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Fátima y su hiyab

20/02/2002 - Autor: Juan Francisco Martín Seco - Fuente: Estrella Digital
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Con frecuencia uno no da crédito a lo que ve y oye. La realidad puede desbancar a la ficción. Lo más grave no es que se adopten determinadas posturas o se realicen ciertas acciones, lo más grave estriba en la capacidad humana y social para racionalizarlas y justificarlas. Ahí está, sin ir más lejos, la ofensiva contra Afganistán, los prisioneros de Guantánamo o ese discurso fundamentalista de Bush acerca del "eje del mal".

Hay veces, sin embargo, que el tiro puede salir por la culata. Eso es lo que presumiblemente va a ocurrir con el juicio a Milosevic. Y no es que éste no sea culpable, y como tal, seguramente se le reconocerá en la sentencia, pero al mismo tiempo no va a ser fácil evitar que la población internacional se entere de muchas cosas, se confirmen otras, y se descubra que aparte de Milosevic hay otros criminales de guerra.

Pero, centrémonos en algo más interno y doméstico: el alboroto que se ha armado a raíz de que una niña marroquí quisiera ir a clase con un pañuelo. Ha salido a la luz la xenofobia y el racismo latentes en buena parte de nuestra clase política, de tertulianos y comentaristas, y de la sociedad española. En primera fila están los que se autodenominan, pomposamente, liberales y cuya libertad comienza y acaba en el tema económico -libertad para que los ricos exploten a los pobres-. En todos los demás casos son simplemente fachas, fachas en materia judicial y de orden público, fachas en la política internacional y fachas en el reconocimiento de los derechos humanos -para ellos sólo existe el de propiedad- y en el respeto de la diversidad de culturas, costumbres y religiones.

¡Qué cosas se han dicho! Algún ministro y algún teórico izquierdista, que de tanto serlo siempre coincide con la ultraderecha, han comparado llevar un pañuelo con la ablación. En el fondo están mostrando su incultura e ignorancia, fruto tal vez del desprecio hacia el mundo islámico. Pasan por alto las múltiples diferencias entre ramas, sectas y países y siguen siendo incapaces de distinguir entre prácticas, y prácticas. Todas las religiones han cometido a lo largo de su historia miles de atrocidades, por lo que si siguiéramos la misma lógica tendríamos que prohibir toda expresión religiosa, y muchas de las manifestaciones culturales unidas a prácticas religiosas.

La esencia de un Estado moderno, democrático y laico está en no obligar pero tampoco prohibir; que cada uno vista, actúe y mantenga las costumbres que le gusten y crea conveniente, siempre que su comportamiento no sea socialmente perjudicial y no ataque la libertad del resto. ¿Cómo no distinguir entonces entre llevar un pañuelo para cubrir la cabeza y la monstruosidad de la ablación?

Resulta irónico imaginar a una monja con toga y hábito prohibiendo llevar un pañuelo en la cabeza a una alumna porque es un signo religioso.

Pero nada como las pseudoprogres feministas para las que todas las injusticias y reivindicaciones se reducen al ámbito de la discriminación femenina y que contemplan todo bajo el exclusivo prisma de la opresión de la mujer. Ahora resulta que el hiyab es una forma de discriminación femenina. Y digo yo, ¿la falda o cualquier otra prenda de las que usan las damas occidentales no? ¿Qué será eso del maquillaje y los pendientes? Siguiendo esta lógica, con mayor motivo se podría tildar de práctica discriminatoria la obligación impuesta por los colegios de usar uniforme distinto según el sexo. Una cosa es diferenciar y otra discriminar; y diferencias sí que parece que existen en todas las culturas en el atuendo de los dos diferentes géneros. El hiyab, como han puesto de manifiesto las distintas asociaciones de marroquíes, no tiene por qué ser, en principio, un signo de inferioridad de la mujer, sino de pudor, pudor que a nosotros occidentales nos puede resultar trasnochado, pero que no es óbice para que se respete, tanto más cuanto que no hace mucho existían, y tal vez aún existan, en nuestras sociedades, prácticas similares. La evolución ha de producirse de manera gradual y desde luego voluntaria, sin que a nadie se le obligue a abandonar prácticas culturales o religiosas por irracionales y absurdas que parezcan, siempre que no causen un perjuicio social o estén en contra de los derechos humanos.

El argumento, muy empleado popularmente, de que esa tolerancia no existe en muchas sociedades islámicas carece de sentido, porque esa es precisamente una de las diferencias que distingue a un Estado moderno y laico de una teocracia.

Si algo entra en contradicción con un Estado aconfesional, como el español, es que se mantenga con fondos propios a colegios confesionales. Porque es precisamente ahí donde muy posiblemente ha estado el problema de estos días con Fátima y su hiyab. Quizás lo que sí deberíamos empezar a plantearnos es si los colegios concertados no tendrían que dejar de existir.

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