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Israel: Matando a los extras

05/01/2002 - Autor: Azni Bishara* - Fuente: Al-Ahram Weekly
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torabora
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Es tan divertido ver a un avión lanzando una bomba de ocho toneladas en una película de acción de Hollywood. Pero los habitantes de Madu, una pequeña aldea acurrucada sobre las laderas de Tora Bora, no estaban arrellanados cómodamente en un cine con aire acondicionado cuando cayó la bomba. Su aldea fue volatilizada. Sus vidas fueron segadas o destrozadas para siempre. Madu era sólo una de las numerosas aldeas que sirvieron de telón de fondo para el éxito de taquilla de la vida real de EE.UU., la película de suspenso que lo tenía todo, incluyendo los panfletos con "vivo o muerto". Y nadie cuenta los muertos. En las películas de acción no se cuentan. Uno se concentra en los protagonistas.

Las audiencias de los cines se han acostumbrado desde hace tiempo a considerar que, fuera de los protagonistas, todos son prescindibles –forman parte del decorado en el mejor caso, o son carne de cañón sin valor alguno.

Pero los hombres y las mujeres de Madu y muchas otras aldeas afganas —el "daño colateral" que causaron las tropas de EE.UU.— eran reales, no extras. No recibieron pago por sus roles. No vieron todo el show. Sólo murieron.

Y cualquier cosa era más importante que sus vidas: La visita del Secretario de la Defensa, Donald Rumsfeld, interpretada como la breve aparición del inspector jefe en la escena de un crimen menor. Unas pocas palabras intercambiadas con los detectives, una seca frase para los medios, y corte. Pervez Musharraf y los funcionarios de la Alianza del Norte también aparecieron simbólicamente, agregando un toque de color local.

Todo era pintoresco: una película plena de acción que se desarrolla en climas exóticos, los buenos peleando contra los malos y los nativos portándose como enajenados –con la excepción de que la mayor parte de los extras hubieran preferido continuar sus vidas normales. Los afganos corrientes, exhaustos y empobrecidos, no se regodeaban por poder actuar en otra película de suspenso.

Ya habían tenido suficiente guerra mucho antes de que la rigorosa moralidad de los talibán apareciera en la escena, y mucho antes de que los estadounidenses aparecieran con sus efectos especiales. Sólo querían seguir vivos.

Para los jóvenes periodistas del mundo libre, sin embargo, la oportunidad de hacer carrera era irresistible. Vistiendo saharianas y borceguíes, colgándose una cámara alrededor del cuello, se pusieron en marcha buscando bites de sonido, y los encontraron. Los afganos "liberados" les hicieron el favor deshaciéndose en un aluvión de insultos para bin Laden y los combatientes árabes. Noticias de primera plana: afganos afeitándose. Noticias en el interior: bombas perdidas cayendo sobre aldeas y hogares. La escalofriante matanza de prisioneros de guerra talibán logró llegar, de malas ganas, a las primeras páginas, por el exceso de sangre, que siempre se vende bien.

Los inquebrantables jóvenes periodistas, emisarios de los poderosos medios de comunicación occidentales, paseaban entre los cadáveres de los prisioneros de guerra; ¿pero por qué estaban allí? Los medios no son guardianes de la democracia y de los derechos humanos – ya no. Si hay sitio en los medios para los derechos humanos y la democracia, está adaptado para que vaya bien con la moda política. Si hay una medida de probidad en los medios, ha sido ajustada a la de la política. Puede ser que el Oriente y el Occidente no estén a punto de encontrarse; pero los medios y la política han convergido confortablemente. Y sitios como Madu están fuera del reino de ninguno de los dos.

Los talibán querían sacar a Afganistán fuera de la historia y la política. Los aviones de EE.UU. la devolvieron firmemente al redil internacional, a un mundo en el que a la gente puede dársele el papel de extras prescindibles. ¿Se contarán retroactivamente los muertos? ¿Habrá quién lleve a Rumsfeld y a sus oficiales a rendir cuentas por las masacres en las aldeas y en las cimas de montañas distantes? ¿Habrá quién preste atención a los crímenes de la Alianza del Norte? Nadie, acuérdense, prestó mucha atención a los crímenes de los talibán hasta que los atacantes suicidas perturbaron el modo de vida estadounidense. Los criminales de la Alianza del Norte arrastraban cadáveres por las calles de Afganistán, desmembrándolos, y el mundo no protestaba. Era sólo una escena más en un drama pleno de acción, después de todo.

Es cierto que la opinión pública occidental no está contenta con la brutalidad de la Alianza del Norte. Pero no dirá una palabra mientras esa brutalidad convenga a los "buenos". ¿Cómo van a pagar los criminales si ni siquiera se están contando los muertos? Las milicias afganas están ensuciando sus propias manos, ahorrándole al civilizado Occidente que se moleste y se contamine. Occidente prefiere disparar misiles a control remoto. No le importa que sus soldados maten, pero no quiere que vuelvan a casa con manos empapadas en sangre. De eso también se pueden ocupar los extras.

Desde la invención de la guerra moderna, los sicólogos han sabido que matar a alguien con un cuchillo requiere más agallas que matar a muchos desde lejos. Vale para todos –para los milicianos afganos pobremente vestidos, mal entrenados y para los estadounidenses con sus equipos profesionales, entrenados hasta el último residuo de su humanidad. Si el asesino lanza una buena mirada a su víctima, la oye pidiendo clemencia, tiene que provocarle un trauma. Nadie desea invocar el instinto asesino desde la profundidad de la psique humana, por lo menos no como una tarea inmediata y personal. Por eso ha sido esterilizado, distanciado y aislado. El combate cuerpo a cuerpo, es cosa de los nativos. Así, quedan a salvo no sólo las vidas, sino también las almas, la conducta "civilizada" de los soldados de EE.UU. Se limitan a sus bombas de ocho toneladas, a sus misiles Tomahawk, y se sienten bien.

Hasta ahora esta forma de proceder ha dado buenos resultados para Estados Unidos, pero no se puede decir lo mismo de Israel, su aliado en el Oriente Próximo. Israel no puede bombardear a los palestinos desde los cielos, y basarse en colaboracionistas para que se ocupen del trabajo sucio. Ninguna fuerza política palestina organizada está dispuesta a hacerlo. El pueblo palestino lucha desesperadamente contra la ocupación. Los israelíes, por lo tanto, tienen que limitarse a ataques con helicópteros Apache (¡qué ironía que se haya utilizado el nombre de una de las primeras víctimas de EE.UU. colonial!), asesinatos realizados desde lejos, bombardeos de áreas civiles, y palizas de adolescentes en los bloques de ruta.

La izquierda sionista siempre ha sentido desasosiego ante la idea de que sus soldados podrían convertirse en brutos si sus manos se manchaban con sangre humana. Golda Meir, lejos de ser izquierdista, debiera ingresar al Libro Guinness de los Récords por una de las declaraciones más absurdas, arrogantes y engreídas jamás hechas: "Jamás perdonaremos a los árabes que nos hayan obligado a matarlos". Shimon Peres, algo más modesto, pretende que la supervivencia del estado judío en la región depende de tres cosas: (1) tener una mayoría judía; (2) tener la superioridad moral; y (3) tener la superioridad tecnológica.

Los israelíes tienen un despliegue impresionante de mecanismos sicológicos de autodefensa que les permiten no ver la verdad. En este caso, la verdad es: (1) Peres miente; (2) Los israelíes no son las víctimas; y (3) Los soldados israelíes hacen más que pilotear helicópteros Apache. Les gusta humillar e insultar a la gente, golpearlos hasta la muerte -después de arrestarlos, y dispararles en la cabeza. Lo hacen sistemáticamente, conscientemente, y por un motivo suministrado por Sharon y Peres (con la ayuda de una multitud de amigotes en los medios de comunicación): son acciones necesarias para la supervivencia de Israel.

Mientras Israel no pueda reclutar palestinos para que hagan su trabajo sucio, los palestinos seguirán siendo moralmente superiores a los israelíes. No hablo de una nación de buenos en conflicto con otra de malos; es una dicotomía sin sentido. Simplemente me refiero al hecho de que los palestinos son un pueblo que vive bajo la ocupación. Como tales, son moralmente superiores a sus ocupantes. La ocupación es un acto de persecución moralmente indefendible, y la gente que vive bajo la ocupación son, por definición, moralmente superiores a aquellos que intentan, mediante la coerción, de perpetuar la ocupación.

El pueblo palestino está empeñado en una lucha por la liberación, y ésa es su principal fuerza. Es lo que podrían perder si su causa se reduce a defender la seguridad de sus ocupantes. La causa palestina es la conquista de la libertad para los desposeídos, no la seguridad de los ocupantes. La causa palestina no tiene que ver con el terror. Tiene que ver con la violencia de la ocupación. La fuente de la fuerza palestina es la lucha por la liberación, y los palestinos sólo deberían renunciar a ella a cambio de la liberación. Los palestinos deberían considerarse y conducirse como un pueblo que vive bajo la ocupación, hasta que la ocupación termine.

* El autor es un palestino israelí y miembro del Knesset.
 Traduccion de German Leyens

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