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El gobierno de John Major colaboró con el genocidio de los serbios en Bosnia

27/01/2002 - Autor: Yusuf Fernández
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La caída del muro de Berlín en 1989 ayudó a cristalizar la visión de una Europa libre que en su conjunto iba a estar construida sobre la base del respeto a los derechos humanos y la democracia. Sin embargo, muchos no imaginaban que horrores no vistos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial aguardaban a la vuelta de la esquina. El primer desafío a la voluntad occidental lo constituyeron las guerras balcánicas que se extendieron prácticamente durante toda la década de los noventa, y que fueron una consecuencia directa del ascenso del nacionalismo serbio promovido por el presidente yugoslavo, Slobodan Milosevic. Entre estas guerras destacó por su crueldad la de Bosnia-Herzegovina, entre los años 1992 y 1995.

Recientemente se ha publicado en el Reino Unido un libro Unfinest Hour: Britain and the Destruction of Bosnia, del escritor Brendan Simms. Según el comentario de la periodista Branka Magas aparecido en la publicación británica The Tablet el pasado 2 de noviembre, el gobierno conservador británico mantuvo una línea de complicidad con la metódica destrucción de Bosnia por parte de los serbios y se opuso a todas las medidas políticas y militares destinadas a ayudar al gobierno y el pueblo bosnios. Para enmascarar esta postura, la propaganda oficial del gobierno de Londres convirtió a Bosnia en "una especie de mundo sobrenatural", una encrucijada de "antiguos odios" y el escenario de "una guerra tribal permanente", afirmaciones falsas por cuanto ignoraban tanto las causas reales de la guerra como la propia historia de Bosnia. También era falsa la aseveración de que "todas las partes fueron igualmente culpables", pues ocultaba la realidad de la política genocida de la Serbia de Milosevic, su responsabilidad en el inicio de las guerras balcánicas, entre ellas la de Bosnia, y en el 90% de los crímenes de guerra que fueron cometidos durante el conflicto.

Los serbios, influidos por una ideología que mezclaba el ultranacionalismo con el socialismo, no deseaban meramente el poder sino la propia eliminación física de las comunidades no serbias presentes en lo que consideraban como su territorio. Esto explica que, además de la limpieza étnica de personas, llevaran a cabo una sistemática destrucción de todos los símbolos culturales y religiosos no serbios presentes en el territorio de Bosnia que controlaban. Esto ha continuado hasta el día de hoy. Magas señala en su comentario que los hombres que dirigían entonces el gobierno y la diplomacia británica (en primer término el primer ministro John Major y su ministro de Exteriores, Douglas Hurd) no eran aislacionistas ni pacifistas. Por el contrario, valoraban en gran medida la pertenencia británica al Consejo de Seguridad de la ONU y la OTAN. El gobierno británico ayudó a promover relevantes resoluciones de las Naciones Unidas, envió tropas a Bosnia para servir de "fuerza de protección" y algunos británicos llegaron a ocupar puestos relevantes en los cuarteles de la ONU en Sarajevo. Dos antiguos secretarios del Foreign Office actuaron como "mediadores" en la guerra de Bosnia.

El Reino Unido estaba, pues, en una posición única —afirma el autor del libro, Brendan Simms—, para asegurarse de que la política occidental resultara guiada por el principio de seguridad colectiva en Europa y el de autodefensa de un estado que estaba siendo atacado. Sin embargo, Londres escogió hacer justamente lo contrario. El gobierno de Major, según The Tablet, utilizó su influencia en todas las organizaciones internacionales de las que era miembro para impedir una intervención en ayuda de los bosnios. Esto le llevó, entre otras cosas, al enfrentamiento más grave con EEUU, que era partidario de la intervención, desde la crisis de Suez de 1956. Aunque The Tablet no lo menciona, lo cierto es que la única explicación plausible para este comportamiento británico era la islamofobia. El gobierno británico, y otros de la Unión Europea, no veían con malos ojos el exterminio de los musulmanes de Bosnia, pues no deseaban ver un estado musulmán en tierra europea.

The Tablet señala que, en 1992, Londres y otras capitales europeas creían que los serbios estaban en condiciones de ganar rápidamente la guerra en Bosnia y mostraron un celo notable en lo que respecta a minimizar la responsabilidad serbia por la guerra y los crímenes cometidos. Asimismo, retrasaron la apertura de su embajada en Bosnia y presionaron al gobierno de Sarajevo para que se rindiera a los serbios, tratándole, además, como "una facción en guerra" y no como el representante legítimo de un estado soberano. Del mismo modo, el gobierno británico intentó vaciar la guerra de su significado político, tratando el conflicto como una catástrofe natural, que requería de ayuda humanitaria, y no de una intervención militar.

Un capítulo importante del apoyo de facto del Reino Unido y otros países occidentales al genocidio serbio en Bosnia fue el embargo de armas, que perjudicó a los agredidos, es decir, los bosnios musulmanes. De hecho, los agresores serbios tenían enormes cantidades de armamento procedentes del arsenal del antiguo ejército federal yugoslavo. El embargo de armas sólo sirvió para facilitar la agresión de los serbios e impidió a los bosnios defenderse de una manera efectiva. Simms menciona en el libro que la Royal Navy llegó a intervenir para impedir que las armas llegaran a las víctimas. Incluso se llegó a encomendar a agentes del M16 (servicio de inteligencia) británico, que utilizaban seudónimos como Roberts y Kenneth, la misión de socavar al gobierno de Sarajevo intentando persuadir a líderes políticos de otras partes de Bosnia para que desafiaran su autoridad.

La diplomacia británica bloqueó también las iniciativas diplomáticas norteamericanas que podían haber puesto fin a la guerra. El gobierno de Major no sólo se negó a intervenir en contra de la agresión serbia, sino que intentó asegurarse de que nadie más lo hiciera. Cualquier discusión dentro de la ONU, la UE o la OTAN relativa a la creación de zonas de exclusión aérea, la ayuda a los enclaves bosnios sitiados, la creación de tribunales sobre crímenes de guerra o la protección para los convoyes de ayuda humanitaria era rechazada con vehemencia por las autoridades británicas. "Cada vez que había la posibilidad de llevar a cabo una acción efectiva", señala Tadeusz Mazoviecki, antiguo primer ministro polaco, "Douglas Hurd (el ministro de Exteriores británico) intervenía para impedirla". Hurd llegó también a señalar que era "racista" intervenir en Bosnia y no hacerlo en Angola o Camboya. El gobierno británico cerró también sus fronteras a los refugiados bosnios. El argumento esbozado por el propio Hurd no podía ser más cínico. "Los civiles tienen una influencia sobre los combatientes. Ellos presionan a las facciones en guerra para que negocien la paz". Lo que Hurd estaba en realidad haciendo era negar un refugio a las víctimas bosnias del genocidio serbio y tratar de utilizar su desesperada situación para que éstas obligaran al gobierno de Bosnia a lograr un acuerdo, que supusiera una rendición en la práctica, con los genocidas y responsables de la limpieza étnica.

Otra mentira fue la de presentar a los serbios como una especie de guerrilla invencible, que no podía ser derrotada, ni siquiera por una intervención occidental. Sin embargo, esto quedó desmentido en la práctica, pues cuando los ataques aéreos finalmente tuvieron lugar en 1995, ellos, junto con la ofensiva de tropas terrestres de las tropas bosnias, sirvieron para que la guerra finalizara en tres semanas. En realidad, el ejército serbobosnio era precisamente lo contrario a una fuerza guerrillera, pues dependía de la artillería, posiciones fijas, instalaciones de comunicaciones y otros caracteres propios de la guerra convencional. Sin embargo, el augurado colapso bosnio, que era esperado por el Reino Unido y otros gobiernos occidentales, no tuvo lugar.

La campaña genocida de Serbia estimuló la resistencia bosnia y elevó las críticas norteamericanas hacia la no intervención. En este punto, la política norteamericana, según Simms, fue mucho más rápida a la hora de identificar a Serbia como el principal culpable de la guerra. El gobierno de EEUU consideró el lanzamiento de ataques aéreos contra posiciones serbias ya en la primavera de 1992. The Tablet señala que importantes segmentos de la élite norteamericana (entre ellos congresistas, responsables del gobierno, periodistas y miembros de institutos de análisis) multiplicaron sus presiones sobre la Administración Clinton en un sentido favorable a la intervención militar. Esta presión alcanzó su punto culminante en 1995, cuando estuvo a punto de desencadenarse una crisis constitucional entre el Senado y la Casa Blanca, relacionada con el levantamiento de armas a Bosnia.

Mientras tanto, apunta The Tablet, el gobierno de John Major trató de relegar el conflicto al carácter de asunto puramente regional, privándole de su rango internacional. Los británicos abandonaron su resistencia solamente cuando el presidente Chirac cambió la política pro serbia de su antecesor, François Mitterrand, y apoyó una intervención militar occidental. En 1995, aviones norteamericanos lanzaron ataques limitados contra los centros de comunicaciones serbios en Bosnia. Esto sirvió para que las fuerzas del ejército bosnio, mediante una gran ofensiva contra los serbios, lograran liberar en poco tiempo la mitad del territorio de la república. Simms afirma, además, que aunque la principal responsabilidad de los sucesos de Bosnia recae en el gobierno de John Major, hay que señalar que dicha responsabilidad se extiende también a otros funcionarios civiles y militares británicos que facilitaron con su trabajo la actuación de los serbios. Expertos e intelectuales que trabajaban en institutos de análisis político, universidades y medios de comunicación proporcionaron una aureola de respetabilidad académica a la "repugnante política" que los serbobosnios llevaban a cabo. Las iglesias del Reino Unido guardaron silencio o mostraron públicamente su apoyo a la política del gobierno. Incluso el Partido Laborista, en la oposición, se enorgulleció de no haber convertido el tema de Bosnia en un asunto de debate político, pese al malestar que sentían muchos de sus miembros, por no hablar de la mayoría del pueblo británico, por la situación allí.

La única honorable excepción en el Partido Conservador a la política de Major fue la postura adoptada por su propia antecesora, Margaret Thatcher, que se opuso a la agresión serbia y llegó a declarar, refiriéndose a la pasividad mostrada por el mundo ante el genocidio de Bosnia, que "no existe ya algo llamado comunidad internacional". Brendon Simms habla asimismo de la "traición de los intelectuales", que abandonaron la defensa de los valores universalmente reconocidos en el tema de Bosnia, y de la "ambivalencia moral" de los oficiales y soldados británicos que sirvieron en Bosnia, en especial bajo el mando del general Michael Rose, un declarado pro serbio y antimusulmán. Rose mantuvo una posición que él mismo describió como "una extraña alianza con los rusos en contra la OTAN". El carácter de Rose queda reflejado en una declaración suya realizada durante una representación del Réquiem de Mozart en Sarajevo en la que se interrogó públicamente sobre si el presidente bosnio, Alija Izetbegovic, comprendía "el sentimiento cristiano que preside las palabras y la música" de la obra.

Paralelamente, Rose no ocultaba su admiración por los líderes serbios. Incluso el carnicero de Srebrenica, el general Ratko Mladic, actualmente buscado como criminal de guerra por el Tribunal Internacional de La Haya, recibió los elogios de Rose, que lo calificó de "hombre que mantiene generalmente su palabra". De la forma en que Mladic mantuvo su palabra existe un claro ejemplo en Srebrenica, donde el jefe militar serbobosnio masacró a miles de musulmanes tras la rendición del enclave, que estaba protegido por la ONU, pese a su promesa previa de respetar sus vidas. En realidad, la posición de Rose fue una versión extrema de la política mantenida por el gabinete de John Major. El propio ministro de Defensa británico en la época de Major, Malcolm Rifkind, que nunca había combatido, llegó a decir al senador norteamericano Bob Dole, que había perdido un brazo en la Segunda Guerra Mundial, que "vosotros los americanos no conocéis los horrores de la guerra" para intentar convencerle de que dejara de apoyar una intervención militar en Bosnia. Por último, el libro de Simms deja claro que el tema de Bosnia no ha desaparecido aún de la esfera política, pues el Reino Unido no ha exorcizado su vergonzoso pasado a este respecto.

El nacimiento y supervivencia de la República Serbia de Bosnia, una entidad que es fruto del genocidio y la limpieza étnica, ha llevado a la división de Bosnia. El actual gobierno laborista británico ha mantenido, en el fondo, la misma política que su antecesor al insistir que los Acuerdos de Dayton, que han consolidado esta división, no pueden ser cambiados. De hecho, la parte de dichos acuerdos que podría servir para lograr la unidad de Bosnia no ha sido aplicada, a diferencia aquella que puede ser utilizada para perpetuar la división de la república sobre bases étnicas o religiosas. Parece, pues, una contradicción que se haya llevado a Milosevic a La Haya para ser juzgado, mientras que por otro lado se sanciona el resultado final de sus crímenes en Bosnia. Lo más importante de la obra de Brendan Simms es que no se limita a ser un libro de historia, sino que desvela con pasión la complicidad británica en el intento de destrucción de una pequeña nación europea.

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