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Millones de peregrinos de todo el mundo llenan las calles de Meca para el Hach de este año

03/03/2001 - Autor: Agencia Islámica de Noticias
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Las primeras partidas de peregrinos se instalan en Arabia Saudí. Algunos visitan Medina al-Munawara, la ciudad de la luz, la luminosa en grado sumo. Deslumbrante. Otros se encuentran en Meca, haciendo umra, antes de comenzar los ritos de la peregrinación propiamente dicha. La mayoría lleva puesto el ihram, el traje blanco sin costuras que refiere su condición de peregrinos consagrados.

Vienen de cada uno de los países islámicos, pero también de Holanda y Francia, de Estados Unidos y de Sudáfrica, de Bolivia y de Japón. Y de España. Han partido aviones de Barcelona, Málaga, Madrid y Sevilla. Son canarios o murcianos, de Ciudad Real o de Valencia. Son como mínimo dos semanas de estancia en esta ciudad, Meca, visitando el recinto sagrado de la Kaaba y la mezquita que la circunda, contemplando el inmenso desierto ante cuya vastedad se sobrecogió el profeta del Islam, Muhammad, el digno de confianza. De la revelación que recibió hoy se hacen partícipes millones de personas en el mundo entero. De dos a tres millones se han dado cita en esta ciudad bendita para cumplir su compromiso como peregrinos y dar testimonio de su palabra.

Hay quienes han emprendido un viaje que les llevará 40 días o dos meses, con desplazamientos en autobús y con la previsión de abandonarse al ritmo del desierto, tan distinto al que nos tiene acostumbrado el desempeño de nuestras obligaciones diarias. El desierto incita a contemplar, dentro y fuera, a respirar, a sentir la presencia de una serenidad majestuosa y callada.

Para muchos musulmanes humildes es el único viaje de su vida, nunca antes han salido de su aldea o ciudad. Están excitados y temerosos. Contemplan la abigarrada multitud como quien se tumba exhausto sobre su espalda y mira las estrellas en el cielo de la noche en un vaivén de vértigo y maravilla. Traen perfumes que arrojan a las piedras de la Kaaba, sobre la que frotan piezas de tela que luego desplegarán en sus casas, ante la familia admirada que se regalará con aquel aroma. Ruegan, repiten oraciones y alabanzas, giran en torno al templo primordial, esta casa de Dios, simple piedra sobre piedra, levantada por Abraham con ayuda de su hijo.

La primera visión de la Kaaba siempre es conmovedora. Es frecuente ver a los peregrinos y peregrinas arrobados, la mirada prendida en el cubo cubierto con un manto negro, los ojos llenos de lágrimas, las manos abiertas con las palmas hacia arriba, haciendo dua. Después, al girar siete veces alrededor de ese cubo vuelven a llorar, a sudar, a pedir perdón y misericordia y ayuda hasta no poder más. Estas circunvalaciones, el tawaf, resultan muy gratificantes, tal vez por la proximidad a la Kaaba, además del movimiento de rotación, que -tras el impulso inicial- parece continuar por pura inercia.

Comentan los peregrinos que el tawaf es fácil, que da fuerza y contentamiento. En contraposición, el sai (recorrido entre dos colinas) es difícil, exige un esfuerzo sostenido largo rato, se siente la fatiga, se resienten de la caminata tan prolongada, se vive parte de la dureza que debió de experimentar aquella madre desesperada que buscaba agua para su hijo. Por fortuna, el agua de la fuente de Zamzam refresca y limpia deliciosamente.

Muchos grupos se pueden identificar como pertenecientes a una nación o zona geográfica determinada. Los malasios son de estatura pequeña y complexión menuda, tranquilos y sonrientes; las mujeres visten también un traje blanco y candoroso, con una flor de color vivo -sirve para la identificación- prendida en la cabeza. El grupo no suele dispersarse. Los turcos, de piel bronceada, altos y recios, forman círculos enlazándose con las manos y llevan a sus mujeres y ancianos dentro de ellos para protegerlos. Avanzan como un bloque compacto. Ciertas mujeres de tribus que habitan el desierto, hacia el sur, hacia el Yemen, caminan solas, como guerreras, no parecen necesitar protección. Portan antifaces de cuero y capas moradas y su presencia es imponente. A los japoneses les gusta llevar asépticas máscarillas sobre la boca y la nariz. Las nigerianas, corpulentas, cubiertas por telas de colores intensos y enormes turbantes son una fiesta. Los anglosajones destacan por su hombro quemado y su piel llena de pecas. Los sirios y europeos en general por su piel blanca y un algo imposible de definir, un aire entre discreto y concentrado.

No faltan los niños, aunque tampoco menudean. Los más pequeños van sobre los hombros de sus padres. También se puede ver hombres fuertes y graves que llevan a su padre o madre muy ancianos montados a la espalda, a borriquillo. Los minusválidos en sus carritos circulan por unos carriles diseñados para ellos.

La peregrinación es como un paseo por el infierno y por el paraíso. Un resumen intensificado de la vida misma. Una representación grandiosa del Último Día. Cada uno a solas con su Señor, desconectado de su contexto habitual, descolgado de sus parámetros ordinarios, situación que convierte cada gesto en simple, escueto y altamente significativo.

Allah es el Generoso dador de bienes -dicen los peregrinos- nos ha invitado a Su casa, nos ha cobijado en ella, nos ha permitido hacer la oración a pocos pasos de la Kaaba y embriagar nuestro corazón con la recitacion de Su palabra, con la brisa y el perfume del anochecer, nos ha concedido el don de escuchar el murmullo de miles y miles de musulmanes postrándose a la vez y nos ha anegado en la oración.

Desde otro punto de vista, el Hach es una tarea concreta a realizar, una serie de obligaciones que se llevan a cabo poco a poco, comenzando por la purificación y la entrada en un estado especial. Es un verdadero prodigio que entre dos millones de seres humanos soportando condiciones físicas extremadas no haya una palabra más alta que otra, ni una discusión, ni una pelea y, si acaso parece gestarse una, cuantos se encuentran presentes se esfuerzan por acallarla y aplacar los ánimos. Esta es una de las maravillas que nos aguardan.

Los que no tienen casa, ni tienda, ni rincón en la mezquita, se instalan en la calle, soportando el calor, el hacinamiento y las penalidades con una fe capaz de conmover los corazones más endurecidos. Y ésta es otra de las cosas que cuesta imaginar y comprender si no es por la baraka que lo impregna todo.

Aún no se han comenzado a andar estas jornadas con sus ritos prescritos, es la hora de deambular y entrar en contacto. El murmullo sordo de la ciudad no se acalla ni de noche ni de día. Los "toyotas" se mueven entre el gentío con pasajeros colgados de todos los salientes imaginables, los taxistas negocian el precio de la carrera, se venden sandalias de goma en cada esquina y se pierden del mismo modo. Los shawarmas sirven de alimento a miles. En casos extremos se puede vivir con las bolsas de dátiles y agua que reparten las autoridades saudíes.

Cuando el peregrino llegue al final será el Id al kabir, la gran fiesta que commemora el sacrificio hecho por Abraham, cuando Allah le permitió sustituir su hijo por un cordero. Todo musulmán que hace la peregrinación está obligado a sacrificar. Ya viajan en buques especiales desde Uruguay 110.000 ovejas y corderos destinados a estos sacrificios. Otros se aproximan desde Nueva Zelanda. En la actualidad, por razones de higiene y correcto aprovechamiento de la carne, el peregrino paga un canon y sabe que un profesional en mataderos ultramodernos sacrificará por él y congelará la carne, que más tarde se destinará a ayuda para países que lo necesiten. Algunos prefieren hacerlo por sí mismos, pero las dificultades para ello son cada vez mayores.

Una vez pasada la fiesta los peregrinos acudirán a la Casa para una despedida cortés, con la sensación de haber logrado la victoria sobre una empresa ardua. Pero todos saben que sólo a Allah pertenece la victoria y lo dicen a modo de adiós. Un puñado de peregrinos volverán a Granada y podrán leer en los muros de la Alhambra esta inscripción: la ghaliba Allah.

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