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Empieza la era de la comida verde

07/04/2001 - Autor: Joaquina Prades
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huerto
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Con tanta epidemia alimentaria estamos viviendo un boom en la demanda de productos ecológicos, afirma Ángeles Parra, secretaria de Vida Sana, una asociación de agricultores y consumidores que fue creada en 1981 para paliar la ausencia de normas del mercado interno y poder competir en el europeo. Parra sitúa el inicio del buen momento que vive el sector verde en 1999, cuando los consumidores europeos mostraron su rechazo a los alimentos transgénicos. Pero es ahora, añade, cuando las previsiones más optimistas se han visto desbordadas.

No damos abasto, confirma Joan Picazos, pionero de la firma Central de Productos Biológicos. Tanto él como Ángeles Parra creen que la crisis de las vacas locas ha puesto fin a la paciencia resignada de los consumidores y que, por fin, se aprecia la existencia de un mercado alternativo. La gente, dice Picazos, ya sabe que puede seguir alimentándose bien sin necesidad de adquirir productos de los que desconfía.

¿Existe de verdad ese mercado alternativo en España? El consumo eco apenas llega al 0,5% del total nacional, lejos del 6% de Francia, el 10% de Alemania y el 30% de Dinamarca. No por falta de materia prima. España, con 381.000 hectáreas de cultivo ecológico, abastece a buena parte del mercado europeo. Otras 100.000 hectáreas, principalmente en Andalucía y Extremadura, están pendientes de permiso para transformar la producción intensiva en ecológica, según datos del Ministerio de Agricultura. Estos futuros empresarios verdes tienen que esperar un mínimo de tres años para que la tierra libere los restos de pesticidas, plaguicidas y abonos químicos empleados en la agricultura convencional. Tampoco son disuasorias las tasas que gravan a los empresarios verdes: entre 30.000 y 50.000 pesetas para el alta en el registro de cada comunidad autónoma, y entre el 1% o el 1,5% de los beneficios. Con estos impuestos añadidos se financia la inspección. Técnicos de las comunidades autónomas comprueban en visitas trimestrales que la producción está en condiciones de superar los controles europeos previos al sello eco; también verifican que se aplican las normas, más compasivas que las del resto del sector, en el transporte y sacrificio de los animales. Concluido el proceso, sólo el 10% de la producción se queda en España; el resto, se exporta a la UE y, en menor medida, a Japón.

El problema, según los expertos consultados, radica en la distribución. Al empresario verde le resulta más fácil facturar cuatro contenedores de vegetales o carne hacia Holanda que 30 kilos a Cataluña o 20 a la Comunidad Valenciana, comenta Ángeles Parra, quien cita estas dos autonomías porque sus capitales figuran, junto con Madrid y Pamplona, a la cabeza del consumo eco. Sin embargo, la reciente iniciativa de Alcampo de distribuir los productos de los 400 empresarios verdes que integran el grupo Élafo contribuirá a popularizar el consumo. El fundador de este grupo, José María Márquez, cree que los grandes ya perciben que son alimentos rentables.

Élafo dedica, entre otras, 6.000 hectáreas para ganado en la sierra de Ávila. Las 1.500 vacas que allí pastan se alimentan de hierba y piensos de cereal carentes de química. No reciben inyecciones de hormonas para acelerar el crecimiento, ni los antibióticos a granel que otros ganaderos dan a sus animales para paliar el deterioro del hacinamiento y las duras condiciones de la crianza intensiva.

Desde la semilla a la mesa, el abono tiene que ser orgánico, preferiblemente estiércol; el pienso, sólo vegetal. Plantas, insectos y determinadas sustancias orgánicas actúan como plaguicidas. Si el alimento es procesado, tampoco puede incluir ninguno de los 14 colorantes y conservantes autorizados en la UE. Como contrapartida, resultan más caros, son más pequeños, brillan menos y duran poco en la nevera.

El tamaño y el color no suelen importar a este tipo de consumidor, muy sensibilizado ante la cantidad de fertilizantes y tintes que conlleva el excelente aspecto de los vegetales tradicionales. La caducidad sigue siendo un problema sin solución. El abaratamiento, sin embargo, es el objetivo de las multinacionales verdes. La firma británica Iceland ha destinado este año 2.172 millones de pesetas para mejorar la red de distribución y competir en precio en los comercios del Reino Unido, un país donde los recientes escándalos alimentarios han quintuplicado la demanda de comida sin química. Los supermercados de Marks&Spencer son los principales clientes de esta empresa, que cumple los requisitos de la producción orgánica hasta tratar las enfermedades de sus animales con homeopatía.

En España, 12.000 empresarios verdes mueven 20.000 millones de pesetas anuales, repartidos en explotaciones de tipo familiar. Con el actual boom, hay empresas que empiezan a acercarse a los mil millones anuales de facturación, comenta Joan Picazos. Este empresario señala que el objetivo de todos ellos no consiste en ganar dinero exclusivamente, ya que también se trata de una opción de vida, pero la rentabilidad les confirma que están en sintonía con el futuro.

Retraso

Éste es un concepto que tiene muy presente José María Márquez, presidente de Élafos, quien sigue atentamente la evolución europea. Alemania se ha propuesto llegar al 20% del consumo ecológico antes de 2006. Sólo esta previsión nos asegura las ventas. El centro y el norte de Europa caminan también en esa dirección, comenta Márquez, que no se muestra muy optimista sobre el mercado interior. España lleva un retraso espectacular, dice. Este empresario de 38 años, que a los 15 fue enviado por sus padres a Basilea para aprender técnicas de cultivo ecológico -eran anarquistas convencidos-, recuerda que en 1935 Alemania creó su primera etiqueta de alimento sin química ni tóxicos, un año antes de que en España estallara la guerra civil, periodo poco propicio para plantearse este tipo de cuestiones. La guerra y lo que vino después explica muchas cosas, añade.

La Administración no sigue el paso de los ecos, pese a que en los últimos cuatro años han duplicado la superficie de cultivo. El Ministerio de Agricultura subvenciona su presencia en ferias internacionales. Lo venden todo, comenta una portavoz ministerial. Su titular, Miguel Arias Cañete, no promete nada. Más bien al contrario. Tras la decisión de Alemania, apoyada por Italia, de dedicar la mayor parte de las ayudas oficiales para incentivar la producción orgánica, el ministro Arias Cañete recordó en el Club Siglo XXI de Madrid que en Alemania su departamento se denomina Ministerio Federal para la Protección de los Consumidores, la Alimentación y la Agricultura, y que en Italia está también en manos de un ministro verde. Y añadió que Suecia, Holanda y Dinamarca mantienen posiciones en el sentido de reducir la protección de la PAC Política Agraria Común, y Reino Unido está en una situación difícil de calificar, por lo que España, según él, tiene que coliderar con Francia el grupo de países que defiende una PAC más o menos clásica, es decir, seguir subvenciando al agricultor o ganadero que produce más en el menor tiempo posible.

Más caros, más feos, más sanos

Son generalmente más caros y de peor aspecto que los productos tradicionales, pero todos los días se agotan. Se puede comprobar en el supermercado de unos grandes almacenes de Madrid, cuyas estanterías eco lindan con las normales. Una bandeja de tomates de casi kilo y medio, gordos, tersos y relucientes, procedentes de los invernaderos de Almería, cuesta 652 pesetas; otra de 870 gramos de tomates biológicos, más pequeños y sin la textura que proporciona la química, 566. La malla de limones convencionales, 254 pesetas; la ecólógica, más del doble. Los huevos también son diferentes: 199 pesetas por una docena procedente de gallinas incentivadas para poner dos al día; 355 por la docena de huevos de gallinas en libertad; 375 por otra de aves criadas al aire libre, alimentadas exclusivamente con cereales, de esas que ponen cuando les viene en gana, que suele ser, en el mejor de los casos, huevo por día. En la carne de pollo, sin embargo, apenas existe diferencia de precio. Medio kilo de pollo de carne blanca vale 872 pesetas; practicamente lo mismo que el amarillo criado en corral. La coliflor normal cuesta, excepcionalmente, 122 pesetas más que la ecológica.

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