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El último intempestivo

La historia de un halcón entre palomas que no quieren abandonar su vetusto muro (tributo a Rumi)

25/03/2014 - Autor: Héctor Puertas Castro
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El vuelo majestuoso del halcón

                                                                      I

Los canales de comunicación están rotos cuando un hombre se sale de los cauces. Su transcurrir por los márgenes es una especie de existencia paralela al desempeño de su rol en el mundo. Un torrente de fuego queda sumergido desde entonces en las entrañas de la tierra, mientras que en la superficie el humo - otro humo diferente al provocado por el fuego, más bien una niebla - envuelve a una raza de pabilos intactos. Estímulo y respuesta, premio y castigo; desde arriba, flotando en el humo, monolitos lisos de esquinas cortantes garantizan un mundo sin llamas. Los dioses del mundo no son creadores, sino creaciones, pero son más terribles que los del cielo, ya que son el producto del miedo y no su causa. Él sigue largas temporadas sumergido en la fragua subterránea, intentando que más bocas del estómago se inflamen con el fuego ahora oculto, esperando que el eco de su flamígera voz recupere a sus semejantes. Pero pronto se dará cuenta de que ahora sólo puede vivir en las cumbres, donde el hijo de la luz y el amor no se asfixia con el humo nebuloso de la superficie. Las creaciones de su espíritu descenderán, pero la niebla y la oscuridad provocada por la ausencia de fuego impedirán que éstas sean percibidas. En todo caso, vislumbradas como algo curioso por algún acumulador o coleccionista, acabarán recluidas y clasificadas en el hangar de los entretenimientos. Ahora, cada vez que él baja de las cumbres y se queda en la superficie, todos le preguntan lo mismo:
- ¿Y tú, que no llevas ningún uniforme, a qué tribu perteneces?

Él, si contesta, recibe como respuesta una grotesca mueca de asombro, por lo que últimamente elude a los que suelen preguntar; prefiere a aquellos en los que asoma una muestra de curiosidad por sus ojos. Aquellos en los que los rescoldos aún tiznan sus entrañas y que nunca sonríen más de lo necesario. Sabe que lo único que puede ofrecer es amor y espíritu, que es lo único que podría ofrecer cualquier otro. El fuego que arda ha de ser encendido con las propias manos, eso bien lo sabe él, el hijo de la luz y del amor, el fruto de la tierra. Siente frío en la superficie, un frío diferente al robustecedor y natural de las cumbres, un frío que destempla y apaga; por eso sólo puede permanecer en ella estando en contacto con las exiguas fuentes de calor que escasean por la yerma tierra del humo. Se mete en las camas de las hembras del pabilo apagado y, aunque sea por un instante, las convierte en mujeres. Pero en cuanto pasa el efecto del fogonazo, éstas vuelven a su estado anterior, preguntándose cada vez que miran la marca de la extraña quemadura de aquella noche el por qué de esa atracción.

Los numerarios de la jaula de todos sin rejas le celebran como a un payaso y le increpan como a un mendigo, mientras se preguntan por qué esa risa condescendiente que él emite como respuesta les chamusca las cejas. Los que dibujan una expresión comprensiva en sus rostros le miran siempre tras verjas, paredes y ventanas selladas; también van uniformados, pero parecen ser los únicos que luchan por desprenderse de sus uniformes, impuestos por los orgullosos de llevarlos. Así pulula por la superficie neblinosa, alimentándose de las pocas fuentes de calor que encuentra, acordándose de las llameantes pero agradecidas profundidades y echando de menos su morada en las cumbres.

Es el siglo XXI, el siglo del humo, y las madres alimentan a sus hijos con el vómito de los cirios decapitados. Nada echará a arder en el interior de sus retoños porque les inculcan el bendito gusto por el vómito extintor. Y mientras retozan en él, un coro de voces monofónicas repite sin cesar:
- Estímulo y respuesta, premio y castigo.
Mientras tanto el último intempestivo, como todo hijo de vecino, muere un día como otro cualquiera. De todos los hijos de la luz y del amor él era el único consciente de serlo.

                                                           II

En el hangar de los entretenimientos se separa lo que lleva el olor de la muerte de lo actual. El gran diletante bucea entre los legajos del primer grupo, el que lleva el olor de la muerte, el olor que garantiza que ninguna chispa le salte a los ojos. - ¡Qué sabio el que murió! -, ponía en sus bocas un sabio muerto. Ahora algunas tribus, entre ellas la del propio diletante, necesitan temas de conversación para sus horas estipuladas de tertulia. Aunque todos lo son, es el mayor diletante de su tribu, por eso tiene el privilegio de la elección de legajos. En la puerta aguarda un editor que, confiado en el buen criterio de su amigo, espera poder publicar algo que pueda ser devorado por las tribus. De repente, el gran diletante ve algo que se apodera de él al instante. ¡Qué expresividad, qué locura! Un temperamento que los diletantes de la rama de la psicología no se cansarán de analizar, ayudados por los diletantes de la filosofía. Las tribus encargadas de la contestación y la contracultura tendrán cubiertas sus horas de estipulado asueto y podrán decidir sus rangos en virtud del que más retórica sea capaz de crear con las frases de los legajos. ¡Ha nacido un nuevo enfant terrible, el mayor hallazgo al que aspira un gran diletante! Hay que coger los legajos y editarlos lo más pronto posible, las creaciones del enfant terrible deberían llegar lo antes posible a las sedes de las tribus dedicadas a la contestación y la contracultura, así como a las cabeceras de los más insignes diletantes. ¿Quién sería el extraño personaje que había escrito todo aquello? Seguro que algún ser atormentado, quizá deforme, recluido en algún antro de mala muerte que el llamaría vivienda y en el que no dejaría entrar a nadie. Habría contraído alguna enfermedad venérea y seguro que era adicto a alguna droga dura, al fin y al cabo era un enfant terrible. Lo más sorprendente de todo era que las primeras palabras del escrito decían: “Voy a empezar a escribir mis impresiones porque quiero ejercitar mis dedos; también las iré recitando en voz alta para ejercitar la lengua: ellas me lo agradecerán cada noche que se vayan conmigo”. El gran diletante alucinó al leerlas. Demostraban que era un perturbado libertino y no un escritor con afán de gloria, muy típico de un verdadero enfant terrible. Se complacía pensando que iba a figurar como descubridor de semejante icono del futuro, y él sabía que un icono vale más que toda la humanidad junta.

                                                             III

Todas las tribus tenían sus propios iconos, a los que sólo podían dar sombra los grandes monolitos lisos de esquinas cortantes. Ahora él, realmente el icono en el que se iba a convertir después de su muerte, iría a parar a un monte Rushmore donde las cabezas de todos los iconos emitían bocanadas de humo neblinoso por cada orificio de su busto. Sus palabras, impresas en hojas de papel, iban a estar en la mesilla de noche de las élites del diletantismo. Él, que en vida siempre había encontrado el interior de las camas ajenas como territorio de actuación, se veía ahora relegado como icono a las mesillas de noche. Ahora, como letra impresa, recibía habitualmente efluvios de soja transgénica descompuesta, muy característicos de los miembros de las tribus que leían sus palabras, mientras que en vida, la sangre y el néctar eran los olores a los que estaba acostumbrado. Tras su muerte, las palabras que llevaban el fuego que todo lo puede en su interior pasaron a ser palabras que esparcían el humo que todo lo anula. Palabra vivida plena de sentido pasó a ser palabra impresa debatida en cónclaves de diletantes. Los miembros de las tribus, reunidos y uniformados con sus mejores galas en los lugares estipulados de asueto, ejercitaban sus aparatos de fonación con combinaciones de vocablos sacadas de su nuevo libro de cabecera. Los que parecían mirarle en vida con gesto de comprensión tras verjas y ventanas de barrotes no tuvieron ninguna noticia del nuevo icono y no leyeron su palabra escrita.  Seguían intentando desembarazarse de sus uniformes, pero ya no habían vuelto a mirar a nadie de la manera en que le miraban a él. Eso sí, desde que habían cruzado sus miradas con las del último intempestivo, temblaban aún más cuando los uniformados orgullosos de serlo conjugaban el verbo corregir en su presencia. Como icono generaba beneficio económico, contribuía al asueto estipulado, era objeto de estudios diversos. Se le elaboraban perfiles, se distribuía su retrato - el único que se había encontrado - en pegatinas e insignias. Estaba protagonizando como icono lo que nunca habría podido experimentar como hombre. Sólo hacía un par de décadas que había muerto cuando se encontraron los legajos, pero nada se sabía de su vida personal más allá de unas meras señas burocráticas. Una de las tribus creó un centro de estudios dedicado a su obra y fijó una fecha para un encuentro anual en el que se trataría su figura. Llegó el día señalado y los miembros de un par de tribus de la ciudad se reunieron en un salón de actos. Todo estaba perfectamente programado, como corresponde a los tiempos, pero todos se extrañaron al ver a la primera persona que se dirigía hacia el atril situado en el centro del escenario, delante de la mesa de ponentes. Era un hombre muy viejo y ajado al que nadie conocía, no llevaba el uniforme de ninguna de las tribus presentes y tenía un aspecto extraño. En su mano, una linterna había permanecido encendida desde que se le vio en los aledaños del edificio, a pesar de que era mediodía. A los asistentes les amedrentaba su mirada, una mirada de puro fuego. El inesperado compareciente comenzó a hablar:
- Los temerosos de hoy en día se diferencian de los temerosos de antaño en que mientras aquellos no se atrevían a franquear las puertas hacia lo que temían, los actuales no se atreven a mirarlas ni a reconocer su existencia. Lo que viene de las profundidades quema, y no puede hacer arder la hierba húmeda por la niebla de la superficie; es necesario bajar a por ello. El que logra arder sólo puede vivir en las cumbres porque la luz que emana ciega a los habitantes de la niebla.
De repente, uno de los ponentes de la mesa situada detrás del interlocutor le interrumpió:
- ¿Quién es usted y por qué recita el primer párrafo de la obra magna de nuestro objeto de estudio? Todos tenemos bien aprendidas esas palabras, o sea que no nos haga perder el tiempo y permítanos que empecemos de una vez con el coloquio.
El anciano se giró con una expresión de gran sorpresa y dijo:
- Madre mía, quien iba a pensar que un pseudónimo así fuera a corresponder a una persona real.
El ponente le contestó, visiblemente indignado:
- ¿De qué carajo está hablando? Haga el favor de sentarse y de no interrumpir más o hago que le echen.
El anciano pareció no haber oído las palabras amenazantes del ponente y se dirigió de nuevo al público, con un gesto mezcla de ira y extrañeza:
- ¿Pero ustedes creen que los bueyes de los establos de Augías habrían podido contribuir a la limpieza del lugar? ¿O precisamente eran ellos los causantes, a la vez que víctimas, de la inmundicia? Quizá hayan visto a las ovejas compartir veladas con su pastor, eso explicaría su curiosa manera de interpretar todo este asunto. Han llegado a un nivel en el que el asco se impone al amor, la indulgencia y la lástima. Veo que el águila que me devora las entrañas no se sacia nunca, le gusta lo que come; su plumaje la protegía del frío de allí arriba…y la protege de la desolación de allí dentro.
Mientras pronunciaba estas palabras, que escandalizaron a la concurrencia del salón de actos, dos de los orgullosos uniformados que custodiaban tras las rejas a los únicos que luchaban por quitarse su uniforme se acercaron por detrás al anciano, reduciéndole. Antes de que acabaran de llevárselo, le dio tiempo a gritar, resistiéndose con sus consumidas fuerzas de anciano:
- ¡El último de los intempestivos ha de ser el primero de los lúcidos, y los que se den cuenta de ello serán los hijos de su tiempo! ¡Arda la plaza del populacho y corral del vulgo, pero arda con mi fuego!
Ahora sabía que le esperaba una sesión de corrección en aquella sala blanca en la que podía leerse en grandes letras grises:
ESTÍMULO, RESPUESTA, PREMIO, CASTIGO.


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