitados debieron reincorporarse rápidamente a sus puestos de mando.

Este fin de semana nuestro anfitrión debía continuar su campaña de eliminación de los derechos sociales de los trabajadores españoles así como de detener en la frontera a unos cientos de hambrientos africanos más; Berlusconi tenía que continuar pidiendo la extradición de viejos integrantes de la izquierda revolucionaria italiana refugiados en Francia al tiempo que él mismo maniobra para escapar a la justicia en su país; mientras el sonriente Blair se reunía con el jefe supremo, Baby Bush, con el fin de ponerse de acuerdo a propósito del momento oportuno para los próximos bombardeos sobre Irak… En fin, busquen «aznar» en un buen diccionario y leerán, sin sorpresa, n. m. (ant.) Aquel que se ocupa de los asnos y de los cerdos.
 

(Nota de Webislam: como curiosidad, y siguiendo con el juego de las definiciones, queremos recordar que la palabra árabe "Nar" significa "Fuego").

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