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El viajero más tonto del mundo

Era un hombre que al no encontrar respuesta a sus preguntas, salió de viaje para encontrarlas

25/04/2014 - Autor: Thalia Iszeth Amacende Turijan. - Fuente: Webislam
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Caminante.

Hace mucho tiempo, en un lugar del que el paso de los años borró el nombre, un hombre solo y alegre vivía. Este hombre había visto muchas cosas en su corta vida, pero a sus ojos le faltaba ver el mundo, así que salió de su casa un día para ir a buscar aquello que necesitaba para ser feliz. Si se preguntan qué era aquello que el viajero más deseaba, la verdad era que ni él mismo lo sabía, pues su corazón le escondía cosas, como a veces le suele pasar a la gente.

Y como decía, el viajero emprendió camino primero hacia las tierras frías del norte. En su viaje vio muchos soles ponerse, muchos montes azules y fríos a lo lejos que parecían arder cuando el sol los tocaba con sus luces antes del anochecer. Y así pasaron días y semanas, hasta que llegó a un pequeño pueblo cercano a un bosque.

Aquel pueblo estaba lleno de gente avariciosa y egoísta, y aunque el viajero lo sabía, decidió quedarse. Lo primero que haría, pensó, era buscar un lugar para dormir calientito y seguro luego de ese largo camino, así que decidió ir hacia la posada del pueblo, pero con lo que no contaba era con ver a una mujer llorando en el piso.

Cuando él la vio, enseguida preguntó:

-¿Por qué lloras, bonita mujer? ¿Puedo ser de ayuda para ti? –La mujer, que era una de las mujeres más malas que vivían en el lugar, se dedicaba a engañar a viajeros como él, así que con unas falsas lágrimas le contó una historia triste.

-¡Oh, amable señor! Mire que estoy enferma y soy muy pobre, y el casero quiere sacarme de mi casa, pues no he pagado la renta, yo… yo no sé qué hacer. –El viajero, conmovido por las lágrimas de la muchacha, buscó entre su maleta de viaje, sacó su bolsita de dinero y se la dio a la muchachita.

-¡Gracias! ¡Gracias! ¡Es usted muy amable! –decía la joven mientras le besaba las manos al viajero.

-No, gracias a ti por permitirme ayudar. ¡Gracias! ¡Gracias! –contestó mientras se alejaba hacia el hostal.

Viendo que se había quedado sin dinero, cuando llegó a la posada preguntó al dueño si podía quedarse en el establo, pues no tenía con qué pagar un cuartito y hacía mucho frío. El posadero, cuando se enteró que el viajero no tenía con qué pagar algún servicio, se enojó y lo sacó de ahí a patadas.

En la calle, luego de aterrizar en el piso y adolorido, unos ladrones vieron al viajero y pensaron que sería buena idea aprovecharse de él como lo había hecho la muchachita, así que se acercaron a él y dijeron:

-Buenas noches buen hombre, ¿sería tan amable de darnos todo lo que lleve de valor?

-No tengo nada de valor ya, amigos. –Contestó con una sonrisa el pobre viajero.

-Entonces nos está obligando a ayudarnos por la fuerza –dijeron al mismo tiempo los ladrones mientras le quitaban la pequeña maleta con todas sus pertenencias.

-Pero… Pero... –balbuceó el pobre hombre asaltado mientras los ladrones lo empujaban para tirarlo al piso.

-Ahora agradece por no haberte lastimado. Te hemos ayudado a quitarte una pesada carga encima.

-Gracias, gracias… -decía el viajero mientras los ladrones se iban del lugar.

Cansado, sin dinero y sin sus pocas cosas que le ayudaban a continuar con su viaje, el pobre hombre se levantó y caminó hacia el camino principal del pueblito, donde se encontró con un niño. El pequeño no llevaba zapatos, y el lugar era muy frío, así que el viajero, aún cansado y adolorido por los golpes que le dieron el posadero y los ladrones, se sentó junto a él. Los dos se miraron, y cuando el niño se levantó para irse, el viajero, viéndole los pies otra vez, se quitó los zapatos y se los dio.

-Gracias, gracias –dijo el niño sonriendo.

-Gracias por dejarme ayudar –contestó. –Gracias, gracias.

Y así, el viajero continuó su camino hacia las afueras del pueblito, y con cada habitante que se encontraba perdía una a una sus cosas, pues siempre que le pedían ayuda no podía negarse, y así ocurrió hasta quedar desnudo y lleno de vergüenza al quedar completamente sin ropa, decidió continuar con su camino cruzando el bosque, para que nadie viera como estaba.

El bosque estaba oscuro y lleno de árboles, y en él vivían muchos monstruos. Cuando el viajero entró en él, un monstruo se le acercó y dijo:

-Tengo mucha hambre, llevo semanas sin comer. ¿Podrías ayudarme? Sólo dame un brazo, no te hará falta, pues tienes otro.

El viajero, sonriendo y sincero, le dio su brazo al monstruo y éste, luego de comérselo, se fue de ahí dando las gracias.

-No, gracias a ti por permitir ayudarte –contestó el viajero. –Gracias, gracias.

Y mientras más se adentraba en el bosque, más monstruos hambrientos salían y le pedían un trozo de su carne para poder sobrevivir, y así pasó hasta que del pobre viajero sólo quedó la cabeza; entonces, llegó el último monstruo donde estaba el viajero, y cuando lo vio, se rió de él.

-¡Tengo hambre! –Comenzó a decir con una risa burlona -¡aliméntame como a los otros!

-Lo siento amigo monstruo, ya no me queda nada que darte. –contestó el viajero afligido.

-¡Claro que te queda algo! ¡Dame tus ojos! –Pidió el monstruo mientras se los quitaba y se los comía.

El viajero, al darse cuenta que estaba solo y ciego, comenzó a llorar, a lo que el monstruo, riendo, añadió:

-Yo no soy un malagradecido, yo te voy a dar las gracias por haberme dado tus ojos para comer. ¡Gracias, tonto! ¡Todos nos hemos reído y burlado de ti y tu inocencia! ¡Eres tan tonto! ¡Gracias por ser nuestro entretenimiento, gracias! ¡Gracias! –Y antes de irse, el monstruo tomó la cabeza del viajero, la abrazó y le dio un beso en la mejilla para luego dejarla otra vez en el piso e irse.

-No, gracias a ti por permitir ayudar… ¡Gracias! ¡Gracias! –Decía el viajero con lágrimas en los ojos, pues había encontrado la respuesta a su búsqueda. -¡gracias! ¡Gracias por aceptar mi ayuda!

Y aunque el viajero estaba solo en el bosque, el ya no se sentía así.


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