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El terrorismo, la gran coartada

Entrevista a Samir Amin

02/02/2002 - Autor: Anne Marie Mergier, Proceso - Fuente: Rebelión
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No es un frente unido contra el terrorismo lo que el mundo necesita. Ese frente sólo generará más y más terrorismo. La única manera de impedir actos violentos, ciegos y desesperados es constituir un frente unido contra la injusticia social internacional y contra la guerra, señala Samir Amin.

Agrega: Ésa es la meta del movimiento mundial de oposición a la globalización neoliberal. Su movilización es un obstáculo para los planes hegemónicos de Estados Unidos y lo convierte en blanco principal de esa llamada coalición internacional contra el terrorismo. Hay que ser lúcidos: esa cruzada contra el terrorismo encabezada por George W. Bush es una coartada para acabar con ese movimiento.

Samir Amin parece burlarse del paso del tiempo y de sus 70 años. Impresiona su dinamismo. Economista egipcio egresado de la Sorbona, es autor o coautor de decenas de libros traducidos en numerosos idiomas, 24 de los cuales están disponibles en español.

Considerado como uno de los más agudos analistas de las problemáticas económicas y políticas del Continente Africano y del desarrollo en el Tercer Mundo, Amin lleva también cuatro décadas radiografiando el capitalismo y el imperialismo, tema del ensayo de 300 páginas que se apresta a publicar.

De 1957 a 1960, Amin trabajó en la Administración Egipcia de Desarrollo Económico. En los tres años siguientes fue consejero del gobierno de Malí y luego catedrático en universidades francesas y de Senegal. En 1970 dirigió el Instituto Africano de Desarrollo Económico y de Planeación, al tiempo que encabezó el Foro del Tercer Mundo. Hoy preside el Foro Mundial de las Alternativas.

Pilar del movimiento internacional de oposición al neoliberalismo, Amin —quien con la organización francesa Attac y distintos movimientos brasileños impulsó la celebración del Primer Foro Social Mundial de Porto Alegre— reconoce que su vida es un tanto agitada: cuando no viaja por el mundo corriendo de conferencias a cumbres, comparte su tiempo entre El Cairo, su ciudad natal, Dakar (Senegal), sede del Foro Mundial de las Alternativas, y París.

Al recibir a la corresponsal en el estudio lleno de libros de su apartamento parisino, informa que acaba de llegar de Shengen (Bélgica), donde participó durante una semana en una reunión internacional de preparación del Segundo Foro Social Mundial, y que se apresta a ir a Porto Alegre para ese encuentro que califica de capital en el terrible contexto actual.

Mientras hablamos, el teléfono suena más de una vez. Amin guarda la calma. En realidad, solamente la pierde cuando toca el tema de Estados Unidos, sobre todo el de la cruzada antiterrorista de Bush y la forma en que los medios de comunicación occidentales la reseñan.

Según estos medios, la aparición de movimientos políticos que se reclaman del Islam sólo refleja el atraso cultural y político de pueblos incapaces de entender otro lenguaje que el de su oscurantismo atávico. Al igual que los líderes occidentales, los analistas de esos medios no ven, no quieren ver, que el surgimiento de esos movimientos es en realidad la expresión de una revuelta violenta contra los efectos destructivos del liberalismo y la modernidad inacabada, truncada y engañadora que genera. Es una revuelta perfectamente legítima contra un sistema que nada tiene qué ofrecer a esos pueblos.

—Me extraña: usted parece justificar la violencia de los fundamentalistas o los integristas islámicos...

—No justifico nada. Usted sabe muy bien que he pasado mi vida oponiéndome a ellos. Contextualizo el problema. Es distinto. Ahora bien, antes de seguir, hay un punto que me urge aclarar: los términos integristas y fundamentalistas son términos absolutamente erróneos manejados exclusivamente por Occidente. En los países árabes nadie los usa, porque el discurso islámico que pretende ofrecer una alternativa a la modernidad capitalista no tiene fundamento teológico alguno. Es meramente político. Es una manifestación política del sentimiento religioso de los pueblos musulmanes. Por eso hablamos de islamismo político y no de fundamentalismo o integrismo. Más grave: los occidentales, y en primer lugar Estados Unidos, participaron activamente en la instrumentalización de ese islamismo.

—¿Podría ser un poco más explícito?

—El Islam político es producto del fracaso de dos grandes corrientes que fueron muy activas en el tercer mundo, en particular Asia y África, durante buena parte del siglo 20... No me gusta el término fracaso. Sería más exacto hablar de imposibilidad de rebasar ciertos límites.

—¿Cuáles eran esas corrientes?

—Por un lado, la de la burguesía liberal. Se trataba de una burguesía modernista, no muy democrática, convencida de que podía integrarse a la globalización capitalista, que no nació ayer, y que pensaba poder hacerlo negociando los términos de esa integración en el marco de una cierta interdependencia. Acariciaba la ilusión de no tener que obedecer como simple agente de la colonización. No lo logró. Y tuvo que someterse a la voluntad imperialista.

La segunda corriente es lo que llamo el nacionalismo populista, cuya primera manifestación fue, a mi juicio, la Revolución Mexicana. Esa corriente se oponía al imperialismo y a la burguesía local. No era forzosamente socialista en el sentido soviético de la palabra, pero su ideología tenía un fuerte contenido social.

En los países árabes esa corriente se manifestó mediante el naserismo en Egipto, el baasismo en Irak y Siria, el régimen de Boumediene en Argelia, etcétera... Tampoco esa corriente prosperó. No fracasó del todo porque generó grandes transformaciones en las sociedades, pero no logró su cometido. El hecho de que se agotaran esas dos corrientes concomitantes y sucesivas, a menudo antagónicas, creó un gran vacío que el islamismo no tardó en llenar.

—¿Cuáles eran las relaciones de esas corrientes con el Islam?

—En los Estados dirigidos por la burguesía liberal o el nacionalismo populista, los gobiernos desconfiaban del Islam. No se trataba de Estados laicos, el Islam figuraba en la Constitución como religión de Estado, pero los gobernantes lo apartaban de la política. Cuando sus respectivos proyectos se colapsaron, el islamismo tomó la revancha. Manipuló en forma bastante burda el sentido religioso de amplias capas de la población y empezó a adquirir cada vez más audiencia.

Ese fenómeno se agudizó en los 20 últimos años, con la irrupción brutal del neoliberalismo, que acabó con todos los beneficios que las capas inferiores de la burguesía mediana habían podido sacar del nacional populismo. Ésas son las razones internas del surgimiento del islamismo político en los países árabes y musulmanes. Pero no hay que subestimar el papel que jugó la intervención externa.

La influencia estadounidense

—¿Es decir?

—Desde su nacimiento, el islamismo político se enmarcó perfectamente bien en el plan del hegemonismo estadunidense. No cuestionaba el capitalismo, hoy no cuestiona el neoliberalismo. En su discurso no critica la globalización económica, sólo ataca la cultural. No analiza las contradicciones sociales ni pretende luchar contra ellas. Encierra a la gente en el comunitarismo, la sumisión y la pasividad.

—Usted quiere decir que Estados Unidos asistió complacido al surgimiento del islamismo político.

—No se limitó a eso. En cuanto percibió las primicias de ese islamismo, Estados Unidos entró en el juego y empezó a sacar provecho del asunto. Una vez más hay que volver a la historia. En 1955 se celebró la Conferencia de Bandung, un acontecimiento importantísimo que afirmaba la solidaridad antiimperialista de los pueblos de Asia y África. Eso provocó pánico en Washington. Tres años después se creó el Congreso Islámico Mundial.

—¿Quién lo creó?

—Arabia Saudita y Paquistán financiaron todo. Pero detrás de ellos se encontraba Estados Unidos. Cuando se enteró de eso, Nasser se enfureció. Todavía lo recuerdo gritando: ¿Qué es ese Congreso Islámico Mundial? ¿Quién lo necesita si ya tenemos la Conferencia de Bandung? ¡Es un golpe de los norteamericanos!. Nasser no dijo es un golpe de los paquistaníes o de los sauditas. Dijo de los norteamericanos. Entendió de inmediato que Washington buscaba romper la unidad y la solidaridad asiático-africana...

—Por eso, al principio usted hablaba de la instrumentalización del islamismo por Estados Unidos.

—Por supuesto. Lleva 40 años en eso. Lo sé de sobra. Lo experimenté. Cada vez que nosotros, los adversarios del islamismo político, nos hemos lanzado en su contra, nos topamos con los occidentales, sobre todo con los estadunidenses. A lo largo de las últimas décadas, Occidente en general, y esencialmente Estados Unidos, han estado apoyando ese islamismo. Movilizaron millones de dólares para hacerlo. Gracias a la ayuda de Estados Unidos, de sus aliados de Arabia Saudita y de los Emiratos Árabes, el islamismo político pudo dotarse de escuelas y centros médicos y de ayuda a los más desfavorecidos, lo que le permiten contar ahora con una importante base social. ¿Quiere un ejemplo entre miles? ¿A su juicio quién recibe 90% de la ayuda que Washington otorga a Egipto? Pues las organizaciones islamitas de ese país...

—¿Aun ahora?

—Aun ahora.

—Pero no pasa un día sin que las autoridades norteamericanas denuncien a esas organizaciones caritativas islámicas como peligrosos caldos de cultivo del terrorismo...

—Todo eso es mentira, hipocresía pura. En las últimas décadas Estados Unidos apoyó financieramente, ya sea directamente, ya sea mediante Arabia Saudita y los Emiratos, a miles de islamitas. Los protegió diplomática y políticamente. Los entrenó. Los organizó. Los formó para ser terroristas. Por supuesto, no para ser terroristas contra Estados Unidos, sino contra la izquierda de los países árabes y contra los regímenes moderados de estos países.

¿Cuál es el objetivo del terrorismo en Egipto? Debilitar al gobierno de Mubarak, del que disto de ser partidario, y obligarlo a arrodillarse más ante Estados Unidos e Israel. ¿Cuál es el objetivo del terrorismo en Argelia? Impedir la cristalización de una fuerza democrática que podría ser una auténtica alternativa a la dictadura corrompida de los generales del exFLN (Frente de Liberación Nacional). El principal apoyo que reciben los grupos islamitas armados argelinos viene de Estados Unidos.

¿Usted recuerda el primer atentado contra el World Trade Center en 1993? Entre los acusados se encontraban egipcios que habían logrado obtener su residencia en 48 horas ¡Un récord! Lograron escapar de los servicios de inteligencia estadunidenses y regresaron a Egipto. La policía los detuvo en el aeropuerto y los devolvió a Estados Unidos. Un poco más tarde, la prensa egipcia publicó la carta que había enviado el jefe de la policía a las autoridades estadunidenses. En sustancia, esa carta decía: Les devolvemos a sus agentes, que habíamos identificado como terroristas desde hace tiempo. Les pertenecen. A ustedes les toca juzgarlos. ¡Más claro no canta un gallo!

Repito: desde la creación del Congreso Islámico Mundial, Estados Unidos no ha dejado de apoyar al islamismo político, ya sea abiertamente, ya sea a través de la CIA. Es un hecho comprobado. Allí está la historia de Osama Bin Laden. Es arquetípica. Washington no actuó de esa forma solamente en el marco de la Guerra Fría, como lo afirman quienes buscan minimizar la responsabilidad norteamericana en ese asunto.

—No se puede negar que hasta el derrumbe de la Unión Soviética esa dimensión de la Guerra Fría tuvo su importancia en la estrategia estadunidense.

—No lo niego, pero fue sólo una dimensión del problema. Al instrumentalizar el islamismo, Estados Unidos buscó contrarrestar cualquier movimiento de liberación nacional, pero también cualquier gobierno burgués liberal y, por supuesto, nacional populista. Hay que recalcar esa complicidad que existe desde hace décadas entre el imperialismo estadunidense y el islamismo político ultrarreaccionario.

Fines ocultos

—¿Cómo explica entonces los atentados del 11 de septiembre?

—Mientras no tengamos los documentos desclasificados de la CIA —¿los tendremos algún día?— es imposible explicarlos. Sólo podemos hacer hipótesis. Fíjese, en numerosos países árabes y de África se maneja, tanto en la clase política e intelectual como en la prensa seria, no la amarillista, una tesis que es absolutamente tabú en Occidente: la de un posible papel de la CIA o del Mossad (servicios de inteligencia israelí) en ese asunto ¡Cuidado! No se sugiere que uno de esos servicios secretos organizó los atentados, pero que quizá, de una forma u otra, estaba al tanto de que algo se preparaba, sin medir la naturaleza, la amplitud y las terribles consecuencias de ese algo, y que decidió no intervenir... Hay otra tesis, tabú también en Occidente, que alude a una posible complicidad estadunidense, ya sea en los servicios de inteligencia, ya sea en el aparato militar de Estados Unidos...

—Si menciona esas tesis es que no las descarta del todo, que no le parecen tan descabelladas...

—Me dejan pensativo. Estados Unidos tiene una estrategia hegemónica sistemática. Primero define metas geoestratégicas y después se las arregla para encontrar una situación que le permita echar a andar su proyecto. Recuerde lo que pasó justo antes de la Guerra del Golfo. Sadam Hussein habló con la embajadora de Estados Unidos y le dijo que ya no podía más con Kuwait, que le robaba su petróleo. Le anunció que se aprestaba a invadir militarmente a ese país. La embajadora le pidió 48 horas. Dos días después volvieron a hablar. La embajadora explicó a Hussein que ningún tratado de ayuda mutua ligaba a Estados Unidos y Kuwait. Hussein supuso que la embajadora había consultado con Washington e invadió Kuwait. Cayó en la trampa.

—Entonces usted no descarta alguna maquinación...

—Finalmente, ¿qué importancia tiene que descarte o no una u otra hipótesis? ¿Quién sabe quién está detrás de los atentados del 11 de septiembre? El hecho es que Estados Unidos tomó de inmediato esa oportunidad para lanzarse a la guerra de Asia Central.

—¿Quiere decir de Afganistán?

—No. No me equivoqué. Es adrede que digo guerra de Asia Central. En los últimos 10 años, destacados expertos estadunidenses han publicado un sinnúmero de libros e informes para explicar que Estados Unidos debe tomar el control de la Asia Central exsoviética y del Cáucaso. Según algunos, resulta imperativo hacerlo para apoderarse del petróleo y del gas del Mar Caspio. Para otros, entre ellos muchos militares, implantarse en forma duradera en el corazón de Eurasia es clave porque permitirá a Estados Unidos atenazar a tres países importantes: Rusia, China e India. Los dos últimos, y quizá mañana Rusia, si logra salir del caos en el que se encuentra, tienen la capacidad de resistirse a la globalización trasnacional que Washington pretende imponer en el planeta. Eso obstaculiza los planes estadunidenses.

Controlar el petróleo y el gas de Asia Central no es sólo rentable económicamente, puede resultar un arma de presión poderosa. China e India necesitan esos energéticos, dependen cada vez más de ellos. Si se muestran demasiado recalcitrantes o independientes, Washington cerrará las llaves del gas y del petróleo...

Al consolidar su implantación en la región, Estados Unidos podrá, además, sembrar cizaña entre China y Rusia o India y China, para evitar un eventual acercamiento estratégico entre esos países.

—Esa presencia estadunidense en Eurasia parece inquietar mucho a Irán...

—Le sobran razones a Irán para angustiarse, porque se siente cercado. Una vez instalado en Asia Central, Estados Unidos podrá también acorralar aún más a Irak y presionar más a Siria y Egipto. Esa perspectiva llena de satisfacción a Israel.

El imperialismo colectivo

—En su libro El hegemonismo de Estados Unidos y el desvanecimiento del proyecto europeo, publicado hace dos años en Francia y el año pasado en España, usted explica que, con la Guerra del Golfo, Estados Unidos inauguró una tercera fase de conquista imperialista del planeta...

—La primera se dio en los siglos 17 y 18, con la conquista de América y la trata de negros. La segunda se desarrolló en el siglo 19, con la conquista de África y Asia. Después hubo una contraofensiva de los pueblos: independencia americana, revolución de los esclavos haitianos, grandes movimientos de liberación nacional en Asia y África... Ahora estamos entrando en la tercera fase, a la que defino como el imperialismo colectivo de la triada.

—¿Estados Unidos, Europa y Japón?

—Exactamente. Hoy va imponiendo su ley el capital trasnacional y multinacional estadunidense, europeo y japonés, que a veces puede tener divergencias mercantiles, pero que comparte intereses comunes frente al Sur. Ese imperialismo de la triada necesita una punta de lanza para seguir imponiéndose: es el papel que asume el hegemonismo estadunidense. Sin la fuerza militar de Estados Unidos, el imperialismo de la triada no puede avanzar. Traté brevemente el asunto en el libro que usted menciona y es el tema central del que acabo de terminar.

—¿Podría sintetizar su tesis?

—El periodo que siguió a la Segunda Guerra Mundial (1945-1980) se caracterizó por la hegemonía de la izquierda. Eso se debió tanto a la doble derrota del fascismo y del viejo colonialismo como a la victoria de la Unión Soviética. Se crearon sistemas de regulación social: el welfare state en el mundo occidental, el sistema soviético y las distintas variantes nacional-populistas en el Sur. Ese capítulo de la historia ya se acabó. Las fuerzas que animaron esa etapa se erosionaron. Su ocaso creó las condiciones para una ofensiva de la derecha. El momento histórico que vivimos hoy es el del hegemonismo de la derecha, una derecha brutal que moviliza todos los medios políticos y militares a su alcance para imponer un nuevo orden económico y social.

Samir Amin reflexiona unos segundos.

Ciertamente, eso no es nuevo. Ya se dieron casos similares en la historia. Los últimos en intentar imponer con la fuerza sus proyectos de nuevo orden fueron la Alemania de Hitler y el Japón imperial. Se toparon con la resistencia de los pueblos y con otros imperialismos que aspiraban a la hegemonía. Después de la Segunda Guerra Mundial, la existencia misma de la URSS obligó a Estados Unidos a limitar sus ambiciones. Lo que resulta nuevo y sumamente peligroso hoy es que Estados Unidos, que domina la triada, considera que ya no debe rendir cuentas a nadie.

De una pila de libros saca El choque de las civilizaciones, de Samuel Huntington. Es un libro muy revelador, dice mientras lo hojea.

La tesis de este hombre, que no es un universitario independiente, sino un funcionario al servicio del stablishment estadunidense, me recuerda Mi lucha, de Hitler...

—¿Lo oí bien?

—Sí. Me oyó bien. Recurrir al racismo es ahora el medio que el bloque de la triada imperialista decidió usar para consolidarse: los civilizados están amenazados por los bárbaros (todos los pueblos de Asia y África, y quizá potencialmente los rusos). En ese sentido, la temática de El choque de las civilizaciones me hace pensar en Mi lucha. En ambos casos se acude a la misma lógica trivial: los pueblos superiores (ayer los nazis, hoy los estadunidenses y los europeos) tienen el derecho de someter a los pueblos salvajes a su dictadura. Los pueblos superiores sólo pueden seguir gozando sus modos de vida privando a los demás de cualquier esperanza de compartir sus ventajas. Es la lógica simple de un racismo fundamental que se expresa con toda la vulgaridad de la que son capaces Bush o Silvio Berlusconi. Mi lucha también fue un libro trivial y vulgar. De allí sacó gran parte de su fuerza.

—Es una comparación violenta.

—No es mi comparación la que es violenta, sino el contenido de ese libro y la ideología republicana estadunidense, compartida o tolerada por los europeos, que son violentos. Para lograr su cometido, los dirigentes del bloque occidental piensan que no basta ese llamado descarado al racismo. Consideran, además, que es urgente amordazar los movimientos sociales y políticos de resistencia que se van consolidando en el seno mismo del Occidente civilizado. La lucha contra el terrorismo les dio un pretexto de oro para hacerlo. Ya se asiste al renacimiento del macartismo en Estados Unidos. Y en Europa las medidas muy antidemocráticas tomadas contra el terrorismo pronto van a revertirse contra la oposición al modelo neoliberal. Se empieza a satanizar a la corriente antiglobalización. Se hacen amalgamas perversas entre la violencia de los enfrentamientos entre manifestantes antiglobalización y policías y los operativos terroristas... Berlusconi es un experto en ese campo. Pero no es el único.

—Me imagino que el tema será ampliamente debatido en el Segundo Foro Social Mundial, que empezará a finales de enero en Porto Alegre.

—Por supuesto. La estrategia de construcción de un frente internacional de los pueblos contra el proyecto de la triada y el hegemonismo norteamericano exige que el combate sea sistemático, a la vez contra el liberalismo económico y contra la guerra. Para nosotros resulta evidente que la globalización neoliberal y la militarización de esa forma de globalización se han vuelto inseparables.

No se puede luchar solamente contra una u otra dimensión del liberalismo económico en los centros del sistema (Estados Unidos o Europa) y pasar por alto las intervenciones militares en las periferias. Esas intervenciones no responden a una lógica independiente; por el contrario, son parte integrante del despliegue de la economía liberal.

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