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El hambre hace estragos en toda América Central

La estigmatizada región de 34 millones de habitantes aplicó durante años políticas de prevención y planes de desarrollo inconsistentesy no conocía calamidad semejante desde el huracán Mitch.

10/10/2001 - Autor: Juan Jesús Aznarez - Fuente: La Dalia
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Una familia guatemalteca.
Una familia guatemalteca.

Un millón y medio de campesinos vaga por la región a la búsqueda de solidaridad para sobrevivir

La campesina Natalia Vázquez habita una choza en las montañas de Guatemala, y cumplió a pie la segunda travesía de cuatro horas hasta el dispensario donde días atrás había dejado ingresada a su hija Juanita, de 12 años, hinchada y consumida por las calenturas y las diarreas. Imaginó que la encontraría curada, pero su hija del alma era ya cadáver y había sido sepultada. ¿Qué vamos a hacer sin nuestro angelito?, sollozaba la abuela, según el testimonio recogido por una periodista que accedió a la remota aldea de Tatatú. Otras 48 personas al menos han muerto por desnutrición en Guatemala.

El hambre estraga América Central. El llanto de sus niños estremece, y desde los cerros y planicies de un territorio martirizado por la naturaleza partió el nuevo éxodo de míseros que imploran caridad y un mendrugo. El millón y medio de campesinos y jornaleros arruinados por la pasada sequía y el desplome de los precios del café vagan errantes y desnutridos por Guatemala, Nicaragua, Honduras y El Salvador; comen fríjoles, plátanos o hierbas, y maldice a los Gobiernos incapaces y corruptos. No nos quieren.

La estigmatizada región de 34 millones de habitantes aplicó durante años políticas de prevención y planes de desarrollo inconsistentes, penetrados por la corrupción, y no conocía calamidad semejante desde la barrida del huracán Mitch. Más de medio millón de campesinos han perdido entre el 50% y el 100% de sus cultivos de maíz, frijol o sorgo como consecuencia de la recurrente sequía de junio y julio; las inundaciones y riadas arrasaron los arrozales de 9.000 indios miskitos de la costa atlántica de Nicaragua y plantillas enteras de cortadores de café fueron despedidas por empresarios sin armas para poder combatir la sobreproducción de café de Vietnam o Brasil. La Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO) calcula que las cuatro naciones más afectadas registrarán una cosecha de grano inferior en un 8% al promedio de los cinco últimos años, y cerca de 700.000 personas sufren de inseguridad alimentaria y llegan a los pueblos pidiendo ayuda. La factura de este lustro de infortunios será cara: los índices de pobreza y miseria pueden superar el 80%.

Por favor, por favor, yo también quiero hablar, que soy una viejecita pobre. Juana del Rosario Jarquín, casi centenaria, es una viejecita pobre de La Dalia, en Nicaragua, que bebe agua con sal como mantención. Nadie me da limosnita. La desesperación y el estómago vacío de cientos como la anciana mendicante llevan a confundir al periodista con un funcionario de despensa y todos se agolparon en su derredor. Todos piden ser escuchados en el lazareto instalado al pie de las verdes montañas y estribaciones circundantes, todos piden algo de comer, un empleo, un techo, una esperanza. Aquí no ha venido ningún alimento, señor, y tenemos dos meses de estar aquí. Aquí estamos, esperando la muerte, porque sin comida no tenemos vida.

No es vida, tampoco, la padecida por los miles de indigentes cobijados bajo toldos de plástico en las cunetas de las carreteras del noroeste de Nicaragua, hospitalizados con fiebres y vientres abultados en Guatemala, olvidados en las chabolas más alejadas de Honduras, inermes también en El Salvador, sospechando todos que su tragedia está siendo manipulada. Escúcheme también a mí, señor, que yo quiero ser bachiller y soy todavía burrita, reclama Yolanda, de ocho años, desde unos ojos verdes, tristes y profundos. Guatemala sufre mayor número de casos de desnutrición, 279, y un registro pluvial un 60% por debajo de lo habitual, pero Nicaragua es quizá el país más afectado porque todavía afronta las secuelas del fenómeno climatológico El Niño, del huracán Mitch de hace dos años, el más dañino desde en 1870, la sequía del 99 y la crisis del café en curso.

Pocos niños ríen entre la chiquillería analfabeta que dormita mustia, sueña con uniformes escolares o se come los mocos y las moscas en un campo de Matagalpa, a tres horas de camino de Managua. Ni los vecinos nos dan agua. Algunos nos dicen que somos una manada de haraganes, pero no lo somos. Carmen Gutiérrez tiene 35 años, aparenta 50, y fue abandonada por su marido. Le avergüenza la mendicidad porque es la primera vez que la practica. Nunca hurgó en los cubos de basura, ni coció yuca podrida. Somos campesinos, pedimos para nuestros hijos. Un grupo de hambrientos mató una vaca y se la comió.

Las catástrofes naturales son crónicas en Centroamérica, pero ahora
la suma de condiciones adversas obliga a miles de familias a sobrevivir reduciendo el número de comidas diarias, vendiendo sus escasos bienes, incluidas las gallinas ponedoras, limitando su actividad física, engrosando a la postre las filas de una migración sin oportunidades. De los cielos llegaron los males y al Altísimo se invoca su solución. La singularidad de América Central, atravesada por cadenas montañosas situadas perpendicularmente a los vientos alisios, determina las diferencias climáticas entre las vertientes atlántica y pacífica. Inciertas son las lluvias, e inciertas las cosechas, resume un funcionario.

La primera vertiente es generalmente más lluviosa y con una mayor cobertura, contrariamente a la segunda. Pero el régimen de precipitaciones depende de la dirección de los vientos, y la deriva de hace meses fue criminal, y diluvió sobre los arrozales de los miskitos, en el Atlántico, y el secano agostó las cosechas orientadas hacia el Pacífico. Las anémicas panochas y plantaciones examinadas a simple vista desde el arcén de las carreteras centroamericanas exhiben esa distorsión climática.

El cortador de café Jesús Rodríguez, de 48 años, conoce bien sus consecuencias. Es magro, taciturno y mantiene, milagrosamente, a una prole de ocho con un salario de apenas 630 córdobas mensuales (unas seis mil pesetas), un plato de frijoles o arroz blanco y jornadas de ocho horas diarias, incluidos sábados y domingos. Una barra de pan cuesta aproximadamente 8,9 córdobas (110 pesetas). No tiene aguinaldos, ni vacaciones. Y si lo corren a uno, se va así no más, con la maletita.

El obrero señala con el machete el grano de café marchito y la pocilga de paredes ennegrecidas de la hacienda San Martín, una de las más prósperas en los ochenta, donde vivió con su familia y procreó sin intimidad alguna. El humo de las fogatas encendidas en su interior para calentar el puchero ennegreció las paredes de un habitáculo cubierto por la fronda exterior. A pocos metros, las plantaciones. La familia habitó el pulguero hasta verse en la calle. Jesús tuvo suerte y encontró tajo en otra finca embargada por los bancos a un patrón moroso. Sus horizontes son los del cafetal, y en ellos desearía permanecer hasta el día que se muera. Pues así es nuestra vida, señor.

No todos los hacendados han sido piadosos con los braceros despedidos. Y la mala sangre empleó la violencia y el insulto para expulsar de las fincas a la peonada reacia al abandono, angustiosamente aferrada al cafetal ante la incertidumbre de la diáspora. Varios capataces levantaron los techos de los cobertizos donde los macheteros dormían en catres y acabaron a tajazos con los platanales, mangos y aguacates, su sustento diario. Nos ofrecimos a seguir trabajando siquiera fuera por la comida, pero no quisieron, recordaba, entre lágrimas, una cortadora viuda y amargada, desvelada día y noche por el lamento de sus siete hijos malcomidos. Aún le duele el desprecio del patrón: ¡Fuera de ahí, hijos de puta!, nos ofendió. ¿Y adónde íbamos a ir si siempre hemos vivido en las fincas?.

Hacia Managua marcharon más de mil infelices a finales de agosto: resollaron sobre el caliente asfalto de la Panamericana, varias embarazadas amenazaron aborto y la columna de la rogativa exigió soluciones, y amenazó con transformarse en turba de ser ignorada. Después de dos días de plantón frente a la sede de la presidencia del Gobierno, 800 regresaron al norte como peones camineros de la administración, a 31 córdobas diarios (500 pesetas). Es muy poquito, señor, y sólo dura tres meses, lamenta Adelaida Morales, de 68 años. ¿Nadie le ayuda? Pues no, tengo 22 hijos, pero todos andan regaos por ahí.

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