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11-S: Tipología del acontecimiento

12/09/2002 - Autor: Abdelkarim Osuna
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Primer capítulo del estudio elaborado por el equipo de Webislam sobre el 11-S. Se trata de un análisis de los atentados desde el punto de vista de la cultura de la imagen, y su relación con el Islam, una vía espiritual que se constituye, precisamente, en torno a la adoración de lo irrepresentable. En las próximas semanas, insha Al-lâh, ofreceremos los capítulos centrados en las paradojas de la versión oficial y de la lista de presuntos autores de los atentados facilitada por el FBI.

Breviario:

¿Qué se puede esperar de este libro? 

En primer lugar: elementos suficientes como para que pueda formarse un juicio personal sobre el tema. Desde el 11-S una avalancha de información se ha sucedido, no dando tiempo a unir las piezas de un puzzle que —frente a la simplicidad casi naïve de la versión oficial—puede resultar abrumador. Hemos querido aquí poner juntos una serie de elementos diseminados en la prensa digital y escrita con el fin de acceder a una visión de conjunto sobre un suceso capital de nuestro tiempo.  

En segundo lugar: destacar una serie de datos tendentes a demostrar que la versión oficial es falsa, de lo cual estamos convencidos. La mayoría de los datos recogidos parecen mostrar —beyond a reasonable doubt— que la explicación oficial no se sostiene. No se trata de una opinión precipitada, dictada por un afán escandaloso, sino de la conclusión lógica de la confrontación de los datos que aquí se han recogido. Queremos salirnos del terreno de la creencia, refractario a la razón, y avanzar por el camino de la duda.  

En tercer lugar: intentar la recuperación del espíritu crítico entre tanta opinión pre-establecida. Descartar la duda no nos parece razonable, ni una actitud acorde con la seguridad que se tiene de que dicha versión es cierta. El rechazo visceral de todo cuestionamiento es una muestra de que hay algo que no quiere descubrirse. El hecho de que en ningún momento ocultemos nuestra perspectiva, no quiere decir que el lector tenga que compartirla. Sólo el análisis y la confrontación abierta con las informaciones a las cuales hemos tenido acceso —que son sólo una parte minúscula del caso— nos conducen inevitablemente a plantear una serie de preguntas que la versión oficial no satisface. Si se trata de una cuestión de creencias, de fe ciega en la palabra de las autoridades norteamericanas, debemos reconocer que no tenemos fe en esas autoridades. Nos hemos educado en el ejercicio del espíritu crítico, en la sana sospecha del poder, y nada nos hará renunciar a esa actitud.   

En cuarto lugar: contribuir al retorno del espíritu democrático perdido —esperemos que tan solo arrinconado— por los medios de comunicación de masas. Tal y como habitualmente se reconoce, el ejercicio crítico no es sólo un derecho sino una pieza esencial del juego democrático. Ese espíritu no ha sido mostrado por la mayoría de los medios, a pesar de que son muchos los datos que harían dudar a cualquier persona razonable de la versión oficial. No es la nuestra, por tanto, una postura subversiva, sino tendente a reforzar la democracia a través de su ejercicio.  

En quinto lugar: un seguimiento atento del suceso nos permite conocer los mecanismos del funcionamiento del aparato mediático en el acto, y nos reclama una atención especial sobre el funcionamiento interno de nuestras sociedades. Nos referimos a la teoría conocida como de "elaboración del consentimiento", de Walter Lippman, que ha estudiado Noam Chomsky. La primera aplicación moderna de esta teoría sucedió en la Gran Guerra Europea, en 1917. La población norteamericana era masivamente contraria (un 80 %) a la intervención de los EEUU en Europa. Tras seis meses de intensa campaña anti-alemana, la mayoría de la población se mostró partidaria de la intervención armada. 

Sexto: alertar sobre la imposición de un pensamiento único. Más allá de lo que sucediese realmente el 11 de septiembre, la respuesta de las autoridades norteamericanas ("conmigo o contra mí") nos ha conducido a una situación en la que toda disidencia parece condenada a ser confundida con la barbarie terrorista. Llamamos pensamiento único a toda aquella idea que se muestra refractaria a confrontarse con otras visiones de la realidad, que quiere descartar cualquier atisbo de réplica o posibilidad de hacer las cosas de otro modo. La reflexión tan solo se produce en el momento en el cual existen por lo menos dos ideas en torno a las cuales debatir. Entonces nos vemos conducidos a encontrar respuestas por nosotros mismos, a distanciarnos de las dos opciones lo suficiente como para poder mirarlas con la perspectiva necesaria. En el momento en el cual no existe ninguna alternativa el pensamiento se hace superfluo, la capacidad mental se debilita.

Tradicionalmente esta clase de pensamiento ha estado vinculado a la religión: extra eclesia nula salvans, fuera de la iglesia no hay salvación y, por extensión define todo dogmatismo. Ahora se asocia a determinadas teorías económicas, asociadas a su vez a políticas expansionistas. Queremos insistir en la muestra de salud pública que un escrito como éste significa, y en la confianza en que nuestra sociedad pueda recuperarse y afrontar el hecho de que la democracia está siendo amenazada. Negar esto no es sino precipitarnos al abismo, dejarnos llevar por la corriente hacia la tiranía.  

En definitiva: hemos tratado de situarnos por encima de un acontecimiento que nos supera. Reconocemos la pequeñez de nuestra perspectiva, la limitación de nuestros medios y la temeridad de nuestro intento. No podemos, sin embargo, renunciar a ejercer nuestro derecho a sostener nuestras opiniones, máxime en un momento crítico como el actual, en el cual acontecimientos como el del 11 de septiembre son utilizados para justificar ante los ojos de la población mundial una escalada militar que esconde claros intereses estratégicos, vinculados al monoteísmo del mercado como modelo globalizador.

Este texto ha sido escrito con el corazón despierto, pero con la cabeza fría, desde el dolor que nos produce ver un mundo degradado, que tiende a solucionarlo todo mediante la violencia, pero también desde el sentido que nos procura la conciencia de nuestra pertenencia a un mundo que sigue siendo en esencia una maravilla, a una creación que se despliega ante nosotros como un manto de luz inescrutable, del cual acontecimientos como el del 11 de septiembre y la paranoia guerrera que le sigue no son más que una sombra: el intento de arrastrar nuestra atención hacia el lado más oscuro de nosotros mismos, de despertar el odio que en cada uno late y acabar justificando lo injustificable.  

Este texto es un modo de enfrentase a esas sombras que quieren quitarnos el sentido, clasificarnos según estereotipos, situar a unos hombres en frente de los otros en dos bandos irreconciliables: el del bien y el mal que representan la civilización occidental y la barbarie islámica, los fieles frente a los infieles, o cualquier otra dicotomía de este tipo, negadora de la unidad esencial de todo lo creado.  

Creemos, contra toda evidencia, que en un futuro no muy lejano la idea del choque de civilizaciones se revelará como necesidad de encuentro. En ese momento los acontecimientos del 11-S y todo el sufrimiento generado cobrarán una nueva dimensión. Las víctimas de los atentados dejarán de ser las víctimas de una maquinación infame para pasar a ser los testigos del encuentro, cuyo testimonio silencioso nos hablará sobre la imposibilidad de una política encaminada a enfrentar a medio mundo con el otro.  

En el corazón del texto se halla también una pregunta: ¿cómo es posible que muchos ciudadanos, (incluso llamándose a si mismos filósofos o intelectuales, gentes de cultura) aprueben la muerte de miles de afganos? Esta clase de preguntas nos abruma: vemos cómo nuestros vecinos aplauden la muerte de gentes inocentes, cómo la prensa acata la lógica de la guerra, y todo en nombre de la libertad y de la civilización. Hemos entrado en el terreno de la pesadilla.  

El 11-S ha sido calificado como uno de los sucesos más importantes de los últimos tiempos, como el acontecimiento que marcará un antes y un después de la política contemporánea. Si esto es así, no hay que escatimar esfuerzos a la hora de comprender, de observar, de preguntarse. No hay que abandonarse en ningún momento a la desidia, no hay que dejar que nos conduzcan hacia el consentimiento, a aceptar lo inaceptable.  

 

Capítulo primero 

Tipología del Acontecimiento 

"Lo que todo el mundo veía en directo en las pantallas de televisión como la verdad auténtica, era la no-verdad absoluta; y aunque la falsificación resultaba por momentos evidente, quedaba, sin embargo, sancionada como cierta por el sistema mundial de los media, para que resultara claro que lo verdadero no era ya más que un momento en el movimiento esencial de lo falso. De esta forma verdad y falsedad se hacían indiscernibles y el espectáculo se legitimaba únicamente por medio del espectáculo mismo". Giorgio Agamben, Medios sin fin, Pág.68 

Del espectáculo a la escatología 

Escandalosas —por sinceras— fueron las declaraciones realizadas por Stockhausen sobre las imágenes del 11-S. El artista alemán, uno de los pioneros de la electrónica llevada al terreno de la música sinfónica, declaró a través de su página web que lo que vimos era la obra de arte del siglo XXI, que los artistas jamás podrán ya competir con semejante despliegue, que les ha llegado la hora de la jubilación, pues "la realidad supera a la ficción"... Estas declaraciones despertaron indignación, y el músico se vio forzado a disculparse, pues ni un artista (por muy alemán que sea) puede permitirse semejante comentario cuando la muerte estaba todavía en la retina.  

Las declaraciones de Stockhausen, por muy fuera de lugar que estuviesen, tocan el aspecto exterior del acontecimiento: su carácter espectacular. Este carácter fue resaltado por muchos otros comentaristas, pues es algo que salta a la vista, en el sentido más gráfico del término: que nos asalta, se nos mete por los ojos hasta imprimirse en nuestro ánimo. Todo lo que ha sucedido después no es sino la conclusión de esa imagen escalofriante, capaz de borrar por un instante la línea entre la realidad y la ficción, sacarnos de nuestra cotidianeidad y vernos inmersos en un mundo que creímos reservado a las elucubraciones de la fantasía.  

Los mismos ciudadanos indignados no se preocupan de que en los libros de texto de sus hijos se defina como "espectáculo circense" las luchas de gladiadores o la entrega de los cristianos a las fieras. La indignación procede del hecho de que para nosotros el espectáculo es algo en si mismo inocente, de que está asociado a nuestro tiempo libre, a ese tiempo que le dedicamos al disfrute.  

Parece que en nuestra mentalidad civilizada espectáculo es sinónimo de diversión, pero nadie dice que no pueda estar unido a la barbarie, ni que tenga que ser necesariamente inocente. De hecho, desde antiguo se ha asociado el espectáculo con la muerte. La escenificación de los temores más ocultos tiene por efecto una catarsis "purificadora", al exorcizar nuestras pulsiones más internas, nuestros miedos más profundos.  

Pues, en definitiva, ¿qué es un espectáculo? El término es definido por el diccionario Julio Casares de la siguiente forma: "aquello que se ofrece a la vista o a la contemplación intelectual, y es capaz de interesar y mover el ánimo". La conmoción sufrida por la gran mayoría el 11 de septiembre corresponde sin duda a esta descripción somera. 

Conmover el alma es tocar aquello que está dentro del alma, tocar los puntos sensibles de la mayoría. En este caso un signo de poder aparentemente indestructible, mezclado con imágenes escatológicas, con un sabor hollywwodiense. Ya habíamos visto estas imágenes de un modo u otro, pero como una ficción descabellada. Todos tuvimos una sensación de irrealidad al contemplar las imágenes, todos nos preguntamos en algún momento si realmente estaba sucediendo o si se trataba de una de esas películas de catástrofes que tanto proliferan. Se han evocado también otras imágenes, pertenecientes al acerbo colectivo, como la destrucción de la torre de Babel, el Apocalipsis de San Juan o las profecías de Nostradamus:  
 

"Después de esto, vi a otro ángel descender del cielo con gran poder y la tierra fue alumbrada con su gloria, diciendo: ¡Ha caído, ha caído la gran Babilonia! (...) Por lo cual en un solo día vendrán sus plagas, muerte, llanto y hambre y será quemada con fuego, porque poderoso es el Señor que la juzga. Y los reyes de la tierra que han fornicado con ella y con ella han vivido en deleites, llorarán y harán lamentación sobre ella cuando vean el humo de su incendio.(...) Y todo piloto y todos los que viajan en naves y marineros y todos los que trabajan en el mar se mantuvieron a lo lejos y viendo el humo de su incendio dieron voces, (...) y echando polvo sobre sus cabezas, llorando y lamentando diciendo: ¡Ay, ay, de la gran ciudad en la cual todos los que tenían naves en el mar se habían enriquecido con sus riquezas, pues en una hora ha sido desolada!. (Apocalipsis, 18).

"En la ciudad de Dios habrá un gran trueno. Dos hermanos destruidos por Caos. Mientras la fortaleza resiste el Gran Líder sucumbirá / La Tercera Gran Guerra comenzará cuando la Gran Ciudad arda".  (Nostradamus). 

Esto pretende mostrar cómo un acontecimiento real puede ser tan impactante que se mezcle con lo fantástico. El cruce de la línea entre la realidad y la ficción es lo que transforma una noticia en algo más que eso, dándole una dimensión transhistórica. Estamos ante la creación de un arquetipo, de una referencia para la cultura del futuro, que consigue actualizar diversos mitos en un solo momento.  

Un aspecto central de todo espectáculo es el hecho de que debe ser convenientemente divulgado, y de que tiene un público especifico. En este sentido el impacto de los acontecimientos sólo puede medirse desde la posición del ciudadano norteamericano, a quien básicamente estaban destinados. Solo desde esta óptica podremos comprender su significado más profundo, así como la serie de acontecimientos que se han desencadenado a partir de esa fecha.  

La hora escogida delata a los autores: pretendían la mayor visibilidad posible, pero no una matanza total. Poca diferencia logística hubiesen necesitado para llevar a cabo la destrucción al mediodía, cuando las Torres están abarrotadas, hasta superar las 50.000 personas. La matanza no era su principal objetivo, sino la buena difusión del acontecimiento. El número de muertos carece de importancia: ¿Qué sería diferente si hubiese habido 10.000 muertos en vez de 4.000? A efectos de política internacional, ninguno. Esto es una constante: un muerto puede provocar la reacción airada de la masa si su cuerpo es convenientemente expuesto, pero de nada serviría tratar de movilizar a nadie por un millón de muertos sin fotografía. Muchos han hablado de un agravio comparativo, de que los muertos del primer mundo valen más que los muertos del tercero. Esto es desconocer una de las claves de la política mundial. Se trata sin duda de la primacía del espectáculo sobre la realidad: lo que no permanece unido a una imagen carece de fuerza emocional, no puede ser utilizado.  

A las 8h 45m, hora del primer impacto, la mayoría de los norteamericanos está desayunando en sus casas, y ese es el momento decisivo: despertar a la nación con las imágenes de sus peores pesadillas. Aunque para nosotros lo más importante es la muerte de inocentes, la tragedia humana, el desasosiego de los hombres que quedaron atrapados en las Torres agitando sus pañuelos en un grito de desesperación que nos reclama.  

Han pasado meses, días y datos se suman aumentando el desconcierto, o quedando al cuidado de las hemerotecas. El impacto de las imágenes, sin embargo, permanece, resguardado en nuestro subconsciente, asociado a la energía despertada como una sacudida. Ese impacto dejó a todo el mundo sumido en la sorpresa, sin capacidad de reacción aparte del asombro, entre indignado y fuera de sí mismo, casi negándose a aceptar que fuese real lo que los televisores les mostraban.  

Pocas veces el choque de dos sólidos ha tenido una resonancia tan fuerte en un número tan elevado de personas, de un modo tan intenso e inmediato. El choque del segundo avión contra la torre izquierda del Worl Trade Center permanece grabado como signo de que lo impensable puede suceder, de que podemos despertarnos y ver hervir el Sena, o diseminarse las pirámides en el desierto: nada queda ya sólido en nuestro entorno. Todo aquello que era un signo inequívoco de estabilidad para los ciudadanos norteamericanos se ha visto sacudido: el Pentágono (poder militar), el World Trade Center (poder económico), hasta amenazar la Casa Blanca (poder político).  

Se trata de algo perfectamente planeado para su contemplación "intelectual o emotiva", y eso es lo que fueron los atentados del 11 S: un espectáculo ofrecido al mayor número de público congregado en la historia. Un espectáculo atroz, abominable, pero capaz de lanzarnos un mensaje elocuente: todos somos vulnerables.  

Esas imágenes nos dicen que todos estamos bajo la amenaza de un poder oculto. El terror a lo desconocido se proyecta en nuestras vidas, amenaza una estabilidad largamente perseguida. La proliferación de imágenes amenazantes, el ántrax de los discursos oficiales, crean el clima de terror que facilita la gobernabilidad de la nación. El 11 de septiembre ha posibilitado la cobertura necesaria para llevar a cabo una política que en una situación normal hubiese sido mayoritariamente rechazada.  

El pie de foto fue puesto por los distintos responsables de la política norteamericana, en una serie de declaraciones que interpretan a su manera esa imagen internacionalmente difundida. La distancia entre las declaraciones tranquilizadoras de los dirigentes y la fuerza emocional de las imágenes es grande. El vacío entre una y otra se llena de inquietud, de miedo a lo desconocido. El estado de terror ha quedado firmemente establecido, y la única salida es confiar en un poder supremo. Recordemos que el poder político es el único que ha salido ileso del ataque, y puede dirigirse esa misma noche a la nación, por medio del presidente Bush, a través del mismo canal que ha estado repitiendo incansablemente las imágenes:  

Estados Unidos ha sido blanco de un ataque porque es el faro de la Libertad y el Progreso en el mundo. Y nadie hará que esa luz se apague. Hoy, nuestra nación ha visto la Maldad, lo peor de la naturaleza humana. (...) Esta noche os pido que recéis por todos los que sufren, por los niños cuyo mundo ha sido hecho pedazos, por todos aquellos cuya seguridad ha sido amenazada. Y rezo para que puedan ser reconfortados por un poder superior, cuyas palabras nos han llegado a través de los años en el Salmo 23: "Cuando camino por el valle de la sombra de la muerte, no temo mal alguno, porque Tú estás conmigo".  

El tono de el discurso tiene un tono medido. Trata de reconfortar mediante el uso de la retórica habitual, pero los tropos no son suficientes para mantener a flote el sentimiento de estar ante algo desbordante. Las palabras libertad, democracia, paz y justicia se mezclan con las referencias al Bien y el Mal, presentando un cuadro apocalíptico. En verdad en este momento se descubre el verdadero carácter mítico-heróico de la nación americana, su sentido final. La rueda de prensa del día 12 de septiembre:  

El pueblo estadounidense debe saber que el enemigo al que nos enfrentamos no se parece a ningún enemigo del pasado. Éste se agazapa en la sombra y no siente respeto alguno por la vida humana. (...) Esta lucha del Bien contra el mal será monumental, pero prevalecerá el Bien.  

Las declaraciones tienen por objeto dar sentido a una imagen que nos desborda, que no podemos explicarnos a simple vista. Tienen por objeto encauzar la energía despertada hacia unos fines determinados... Esa energía se cuenta por billones de dólares, tal vez sea la más grande fuente de riqueza del planeta. Esta energía retorna como confianza, como una carta en blanco del pueblo hacia el estado, la cesión definitiva de la soberanía. El pueblo ya nada puede hacer frente a ese enemigo que sale de una pesadilla. En palabras de Bush: "Es un deber patriótico ir a ver la Super Bowl. Nosotros nos ocupamos de todo". Este es el nuevo sueño del político-místico, del Escipión de nuestros días, que sustituye la contemplación de las esferas celestes por el béisbol como medio de dominar las pulsiones de la masa. Y el ciudadano siente renovada su pertenencia a la mitología americana, donde se siente trascendido: "las almas de aquellos que han prestado su servicio al Bien serán recompensadas con la gloria" (El sueño de Escipión, de Cicerón). Vivir para el cielo (es séptimo cielo, la fábrica de sueños) es vivir para el Imperio.

El Islam asociado a la barbarie 

Ya está todo dicho: no es necesaria ninguna reflexión. El pensamiento crítico es superfluo: todos nos posicionamos según nuestro deseo, vemos tan sólo aquella parte de la realidad que nos conviene. En verdad, si nosotros queremos pensar que se trata de una conspiración interna, o de un golpe de estado, siempre encontraremos datos que confirmen más o menos nuestro deseo. Pero no nos engañemos: lo que estamos mostrando es sólo eso, nuestro deseo de que la cosa sea así... ¿por qué? Porque cualquier otra opción no nos conviene. Somos adictos a otros arquetipos, a los de la conspiración y la sospecha del poder.  

Otros prefieren creer en la idea oficial del atentado, dejando que se desencadenen una serie de mitos bien asentados en su mente:  

a) la existencia de un odio perverso hacia los americanos, producto de una mentalidad retrógrada y malsana.  

b) la existencia de una guerra entre la barbarie y la civilización, una dualidad ideológica que ha sido un motor constante en la historia de la humanidad. Claro que uno siempre representa la civilización y el otro la barbarie.  

Dado que estas ideas están en todos los discursos, tan sólo hay que adaptarlas al momento para que muestren su eficacia. La proyección que hacemos en el otro, por muy forzada que sea, demuestra que ese discurso es verdadero. El llamado terrorismo islámico está ahí para satisfacer una demanda, para mantener con vida un sueño moribundo: el de la civilización occidental como superación del estadio religioso-patriarcal, como su emancipación de la religión jerárquica en favor de una espiritualidad más pura.  

La religión tradicional ha sido presentada como algo que pertenece al pasado, símbolo de atraso, que únicamente puede ser tolerada cuando desaparece de la escena pública para pasar al terreno de lo privado. Si deja de ser una experiencia integral y asume su carácter secundario. La idea de que nuestra sociedad tecnológica se corresponde con la mayoría de edad del hombre, que es el producto de la superación de un estadio infantil-teocrático, forma parte de la mitología del hombre occidental. Incluso los nuevos cristianos dan por hecho que la Edad Media es una época oscura, donde nadie tenía derechos, donde la función de la Iglesia era principalmente represiva. El Papa pedirá disculpas. Recuerdo unas palabras de la medievalista Regine Pernoud, recordando unas jornadas de jóvenes católicos franceses sobre el tema: "¿es posible considerar la Edad Media como una época civilizada?". Regine se dio cuenta de que para llegar al lugar de esas charlas los seminaristas pasaban por delante de Notre Dame de París... una de las obras de civilización más grandes de occidente, tal vez una obra insuperada. Notre Dame lleva la firma: Adamo me fecit, pues en esa época (¿bárbara?) no se tenía el concepto de autoría que ahora nos domina. Todos somos hijos de Adán, todos somos uno.

La reacción al 11 de septiembre denota el intento de mantener viva la idea de progreso, la construcción de una visión lineal y eurocéntrica de la historia. Edad Antigua, Edad Media, Edad Contemporánea, tratados cómo fases de la vida de una humanidad monolítica, equiparada a un único ser humano. Como si una lectura superficial de la historia de una pequeña parte del mundo pudiese extrapolarse al resto de la tierra. Como si la humanidad fuera un solo organismo que envejece, y las historias de cada uno de nosotros estuviesen condicionadas únicamente por el momento histórico al que pertenecen. Hay que mencionar aquí el papel del evolucionismo: la idea de que las especies evolucionan como un todo, con lo cual cualquier idiota se siente halagado por pertenecer a una fase más evolucionada. Claro: cualquiera de nuestros vecinos es un ser más evolucionado que Pitágoras, que Lao Tsé, o que el compilador del Libro tibetano de los muertos. Cualquiera puede pensar que tiene suerte por vivir en nuestro tiempo, a condición de que lo haga en "la parte agraciada del mundo", allí donde el progreso es evidente. Como si el pasado fuese una preparación para el presente, y no hubiese tenido un sentido de plenitud en si mismo. 

Asistimos al revival de una serie de ideas que hace tiempo han hecho aguas por todos lados, como la de la superioridad de la sociedad técnica e industrial con respecto a cualquier otro modelo civilizacional. Esta idea, seriamente puesta en duda por la posmodernidad, necesita de un enemigo bárbaro para mantenerse a flote. Estamos en un tiempo donde se rompe con los paradigmas establecidos en el siglo XIX, pero las estructuras de poder que se sustentan en esos paradigmas tratan de perpetuarlos a toda costa, de hacer prevalecer el mito sobre una concepción abierta de la historia, de las culturas y los pueblos. Esto pertenece a la mentalidad del hombre occidental, y surge como una fuerza en las situaciones más extremas. Lo que está sucediendo es la reacción de aquellos que defienden esas ideas de superioridad frente a un movimiento mundial de apertura y encuentro de las culturas entre sí, de igual a igual. Un encuentro que es ya inevitable pero se quiere transformar en superioridad de unos frente a otros.

Todas estas ideas, aunque parezcan tangenciales, están en el fondo que propicia la respuesta de las masas: el Islam es un peligro para el mundo libre, el monoteísmo es necesariamente tiranía, la religión tradicional tiene un fondo de fanatismo que sólo el estado moderno atempera... relegándola al ámbito privado, donde puede aportar valores positivos. Hoy en día parece que nos encontramos con la misma dicotomía, frente a unos hombres que quieren volver a la Edad Media, época donde la religión ostentaba el poder terreno. Todo esto es falso, por supuesto, incluso en el caso de la historia de occidente, pero es mucho más falso si se aplica a otras civilizaciones.

Todo esto afecta y mucho a los discursos oficiales. Cuando los historiadores han abandonado ya las lecturas lineales y comprenden que en cada momento se están moviendo fuerzas y tendencias que se superponen, un acontecimiento tiende a unificar las visiones y situarlas de nuevo sobre el plano. Ya hemos visto que Bush define a los EEUU como "el faro de la Libertad y el Progreso en el mundo". Cuando se nos habla de la defensa de la civilización, de la libertad y de la democracia, se está utilizando el pasado de Europa tal y como ha sido definido en el siglo XIX por las llamadas ciencias del hombre: sociología, antropología, historia, y al mismo tiempo se extrapola lo que se sabe de occidente a otros mundos. La proyección de la versión de la historia que hemos aprehendido se hace patética en ciertos lugares, como España, donde la época medieval permanece como el máximo momento, tras el cual sigue una larga decadencia. En el caso del Islam nos encontramos con que las definiciones dadas al despotismo de la iglesia son aplicadas sin vergüenza a una religión que rechaza toda clase de institución eclesiástica.  

Esto es evidente en muchas de las traducciones de términos del árabe al castellano. Un ejemplo: para traducir el nombre del grupo islamista "Takfir wa Hijra" se recurre a la comunión católica: "excomunión y hégira" (en Gema Martín Muñoz, Gilles Kepell, Emmanuel Sirvan, y otros). En este caso se deja en árabe la palabra que tiene una traducción en castellano (hégira: exilio) y se traduce aquella que no la posee. Tal vez la palabra "exilio" resulte demasiado positiva... A los orientalistas y analistas políticos tampoco les gusta reconocer que los llamados movimientos fundamentalistas son todos ellos reformistas y modernistas. Para referirse a la Nahda, los arabistas se niegan a utilizar la expresión que usan los árabes: "renacimiento musulmán", pues la palabra renacimiento pertenece a una fase "positiva" de su historia (aunque, de hecho, el renacimiento europeo es la época de la Inquisición, y no la Edad Media como suele afirmarse). En inglés se habla de un revivalism, lo cual ha dado la curiosa traducción de "movimientos evangelizadores" (en la versión española Emmanuel Sirvan)... es decir: propagadores del Evangelio. 

Esta clase de confusiones tiende a hacer imposible el diálogo, a presentar barreras infranqueables. La prensa occidental se queja de que el mundo islámico no ha realizado su reforma, mientras califica negativamente a los movimientos reformistas. Es como para volverse locos. La confusión es proyección: se asocia la ortodoxia al inmovilismo, a las estructuras jerárquicas cerradas, a la exclusión de cualquier otra confesión religiosa. Pero sucede que en el caso del Islam la ortodoxia, si la hubiese, sería todo lo contrario: el pleno reconocimiento de una pluralidad de religiones (Corán: "todos los pueblos han tenido sus profetas"), la  ausencia de fanatismos o actitudes exageradas en la práctica de la religión ("El Islam es la vía de en medio"), la ausencia de instituciones jerárquicas ("no hay iglesia en el Islam"), las decisiones colectivas en la ashura (o asamblea) (Corán: "los creyentes son los que se consultan mutuamente"), la libertad de conciencia (Corán: "¡Que crea quien quiera y quien no quiera que no crea!"), el derecho de cada uno a mantener sus propias opiniones (Corán: "no hay imposición en el Dîn") y a desarrollarse dentro de los límites establecidos. Es decir: todos aquellos valores que se supone que han sido la conquista más valiosa de occidente, pero aumentados considerablemente por un concepto medioambiental y de la economía mucho más equilibrados.  

Nos encontramos en un tiempo donde todo tiende a confundirse. La traslación de conceptos de la religión católica al plano del Islam ha generado otra anomalía: su adopción por muchos musulmanes, que a la hora de hablar del Islam en las lenguas europeas utilizan las traducciones de los orientalistas. Nos encontramos de este modo que los grupos islamistas hablan de "infieles", en términos de una oposición que el árabe no dice. La palabra "kafir" significa literalmente "los que cubren" (del verbo Kafara, cubrir, tapar, ocultar). Esta palabra, que ha dado el castellano cafre y el maltés kiefer (cruel), es usada para dividir a la humanidad en dos campos: el de los creyentes y el de los infieles. De este modo la oposición que denunciamos entre civilización y barbarie encuentra su reflejo del otro lado, del lado del Islam, mediante la adopción de las traducciones misionales. Este es un verdadero triunfo del colonizador frente al colonizado, la imposición de estructuras mentales, que son producto de un modelo de poder. Los llamados islamistas actúan reactivamente, quedando atrapados en un círculo vicioso: tratan de defender el Islam con los modos de pensar heredados de aquel que declaran su enemigo. Este es un fenómeno complejo, que merecería un libro por si solo. Cuando oímos a Ibn Laden utilizar la palabra inglesa "infidels" para referirse a los occidentales, nos damos cuenta de que estamos en un terreno que nos es muy conocido: extra eclesia nula salvans. En este caso Ibn Laden representa aquello que los occidentales hemos superado, encarna nuestro pasado retrógrado, nuestra Edad Media cruel e intolerante.  

Para definir una religión que practica una quinta parte de la humanidad se escogen sus casos más extremos: las anomalías que el colonialismo ha generado, donde nos miramos al espejo. Esto es evidente en el caso de los talibanes, hijos predilectos de la política exterior americana. Esta política tiene el doble sentido de crear y combatir al monstruo que ha creado. De ese juego se alimentan las cuentas corrientes de un puñado de personas, a costa de una inmensa mayoría.  

Ibn Laden: la imagen necesaria

Los días siguientes un alud de análisis y comentarios invadía nuestras vidas. Todos estábamos pendientes de lo sucedido, de las reacciones al desastre, aunque no fue necesario un alarde de imaginación para encontrar culpable: el integrismo islámico. Los comentaristas y los entrevistados de la CNN lanzaron esa hipótesis, del mismo modo que los comentaristas y los entrevistados de la CNN lanzaron la misma hipótesis después del atentado de Oklahoma. Bien pensado, ¿quién puede cometer semejante acto de barbarie? Lo inimaginable tiene que tener un rostro tan oscuro como esas imágenes que nos han atenazado, y el rostro del fanatismo religioso —en el cual se funden las más tétricas iconografías de occidente— es el único que parece cuadrar con un horror de este calibre...  

La inmediatez con que la prensa señalaba al enemigo nos hace pensar en la necesidad de vincular rápidamente las imágenes de la catástrofe a una causa y un fin necesario, en un ejercicio de lógica aristotélica, pasando del efecto a la causa de un modo regresivo. Para ello nada mejor que la imagen del "enemigo público nº 1", que estaba allí esperando para pasar a formar parte del panteón de la mitología americana.  

Lo cierto es que no es Ibn Laden sino su imagen lo que se ha puesto en juego, hasta el punto que se duda de su existencia, si ha dicho esto o lo otro, o si sigue con vida. Nosotros sabemos que existe, y más adelante trataremos de su figura en si misma, ahora nos contentamos con echar un vistazo sobre la utilización de su imagen en los medios occidentales. Esta operación de "descarnarlo" y quedarse con un simulacro solo sería posible respecto a una figura que se presta a esta clase de juegos, y sin duda Ibn Laden pertenece a esta categoría de hombres apegados a su imagen.  

La imagen de Ibn Laden tiene por objeto despertar en el público americano una triple mitología. La operación es fascinante: la unión en un solo personaje de dos arquetipos de la historia americana que hasta ahora aparecían separados. Aparece como la conjunción del indio americano y el fanático oriental. Han logrado vincular su temor ancestral hacia los pieles rojas con una religión sofisticada y milenaria. Estas son dos formas de representar al salvaje, una amenaza que parecía superada, pero que está aún latiendo en cada uno de nosotros, amenazando nuestra apariencia civilizada. 

Todo esto, que puede parecer una tontería, tiene por efecto despertar todo un potencial latente de heroísmo, puesto en el subconsciente por el cine. De ahí los carteles que han proliferado con la leyenda "Wanted", carteles cuya estética proviene precisamente del western. Tal y como lo muestran las palabras del senador Gary Hart (que estuvo a punto de ser candidato republicano a la presidencia) no se trata de una exageración:  

El estado de ánimo de América tras este ataque se aproxima bastante al de una furia helada. (...) En el Oeste tuvimos un problema con los ladrones de ganado en el siglo XIX. Procedimos de forma muy parecida a la que haremos ahora. Les daremos a estos terroristas un juicio justo... y después los colgaremos. 

Esta visión infantil y terrible de los sucesos es, por desgracia, la predominante en estos días, y nos hace pensar sobre esta inmensa nación, y en sus gentes como dominadas por una mitología infantil, que tiende a confundir la realidad con lo ficticio.  

Esto tiende a crear una serie de expectativas, a repetir los mitos que han visto desfilar por la pantalla, junto a todas las fantasías latentes sobre su misión en el mundo. La idea de que ellos salvaron a la civilización de las garras del nazismo está tan inculcada que abre un espacio para la demonización de cualquier fuerza que se les oponga.  

Todo esto va a permitir a las nuevas generaciones penetrar en la "pantalla cinematográfica" de la historia, sentir que están repitiendo la gesta de sus abuelos. La recurrencia a la mitología de la Segunda Guerra Mundial se hizo evidente con la mención de Pearl Harbor, que tiene la función de propiciar ese encuentro "inesperado" entre la ficción y la realidad. Con ello se está haciendo entrar al país entero dentro de su propia mitología, revivir las pautas y modelos de un "pasado glorioso" ("que nadie en su sano juicio se atrevería a poner en duda").  

Para que esta operación tenga éxito, es imprescindible que el papel del malo quede bien cubierto. La utilización de la imagen de Ibn Laden como encarnación del mal ha llegado a puntos asombrosos, incluso en prensa a la que se supone una mínima seriedad. Esto debería hacernos reflexionar. Como muestra un botón: la garra de Fú Man Chú. 

Ante una imagen tan grotesca como esta, ¿qué podemos añadir? Hay una cosa: esta imagen apareció en todos los medios de difusión masiva, y en todos ellos en la página contigua encontramos la imagen de Donald Rumsfeld con un traje de 14.000 dólares, perfectamente tranquilizador, frente a ese monstruo salido de una pesadilla... El comentario que Omar Rivelles hizo de esta imagen merece ser citado: 

La foto retocada del Vil Laden es para nota y una vergüenza para todos los diarios que, obligados por mano de hierro, la han publicado en el mundo. Mas que foto es un icono, pieza maestra de desinformación y un primer premio de penetración subliminal al inocente lector. Aparece el Vil Laden en video especial de mala calidad con grano gordo borroso para manipularlo mejor luciendo ese gorrete, medio de palurdo, medio de pasiego, con trazas de turbante. Chaqueta de camuflaje del ejército americano como todo buen fanático fundamentalista islamista antiamericano. La boca es mueca de perverso, babeante de asco y maldad infinita. Barba en punta de más de un palmo tipo Fumanchú para darle así al icono unos comienzos de regustillo asiático chinesco. La cabeza para atrás, casi como la ponía Mussolini cuando quería meterles miedo a los ingleses y no tenía ni barcos ni marineros ni posibles. Todo el careto pastoso esta sobre un texto sin sentido. Y en vez de acompañar al icono con el Kalashinkof de siempre del Che, le han puesto esta vez al Vil Laden una mano derecha acartonada alzada que es garra con cuatro dedos, cuatro y no cinco dedos, que son todos ellos larguísimas garras descomunales negras de afiladísima punta sacadas de cuadro medieval de Pedro Botero haciendo de demonio malo para asustar a los sometidos al derecho de pernada. Vamos, una mano garra horrorosa que contrasta con los morritos pintados del Dick Cheney. 

Islam e idolatría 

Omar toca un punto, como de pasada: la apariencia mesiánica de este personaje, que parece rodearse con una aureola casi mística: con su turbante y su dedo levantado diciendo que todos los americanos son un blanco legítimo... Esta imagen tiene otro público, aparte del indignado americano: los jóvenes frustrados de la periferia de las grandes ciudades del mundo árabe-musulmán, todos aquellos que tienen algo que reprocharle al "amigo americano". Y ahí está la metralleta del Che Guevara, la necesidad de un líder para el tercer mundo, una serie de fantasías que hacen decir cosas como éstas:

... los hechos son la gloria que es para el Islam que Ben Laden se haya estrellado contra la mente infantil del norteamericano medio que trabajaba para el kufr y le haya causado una fractura irreparable. La mente es como un cristal y el miedo no tiene cura. Las imágenes de un líder que reivindica seis mil muertos sin perder la compostura, con voz firme y aristocrática, con su dedo levantado de lâ ilâha il-la lâh Sólo existe Allâh y tomando un sorbo de té —como si nada hubiera dicho— tras amenazar al Estado más poderoso del mundo, nunca, nunca jamás serán olvidadas por los musulmanes. ( ... ) 

Textos como este se han escrito en estos tiempos, y peores. Lo que se nos ofrece aquí es una sub-mitología dentro de la mitología que la crea, como un pequeño cachorro que se rebela contra el padre, al mismo tiempo que lo asume como referencia de todas sus acciones. La citas bíblicas y escatológicas se mezclan con los prototipos de la cultura de masas, la necesidad infantil de héroes. Una necesidad que tan sólo reproduce uno de los mitos más queridos del inconsciente americano: el justiciero solitario, capaz de "enfrentarse a los poderosos de la tierra". Y ya tenemos lo impensado: un póster para la pared de los adolescentes musulmanes, un póster que contiene todo aquello que trata de lograr que el Islam pase a formar parte de la cultura de la imagen, donde ya no es él mismo, sino sólo su sombra. Hemos escrito en otro sitio:

Cultura de la imagen: el sistema acepta las imágenes de las diferentes tradiciones, pero no su contenido. Y a eso le llaman tolerancia. Estamos en un mundo donde la idea de tradición quiere ser reducida a la de folclore. El sistema se las da de tolerante por permitir que esas imágenes convivan separadas de sus contenidos. Ibn Laden se ofrece como un icono al sistema de los media, despliega toda una teatralidad que lo hace ideal para encarnar el mito que se le ha asignado. Todo forma parte de un espectáculo a menudo grotesco, que tiende a cortar los lazos de los hombres entre sí. En esta cultura están empeñados tanto los "representantes de dios en la tierra" como los políticos, los publicitarios, los economistas del Nuevo Orden Mundial, o los fabricantes de noticias. En el terreno de la democracia nos encontramos con lo mismo: no a la participación directa del pueblo en las decisiones colectivas, sino elección (supuestamente libre) de representantes. 

Estamos sin embargo en una época privilegiada, si somos capaces de reconocer la falsedad de la red desde ese vacío que todo lo contiene, desde lo irrepresentable. Observar los sucesos del 11 de septiembre como el despliegue de un modo de pensar, de ser, de actuar. Todas las piezas que se incluyen son parte de ese mismo modo, desde el último comparsa hasta sus protagonistas más visibles. El poder siempre ha usado unos mecanismos para vincular a los hombres entre sí. Podemos desmenuzar pieza por pieza, observar desde la radicalidad de la apertura, desde la diferencia. ¿Qué mejores armas que la religión y el patriotismo, para vincular a los hombres a esa cultura de la imagen? Ambas ofrecen un signo de identidad al hombre, una pertenencia. Eso ha sido claro con el cristianismo, tanto en el catolicismo como en las corrientes reformistas. Si el Islam es, por definición, sometimiento a lo irrepresentable, el problema parece insalvable: ¿cómo manipular a unas gentes que proclaman su adoración única y exclusivamente hacia lo irrepresentable? O, dicho de otro modo: ¿cómo vincularlas a un proyecto global que necesita de las riquezas que tienen los países de mayoría musulmana? 

La imagen de cientos de musulmanes juntos poniendo la frente sobre el suelo se ofrece a la mirada como una paradoja. Por un lado, siendo un gesto de sumisión, se presenta como la renuncia a la propia individualidad, que esclaviza al hombre en el grupo. Esta lectura, sin embargo, no tiene en cuenta el hecho esencial: dicho gesto no se realiza ante nada humano, ante ningún símbolo codificable, manipulable por el hombre. Siendo así, la oración ritual se convierte en un acto por el cual el hombre afirma su voluntad de independencia frente a cualquier forma de poder humano, al mismo tiempo que reconoce un origen común a todo lo creado. Lo que aparece a simple vista como un acto de servidumbre es un acto de liberación por el cual los musulmanes afirman su pertenencia a lo infinito, a una inmensidad no codificable.

Desde este punto de vista, postrarse es librarse de toda tiranía, de toda ideología, de todo dogmatismo, no aceptar otro señor que no sea la propia realidad, con la cual se establece un contacto inmediato: sin mediadores. Ahora bien: ¿no es eso precisamente lo que la cultura de la imagen trata de destruir? ¿Se comprende de este modo el encono de los medios de comunicación contra el Islam, su necesidad imperiosa de construirle una imagen que pueda definirlo? Lo que no tiene una definición se escapa como el agua entre los dedos. Eso es el Islam para el mundo de las categorías aristotélicas, de las cosas cerradas en su definición establecida. Pero, ¿como encontrar representantes de lo irrepresentable? ¿Como puede encontrar la Iglesia o el poder político representantes del Islam, si la mayoría de los musulmanes no aceptan a esos representantes? La única solución es construirlos, y ahí está Ibn Laden, como una pieza de artificio que hace posible lo imposible.

Dicho de otro modo: ¿cómo hacer que el Islam pase a formar parte de la cultura de la imagen? Ya hemos dado la respuesta: mediante su apariencia. La idolatría en el Islam es aquello que se constituye en signo de identidad externa: unas vestiduras, una barba, un velo. Por supuesto el panarabismo juega un papel importante en este proceso, así como los llamados partidos islamistas. También hay que mencionar el aferrarse a prácticas concretas, al ritualismo extremo. Pero no existe nada tan efectivo como el culto a la personalidad para que el Islam deje de serlo. 

La entrada en la cultura de la imagen pasa por la adecuación a un estereotipo. De ahí que el verdadero musulmán no lo parezca, y en muchos casos ni siquiera lo sepa. La palabra Islam indica el sometimiento a lo Real; ir más allá de esa apariencia hasta el punto común de todo lo creado. La única referencia que acepta el musulmán es lo irrepresentable, todo lo demás cae por su peso. Un acontecimiento como el 11 de septiembre, y su escasa incidencia en la conciencia de la mayoría musulmana, constituyen una prueba de la fortaleza de la Ummah, de la comunidad de los seres sometidosa una Realidad que nos supera. Es un modo de medir el imân de cada uno, su propia consistencia, su capacidad de mantenerse abiertos, independientes de la cultura dominante. El papel de los musulmanes occidentales es determinante: nosotros tenemos la posibilidad de constituirnos en un puente, de mirarnos a nosotros mismos y a nuestra cultura desde el sometimiento. Lo que estamos viendo es prodigioso, acontecimientos que van más allá de su apariencia. Saber distinguir el ídolo del cielo, y ocupar ese espacio intermedio entre la determinación y lo indeterminado que llamamos vida, donde todo es fluido y se retuerce como la serpiente que el Profeta Musa, que la paz sea con él, arroja sobre el suelo.

¿Cómo es posible esta confusión? La imagen tiene un poder magnético, revela nuestra necesidad secreta. Está ahí para mostrarnos que pertenecemos a lo perecedero, para demostrar que nadie puede escapar a la apariencia, que lo real debe pasar, necesariamente, a un segundo plano, que no se puede vivir al mismo tiempo en el âjira y en el dunia. Representar es separar las cosas de su fuente, de la misericordia creadora. Es dar realidad a una fractura que sólo ha de servir al dueño del teatro, que pone el escenario y la taquilla, para que todos los hombres desfilemos uno a uno. A muchos musulmanes parece gustarles la representación: verse representados en el juego de la guerra. Se han de evocar las grandes matanzas del pasado, la espada mensajera:

Lo trascendental es que ha ocurrido y ahora los musulmanes desde una punta a otra del Planeta tienen un David que vence a Goliat, un Robin Hood hijo de poderoso que lucha contra los poderosos, en definitiva, un nombre propio, eso que parece imposible que surja en una religión sin Iglesia. Un Mahdi para las poblaciones más castigadas del Islam y el héroe que estaba esperando todo el Tercer Mundo. 

La operación mediática del 11 de septiembre se sitúa en la línea de ofrecer a los musulmanes una alternativa al sistema que los unifique como masa. La masificación es, precisamente, aquello que hace al Islam pasar a formar parte de la cultura que lo niega. El triunfo de los media es absoluto.  

Se preguntarán entonces, ¿negar esta batalla, rehuir la representación? ¿Abandonar el combate no es dejar que el otro ocupe todo el escenario? Por supuesto: el escenario es suyo. No le demos valor al escenario: carece de sensibilidad, de aroma, de sentido. En el mundo de la representación el Islam se identifica con la barbarie, pero en el mundo de la Realidad sigue ofreciendo, a gentes de las más diversas naciones, un modo de vivir vinculados a la misericordia creadora, que está en todos nosotros y no es manipulable, con esa fuerza que vincula sin necesidad de imágenes a los hombres entre sí. Nosotros abandonamos el teatro, pero lo que menos soportan los actores es que el público no se mueva en la butaca.  

Que lo irrepresentable exista y forme comunidad sin presupuestos ni condiciones de pertenencia, tal es precisamente la amenaza con la que el Estado no está dispuesto a transigir. (Giorgio Agamben, Medios sin fin, pág. 76) 

El mensaje político del 11 de septiembre 

La operación busca alentar el crecimiento de un islamismo violento, que entre a formar parte del sistema. Este es el actor que ofrece los argumentos para seguir con la carrera armamentística. Contra las proclamas mesiánicas como la antes citada, nadie duda de que hay que combatir, responder con la American Holy War, según las declaraciones de William S. Cohen el día 12 de septiembre: 

Demasiadas generaciones han pagado un alto precio por la defensa de su libertad para que podamos permitirnos hoy abandonar nuestros valores. De hecho, Norteamérica debe embarcarse en su propia Guerra Santa, no en una guerra animada por el odio y la sangre, sino una guerra emprendida por nuestro compromiso a favor de la libertad, la tolerancia, la primacía del derecho.  

Con esto se ha logrado el objetivo; guerra santa contra guerra santa, mitología frente a mitología, y estamos de nuevo en el espejo de nuestra superioridad moral indiscutible, sea cual sea nuestro bando... Todo ha quedado reducido a dos posturas enconadas, tal y como fue expresado por el presidente Bush: "o conmigo o contra mí", aunque para nosotros estas dos imágenes se reflejen la una a la otra, velando la Realidad que nos concierne. Esta dualidad establece la cortina de humo tras la cual el poder se mueve a su antojo, desarraigando pueblos a lo ancho del planeta.  

En un primer nivel, el mensaje del 11-S tiene por objeto vincular al público norteamericano, y de ahí su carácter espectacular. En un segundo nivel ofrece un icono para las masas musulmanas, según el modelo de la contracultura americana. Pero existe otro mensaje, mucho menos sutil, más brutal pero no por ello menos efectivo, destinado a aquellos que también saben hacer cine, que conocen y utilizan la manipulación como instrumento de poder.  

Los destinatarios de este tercer mensaje son los dirigentes del mundo, gentes que saben perfectamente que lo sucedido no responde a lo que se dice en los medios, sino que ha sido preparado desde dentro. Sabiendo que todos ellos saben... el mensaje que los autores del 11-S han lanzado a los "poderosos del mundo" se transforma en lo siguiente:  

Tenemos el control de la situación porque tenemos los medios de comunicación a nuestro servicio, así como la tecnología necesaria para hacer lo que queramos, pero, y esto es lo más importante: tenemos la determinación y los cojones suficientes como para hacer cualquier cosa. Si queremos mañana invadiremos vuestras tierras y os despojaremos de todos vuestros bienes, y lo haremos convenciendo al mundo de que os lo merecéis, pues sois seres perversos. Nuestras amenazas no son meras palabras: aquí tenéis una muestra de nuestro poderío, de nuestra capacidad ejecutiva. Ante la evidencia de nuestra superioridad tenéis tan solo una opción posible: o estáis con nosotros o sufriréis las consecuencias. Estar con nosotros significa hacernos el juego, hacer ver que os creéis todo este montaje, colaborar en nuestros planes de expansión ilimitada. Formemos una coalición internacional contra el mal que nosotros mismos hemos construido. Participad de la ilusión que hemos creado. Si así lo hacéis es posible que tengáis una parte del pastel, eso se discutirá más adelante. En caso contrario quedáis automáticamente auto-catalogados del lado del Mal ante la opinión pública mundial. 

Este es el mensaje lanzado el 11 de septiembre a todos los gobernantes de la tierra, a todos aquellos que tiene un poder, por pequeño que sea. Desde el columnista de periódico hasta el presidente de una gran empresa, todos asienten y cumplen su papel con mimo. ¿Qué sentido tiene oponerse a una maquinaria que genera las noticias y controla su interpretación?  

Así ha sido reconocido por muchos dirigentes, sin tapujos. Basta citar las palabras de Muamar Gaddafi, en su discurso a la nación, un año después de los atentados:

Tenemos que aceptar la legalidad internacional, pese a que esté falseada e impuesta por los dueños del mundo. De lo contrario, nos van a aplastar.

La coacción universal es evidente, y ya están entrando los representantes del FMI para decidir lo que hay que hacer con el petróleo, decidir su precio y su destino. En este punto tal vez debamos reconocer que Stockhausen tenía razón, que se trata de un golpe tan audaz y de dimensiones tan apabullantes que no nos queda más que quitarnos el sombrero... y sin embargo, la cosa no está clara. En el próximo capítulo se pondrán, insha Al-lâh, uno junto a otro una serie de datos aparecidos en la prensa, para obtener una visión más clara de lo sucedido.

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