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WebIslam desea a los musulmanes un feliz Id al Fitr

16/12/2001 - Autor: Abdelkarim Osuna
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Caligrafía árabe en la que se desean felices fiestas
Caligrafía árabe en la que se desean felices fiestas

El Ramadán culmina y queremos felicitar a los musulmanes de todo el mundo. Estos días hemos dado un claro ejemplo de cual es nuestra verdadera vía. Ante la sociedad del despilfarro, la imagen de más de mil millones de personas ayunando al mismo tiempo es un auténtico contraste, un Signo del carácter más íntimo del Islam. Queremos con estas palabras felicitar a todos los musulmanes e invitarlos a mantenerse vivos en el recuerdo de Al-lâh.

El fin del Ayuno

(Algunas vivencias del mes de Ramadán del año 1422)

Bísmil-lâhi r-rahmâni r-rahîm

Es un mes cuyo comienzo es Rahma,
cuya mitad es Astagfirul-lâh
y cuyo fin es la liberación del Fuego.
(Fragmento de una Jutba del Profeta Muhammad
—Paz y Bendiciones de Al-lâh— relatada por Salman el Persa).

1.- "Es un mes cuyo comienzo es Rahma..."

Una vez más el Ramadán nos ha llegado como una bendición. En medio de la tormenta mediática que siembra el odio y la mentira, los musulmanes encontramos en el camino de Al-lâh aquello que nos libra de todas las ficciones y nos devuelve a nuestra condición de insân, de hombre consciente de sus límites, de criatura dedicada a la adoración y al recuerdo de Al-lâh en todas sus acciones. Mucho se ha hablado estos días de la yihâd, tratando de asociar esa palabra al supuesto carácter belicoso de los musulmanes. Ahora estamos en las mejores condiciones para presentarnos ante aquellos que nos demonizan y explicar en que consiste esa yihâd, ese esfuerzo por hacernos dignos depositarios de la ámana, de esa confianza con que Al-lâh ha distinguido al hombre.

Una vez más el Ramadán se nos ha presentado como un enigma, como una maravilla. No sabíamos que dones tenía que traernos, que secretos revelarnos. Lo vimos llegar con un cierto temor, como el Signo de algo capaz de aniquilarnos, que desborda todas nuestras previsiones. Pero ese temor se ha disipado, ha quedado transformado en la alegría del encuentro al ver como el tiempo al consumirse se ha hecho propicio a la plegaria. Es entonces cuando pudimos percibir su llegada como la llegada de la Rahma: como una suavidad que nos transporta, a la cual nos entregamos con toda nuestra fuerza.

El carácter festivo del ramadán es lo primero que nos llega, que nos acompaña en la sensación de precariedad que nos invade. Es el momento de visitar a los hermanos, de esperar juntos la hora del magreb, cuando el sol se ha puesto, para romper juntos el ayuno. Los que lo miran de fuera difícilmente comprenden que el Ramadán es una fiesta, que en este mes la rahma fluye entre los musulmanes y el Shaytán es encadenado, difícilmente pueden comprender lo que esto significa: la pertenencia a una comunidad de hombres que comparten el sentido de una dimensión sagrada de la vida, y por tanto se niegan a vivir únicamente como consumidores-productores, como objetos sin otro sentido que el utilitario.

No únicamente hemos ayunado con los amigos y hermanos que nos rodean, sino que ese lazo se extiende a toda la ummah. La sensación de ser uno entre los más de mil millones de personas que ayunan al unísono se nos presenta como una realidad vertiginosa. Sentimos nuestra pequeñez de criaturas, pero también podemos comprobar de un modo inmediato la importancia de nuestros propios actos. Somos hacedores y partes de esta comunidad inmensa, y esa pertenencia no nos implica dejar de ser nosotros mismos sino todo lo contrario: hacernos conscientes de nuestro propio cuerpo, de las venas que lo surcan y la fuerza que lo mueve. Ya nuestra pequeñez acrece al sabernos criaturas de Al-lâh, expuestos y entregados a la vorágine del mundo, para salvarnos mediante el recuerdo de nuestro origen increado.

El hambre nos ha traído la conciencia de una "fraternidad" más grande. Se trata de hacernos conscientes de los derechos de nuestro propio cuerpo y mostrar nuestra solidaridad con todos los desheredados de la tierra, con esos millones de hombres que pasan hambre involuntariamente, tan sólo por el afán de lucro de unos pocos. Para el Islam cada vida es un don irremplazable, no existen jerarquías sociales que puedan ponerse por encima del hecho de que todos los seres creados, al mismo tiempo que individuos completos, somos uno. Nuestro ayuno voluntario se mezcla con el sufrimiento de los que no tienen otra elección que el hambre, de los que sufren el castigo de la avaricia humana, o de las inclemencias del tiempo.

2.- "...cuya mitad es Astagfirul-lâh..."

En el tiempo del ayuno hemos dejado atrás todas nuestras fantasías para centrarnos en lo más inmediato, en nuestro propio cuerpo y sus necesidades. El Ramadán nos ayuda a reafirmarnos en nuestras intenciones más secretas. Eso que realmente somos se muestra estos días con una trasparencia inusitada. La conciencia de nuestro cuerpo nos conduce a un saber más hondo que la idea, a un saber de la materia, de la respiración y los procesos fisiológicos que nos integran en la vida. La conciencia de dichos procesos ilumina, nos sitúa en el tiempo y el espacio, en el aquí y en el ahora, justo donde Al-lâh nos ha puesto con un motivo que debemos hacer consciente para poder realizarlo plenamente, según lo que está escrito.

Frente al esfuerzo activo del trabajo, y de nuestras construcciones cotidianas, el esfuerzo de ayunar es pasivo: consiste en no realizar unas acciones concretas, que están entre las más básicas de cada día: la abstención de comer, beber, y tener relaciones sexuales desde el amanecer hasta el ocaso. Esta aparente pasividad no es dejadez sino abandono: se trata de poner enteramente nuestra confianza en Al-lâh. Una entrega tan absoluta como necesaria, que nos hace capaces de aceptar y cuidar plenamente todo aquello que Él nos ha entregado.

El hambre nos revela la precariedad de nuestro propio cuerpo. Lo mismo que le sucede al cuerpo cuando no come le sucede a nuestra verdadera naturaleza cuando le privamos del alimento del recuerdo, cuando no realizamos el salat cinco veces al día, cuando no somos capaces de entrar en intimidad con nuestro Señor en la memoración de Sus más bellos Nombres. Privarnos de esas sensaciones, de esa memoria del origen, es seguir viviendo en la inconsciencia, es aceptar nuestro carácter fragmentario. Es por ello que damos las gracias constantemente a Al-lâh por habernos revelado —a través del Corán y la Sunna de nuestro amado Profeta— los medios necesarios para alcanzar la plena dimensión del ser humano, abierto a una Realidad capaz de colmar todas sus aspiraciones si se postra, si sabemos escoger el camino del sometimiento. Le damos las gracias por habernos revelado un camino de pertenencia a una comunidad de hombres vinculados entre si en el desarrollo de sus más nobles cualidades.

La Shahada (testimonio de que la Realidad es una), el Salat (la oración ritual), el Zakat (compartir nuestras posesiones), el Hajj (la Peregrinación a Meka) y el Saum (ayuno del mes de Ramadán) se entretejen en la vida del creyente para ofrecerle una posibilidad de enraizarse en la Realidad a través de unos actos cargados de sentido. Trazan el camino necesario para evitar la dispersión y encauzar nuestras fuerzas hacia el logro de una vida plena, que supere el estado de inercia al cual nos conducen el egoísmo y la pereza. Cada uno de los pilares del Islam nos ofrece un sentido, se refiere a una parte de la vida que debe encaminarse a un fortalecimiento. Todos los pilares del Islam contienen un secreto: son los sabores de la trascendencia, de la pura inmanencia del mundo que renace.

Este mes ha sido propicio para la recitación del Corán, para el recuerdo (dikr), para interiorizar la Palabra revelada como única posibilidad de encuentro. Más allá de los dogmas y las opiniones, de las doctrinas y las ideologías, el Corán se presenta como esa Palabra capaz de unir a los hombres en torno a la Verdad creadora, con sus múltiples modos de manifestarse. La variedad se nos presenta como una bendición justo ahí donde todos nos reconocemos como formando parte de la misma Realidad. Es entonces cuando la variedad de las vivencias no puede separarnos sino despertar el asombro, la más viva admiración por la fecundidad de la naturaleza.

La normalidad se ve inundada por una sensación etérea, nuestro cuerpo se ha visto transformado por el esfuerzo del ayuno, ha dejado de pesarnos y nos da una fuerza que hasta este momento nos había permanecido velada, como esperando el ayuno para descubrirse. Día a día sentimos afirmarse nuestra capacidad de encaminar esa fuerza, de darle un desarrollo que ha de sorprendernos. Es entonces cuando el estómago vacío —lejos de traernos dolor o desesperación— nos trae una sensación de euforia contenida, la dulce sensación de estar sumergidos en Al-lâh. Nos entregamos al fluir de la Rahma con una alegría confiada, plenamente conscientes de nuestra misión de criatura. Es así como el ayuno nos va mostrando unas reservas de energía que están en lo más hondo y de las que habitualmente no somos conscientes, unas fuerzas de concentración y una capacidad de renovarse que ahora se muestran propicias compañeras de nuestras intenciones más hermosas.

Con el ayuno rompemos las barreras del ego y penetramos la Presencia. Las puertas del Jardín se abren en el cuerpo, y el resplandor desierto de la luna reclama de nosotros un saludo. Nos movemos con su movimiento y sabemos que en ella se refleja el sol del mismo modo que en todo se refleja la Luz de Al-lâh.

3.- "...y cuyo fin es la liberación del Fuego."

Dijo el Profeta Muhammad (Paz y Bendiciones de Al-lâh): "Os ha venido el mes de Ramadán, un mes bendito, en el cual Al-lâh os impuso ayunar. En él son abiertas las puertas del Jardín y son encadenados los demonios".

En los últimos meses hemos asistido a un proceso de destrucción y manipulación terribles, pero ahora los demonios están encadenados. Todo aquello que nos atemorizaba se muestra inconsistente ante la Majestad y la Belleza, y podemos sentir como Al-lâh nos envuelve con sus Signos. Entre estos nos llama la atención el sabor de la comida, de unos alimentos que estallan en la boca. Agradecemos a Al-lâh el habernos dado los frutos de la tierra, el agua y alimentos con que saciarnos, y deseamos compartir esos dones con todos los seres. Las puertas del Jardín se han abierto para ofrecernos los sabores de la vida, las sensaciones renovadas en el estar haciéndose del mundo. La gama de colores se ofrece a la mirada como una maravilla, y cualquier pequeño detalle que podemos captar con los sentidos se presenta como un don milagroso. El ayuno nos ha abierto las puertas de la percepción, nos ha hecho más sensibles a las apariencias. Al mismo tiempo nos sume en un estado de transparencia, donde la luz prospera desde el fondo de nuestra servidumbre.

Estamos en el instante desde el momento en que la percepción se muestra como un todo. Ya no podemos diferir nuestros anhelos, pues el cuerpo nos reclama a la presencia, nos hace ser conscientes de la precariedad de criaturas, y de cómo cada milímetro de nuestro cuerpo está siendo surcado aquí y ahora por corrientes de rahma. Vivimos el presente de nuestro palpitar amenazado, de la respiración en cuanto portadora de un Mensaje: muerte y renacimiento, conciencia de los límites y esfuerzo por mantenerse firme en esa transparencia.

Es así como el Ramadán nos ha anegado como un océano de dicha, ha inundado nuestros días y nos hemos enraizado en el recuerdo de Al-lâh. Justo en estos tiempos donde el Shaytán actúa desarraigando pueblos, uniformando a los hombres y tratando de anular su dimensión más humana, el ayuno se constituye en una respuesta, en un rechazo de la sociedad del despilfarro, de la depredación y de la muerte, a favor de la purificación interior y del cuidado exterior del cuerpo. El Islam crece, desbarata los planes del Shaytán con una suavidad que asombra. La Rahma, la Misericordia Creadora de Al-lâh, se propaga por el mundo. Ninguna bomba es capaz de alcanzarla, ninguna ideología podrá desactivarla, pues ella pertenece al despliegue de la vida con anterioridad a nosotros, seres finitos, acabables.

La sensación de formar parte de algo inmenso crece al saberse compartida: son ya cerca de mil quinientos millones de hombres y mujeres los que han escogido el Islam como camino. Cada año son más los musulmanes que nos sabemos unidos en la fiesta del ayuno. Cada día son más las gentes del mundo que reconocen en el Islam ese camino de paz que puede mantenernos en nuestra verdadera dimensión de criaturas, de seres contingentes pero capaces de Al-lâh.

Es imposible definir todo lo que el musulmán vive en un Ramadán sencillo. Hay que decir que las puertas del Fuego se han cerrado y mientras respiramos sabemos que el simple estar del hombre es un regalo.

Queremos felicitar a todos los musulmanes del mundo, y especialmente a esa mayoría silenciosa de musulmanes que no aparecen en los medios de comunicación, pero que son el verdadero rostro humano de la Ummah, de una comunidad de hombres dedicados al cuidado del mundo, con un horizonte y una situación concreta en la que debemos enraizarnos, contribuir con nuestros actos para que la Creación sea doblemente hermosa: hermosa por su naturalidad que aflora, y hermosa por nuestras creaciones de califa.

Al-lâhu Akbar

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