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El Shaytán en Palestina

17/08/2001 - Autor: Abdelkarim Osuna
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Soldados
Soldados

En los últimos días hemos visto y oído noticias que nos paralizan. La prohibición de viajar por carreteras, exponiendo a los palestinos a las balas perdidas de los colonos judíos, el corte del suministro de agua, el vaciado de excrementos en zonas de refugiados... Pero sobre todo los asesinatos, la tortura, los bombardeos con sofisticadas armas de combate que cuestan miles de dólares sobre viviendas de gentes a la cuales apenas se les da el derecho a la subsistencia. Estas palabras demasiadas veces repetidas nos hacen derrumbarnos pues sabemos que en este mismo instante nuestros hermanos están siendo sometidos a vejaciones, al dolor, a la tortura.

Nos conmueve esa mujer palestina pateada por un niño judío y una joven que tira de su velo, como queriendo despojarla de la protección que la sostiene, exponerla al escarnio, a los insultos, al desprecio. Hacemos du’a por ella, por todos los palestinos, por todos los excluidos: que Al-lâh les de la paz del Yanna en este mundo, que su corazón se vea protegido por los malaika, que en su salat encuentren la dulzura que los hombres quieren negarles y les niegan.

Hemos releído en el Qurán esos pasajes en que nos habla de los Banî Israel. La realidad de un pueblo que se basa en la exclusión como seña de identidad se ha apoderado hoy en día del planeta. En ese sentido pensamos que los musulmanes debemos definirnos como Banî Âdam, hijos de Âdam, del mismo hombre Universal completo, nacido de la tierra madre y consagrado al cuidado de la tierra, a la adoración del Uno y al sostenimiento de la unidad esencial de todo lo creado.

Las noticias que llegan de Palestina nos sumen en un estado de impotencia. No tenemos otra solución que el propio sometimiento a Al-lâh, y queremos enfrentarnos con la realidad de lo que está pasando con la conciencia de ese sometimiento y la capacidad de meditación y de recogimiento en Al-lâh como únicas armas, armas que quieren convertirse en pensamiento y en plegaria, pensamiento que quiere manifestarse desde su propia impotencia de plegaria...

1. De la expulsión del Yanna

En el Qurán al Karim se nos habla de esa parte de la realidad que actúa "sacando las cosas de su sitio": es el Shaytán, padre de la mentira y el engaño, de toda tentativa de hacer romper al hombre los lazos con el "lugar" donde es capaz de germinar con toda su potencia. La palabra árabe dâlim —muchas veces traducida como "transgresión" o "injusticia"— implica, precisamente, poner algo fuera de su sitio, como en al-baqara 35, cuando el Qurán nos dice:

wa qulnâ yâ: âdamu skun anta wa çáuÿuka l-ÿánnata wa kulâ minhâ rághadan háizu shi’tumâ wa lá taqrabâ hádzihi sh-sháÿarata fatakûnâ min ad-dâlimîn.

Y dijimos: "¡Oh, Adán! habita tú y tu esposa el Jardín,
y comed de ella a vuestro antojo donde queráis.
No os acerquéis a este árbol, pues seríais de los injustos.

Sobre esta magnífica versión de Abderrahman Muhammad Maanán quisiéramos destacar varios aspectos:

1) En primer término la palabra skun ("habitar") viene de la misma raíz que sukûn o sakîna. Esta última palabra es a veces traducida como la "presencia divina", pero, y gracias a un valioso análisis de un discípulo de Alí González (La sakiná es un aire delgado, en Webislam 135), nosotros sabemos que se trata más bien de la calidez del hogar, con lo cual el "habitar el Jardín" de la pareja Âdam-Hawa queda descrito implícitamente por esa sensación de hogar en el cual nos sentimos perfectamente a gusto, pues sabemos que es nuestro lugar, aquel al cual pertenecemos plenamente, como el hermoso hadith del Profeta —s.a.a.s.— que nos dice: "el Yanna está a los pies de vuestras madres".

2) La palabra çáuÿ (que Abderrahmân traduce como "esposa") tiene el sentido de "pareja": Al-lâh convierte a Âdam en "par", lo hace doble para que en esa doblez pueda conocerse, pero eso tiene un precio: el de aceptar la prohibición de salirse de los límites fijados (del instante como "lugar" donde "el par es uno"), simbolizados aquí por ese árbol que puede ensombrecer al hombre.

3) Según Maanán, "la expresión rághadan" significa "a vuestro antojo, a vuestro gusto", es decir: dejaros llevar por aquello que os atrae. En el Yanna los instintos del hombre están completamente a salvo, son los signos de una salud sin mancha. Esa sabiduría instintiva hace que el hombre no requiera del conocimiento, pero tal vez exista algo en el interior de esos instintos que lo llevan a perderse, a realizar el reconocimiento de la sombra. "Comed donde queráis" implica una movilidad, pues el hombre no posee unas raíces fijas, su raíz está en el movimiento, como podemos comprobar simplemente mirando a las plantas de nuestros pies.

4) ¿En que sentido el "acercarse a un árbol" puede constituir una transgresión? Dicho árbol ha sido entendido aquí como una "protección" que vela al hombre: "no os acerquéis a ese árbol" tendría, entonces, el sentido de "manteneos expuestos absolutamente a Al-lâh, en el espacio abierto de vuestra servidumbre, no busquéis una comodidad y os protejáis en las ficciones del ego (la creencia), pues perderíais el contacto con vosotros mismos, con vuestra movilidad decisiva". Buscar un "árbol" (cobijo) en el Yanna es traicionar, es replegarse sobre uno mismo y construirse un "refugio", un lugar para el reposo. Todos los hombres aspiran al reposo, pero en el Yanna todo fluye y es en ese descanso de la identidad donde la realidad se nos escapa: sigue su curso y se nos ha perdido. Desde entonces seremos viajeros en busca del instante, siempre aquí y ahora pero siempre más allá de todo lo visible.

5) En esa misma dirección, ad-dâlimîn ("los injustos") puede entenderse, etimológicamente, como "los que están fuera de su sitio". La palabra dâlim viene de dulm: oscuridad. El árbol del Yanna es haram porque su sombra oscurece al hombre, lo aparta de las evidencias del instante, de la simplicidad de lo aparente en su aspecto luminoso, como veremos en la aleya siguiente (al-baqara, 36):

faaçallahumâ sh-shaitânu ‘anhâ faajraÿahumâ mimmâ kânâ fîh wa qulnâ hbitû bá‘dukum libá‘din ‘adûu wa lákum fî l-árdi mustaqarrun wa matâ‘un ilà hîn.

Y los hizo tropezar Shaytán y los hizo salir de aquello en lo que estaban. Dijimos: "Descended. Unos de otros sois enemigo.
En la tierra tenéis un lugar de estancia y provisiones para un tiempo".

6) Açalla es hacer resbalar o tropezar a alguien, hacerle cometer un desliz, es decir: deslizarse de donde se halla. El término ájraÿa-yújriÿ, significa "sacar, extraer, o expulsar". No estar donde se está: ese es el extraño modo de decir que hemos perdido la presencia como un Absoluto, que estamos escindidos en el tiempo. Es a causa de los "proyectos" (proyecciones) que trazamos (o inconscientemente) que estamos escindidos, ya que lo que queremos no está aquí, y lo que creemos que somos desespera.

7) "Aquello en lo que estaban" es, como ya hemos dicho, el lugar al cual cada uno pertenece según su instinto: esa pura actividad que constituye el "habitar" el mundo, el tomar de sus dones allí donde estos se presenten. Se trata del instante, del mundo fenoménico tal y como aparece completo y con la luz que lo recrea ante los ojos del niño, del hombre que está en fitra.

8) "Descended. Unos de otros seréis enemigos". Esta frase dice el sentido del descenso por su consecuencia: la enemistad. Es la adopción de una "nacionalidad" o "identidad" concreta, implicando ello un claro descenso: del mundo a la tierra, de lo universal a lo concreto. Se refiere, además, a la ruptura de la pareja, de la bi-unidad que constituye al hombre universal, plenamente arraigado en la vida.

y 9) ¿qué es, pues, la expulsión del Yanna? Se trata, sobretodo, de lo siguiente: el árbol representa la fijeza, y arraigar en un sólo sitio tiene el significado de fijar el ego en una identidad concreta, renunciando a la movilidad (fluidez) propia de hombre que está en fitra. Esa perdida de movilidad es representada por el hecho mismo de enraizarse, de lo que está enraizado a un lugar concreto, lo cual sólo puede traeros una satisfacción momentánea, pero no definitiva, puesto que el hombre se debe a "lo abierto", que reclama de él una atención completa.

Como vamos viendo, en el Islam, igual que en el cristianismo y judaísmo, es esa realidad llamada Shaytán quien hizo que la pareja Âdam-Hawa (o Adán y Eva) abandonase el Jardín, se deslizase fuera de si misma. Existe, a partir de aquí, una importante diferencia (Qurán, al-baqara ; 37-39):

fatalaqqâ âdamu min rábbihî: kalimâtin fatâba ‘aláih ínnahu huwa t-tawwâbu r-rahîm.

Y Adán recibió de su Señor unas palabras y se volvió hacia él.
Ciertamente, Al-lâh es el que siempre retorna, el Rahîm.

qulnâ hbitû minhâ ÿamî‘a faimmâ yâtiyannakum minnî húdan faman tábi‘a hudâya falâ jáufun ‘aláihim wa lá hum yahçanûn.

Dijimos: "Descended de él (el jardín) todos. Os llegará de mí una dirección. Quienes sigan mi dirección, no habrá temor para ellos ni se entristecerán".

wa l-ladzîna kafarû wa kadzdzabû biâyâtinâ: ulâ:ika as-hâbu n-nâri hum fîhâ jâlidûn.

Y los que rechacen y desmienten nuestros signos,
ésos son los compañeros del Fuego; en él estarán para siempre.

Con lo cual inmediatamente se reestablece la posibilidad de retornar al Yanna, al Jardín, posibilidad que el musulmán consciente trata de hacer real por el conocimiento de las aleyas, —término que nosotros traducimos, según un sentido árabe, indistintamente como signo o como símbolo, además de la traducción habitual de versículo o verso. La escucha y seguimiento de los signos es la única puerta abierta de retorno. Este es el "locus" del cual el Shaytán nos desarraiga, pues en su naturaleza se halla conducirnos al afuera (del cuerpo, del instante, de la Vía...), y el conocimiento y la obertura a lo real es esencial para reestablecer ese estado de fitra perdido, para volver a insertarnos plenamente en la presencia.

En el fragmento quránico que venimos comentando se menciona una realidad que nos estremece: se trata de la Tawba de Al-lâh: ‘aláih ínnahu huwa t-tawwâbu r-rahîm: "Al-lâh es Aquel que siempre hace tawba, el Rahîm", con lo cual se nos hace evidente que la traducción habitual de Tawba por "arrepentimiento" carece de sentido, pues sería absurdo decir que Al-lâh "constantemente se arrepiente". Por el contrario, aquí la tawba de Al-lâh es la respuesta al "volverse" de Âdam al oír "unas palabras". Al-lâh retorna en la escucha que nos moviliza. El hecho de que Âdam deba "volverse" indica que las palabras de Al-lâh no le vienen "frontalmente", es decir: que no están allí donde las busca sino que vienen desde un lugar inesperado. Se trata del súbito (o "hal"), de aquellas repentinas apariciones de sentido que nos sobresaltan. Es por ello que el hombre que pretende dejarse guiar únicamente por Al-lâh no puede despreciar nada de lo que encuentra en su camino, pues en cualquier cosa puede hallarse el signo del retorno. No basta con oír sino que es necesario "volverse", devolver a lo Real su potestad absoluta sobre nuestro destino y renunciar a todo presupuesto sobre "lo sagrado" o lo que es o no "una aleya": podemos estudiar como funciona un símbolo, pero jamás decir donde se encuentra.

Habría mucho más que comentar de estas famosas aleyas quránicas, tan cercanas en apariencia a aquel pasaje de la Torâ en que se describe lo que se ha calificado históricamente como "la caída" del hombre. Hemos tenido que renunciar a un comentario completo para centrarnos en la materia de este escrito.

El proceso descrito en estas cinco aleyas está lleno de matices y posibilidades interpretativas, pero podría resumirse simplemente del siguiente modo:

1) Estado de fitra: habitar el Jardín: vivir en el estado de fluidez y de pareja.

2) Ser expulsado: ensombrecer los instintos, ligarse a una identidad concreta.

Esta es la dualidad creada dentro de la bi-unidad primera, y el Shaytán es aquello que nos hace deslizarnos y perder nuestro lugar en el mundo. Dicha perdida implica, además de una ruptura de nuestra naturaleza andrógina, la decisión de enraizarse en un lugar concreto (como el árbol) en detrimento de nuestra universalidad "paradisíaca". Así pues la ruptura de la fitra, el cobijarse (fijarse) bajo el árbol de la identidad (individual o colectiva) es aquello que el Shaytán procura: él es el "enemigo de Âdam" en cuanto a criatura abierta al absoluto.

En un sentido profundo creemos que aquí se halla una de las claves de lo que el Islam es y representa. El hombre "desciende" desde Âdam, vinculado a la tierra como un todo, pero acaba fijándose por necesidades del entorno. Se trata del momento en el cual el hombre dice "soy anarquista", "soy hombre" o "soy poeta", es decir: cuando me determino a mi mismo, cuando pierdo ese mundo entregado directamente por Al-lâh, cuando me deslizo fuera de su instinto y se deja atrapar por el sueño del ser y del engaño. Ese engaño está en el lenguaje como posibilidad interna. Definir las cosas según su pertenencia al hombre y no desde el punto de vista de su carácter simbólico (de aleya) es lo que nos lleva a mantener nuestra ruptura con el Yanna.

El Shaytán es aquella fuerza que nos arranca de esa posibilidad "natural" de obertura a lo Real, y nos sitúa ante un entramado cuyas reglas están hechas para dominarnos. En el mundo actual esta fuerza está representada primeramente por el Estado: aquello que nos obliga a una identidad, que nos define según categorías, orígenes, creencias, poder adquisitivo, etc. Pero no se trata únicamente del Estado, sino de todas aquellas organizaciones que juegan con las debilidades y el sentimiento de desamparo del hombre, un sentimiento que no es sino el producto de una educación que no sólo no nos prepara para la "escucha de los signos" sino que ni siquiera contempla la posibilidad de que lo Real nos pueda conducir hacia ese "locus" que nos pertenece, según lo que está escrito.

Adoptar una identidad cerrada —aunque está sea la de "musulmán"— es algo que debemos rechazar como shaytánico desde el momento en que nos separa de los otros hombres por las barreras infranqueables y manipulables de la raza, el sexo, la nacionalidad, de la religión o de la ideología. No hay nada en todo ello que pueda ayudarnos en nuestra tarea de retornar al "Yanna", es más: las identidades son aquello que hace que "unos de otros seamos enemigos".

Es por todo ello que cuando digo: "soy poeta, anarquista, andalusí" (implicando andalusí español y musulmán) lo que se está expresando es mi propia naturaleza shaytánica que busca una fijación frente otras posturas. Ese es el juego del Shaytán: enfrentarnos los unos a los otros en una diferenciación interminable, pero es entonces cuando añado: las palabras vinieron a mí, ser andalusí es tratar de recuperar una parte de la memoria colectiva que se nos ha negado, ser musulmán es someterse a Al-lâh en cualquiera de las formas en que se presenta, y ser anarquista es enfrentarse con el Shaytán directamente, pero ninguna de estas cosas son más que nombres que ponemos a lo inclasificable (para que nos vayamos entendiendo).

Hay una declaración que hemos dejado para el final, por lo radical de sus expresión y por la fuerza con que nos traspasa:

Y los que rechacen y desmienten nuestros signos,
ésos son los compañeros del Fuego; en él estarán para siempre.

Donde se muestra explícitamente la necesidad de aceptar los signos (âyâtinâ). Ya no se trata de que los que abandonan el Yanna tengan tan sólo una "provisión momentánea", sino de que es absolutamente imprescindible para el hombre realizar esa escucha para superar la "fractura de la presencia" hacia la cual la realidad (o la necesidad) identitaria nos conduce: se trata del kafir: wa l-ladzîna kafarû: "aquellos que son kafir", los que rechazan la unicidad del mundo.

Esa "escucha de los signos" nos conduce a la necesidad del Tawil, de una "hermenéutica espiritual". En cualquier otro caso el hombre habitará en el Fuego "para siempre". Con esta última expresión se quiere definir lo que representa adoptar una identidad cerrada, que rechaza la obertura: la fijeza, al revés que la obertura, es "eterna", puesto que se ha perdido la medida. Jâlid significa continuo, algo que permanece. Frente a la fluidez continua del Yanna está el no-fluir continuo del Nar: la permanencia en uno mismo. Ese no fluir da una intensidad de fuego a nuestro tiempo, lo hace arder a la espera de un nuevo nacimiento, de una nueva ocasión de ver la vida sin la máscara del ego.

Las realidades shaytánica (identitaria) y âdámica (universalista) del hombre están en perpetuo conflicto. Ambos aspectos chocan, se desplazan mutuamente. Es imposible que se produzca un crecimiento sin destruir barreras, sin derruir las comodidades del ego, pero es también imposible para el hombre el vivir en su naturaleza âdámica sin ningún conflicto, desde el momento en que responde a los que lo llaman por un nombre, y debemos responder ante todas aquellas incitaciones que tratan (a veces inocentemente) de fijarnos.

No basta, pues, con retirarse del mundo, pues de ese modo tan sólo se consigue paralizar aún más fuertemente sus fuerzas, cerrarse ardientemente a la espera de desaparecer, pero su nombre asalta al solitario en su retiro, no lo deja dormir sin darse cuenta de su inmovilidad pasiva. Para que esa fricción no sea vivida como Fuego (para que se retire al interior del hombre y este recobre su carácter fluido) se hace necesario

3) orientarse a Al-lâh (tawbah): escuchar y someterse a los signos (dejarse conducir por ellos): renunciar a toda identidad cerrada y abrirse al Absoluto como única guía. El hombre queda como "aquel que atiende", dentro de un mundo que fluctúa entre el "signo" y la fijeza.

El "modo de producirse" de esa conducción y el como "dejarse guiar" es un tema que dejamos para otro momento. Basta decir que el Qurán postula una hermenéutica espiritual o lectura poética de lo Real como única vía de escape del Fuego, del abismo insalvable entre el Shaytán y Âdam, el hombre universal.

Sionismo = nazismoEn las calles de Córdoba hemos visto estos días una pegatina en las paredes con el lema: "Sionismo = nazismo". Queremos brevemente traspasar las evidencias para decir lo que esa equiparación significa, lo que oculta en su fondo, y nos apoyamos para ello en los análisis realizados por Giorgio Agamben sobre el marco jurídico e institucional que ha propiciado y propicia la existencia de zonas de exclusión donde los hombres carecen de derechos.

Sería imposible definir paso por paso y en todo su alcance los mecanismos que nos han conducido a una situación tan aberrante como la actual. Hemos querido resumir lo más brevemente en un esquema el paso y las transformaciones de la ley. Se trata de destacar unos puntos que hagan comprensible las transformaciones e inversiones a las cuales el concepto de Ley se ha visto sometido.

1) Por un lado, vemos como los griegos establecieron una dicotomía entre los términos bios y zoé. Esta última palabra indica el puro y simple hecho de vivir de todos los vivientes: animales, hombres o dioses participan del mismo hecho indiferenciado de "la vida". Bios significa "la forma o manera de vivir del individuo o de un grupo". Esta diferenciación es llevada a la práctica en las ciudades-estado con la contraposición entre el bárbaro (extranjero, el excluido) y el miembro de la polis (el incluido). Este es aquel que adopta unas normas artificiales de conducta, mientras que el bárbaro es el hombre que vive en contacto con la naturaleza. La propia política nace bajo el signo de la exclusión-inclusión. Agamben ha encontrado en el derecho romano arcaico una figura legal que se halla en el origen de las actuales figuras del excluido. Se trata del Homo sacer, del "hombre sacrificable", el cual es contemplado como objeto jurídico sin beneficiarse de las leyes. Es el hombre "incluido como excluido", y matarlo no constituye ningún delito.

2) La idea de San Pablo según la cual Cristo había venido a revocar la Ley de los judíos, hizo posible el encuentro entre el judaísmo y el Imperio. La asimilación de una doctrina semita por parte del imperio otorgó a su Ley un carácter de sacralidad, sin tener que renunciar al concepto de Imperio y su régimen militar y político. Las categorías de exclusión establecidas en el derecho romano pasaron a integrarse con el concepto semita. Se produce una inversión total de los valores, según la cual el concepto semita de Ley sagrada es asimilado al concepto helenístico del ciudadano: pasa a considerarse como superación de la ley natural, como artificio. La sacralización del hombre pasa a designar su carácter sacrificable, según la imitación de Cristo. El hombre pasa ser, con la desmembración del Imperio, "súbdito del rey y miembro la iglesia". Es decir: en cuanto a hombre natural (zoe) pertenece a la iglesia, mientras que en cuanto a bios (hombre civilizado) es súbdito, pertenece al rey. Es en realidad el monarca quien acabará acaparando todo el "poder divino", tras una larga batalla interna dentro del cristianismo.

3) Con el advenimiento de la modernidad se da un cambio jurídico de importancia decisiva para definir al hombre en cuanto destinatario de un derecho. La Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 1789, revoca el concepto de súbdito para fundar la soberanía sobre el de ciudadano. Estado-nación significa: aquel estado que hace del hecho de nacer (el nacimiento) el fundamento de su soberanía. En el sistema del Estado‑nación, los denomina­dos "derechos sagrados e inalienables del hombre" se muestran desprovistos de cualquier tutela desde el momento mismo en que ya no es posible configurarlos como derechos de los ciudadanos de un Estado. Ello implica volver a definir al extranjero en términos similares a los de la polis, reestablecer la exclusión como sistema, solo que con una situación completamente nueva. Las ciudades-estado griegas eran comunidades relativamente pequeñas, en medio de un mundo poco poblado. El bárbaro era un ser lejano, una minoría cuya presencia pocas veces se hacía estable. Pero el estado-nación se extiende más allá de sus fronteras mediante la dominación económica, que extrae beneficios sin otorgar derechos (pues aquellos a quienes explota no son ciudadanos). En el momento actual, la definición de la ciudadanía muestra su matiz racista ante el emigrante. El Estado decide quien de los extranjeros es asimilable, y en que medida. Al mismo tiempo, pone en los sus colonias gobiernos que no otorgan derechos a sus ciudadanos, con el objetivo de beneficiarse económicamente de ello.

4) Soberanía significa: aquel que dicta la ley se pone fuera, la domina como objeto. Según la definición realizada por Carl Schmitt, "el soberano es aquel que decide sobre el estado de excepción". Lo cual quiere decir: es aquel que decide el alcance del concepto de soberanía, el que lo define según sus intereses. El concepto actual de "estado soberano" encaja perfectamente con la figura del tirano, según la definición por la cual "la ley es el fürer" (Carl Schmitt). En realidad lo que importa no es si la soberanía está representada por un solo hombre o por un parlamento, sino el mismo principio por el cual una instancia humana, controlada por los hombres, se otorga el derecho decir quien tiene derechos.

5) El campo de concentración (lager) es un espacio dentro del territorio del estado-nación en el cual "el soberano" ha suspendido o aún no ha otorgado sus derechos. En este sentido un emigrante que entra en España, al ser detenido en una comisaría está en esa situación de "campo". Según Agamben, hoy en día la realidad del campo de concentración domina nuestro paisaje político a gran escala. Vemos como esa "oscura figura del derecho romano arcaico" ha pasado a definir no ya a individuos sino a grandes "masas de población", a comunidades enteras. En palabras de Agamben: "Si el refugiado representa, en el orden jurídico del Estado-nación, un elemento tan inquietante es, sobre todo, porque al romper la identidad entre hombre y ciudadano, entre naci­miento y nacionalidad, pone en crisis la ficción originaria de la soberanía. Naturalmente habían existido siempre excepciones singulares a este principio: la novedad de nuestro tiempo, que amenaza al Estado‑nación en sus fundamentos mismos, es que cada vez son más las porciones de la humanidad que ya no son representables dentro de él". En el actual sistema de derecho, los excluidos son, paradójicamente, incluidos bajo las categorías de refugiados, sin papeles, clandestinos, indocumentados, emigrantes ilegales, desplazados, desaparecidos..., pero también son las víctimas de hambrunas programadas, de epidemias controladas.

Debemos darnos perfecta cuenta de que "nuestro mundo" está reproduciendo los mismos mecanismos jurídicos que propiciaron la existencia de los campos nazis de la muerte, y que la exclusión como sistema se ha institucionalizado y globalizado hasta tal punto que justifica las palabras de Agamben cuando dice que el verdadero "triunfador" de la Segunda Guerra Mundial es el propio "sistema de los campos" que se extiende actualmente como una realidad que ocupa grandes extensiones de la tierra.

El estado de excepción es la posibilidad interna latente en nuestras sociedades, posibilidad que se activa inmediatamente en cuanto se introduce en el "cuerpo social" algún elemento extraño (económicamente no utilizable). El sistema entonces sabe hacer el vacío, como soberano puede suspender sus funciones dentro de su propio territorio, y crear ese espacio para la nuda vida. El estado no tiene porque cuidar de aquellos que no pueden aportarle un beneficio, pues su sentido (maquinal) interno no es el de ofrecer protección sino el de garantizar el "bienestar" del ciudadano.

Desde el momento en que alguien tiene el poder de dar derechos tiene el poder de quitarlos. Los derechos jurídicos, tal y como los conocemos, son hechos por unos determinados hombres para unos determinados hombres, según unos intereses comunes. Siendo así resulta perfectamente lógico que aquellos que no puedan favorecer dichos intereses sean excluidos.

En el mundo moderno hemos visto como el poder del estado superaba todas las barreras conocidas a la hora de definirse como soberano. Jamás se había producido una concentración tal de poder (político) de acción y de exclusión junto con los mecanismos para llevar la exclusión al término escogido. La desacralización de la vida, lejos de implicar el abandono de ese carácter sacrificable, significa el anonimato de la muerte. En el campo de exclusión es precisamente donde el poder (el Shaytán) se manifiesta con toda su crudeza, donde se quita la máscara de la civilización y se muestra como poder desnudo. El ejercicio de poder soberano, el propio ejercicio de la soberanía, es el disponer de las vidas humanas como si fuesen números. La condición del refugiado no es la de la persona, y los muertos carecen de identidad para las naciones. Son cifras astronómicas, millones de cadáveres lanzados a cunetas y barrancos, millones de muertos de hambre, millones de desaparecidos, millones de niños que trabajan. En el mundo de los excluidos la identidad no cuenta: han sido despojados de la vida identitaria de los ciudadanos y arrojados a la indistinción de eso que Agamben ha llamado la vida desnuda, sin atributos de sangre, sin matices: nuda vida.

Vemos así ampliarse la identificación entre sionismo y nazismo, hasta llegar a equipararse con el mismo Estado-nación. El estado es el Shaytán desde el momento en que otorga identidades que se excluyen, significa la división y clasificación de los hombres según categorías. El propio carnet de identidad que tenemos en el bolsillo es el signo de nuestra pertenencia a ese sistema de exclusiones. No existe una diferencia esencial entre la Ley de extranjería y el campo de concentración: ambas están animadas por el mismo principio, se apoyan en las mismas bases.

Aunque existe, de momento, una diferencia "de grado" (pero no para el emigrante obligado a la clandestinidad), esta podría variar en cuanto el sistema zozobre, en cuanto los "ciudadanos de derecho" vean peligrar sus privilegios. La crisis económica que se avecina será el detonante del despertar del fascismo latente en nuestra democracia, un fascismo fundador y estructural que todo lo define. Tenemos que cambiar estos principios, renunciar a los conceptos de ciudadanía y abrir las puertas de "nuestras naciones" a todos los hombres, pues en caso contrario estamos dejándonos atrapar por la barbarie.

Se puede vislumbrar, en un futuro no muy lejano, una situación el cual el "campo" llegue a ocupar la mayor parte del planeta, siendo "el poder" el espacio cerrado donde las minorías (raciales, nacionales, religiosas) gozarán de todos los privilegios, defendidos por un aparato militar y mediático capaz de devorar cualquier lenguaje ajeno al juego de las identidades que se excluyen (la guerra):

"La política contemporánea es el desolador experimentum linguae, que desarticula y disuelve a lo ancho de todo el planeta tradiciones y creencias, ideologías y religiones, identidades y comunidades."

(Giorgio Agamben, La comunidad que viene).

Lo que sucede en esos "lugares de exclusión" es controlado directamente desde los "centros de poder". Estamos viendo como se trata de regular la población mundial mediante el control de la natalidad (China) o la propagación de epidemias (África), y se da una misma dirección a todos los pueblos de la tierra (globalización) cuyo único objetivo evidente es propiciar la gran acumulación de capital en esos pequeños núcleos.

Poder desnudo frente a la nuda vida: esa es precisamente la imagen cuyo icono sombrío es el de un helicóptero bombardeando unas chabolas, el de unos cascos azules belgas torturando y quemando a un niño africano.

6) Frente a las concepciones antes apuntadas, queremos destacar el concepto islámico de la Ley revelada. En cuanto a revelada, la Ley no es algo que los hombres elaboran para su beneficio (siempre sospechoso, tendente al extravío), sino que ha sido enviada por Al-lâh para que estos se mantengan en el "locus" que les pertenece, no rebasen los límites de su humanidad y se establezca un equilibrio permanente entre los deseos del hombre y el cuidado de la Creación. La Sharia es garantía para la convivencia y del mantenimiento del vínculo del hombre con la tierra y todo lo que le rodea: animales, espejos, plantas: un estar en el mundo donde cada detalle se inserta en el circulo de la Palabra. Al mismo tiempo (y por eso mismo) la Ley se constituye en símbolo del desarrollo interno: los mecanismos por los cuales una comunidad se sostiene son los mismos por los cuales un individuo tiene la posibilidad de trascender, vincularse al Absoluto. Las esferas de lo público y de lo privado son intercambiables sin presión externa. Es el mero "pertenecer a Al-lâh", y la asimilación de la norma illahica, lo que une a los hombres. El hecho del desarrollo interno es lo que facilita y hace posible la renovación de la Ley como fuente de nuevas revelaciones, el constante brotar de la Palabra illahica adaptando su sentido a las nuevas situaciones históricas, propiciadora de nuevos desarrollos.

Es aquí cuando nos damos cuenta de la importancia de mantener la sharia libre de todos los intereses humanos: la Ley revelada no puede ser objeto de fijación, exclusión y manipulación por parte del Estado, sino es a costa de perder su carácter de ley revelada. Los llamados "estados musulmanes" han realizado ese proceso de "desactivar" la sharia, de transformarla de protección y garantía de una existencia abierta para todos en instrumento de poder totalitario. Debemos retornar al concepto de comunidad frente al de Estado-nación, como único marco donde la aplicación de la sharia recobra su sentido.
3. La religión como símbolo de identidad

Aunque sus manifestaciones externas son evidentes, desde nuestro punto de vista el Shaytán no es algo externo al hombre sino que forma parte de la realidad en que se inserta. Del mismo modo, todas las realidades escatológicas referidas en el Libro expresan el desarrollo de lo real tal y como es y no como parece. Al hablar el lenguaje de los símbolos es capaz de reflejarse en cada uno de nosotros con un rostro distinto.

El pasaje de al-baqara 35-39 que hemos citado antes viene seguido por una invocación illahica a los Banu Israel. Hay gentes que piensan que se trata de un "cambio de tema", incluso hay quien ha escrito que el Qurán "da un brusco salto y pasa a tratar del pueblo de Israel...", pero no hay aquí ningún salto sino la simple lógica directa del símbolo que amplia su sentido. Se trata de un claro seguimiento de la temática que ha sido establecida:

yâ: banî: isrâ:ila dzkurû ní‘matia l-latî: án‘amtu ‘aláikum wa áufû bi‘áhdî: ûfî bi‘áhdikum wa iyyâia farhabûn

¡Oh, hijos de Israel!, recordad mi favor con el que os he beneficiado,
y cumplid con mi pacto y Yo cumpliré con vuestro pacto. Y de Mí, temed.

wa âminû bimâ: ánçaltu musáddiqan limâ má‘akum wa lâ takûnû: áwwala kâfirin bih wa lâ tashtarû biâyâtî zámanan qalîlan wa iyyâia fattaqûn

Abríos a lo que revelo confirmando lo que tenéis y no seáis los primeros en rechazarlo. Y no adquiráis con mis signos un poco de riqueza. Es a Mí a quien debéis tener en cuenta.(Qurán al-baqara 40-41)

Abderrahmán Muhammad Maanán comenta:

"Allah no pone otras condiciones al pacto que suscribe con Adán: para gozar del favor de Allah no hay que pertenecer a un pueblo determinado ni ser redimido por un salvador. Todos los profetas, desde Sidnâ Âdam hasta Sidnâ Muhammad, sálla llâhu ‘aláihi wa sállam, repitieron en esencia el mismo mensaje adámico. No hay intermediarios entre Allah y la gente: cada hombre está sólo ante su Señor, y es su sinceridad la que lo conduce rectamente".

"La historia de los hijos de Israel (que es Jacob) sirve de modelo para muchas cosas: está repleta de matices que evocan situaciones espirituales que deben tener en cuenta los musulmanes. Los judíos van a degenerar en la institucionalización de la trascendencia, la convierte en una religión, es decir, la amoldan a sus límites".

Los Bani Israel son los representantes de un pueblo cerrado en torno a unos símbolos precisos, pero que niegan la obertura al otro, a aceptar que lo que se ha enviado a otros proceda de la misma fuente. En un sentido preciso se está refiriendo al exclusivismo religioso, a la fijación en una religión concreta en detrimento de otros modos de acercamiento al Absoluto. Esa cerrazón es Fuego cuando nos hallamos insertos en un mundo en el cual todos los caminos tienden a cruzarse. Es cerrazón cuando se niega a la aceptación del otro, configurado asimismo en torno a unos símbolos, a veces parecidos o puestos "del revés" según su experiencia. Este el origen de conflictos sin número, de discusiones doctrinales y afrentas al carácter simbólico de todo lo creado.

Al-baqara 35-39 no es el único pasaje quránico que nos relata la expulsión del Yanna. En al-A’raf 19-25 encontramos un pasaje claramente emparentado con el primero. Del mismo modo que el pasaje anterior de la expulsión del Yanna era continuado por la interpelación al pueblo de Israel este pasaje es seguido por la interpelación a los Banu Âdam. No hay nada casual en todo ello...

¡Banu Âdam! Ciertamente, hemos hecho descender para vosotros el conocimiento de la confección de vestidos para cubrir vuestra desnudez, y como adorno: pero el vestido de la conciencia de Al-lâh es el mejor de todos. En esto hay un mensaje de Al-lâh, para que el hombre pueda tenerlo presente.

¡Oh hijos de Adán! ¡No permitáis que el Shaytán os seduzca de la misma forma en que hizo que vuestros antepasados fueran expulsados del jardín: les despojó de su vestimenta de conciencia de Al-lâh para hacerles ver su desnudez. En verdad, él y su tribu os acechan desde donde no podéis percibirles! (Qurán al-A’raf 26-27)

En el paralelo trazado entre los Banu Israel y los Banu Âdam tenemos una clave para comprender lo que la expulsión del Yanna representa en nuestra vivencia cotidiana. Más adelante trataremos de ahondar y analizar el abismo (¿insalvable?) entre los Banu Âdam y los Banu Israel, basta ahora que comprendamos que la dicotomía se establece como signo de una actitud u otra ante la revelación. En el caso de Israel ha sido completamente envuelta por los signos identitarios de su pueblo, con lo cual se convierte en algo exclusivo y origen de discordias.

En verdad, hemos puesto toda clase de fuerzas shaytánicas cerca de aquellos que realmente no creen; y por eso, cuando cometen un acto deshonesto, suelen decir: "Hallamos que nuestros padres lo hacían," y, "Al-lâh nos lo ha ordenado."

Di: "Ciertamente, Al-lâh no ordena actos abominables.
¿Vais a atribuir a Al-lâh algo de lo que no tenéis conocimiento?" (Qurán, al-A’raf 26-28)

Es necesario que el Shaytán nos conduzca hacia ese espacio del Fuego que todos conocemos como insatisfacción, desasosiego o sentimiento de pérdida de realidad, y es necesario que nos ofrezca la seguridad del árbol. Hemos mencionado al árbol como símbolo de la fijeza, pero el árbol es asimismo un símbolo de mediación que enlaza los mundos celeste y subterráneo. En este sentido nosotros creemos que el árbol es el símbolo de la religión de nuestros padres, de eso que heredamos antes del conocimiento. El árbol del Yanna son todos aquellos contenidos de los cuales recibimos un cobijo, un asidero a nuestros miedos ante el fluir sin asideros de la rahma.

Está en la misma naturaleza de la Vía el introducirnos en todos sus parajes o estados hasta el centro, y nadie puede huir de vivenciar cada una de esas realidades a las que nos venimos refiriendo, aunque es bien cierto que los hombres pueden negarse a escuchar esos sucesos como signos, lo que no dudamos es que han de sucedernos, y de que comer del árbol del Yanna es una posibilidad concreta en nuestra vida.

El objetivo es hacernos descubrir aquello que nosotros debemos retornar al Yanna, aquellas realidades externas e internas que se han cosificado y que nosotros debemos devolver a su carácter fluido, actualizar en la vivencia. El renovarse de la identidad según un principio illahico ha necesitado del Shaytán en cuanto que él hace necesario el esfuerzo. El Qurán, con la interpelación "Hijos de Israel" e "Hijos de Âdam" no se está refiriendo a dos pueblos diferentes, sino a nosotros mismos desde el doble aspecto enfrentado de lo universal y lo particular.

Es al descubrir la idea de la mediación cuando el Shaytán cumple con la parte "positiva" de su misión, se hace participe del si que nos envuelve. En ese sentido la "religión establecida" es para nosotros el símbolo de ese mediador-shaytánico que al desaparecer de nuestro horizonte de experiencia deja paso a la necesidad de un mediador interno: nuestro paredro celeste o nuestro guía. Este guía es nuestro propio modo de abocarnos en el Libro como único asidero, el penetrar directamente en el Mensaje para devolverlo a la transparencia y fluidez del Yanna.

No se trata en ningún caso de despreciar o abandonar la "religión de nuestros padres" sino todo lo contrario: se trata de devolver a la propia religión y a nuestro pueblo particular a su carácter universal, según su origen en el Uno.

Siguiendo en esta línea, y para que comprendamos la fuerza del Shaytán en las construcciones colectivas, su poder dentro del hombre, basta con leer atentamente el Qurán cuando en la surat al-Hajj aleya 52, nos dice:

Antes de ti no hemos enviado ningún profeta al que no le sucediera que al recitar (lo que le era inspirado), el Shaytán interpusiera algo en su recitación.(Qurán 22, 52)

Desde el mismo momento en que el Libro hace explicito que incitaciones shaytánicas entraron en las inspiraciones de los hombres escogidos por Al-lâh, tanto más debemos pensar que su susurro acaricia nuestros oídos, que ha penetrado en nuestra vida. Sería una arrogancia considerar que no es así, una negación del Libro.

Pero, si Al-lâh "inspiró" a estos hombres, los elegidos de Al-lâh ¿de que manera esas incitaciones shaytánicas pueden haber entrado en sus recitaciones? Se trata claramente de los signos identitarios de las religiones, los símbolos que hacen que estas queden circunscritas a un área determinada. En este sentido hay que entender que el Qurán no describa el salat, pues el salat es algo que llevan haciendo todos los pueblos de la tierra a su manera desde los primeros tiempos. El Qurán es el Mensaje de la universalidad, y no de ningún pueblo. Esto está especificado en el uso de la palabra "musulmán": el hombre sometido, y no cristiano, hinduista, judío, según los cuales dichas religiones se cierran sobre un pueblo, sobre una enseñanza o sobre una área determinada. Pero el musulmán se debe enteramente a la obertura. Todas las enseñanzas son Islam si nacen rectamente del sometimiento, incluso en el caso de que "interpoaciones shaytánicas" se hayan introducido en ellas.

El hombre debe interiorizar la fuerza destructiva que la tensión entre su naturaleza âdámica y shaytánica ha generado, debe vencer al Shaytán dentro suyo y retomar con el mundo un diálogo muy diferente de aquel que las identidades le han trazado. Se trata de un diálogo en el cual el ego debe ceder paso a la naturaleza adámica, un ceder que no sólo no nos impide actuar en el mundo sino que nos inserta en él más plenamente. Realizar ese esfuerzo (yihad) es parte imprescindible de la Vía.

El hombre es como un árbol que al fijarse pierde sus raíces en lo universal. Las raíces que adquiere son la raza y la costumbre, raíces que el Shaytán susurra como aquello que le es propio. Pero el hombre, aún perteneciendo a un pueblo o una raza, a unos ritos o costumbres adquiridos, no debe aceptarlos como algo que está ahí, debe ponerse en movimiento, desenraizarse de la raíz externa y rehacer la semilla del encuentro. Desde la recuperación de su carácter universal (como Hijo de Âdam) es como esa pertenencia a la cultura y a la raza propias recobra su sentido, como los signos que nos identifican lejos de separarnos, nos insertan en un universo simbólico por todos compartido.

Las raíces del hombre se dan sin mediación externa, son pertenencia directa a la tierra donde nace, pero los símbolos externos de esa pertenencia son los susurros del Shaytán. Lo que queremos decir es lo siguiente: el juego del Shaytán pone de manifiesto la necesidad de que los musulmanes se despojen de su religión como algo heredado y la actualicen según es la exigencia del Islam en cuanto a realidad illahica.

El suyyud es el restablecimiento de la raíz, en cuanto a acto instintivo de postración ante la majestad de todo lo creado. El suyyud es ese gesto que nos separa de toda mediación y nos imanta de paisaje, de visión, de majestad, y nos recoge en un solo punto negro y sin futuro, punto de postración, de libertad ante toda determinación y toda prisa, de sumisión ante el principio generador de la existencia. Significa cortar con la raíz de los pies (la fijación de la creencia) y enraizarse "desde la cabeza", pero desde una cabeza puesta por debajo del corazón, a la altura del suelo. En el suyyud el hombre realiza el acto de enraizarse desde su conciencia de que pertenece a un solo mundo dado, y en el silencio primordial que nos habita nace la nueva mediación, el nuevo modo de enlazarse al mundo. Se trata de realizar el recorrido del árbol que retorna hasta semilla y de hombre hasta su nacimiento.

Avanzar en la senda del Islam implica necesariamente ahondar en un despojamiento que incluye la mismísima creencia, pues la creencia en Al-lâh debe dejar paso Su vivencia completa y sin recursos dogmáticos, sin mediación ni otro guía que Aquel al que llamamos cinco veces al día (por lo menos). Llega un momento en que soltamos amarras, en que nos sumergimos en el Uno-indual como en el agua del comienza, agua de vida y de fertilidad, respiración y magma indescifrable, agua de la abundancia y del placer, de la anterioridad a todo desarrollo. Subhanal-lâh.

Lo bueno, lo malo, lo sutil, lo mediocre: todo es camino de retorno al Yanna. Todo es resorte, puerta, maravilla, todo es capaz de contener un súbito esplendor por su vinculación al Uno, una voz y un origen que nos reclama por la misma pertenencia a lo incondicionado. Se trata de la integración de la naturaleza shaytánica del hombre. Eso se realiza mediante una desintegración y una reintegración. Re-integración de aquellos elementos que nuestra naturaleza ha rechazado. Desintegración de la identidad que ese rechazo ha generado.

Re-apertura de la religión al Uno: no fijación de aquello que consideramos un sólido vinculo del cielo con la tierra sino extender ese vínculo, ampliar la lectura de los signos. En cierto sentido podríamos decir que el Islam va en contra de todas las religiones: es aquella fuerza que desata, que rompe los vínculos que los seres humanos han fijado, para reestablecer la unidad del mundo. La ruptura operada con el Islam no pretende, sin embargo, acabar con dichas religiones sino devolverlas a su carácter primigenio. Se trata de superar toda "atadura establecida por el hombre" (re-ligare significa "volver a atar") para acceder al Uno, a aquel lugar donde no haya distancias, pues todo se da enlazado (lazo establecido por Al-lâh) naturalmente al todo.

Reestablecer el tawil es algo necesario y urgente para toda la colectividad humana. Sin el Tawil la ummah está perdida, ha cortado los lazos con Al-lâh. "Los sabios son los herederos de los profetas" quiere decir que ahora es el tiempo del tawil, de esa hermenéutica espiritual por la cual devolvemos al Libro (y al mundo) su carácter de texto revelado.

4. La defensa del Quds y el pueblo palestino

"En una suerte de tierra de nadie entre Líbano e Israel, se en­cuentran hoy 425.000 palestinos expulsados del Estado de Israel. Estos hombres constituyen ciertamente, por seguir con la sugerencia de H. Arendt, ‘la vanguardia de su pueblo’."

La Palestina actual no es sino el microcosmos del mundo, es el lugar escogido por Al-lâh para hacernos evidente el callejón sin salida al cual nos abocamos, y es justamente la posibilidad de la relación entre diferentes identidades en el mismo terreno lo que nos reclama.

Los musulmanes debemos realizar un esfuerzo de interpretar esa situación desde un punto de vista no meramente político, debemos escapar del juego de las identidades para enfrentarnos al sentido de una situación que nos desarma, que nos deja postrados de dolor y rabia... Debemos profundizar desde el sometimiento para comprender lo que Al-lâh ha puesto realmente en juego.

Es la batalla por el Quds. Se trata de la dicotomía entre los conceptos de "templo" y de "mezquita", de la dicotomía entre los Banî Âdam y los Banî Israel, según la hemos referido. Se trata también de la diferencia entre dâr al-salam y dâr al-garb: el desarrollo de aquellos mecanismos que permiten la convivencia, que no están basados en la propiedad sino en lo común, en la participación del hombre en las decisiones que afectan al entorno: se trata de la ashura, ese mecanismo no institucional que regula las relaciones entre los miembros de una comunidad determinada.

El Islam histórico (lo que se inicia en el año 41 de la Hégira, tras la muerte de Alî Ibn Abu Talib) no resolvió satisfactoriamente el problema de las identidades. Al dejar de ser comunidad para constituirse en Imperio, estableció relaciones, tanto con sus vecinos como internas, en términos de nacionalidades y de pueblos. Si bien el Islam, por su naturaleza, ha sido siempre abarcante, y tiende a la inclusión en su seno de las más diversas formas de vida, en su seno se han producido luchas nacionales, por la supremacía de una tribu. Pero donde se ve claramente ese fracaso es en el llamado "régimen de los dzimmíes".

La figura de los dzimmíes, tal y como ha sido codificada por el fiqh, significa la inclusión en el Islam político de la figura del excluido. Si somos conscientes de ello, debemos ser capaces de reinterpretar algunos pasajes coránicos (en especial 9: 29) en el sentido de la dicotomía entre los Banî Âdam y los Banî Israel. Es decir: situándose en el punto de vista de una universalidad que no obliga a nadie a participar de ella y contempla la posibilidad y el derecho del otro a excluirse. En el Islam incluso los que no quieren formar parte de la ummah deben ser protegidos por la ummah, pues más allá de lo que ellos quieran son hijos de Âdam, hermanos nuestros, y su derecho a lo particular no debe ser una lacra sino el ejercicio de una capacidad que Al-lâh (y no los hombres) les otorga.

Esto quiere decir que el hombre tiene perfecto derecho ante Al-lâh de escoger su propia identidad diferenciada y que el Islam debe proteger ese derecho sin que se imponga a nadie una identidad determinada. El Islam es el camino de la paz, de la "inclusión" frente a la "exclusión", y en el camino del Islam no hay gentes que puedan tener "más derechos" o "plenos derechos" frente a otros hombres situados en unas categorías jurídicas "inferiores". Si así fuera (y así ha sido) Samir Khoury tiene razón en quejarse del aberrante trato recibido por los cristianos de oriente a lo largo de los siglos, con periodos más o menos estables, pero siempre con la amenaza de la marginación (institucional) encima:

"Los cristianos de Antioquia, en especial los que de entre ellos son arameos, han soportado desde el siglo VII la humillación del régimen dzimmíes..."(En Musulmanes y cristianos, ed. Darek-Nyumba, 1997)

El problema de fondo es la confusión entre el concepto de Estado-nación y la realidad de la ummah. Es imposible aplicar un sentido comunitario desde los presupuestos de un estado-nación que se basa, precisamente, en las exclusiones para definir su territorio y el alcance de su mano. Romper las fronteras, desenmascarar todos los aparatos burocráticos y despertar el sentido de solidaridad directa entre los hombres, es aquello que hace que el Islam pueda avanzar y constituirse, en el mundo actual, en una fuerza liberadora del yugo alienante de la burocracia, de los medios de comunicación y del Estado, devolverlo de su situación de "productor" a su condición originaria de Insân, cuyo destino está en la alabanza y el cuidado de lo Real.

No se trata de que a los excluidos (no musulmanes) se les de derechos, sino de que todos los hombres gozan de los mismos derechos por el simple hecho de ser hombres (hijos de Âdam), y el Islam tiende el "manto protector" (la sharia) para que ninguna exclusividad se superponga a ese derecho. Comunidad es aquello que se basa en lo común, y no en las particularidades nacionales, y lo común es el hombre despojado de todo signo de identidad externo, el hombre-sólo-hombre, el hombre que se mide por su rostro desnudo y no por los rasgos de su cara, que se sabe a si mismo criatura.

En cualquier otro caso estaremos reproduciendo el juego del Shaytán en nuestra propia casa, y Dar al-Islam habrá dejado de serlo.

Todo esto hace evidente el porque los regímenes saudí, paquistaní, jordano, etc. apenas se inmutan y consienten en el exterminio del pueblo palestino, traicionando así todos los principios de solidaridad entre hermanos, principios que deben estar por encima de todos los intereses de estado. Pero vemos como dichos regímenes forman parte del Shaytán, son sus mejores aliados para frenar y derrotar al Islam en su origen, si este fuera localizable en algún punto de la tierra.

En su ensayo El desconcertante Quds de Allâh, (aparecido en webislam) refiriéndose explícitamente a la mezquita de la Roca, Ali González ha escrito:

"Según la interpretación dada, el haram del quds de Jerusalén sería la plasmación histórica de lo insostenible, de lo irresoluble, de la frustrante situación que crea al hombre la posesividad de lo santo. Y también tiene que ver con la ascensión, con lo que incita y permite la ascensión, ya que el viaje nocturno del Profeta (isra) del Profeta fue desde ahí. De alguna forma se nos está diciendo que lo que permite el viaje nocturno del Profeta es la inapresabilidad de Allah".

¿En que consiste, pues, la defensa del Quds? Se trata de conservar, más allá de la situación actual, más allá de los derechos del hombre, más allá de todo lo aparente, esos principios de universalidad y esa voluntad abarcante y pacificadora que el Islam significa. Se trata de definirse ante el mundo como resistencia a la fijación externa de las identidades nacionales, la reivindicación de la tierra como madre, y no como "territorio nacional", el derecho simple y contundente a estar ahí, a existir vinculado a la tierra.

Es entonces cuando el "viaje nocturno" del pueblo palestino se constituye en signo, en un Mensaje para todos, un Mensaje que pone en primer plano una situación insostenible (que ya nos alcanza) con el fin de hacernos despertar, e impulsar a la "comunidad internacional" (si es que esta expresión tiene sentido) a la revisión de todos los principios de ciudadanía que hacen posible la exclusión, la marginación y el exterminio.

En este sentido creemos que la respuesta del pueblo palestino (y de sus "dirigentes") no debería ser tendente a la formación de un Estado-nacional paralelo al israelí (que siempre estaría supeditado económicamente y bajo una amenaza militar constante) sino a la propia reivindicación de ese estatuto de refugiados. Es en ese sentido que "estos hombres constituyen la vanguardia de su pueblo", siendo su pueblo la totalidad de la ummah.

La lección del pueblo palestino, como la de todos los excluidos del mundo, habrá servido para re-definir el Dîn del Islam en el camino de la universalidad que le caracteriza, frente al sistema de exclusiones que el Estado-nación viene practicando. Debe servir de ejemplo y advertencia a todos los llamados "estados musulmanes" a la hora de reproducir esas situaciones que están en el origen de todos los conflictos.

En su libro La imaginación creadora, Henry Corbin transcribe una anécdota de Semnânî, que creemos conveniente recordar ahora:

"Jesús dormía con un adoquín por almohada. Entonces llegó el demonio maldito y se colocó junto a él. Jesús se apercibió de la presencia del Maligno, se despertó y le dijo:

— ¿A qué has venido, Maligno?

— He venido a buscar mis cosas.

— ¿Y que cosas tienes tú aquí?

— Ese adoquín sobre el que apoyas tú cabeza.

Entonces Jesús (Rûh Al-lâh, Spiritus Dei) cogió el adoquín y se lo tiró a la cara."

De la solución del conflicto palestino-israelí dependen muchas cosas. Al-lâh nos ha puesto una dificultad y debemos actuar con el máximo cuidado, con la máxima sabiduría, con la máxima amplitud de miras de que seamos capaces. Sólo así escaparemos del juego del Shaytán y podremos preservar el Quds como esa certeza de ascensión, renovación y encuentro que nos permite situarnos por encima de todos los conflictos, renunciar al hecho diferencial del "templo".

"¿Quien es mejor: quien ha cimentado su edificio sobre la consciencia de Al-lâh y Su complacencia —o quien ha cimentado su edificio al borde de una ribera que se desmorona, socavada por el agua, y que acabará por desplomarse arrastrándole al fuego del Yahannam?

Pues Al-lâh no otorga Su guía a gentes que hacen el mal: el edificio que han construido no cesará de ser una fuente de profundo desasosiego en sus corazones hasta que sus corazones se hagan pedazos. Y Al-lâh es omnisciente, sabio.

(Qurán 9: 109-110)

Hemos evocado antes a los Banî Israel y a los Banî Âdam. Sólo queda por decir, siguiendo la lógica interna de este texto, lo siguiente: en el desolador panorama de la política actual dicha dicotomía quránica se nos hace evidente bajo las figuras del refugiado y del ciudadano. La nuda vida, ese despojamiento del hombre ante Al-lâh, del hombre en cuanto a criatura indefensa, es aquello que nuestras leyes han considerado sacrificable, y todo en nuestras sociedades tiende a matar al hombre en su naturaleza adámica para insertarlo en un entramado de lealtades y de identidades que lo separa de los otros por las barreras infranqueables de la raza, de la ciudadanía, etc. Nosotros mismos somos parte del pueblo de Israel en la medida en que afirmamos nuestras identidades nacionales y no contestamos el derecho del Estado-nación a constituirse en soberano, usurpando un derecho que sólo a Al-lâh le corresponde.

Los derechos humanos son la trampa mortal en la cual se ven apresados millones de personas. Esos derechos carecen de valor en cuanto no hay un estado que los garantice. Es así como todas las comunidades de la tierra se ven forzadas a perecer o a constituirse en estado.

Cuando los cimientos de la exclusión y el odio sobre los que algunos hombres quieren construir su bienestar muestren su inconsistencia, cuando se haga evidente que la exclusión como sistema social es un "pésimo soporte", sólo entonces el hecho racial del Templo como realidad mundial podrá desmoronarse.

En cuanto nos damos cuenta de que, en cuanto criaturas de Al-lâh, pertenecemos al orden natural de la nuda vida habremos recuperado nuestra condición esencial de criatura. Podremos decir entonces que todos somos palestinos, todos somos refugiados.

Los musulmanes europeos debemos prepararnos para la tarea de recoger el Quds justo en el mismo momento en que se derrumba, demostrar que ese derrumbamiento no puede ser real, pues el verdadero Quds anida como signo en todos los creyentes que, habiendo sido capaces de renunciar a la "alfombra" que los acompaña, aprenden a poner su frente directamente sobre el suelo.

Pero solo Al-lâh sabe.

(Giorgio Agamben, Más allá de los derechos del hombre)

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Junta Islámica
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