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La prolongación de las sanciones a Irak y lo que está en juego

16/12/2001 - Autor: Sarah Graham-Brown - Fuente: CSCA Web
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Colin Powell
Colin Powell

El pasado 27 de noviembre, EEUU y Rusia llegaron a un acuerdo para prolongar seis meses más el programa humanitario para Iraq "petróleo por alimentos", momento tras el cual el Secretario de Estado Colin Powell espera que ambos países puedan haber alcanzado un acuerdo sobre un nuevo régimen de sanciones contra este país, las denominadas "sanciones inteligentes". Con ello, en realidad la Administración Bush probablemente lo que ha querido es no debilitar la posición de sus aliados árabes y ganar tiempo hasta poder desencadenar contra Iraq nuevas acciones militares en el marco de la "guerra contra el terrorismo", una vez acabada la campaña contra Afganistán y quizás tras ataques preparatorios contra Somalia, Sudán o Yemen.

En la tarde del 27 de noviembre, EEUU y Rusia llegaron a un acuerdo para prorrogar una vez más las sanciones actuales sobre Iraq durante un periodo adicional de seis meses, momento tras el cual el Secretario de Estado de EEUU Colin Powell espera que ambos países puedan alcanzar un acuerdo sobre alguna modalidad de su propuesta de "sanciones inteligentes". La fecha del 3 de diciembre, que marcaba el plazo para renovar el programa de NNUU de "petróleo por alimentos" -según el cual Iraq puede vender su petróleo en los mercados y a cambio importar bienes para la población civil- ha dado origen, nuevamente, a la retórica habitual, las acusaciones mutuas y las discusiones que han acompañado prácticamente todas y cada una de las renovaciones que se han producido desde que en 1997 diera comienzo el programa. En esta ocasión, sin embargo, lo que está en juego es mucho más, y el resultado final tiene mucho que ver con las sombras que cubren el futuro de la política norteamericana en Oriente Medio.

El Secretario General de Naciones Unidas (NNUU), Kofi Annan, resaltó la preocupación de NNUU por el funcionamiento del programa "petróleo por alimentos" en un informe presentado ante el Consejo de Seguridad (CS) el pasado día 19 de noviembre. Si bien Annan aseguró que el programa ayuda a los ciudadanos iraquíes, lo cierto es que los procesos burocráticos, los "retrasos extraordinarios", las negativas iraquíes en la concesión de visados y los retrasos producidos en las importaciones dentro del marco del programa en las zonas del norte controladas por los partidos kurdos limitan la eficiencia del programa humanitario. Al mismo tiempo, las retenciones producidas en la aplicación de contratos que decide el Comité de Sanciones del CS (a instancias, fundamentalmente, de EEUU y el Reino Unido), siguen siendo "inaceptablemente" altas, y alcanzan un valor total de más de cuatro mil millones de dólares. La interrupción de las ventas de petróleo iraquí a mediados de año y una bajada en los precios del petróleo en los mercados internacionales han provocado una caída en la cantidad de fondos destinados al programa humanitario.

Los ataques del 11 de septiembre han alterado las relaciones a nivel global y dentro de la región, pero no han generado ningún consenso entre los cinco miembros permanentes del CS y los Estados de la región sobre qué hacer con Iraq. A pesar del acercamiento que se ha producido entre EEUU y Rusia en lo relativo a las sanciones, los halcones de la Administración Bush sigue exigiendo una acción militar.

Las sanciones inteligentes, aplazadas

La previsible extensión de las sanciones por parte del CS en los próximos días viene a suponer un retraso en la introducción de una propuesta británica para "remodelar" las sanciones económicas en lo que se ha dado en llamar "sanciones inteligentes". La propuesta fue retirada tras la decisión de renovar el programa de petróleo por alimentos el pasado junio, momento en el que Rusia anunció que vetaría la propuesta de resolución.

La propuesta de "sanciones inteligentes", que cuenta con el fuerte respaldo de Powell, tenía como objetivo liberar el comercio civil al tiempo que se reforzaba el control armamentístico y se atacaba el contrabando internacional. La resolución representaba un intento norteamericano y británico por romper el actual estado de cosas en la escena internacional en la cuestión de Iraq, situación que se viene prolongando desde la retirada de los inspectores de armamento de Iraq y la Operación Zorro del Desierto en diciembre de 1998. Desde entonces, la comunidad internacional no ha podido llegar a ningún acuerdo sobre cuáles habrían de ser los pasos a seguir, al tiempo que EEUU y Gran Bretaña han seguido actuando en solitario, bombardeando con intensidad las zonas de exclusión aérea al norte y al sur del país. Las denominadas "sanciones inteligentes" se veían también como una manera para impedir que Iraq pudiese expandir sus actividades comerciales.

El gobierno iraquí prefiere, claramente, la situación actual. La política de estos últimos años ha permitido a Iraq consolidar sus relaciones comerciales y adoptar un papel económico más influyente entre sus vecinos. Las ventas de petróleo iraquí han alcanzado los 18.000 millones de dólares en 2000, frente a los 4.000 millones de 1998. Bagdad se opone a la propuesta británica de retener los fondos de la cuenta de NNUU, al Comité de Sanciones 661 y a la prerrogativa que permitiría a NNUU decidir a qué compañías podrían los iraquíes vender su petróleo. Los líderes kurdos iraquíes desconfían también de las "sanciones inteligentes" porque temen que las sanciones alteren sus lucrativas transacciones comerciales (legales e ilegales) con sus socios dentro del propio Iraq, con Turquía, y con otros países de la región.

Los Estado vecinos (Siria, Egipto, y los Emiratos Árabes Unidos, así como Jordania y Turquía) cada vez se juegan más en sus relaciones comerciales con Iraq y rechazan la imposición de controles más estrictos. Jordania y Turquía se han venido beneficiando de la ambigüedad de la política norteamericana y británica, particularmente cuando se trataba de hacer la vista gorda ante las violaciones sobre el régimen de sanciones cometidas por sus "amigos" en la región. Dado que la importantísima reunión entre George W. Bush y Vladimir Putin a principios de noviembre concluyó sin haberse llegado a un acuerdo sobre Iraq, la Administración Bush se ha resignado a posponer cualquier revisión del programa de sanciones. Sin embargo, el portavoz de la Casa Blanca Ari Fleischer enfatizó el pasado 27 de noviembre la necesidad de definir las sanciones "de un modo más preciso".

Un debate sin resolver

Tras el 11 de septiembre, Iraq no escapa a las miradas de los halcones norteamericanos, particularmente de aquellos que dentro de la Administración Bush hablan del "negocio inacabado" de Iraq desde 1991. Aquellos políticos que desearían ver una política militar más agresiva contra Iraq ven esta "guerra contra el terrorismo" como una oportunidad para provocar un "cambio de régimen" o fomentar los intentos para eliminar a Sadam Husein.

Para quienes no están tan convencido del recurso a la acción militar, sobre todo teniendo en cuenta la incertidumbre sobre el resultado de la guerra en Afganistán y lo que ocurrirá con Osama Bin Laden, el nuevo clima político ofrece la posibilidad de intentar, una vez más, cambiar la política de sanciones actual. A falta de otras cosas, prolongar al programa "petróleo por alimentos" da a EEUU más tiempo para terminar con las discusiones dentro de su propia Administración respecto a futuras acciones militares, sin poner por el momento en riesgo la coalición de países árabes.

La derecha republicana en el Congreso y algunos elementos de la Administración Bush -de los cuales el más conocido es el vicesecretario de Defensa Paul Wolfowitz- han incrementado la presión desde el mes de septiembre para "ir a por Saddam". Bush no ha cerrado las puertas a una posible acción militar contra Iraq, pero Powelll ha sido más cuidadoso. Para la Administración, la cuestión es menos sobre si un cambio de régimen es una buena idea, y más sobre si el cambio es algo que se pueda conseguir, o sobre si debería constituir una prioridad para EEUU en el momento actual.

En cualquier caso, quienes apoyan un cambio de régimen están bastante animados por lo que está ocurriendo en Afganistán. Sobre todo en el Departamento de Defensa, hay analistas que creen que los bombardeos han funcionado y han conseguido derrocar al régimen, aunque otros sectores dentro del gobierno se muestran menos eufóricos al respecto. Recientemente, otros candidatos menos "arriesgados" para una nueva acción militar norteamericana (Somalia, Yemen y Sudán) han aparecido como lugares que albergan a redes vinculadas con al-Qaeda.

Buscando una justificación

Caso de elegir Iraq como objetivo, bien sea en los próximos meses o algo más adelante, EEUU necesitaría alguna justificación para iniciar los ataques visto el escepticismo y el clima de oposición a nivel internacional. Ni la evidencia circunstancial que conectaría Iraq con al-Qaeda, ni los ataques de ántrax, han convencido a nadie -ni siquiera a Gran Bretaña, el más firme soporte de EEUU. Hasta el momento, la principal prueba parece ser una reunión en Praga entre Muhammad Atta y el coronel Muhammad Khalil Ibrahim al-Ani, supuestamente un oficial de los servicios de inteligencia iraquíes, así como la supuesta existencia de una "campo de entrenamiento de secuestradores en Salman Pak, en Iraq.

Dada la debilidad de estas pruebas, los halcones han ido buscando justificaciones en la supuesta posesión por parte iraquí de armas de destrucción masiva, incluyendo la posibilidad de que Iraq haya utilizado o pueda utilizar arma biológicas. En sus comentarios sobre Iraq del pasado 26 de noviembre, Bush volvió a recalcar la exigencia de que Iraq debe permitir la vuelta a su territorio de inspectores de NNUU. Hace una semana, el vicesecretario de Estado John Bolton señaló a Iraq en Ginebra -junto con Corea del Norte, Libia, Siria, Irán y Sudán- como países que están actualmente desarrollando arma bacteriológicas. "EEUU tiene firmes sospechas de que Iraq se ha aprovechado de estos tres años en los que no había inspecciones de NNUU para mejorar en todas las fases de su programa ofensivo de armas biológicas". Hasta hace muy poco, las discusiones públicas sobre la política de sanciones apenas habían hecho referencia a la renovación de las inspecciones por parte de UNMOVIC.

Iraq ha prometido rechazar cualquier intento de volver a introducir a los inspectores de UNMOVIC en Iraq, tema que todavía se sigue discutiendo en Nueva York. Parece que la mayoría de los políticos norteamericanos son bastante escépticos sobre la vuelta de los inspectores a Iraq, pero cualquier esfuerzo que tuviera como objetivo revivir la cuestión (como por ejemplo invocar la resolución 1284 de 1999 o la 687 de 1991 de alto el fuego de la Guerra del Golfo) podrían crear una clima internacional más propicio para la acción militar.

La aseveración, ya de carácter más general, de que Sadam Husein sigue siendo peligroso y malvado puede usarse también como justificación. La consejera de Seguridad Nacional Condoleezza Rice afirmó recientemente que "no necesitábamos los acontecimientos del 11 de septiembre para sabe que Sadam Husein es un hombre muy peligroso, una amenaza para su pueblo, para la región, y para EEUU". El argumento se opone a lo que durante años han repetido los norteamericanos (que Sadam Husein está siendo "controlado"), y por lo tanto es poco probable que puedan convencer a otros Estados de la necesidad de una acción militar contra Iraq. Otra posibilidad es la esperanza de que Iraq sea quien provoque la acción (por ejemplo, avanzando más allá del paralelo 39 dentro áreas controladas por los kurdos, o hacia Kuwait). Pero por el momento, los líderes iraquíes mantienen un perfil bajo, sin duda porque esperan el ataque norteamericano. A pesar de todo, Sadam Husein ha vuelto a hablar del tema de las relaciones con las tres provincias kurdas.

Las opciones de los halcones

La falta de consenso internacional para extender la guerra y atacar Iraq no significa que los halcones norteamericanos vayan a abandonar todas las opciones militares. La acción militar menos dramática consistiría en incrementar los ataques sobre las zonas de exclusión aérea, a pesar de la probada ineficacia de dicha estrategia. Si lo que se pretende es un cambio de régimen, una guerra aérea parecida a la campaña Zorro del Desierto de diciembre de 1998 en la que los bombardeos se centrasen en objetivos gubernamentales sería la propuesta, junto con el establecimiento de bases dentro de Ira para elementos de la oposición iraquí.

Algunos halcones sugieren incluso que EEUU invada los campos de petróleo del sur del país, reviviendo así una propuesta del Congreso Nacional Iraquí (CNI) que desde mediados de los noventa pedía una "zona de exclusión circular" en el sur del país. Esta estrategia es, evidentemente, muy arriesgada. Otra opción similar sería el establecimiento de presencia militar norteamericana en las regiones kurdas del norte e iniciar una campaña de bombardeos con la esperanza de que el régimen se colapse, al igual que ha ocurrido con los talibán en Afganistán. La base aérea de Incirlik en el sudeste turco podría servir para iniciar la campaña, lo cual probablemente supondría tener que convencer a Turquía, país que puede mostrarse nervioso sobre el posible uso de los kurdos iraquíes como satélites de EEUU. De hecho, muchos kurdos iraquíes parecen sentirse incómodos con esta idea.

Conclusión

Sea cual sea el pretexto, en el caso de que EEUU decida atacar Iraq con el propósito de librarse de Sadam Husein, lo que preocupa al Reino Unido y a otros es el impacto que la intervención tendría en sus alianzas dentro del Próximo Oriente. Jordania, Egipto, Siria y Arabia Saudí ya han dejado claro que no aceptarán los ataques contra Iraq. Los esfuerzos norteamericanos por intervenir en el conflicto palestino-israelí se verían igualmente amenaza con una guerra contra Iraq.

La tendencia a centrarse en la acción militar más que en una estrategia política es muy pronunciada entre quienes desean que se produzca un cambio de régimen. La cuestión que ha perseguido a los norteamericanos en el intento por eliminar a Sadam Husein desde 1991 (quién será el sucesor) no se ha abordado plenamente. Por un lado, la aceptación del CNI ha sustituido los intentos de encontrar un general que pueda gobernar Iraq en el lugar de Sadam. Pero la propia trayectoria del CNI siembra muchas dudas sobre la cohesión de la coalición, particularmente teniendo en cuenta lo impredecible de los acontecimientos que podrían sucederse aún cuando el régimen ba´azista caiga.

El sentimiento que sin duda persigue a los miembros de la Administración norteamericana (aunque no a todos por igual) de que en Iraq hay que terminar lo que se empezó, no afecta únicamente a la caída de Sadam Husein. Hasta ahora, el 11 de septiembre no ha traído consigo una reflexión sobre la política norteamericana en la región del Golfo. ¿Vendría el cambio político en Iraq acompañado de una nueva política norteamericana respecto a los países del Golfo, particularmente Irán e Iraq? Queda por ver si EEUU cuestionará una alianza como la que desde hace tiempo mantiene con Arabia Saudí y otros Estados del Golfo, dada la connivencia habida entre estos últimos con los talibán y con al-Qaeda, y visto el apoyo financiero oficial y extra oficial que les han brindado. Por último, la destrucción de las armas iraquíes de destrucción masiva según el contenido de la resolución 687 del CS estaba directamente vinculada a la consecución del desarme a escala regional. En la última década, no se ha avanzado nada al respecto. Y tampoco parece.

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