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Haamid

28/12/2014 - Autor: Umayya Silva Cuesta - Fuente: Ana Silva
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Umayya Silva
Umayya Silva

Tenía 13 años cuando me asomé a la pequeña puerta de nuestra vivienda en mal estado, donde vivíamos mis 5 hermanos, yo era el mayor, nuestra madre y yo. Aquella era una tarde de mucho calor, como todas, nuestra madre había salido a por agua. Cuando iba a entrar a mi casa, me sorprendí al ver a lo lejos a unos señores, iban vestidos de negro y llevaban una especie de pañuelo en la cabeza. Eran guardias africanos. Los guardias se acercaron a nuestra vivienda, si se le puede llamar así. Cuando llegaron a nuestra vivienda me preguntaron que si era el mayor, yo le contesté que si. Me dijeron que nuestra madre había muerto y que nos tenían que llevar a mi hermano Baakari, de diez años y a mí.
No nos dieron más detalles de la muerte de mi madre. Aquella misma tarde, mi hermano Baakari y yo, tuvimos que irnos de nuestra vivienda. Nos llevaron a una pequeña ciudad. No era muy grande, tenía pocas casas, nadie podría adivinar lo que había dentro de ese oscuro pueblo. Había miles de niños, todos trabajando. Todos tenían la ropa muy sucia y estaban cansados, tenían la cara sucia y el cuerpo agotado, eran como esclavos. A Baakari y a mí nos llevaron a una pequeña cabaña de paja, en la que viviríamos con 10 niños más. Llegamos por la noche y nos acostamos tarde. Me extrañó que no tuviéramos que trabajar.

Al día siguiente nos despertaron a las 6 de la mañana. Tuvimos que empezar a trabajar. Teníamos que transportar sacos cargados. Así eran todos los días. Una mañana me desperté y mi hermano no estaba, se lo habían llevado. Nunca supe lo que le hicieron. Todas las mañanas me despertaba, con la esperanza casi agotada. Buscando una pequeña distracción de lo que me rodeaba, pero solo se me venía a la cabeza la imagen de mi madre, esa mujer que lo dio todo por mis hermanos y por mí, aunque estaba sola. Esa mujer que se sacrificó tantas veces porque pudiéramos comer, aunque ella no probara nada. Esa mujer, que ya estaba muerta y que nunca más volvería a ver. Así pasaban todas las mañanas y, todos los días. Yo intentaba ser fuerte, pero no podía.

Pasaron los años, ya tenía 15 años y seguía allí. Todo era muy duro, mis amigos fallecían, yo tenía todo el cuerpo lleno de heridas, los vigilantes nos pegaban y no podíamos hacer nada para impedirlo.

Cuando estaba a punto de cumplir los 16 años, enfermé. Tenía un extraño dolor en el estómago, siempre estaba muy cansado, eso era normal, también tenía un extraño dolor de cabeza. Los doctores no me daban explicaciones de qué me podía pasar, estaba muy enfermo y si me ponía mas grave, los doctores dejarían que me muriera. Para mí era muy duro ver cómo pasaban los días y cómo me acercaba más a lo que yo más le temía, mi final, la muerte. Todo fue muy difícil para mí durante un tiempo. A los dos meses me puse mejor. Los vigilantes me echaron de allí, para no arriesgarse a que fuera a contagiar a mis compañeros. A partir de ese momento todo fue mas difícil pero menos doloroso, o no.

Estuve varios días andando hasta que encontré a un señor. Se llamaba Jabir. Era mayor, tendría unos 70 años; era alto, tenía bigote canoso. Me llevó a su casa, era también de paja, como casi todas las de nuestra parte de África. Vivía solo. Me contó que era huérfano, que todos los años los Sashir, una especie de tribu, secuestraban a mujeres y le quitaban a los hijos mayores de 10 años. Me dijo que a esas mujeres las encerraban y les pegaban. Pensé que eso le habrían hecho a mi madre, pero Jabir me dijo que eso ya no lo hacían.

Salí de aquel pueblo al amanecer, la historia de Jabir me había dado fuerzas para seguir.
Estuve varios días andando. Estaba muy cansado, pero seguía en pie. Los extraños dolores de cabeza me volvieron a atormentar. Estuve varios días así. Ya no podía más. Me paré en un pequeño pueblo. Estuve allí muchos días. Veía a los niños jugar y me recordaba a mí y a mis hermanos. También veía a mujeres coger agua, como mi madre.

Una noche me entró un dolor muy fuerte en el estómago. A la mañana siguiente, una sombra me asustó, era la sombra de una mujer alta, con una sonrisa, pero los ojos tristes. Era como mi madre. Me levanté y, mi madre estaba allí, llorando, como yo.

Umayya Silva Cuesta, 12 añitos.

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