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Todas las decisiones estaban tomadas

Relato de Victoria Jorrat

24/04/2013 - Autor: Victoria Jorrat - Fuente: Webislam
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Algún lugar del Medirerráneo

Sin tener el valor suficiente como para pararme a pensar en lo que estaba dejando atrás, me monté en el coche con mis padres y mis hermanos sabiendo que esta sería la última vez que lo hiciera. Los cinco intentábamos contener nuestras lágrimas, teníamos que conseguirlo al menos durante el trayecto. Una vez allí estaríamos entretenidos preparando los últimos detalles y dándonos consejos, estaríamos entretenidos con el pequeño teatro que, aunque improvisado, interpretaríamos a la perfección. Nadie mostraría su verdadera cara, nadie expresaría lo que en realidad estaba sintiendo. Todos íbamos a querer ser los más fuertes y animar al otro… cada uno derramaría  la cantidad de lágrimas que a su personaje le correspondía. Después, a solas, enfrentándonos con la realidad, daríamos rienda suelta a nuestras almas, a nuestras pobres almas destrozadas por una decisión.

Por el camino respiraba muy profundamente saboreando cada olor y cada color, pretendiendo así poder en el futuro crear una imagen a partir de estos recuerdos, o bien crear recuerdos a partir de estas sensaciones… pues no sólo mi alma estaba confundida, también mis ojos, mis oídos y mi paladar. Me acompañaba la confusión propia de una persona que lleva meses, o quizás años tratando de ver lo que quiere ver, oír lo que quiere oír y saborear todo con más sabor que el que en realidad tiene.

Cuando creí que cada cartel, cada letrero y cada detalle del camino estaba grabado en mi memoria sentí que todo estaba siendo en vano porque al yo llegar a mi destino todo se desvanecería, todos los pequeños detalles del camino dejarían de existir y sólo quedaría la esencia de las cosas que realmente fueron importantes.  Como si este trayecto de un puente entre mi pasado y mi futuro se tratara, los recuerdos y las ilusiones se iban cruzando sin cesar haciéndome sentir como una madre parturienta que mientras llora de amor porque su hijo está naciendo, añora ya sus movimientos en el vientre y siente su lejanía. Durante mucho tiempo en mi interior crecían estas ilusiones y por fin, aunque me doliera, se hacían realidad. 

Deseaba con todas mis fuerzas que pasara este duro presente no sólo para mí, sino para todos nosotros, y poder vivir los presentes venideros guardando en lo más profundo de mi ser el dolor de este pasado que entonces estaba viviendo. Y llegamos. Allí estaban mi abuela y uno de mis tíos; sobraban las palabras. Minutos más tarde llegaron una de mis tías con una de mis primas, y que mi prima también viniera fue para mí toda una sorpresa, aunque más me sorprendería después la carta que me escribió para decirme adiós una vez más y que me pidió que leyera sólo tras habernos despedido físicamente. Por suerte con la llegada de ellas surgieron varios temas baladíes y entre esto y hacernos varias fotos para recordar aquel día que nadie nunca iba a querer recordar llegó la hora de embarcar. En aquel momento creí imaginar lo que todos estaban pensando: cómo iba a ser el momento de entrar de nuevo en casa, cada uno en su respectiva casa, sabiendo que yo me encontraba en un avión sin billete de vuelta y con todas mis pertenencias. Estarían sintiendo, según imaginé, que estas últimas fotos eran todo lo que de mí les quedaba. Facturé la maleta, y todo mi cuerpo temblaba, todas mis palabras temblaban también; ya no había vuelta atrás, todas las decisiones estaban tomadas. Me dispuse a abrazarlos según el orden que nuestro guión marcaba, agradecida por este guión porque sin él no hubiera sabido a quién abrazar primero. Por último abracé a mi madre, que lloraba, y mientras la abrazaba deseaba que este abrazo fuera eterno. Una vez que la solté sentí que no los había abrazado, pero sólo volví a abrazar a algunos de ellos… la frialdad a veces puede servirnos como escudo protector. Y sin mirar atrás porque realmente no podía hacerlo, me descalcé y pasé por el detector de metales. Mientras los demás pasajeros dejaban sus pertenencias en las cintas yo sentía que no me quedaba nada de lo que despojarme, y cuando me preguntaron qué llevaba en mi equipaje de mano a punto estuve de responder que mi mundo hecho pedazos como un puzle de mil piezas aún no montado. Pasar el detector de metales y calzarme de nuevo mis zapatos fue como poner sobre la mesa la primera pieza de ese puzle que desde aquél momento empezaba a hacer.  

Es algo muy bonito tener el alma como un mosaico y no como una sola piedra, aunque reconozco que también existen piedras preciosas.

Cuando ya me tocaba pasar a la zona desde la cual no podría verlos, mostré toda mi valentía y sin saber si esta sería la última vez que los mirara me giré un poco y les lancé la más falsa sonrisa que en mi vida he dedicado; ellos se sintieron muy aliviados por esta sonrisa, y entré. Fue entonces, sabiendo a ciencia cierta que no podían verme, cuando rompí a llorar con la más triste de las penas y la más dolorosa congoja. Con apenas fuerzas para cargar con mi maleta llegué al lugar en el que todos los pasajeros esperaban con ilusión el momento del despegue. Vacaciones, negocios, reuniones familiares, vueltas a casa… cada uno con su historia, y yo con la mía. Una vez dentro del avión me senté junto a una de las ventanillas, notando cómo las azafatas se preocupaban por mí aunque ninguna se me acercó, quizás por verme con cartas y fotografías entre las manos imaginaron lo que ocurría; y yo pensé en cuántas serían las historias como la mía que ellas presencian lo largo de sus jornadas de trabajo. A mi lado se sentó una mujer de mediana edad que congenió bastante bien con el hombre que iba a su lado a pesar de que se acababan de conocer. Ellos no paraban de hablar jocosamente, y yo no dejaba de envidiar la tranquilidad con la que podían comunicarse, yo en cambio apenas podía pedir un vaso de agua. Y entre suspiros y lágrimas despegamos y viajamos, olvidando durante la hora y media que duró el vuelo mi pánico a viajar en avión. En el momento en el que dejamos de sentir los desagradables movimiento del despegue y se estabilizó el ritmo del avión me dispuse a abrir la carta de mi prima. Junto a la carta había un par de fotos, en una de ellas estábamos nosotras y otra de nuestras primas, la miré con detenimiento, recordando con cada detalle una anécdota de nuestra infancia. Fueron muchos y muy buenos nuestros ratos juntas. En la otra foto estaba ella sola, preciosa, posando como si fuera la chica más guapa del mundo, y en realidad es así y ella lo sabe. Con esta foto comprendí que quedaba muy poco para que dejara de ser una niña, la próxima vez que la viera sería una mujer… y yo no estaría ahí para ver este cambio, como no estaría para otros muchos momentos importantes en la vida de los míos. La mitad de la duración del vuelo estuve con su foto en mis manos, mirándola aunque sin poderla ver por tener los ojos inundados, y por fin leí la carta. Fue realmente una tortura leer cada palabra a pesar de que me deseaba lo mejor y me decía lo importante que yo había sido y era en su vida. Y el resto de cartas que llevaba en mi bolso decidí dejarlas para después, pues una vez que llegara a Barcelona tendría que esperar siete horas para coger mi siguiente y definitivo vuelo, un vuelo internacional. Con este primer vuelo me había despedido de mi gente, de mi ciudad, pero aún no lo había hecho de mi país, mi lengua, mis costumbres, mi ambiente, mi vida, mi pasado. Los últimos veinte minutos de vuelo y el aterrizaje los pasé sin llorar, algo más ilusionada y recordándome a mí misma que durante las siete horas que continuaban tendría tiempo suficiente para recordar, pensar y también llorar.

Me bajé del avión, deambulé un poco sin saber muy bien hacia dónde dirigirme y, una vez encontrado mi caminó, entré al baño. Después anduve hasta encontrar un sitio algo escondido o al menos más privado que el resto para poder sentarme. Me senté junto a una enorme cristalera desde la que veía directamente y a pocos metros todos y cada uno de los despegues que en el aeropuerto tenían lugar, sirviéndome como consuelo ante mi pánico a volar: si a ninguno le pasa nada (y son tantos) porqué iba a tener que pasarle al mío… y con este infantil enunciado respiré hondo y realicé algunas llamadas para avisar a mi familia de que ya había llegado. ¿Cómo habrían pasado estas primeras horas sin mí? El duro momento de entrar en casa y en mi habitación sabiendo que yo ya no estoy ya había pasado, y es que todos los dolores de esta vida se alivian con el paso del tiempo. Es el tiempo una de las muestras de la misericordia de Dios, pues si el tiempo no pasara nos llevaríamos toda la vida sufriendo. Después realicé dos llamadas más a dos amigas de las cuales no había podido despedirme en los últimos días ya que estuve muy ocupada. Me disculpé, les deseé lo mejor en la vida y colgué sabiendo que muy probablemente esta sería la última vez que hablara con ellas; y es que hay amistades que, aunque son sinceras, no son del tipo que perduran a pesar de la distancia, quizás sí del tiempo, pero no de la distancia… hay muchos tipos de amistad. Quise meditar durante estas horas sobre todos y cada uno de los tipos de amistad, y los tipos de amor, y en los placeres de la vida y en el dolor. Y ciertamente supe exprimir cada segundo y cerrar con estas meditaciones el capítulo de mi vida que ya estaba finalizando para empezar el nuevo sin cabos sueltos, sin rincones olvidados, como el que quiere repasar todos los apuntes antes de entrar al examen más importante de su vida y no se permite dejar sin leer ni una sola nota al margen, aunque esté escrita a lápiz y en un rinconcito muy pequeño de la página.

Eran algo más de las diez de la mañana, no había dormido porque había preferido pasar las horas de la noche en compañía de una de mis mejores amigas. Nuestra amistad sí perduraría a pesar del tiempo, y a pesar de la distancia y de las guerras si las hubiera. Nosotras éramos hermanas y llorábamos como dos hermanas gemelas que nunca habían estado separadas. Ella, con su particular modo de ver la vida, supo bromear y hacerme reír hasta la hora de marcharse, entonces no aguantó más y lloró, pero teníamos que despedirnos nos gustara o no. Y sabiendo cómo cambiaría la cotidianeidad de nuestros días se fue, dejándome también ella una carta entre mis manos. Voy a buscar una cafetería. - Me dije. Y encontré la cafetería del aeropuerto. Pedí un café de tamaño mediano y saqué las cartas que aún no había leído. La primera fue la de esta amiga. Con todas las cartas se me escaparon lágrimas. Yo había hecho reflexionar a todo mi entorno sobre la vida, el devenir, el destino, la felicidad… desde un punto de vista que no todos logramos alcanzar, desde una perspectiva desde la cual no todos nos vemos obligados a mirar. Y es que no todo el mundo, no sé si por suerte o por desgracia, se encuentra a lo largo de su vida ante las situaciones que yo me he encontrado. Mi amiga me culpaba de dejarla sin su confidente, de privarla de su compañía, de arrancársela de su vida diaria; y me hacía reflexionar sobre mi madre: si ella era mi amiga y se sentía así, cómo tendría que sentirse mi madre que me dio la vida. Y tras algunas otras recriminaciones pasaba a narrar algunos de los mejores momentos que habíamos pasado juntas, los cuales, obviamente, no tenía que recordarme porque los tenía más presente que nunca. La leí un par de veces más, y con cierto celo por saber que no iba a pasar el resto de mi vida disfrutando de su amistad y de la alegría que la caracterizaba, la puse a parte y cogí el siguiente sobre, el cual contenía la carta de otra amiga. La amistad que me unía a esta otra amiga era muy diferente. Nosotras no habíamos sido “amigas de diario”, habíamos sido cómplices y nos habíamos admirado mutuamente pero sin llegar nunca la vida de la una a formar parte de la vida de la otra. Habíamos estado unidas por un hilo invisible, por nuestros pensamientos, por nuestros deseos. Ambas habíamos deseado en un momento dado cosas imposibles, pero las dos habíamos así comprendido que en la mayoría de las ocasiones el lado apolíneo de nuestro ser debe gobernar, y no ser gobernado. Ella me decía en su carta que nunca imaginó que tendría que despedirse así de una persona a la que quería, se negaba a reconocer que lo más seguro era que nunca más volviéramos a vernos, y por supuesto se veía obligada a aceptar que “todo acabó”. Y entonces mi mente, inevitablemente, recordó algo que habíamos leído. Durante unos minutos estuve intentando recordar un párrafo de una de las obras de Goethe, uno de nuestros autores preferidos, pero con tantas emociones a penas recordé una frase: “será como si no hubiese existido nunca”… y entonces sentí repentinamente muchas ganas de contestar a cada una de las cartas que me habían dejado, pero no tendría la oportunidad de hacerlo, además, eran cartas escritas a sabiendas que nunca tendrían respuesta alguna. Algunas las respondí con un burdo mensaje de teléfono pero, claro está, sin mucho menos poder decir una milésima parte de todo lo que en realidad quería expresarles.

De repente sentí la calefacción demasiado alta, tenía calor y el café todavía quemaba. Quité la tapa de plástico que cubría el vaso, cuyo material era una especie de cartón y me percaté de que no tenía ni azúcar ni cucharilla. Miré hacia la barra de la moderna cafetería y vi una gran repisa con unas urnas y en éstas unas bolsas que contenían una mini-cuchara y un sobre de azúcar cada una. Había convertido la mesa de la cafetería en mi despacho entre las cartas leídas, las cartas por leer y las fotos de mis primas, las cuales miraba de vez en cuando con discreción, así que decidí no entretenerme más en aquél caluroso lugar y me tomé el café tal cual. Después salí de allí, me dirigí hacia una de las papeleras y tras romper las cartas las deposité en su interior. No se puede lograr la felicidad cuando el cuerpo está en un sitio y la mente en otro.

Y me sumergí en mis pensamientos nuevamente sentada en el mismo lugar en el que antes había estado. Seguían despegando aviones, seguía la gente yendo y viniendo felizmente ajenos a mi angustia…. angustia que paulatinamente se estaba convirtiendo en intriga despertando mi lado más aventurero. El café no sólo me había espabilado del sueño, sino también de la aflicción que arrastraba. Su efecto había hecho que reviviera el porqué de todas mis decisiones, el porqué de mis despedidas y el porqué de los cambios. Yo había elegido todo esto, no era ninguna desgracia sino la decisión más importante y firme de mi vida; no se despedían de mí porque hubiese muerto sino porque mi nueva vida comenzaba. No perdían a una amiga, sólo me trasladaba, muy lejos, eso sí, pero sin más. Y entonces volví a mi infancia y recorrí año por año todos los acontecimientos. No había mucha gente en el aeropuerto, lo noté especialmente vacío, no era verano ni fin de semana y tampoco se aproximaban fechas señaladas. La poca gente que había no era ruidosa, así que realmente sentí que estaba sola y nada ni nadie me perturbaba en la recopilación de mis recuerdos. Siempre los recuerdos más interesantes son los vividos durante los viajes. Recordé por orden cronológico todos los viajes que había hecho, y cuánto había crecido y aprendido en cada uno de ellos. La mejor manera de estudiar, de entender a los demás, de crecer como persona y de trasladarse en el tiempo es viajando. Sólo viajando puede comprenderse lo insignificantes y pequeños que somos ante el universo y lo poco que sabemos hasta cuando creemos que lo sabemos todo. Cada uno es su mejor maestro, pero cuando viaja. Y nadie puede enseñarnos más que otros lugares, otros climas, otros paisajes y otros pueblos. Recordé el olor de cada una de las ciudades en las que había estado, y asocié cada olor con un color, y cada color con una experiencia, como me gustaba hacer… y entonces caí en la cuenta de que mi ciudad se encontraba ya entre estos recuerdos, como si hiciera años que no la pisaba y se hubiese archivado en mi cabeza entre los lugares en los que estuve. Y es que el alma del que viaja como yo lo hacía no pertenece a un único lugar sino a muchos, no pertenece el alma únicamente a la ciudad en la que se nace, también a la ciudad en la que se madura, o a la ciudad en la que nos enamoramos. Es algo muy bonito tener el alma como un mosaico y no como una sola piedra, aunque reconozco que también existen piedras preciosas. Y recordé entre tanta meditación a una de esas personas que tienen el alma como si fuera una piedra preciosa. Cuatro años atrás, también sola, estaba yo en el aeropuerto de Casablanca esperando mi avión de vuelta a España tras haber pasado el verano en una ciudad al sur de Marruecos. Había llegado hasta allí buscando una universidad en la que enseñaran árabe a extranjeros.

Como es lógico también tuve que esperar algunas horas antes de subir al avión, y estando allí esperando me senté al lado de una chica que también viajaba sola. Su rostro me pareció amable y más o menos teníamos la misma edad. Cuando me preguntó que porqué viajaba a España me di cuenta de que había pensado que yo era marroquí como ella, y así comenzamos a hablar. Yo le conté, gracias al árabe que había aprendido durante el verano, que era española, estudiante y que ya regresaba a casa. La chica, que sólo hablaba árabe, me contó que ella en cambio acababa de casarse y su marido trabajaba en Valencia. Él ya llevaba unos días allí, y ella, por primera vez en su vida cogía un avión, sola, y se disponía a abandonar su país, su lengua, su familia… Podría haberse casado con cualquier otro pero se había enamorado del hombre que le pediría que lo dejara todo. Yo me quedé pensando en cómo una chica tan joven y guapa y con muchas posibilidades en su país podía dejarlo todo para convertirse en España en extranjera, en analfabeta, pues no sólo no sabía nuestro idioma, sino que tampoco podía leerlo. Y sintiéndome yo más libre que ella viajamos juntas y después nos despedimos. Cuántas vueltas ha dado mi vida desde entonces, cómo ha cambiado mi papel y cómo paradójicamente ahora soy yo la que deja todo para poder reunirme, por fin, con el hombre que amo. Ahora que recuerdo a esta chica entiendo cómo podía hacer todo eso por su marido. Ahora soy yo la que va a convertirse en analfabeta, voy a vivir en un país sin poder ni siquiera leer el cartel de bienvenida que recibe a los pasajeros en los aeropuertos, sin saber si algún día dejarán de verme como la extranjera que soy. Y entiendo que seguramente, al igual que yo, ella no lo había dejado todo por su marido, o al menos yo no lo dejaba todo por él, lo dejaba todo por mí. No lo hacía así para que él fuera feliz allí dónde se encontrara, sino porque mi felicidad estaba a su lado. Llegué a un punto en el que me moría de ganas de coger ese avión y de olvidar todo lo triste y comenzar a vivir junto a él con optimismo y energía. Eran muchos los planes de vida que juntos teníamos y el primero de ellos era casarnos. Metí la mano en mi bolso sin mirar hacia dentro, toqué primero el monedero, después el paquete de pañuelitos, después el sándwich envuelto en papel de aluminio y por último mi móvil, y lo cogí porque quería saber cuántas horas me quedaban para ver a mi chico tras dos meses sin verlo. Eran casi las dos. Ya me había cansado de pensar, sentía que todos los capítulos estaban cerrados y mi mente muy preparada para comenzar a escribir los nuevos. Ya no tenía sentido seguir mirando cómo despegaban los aviones y preferí andar un poco, airearme y entretenerme, así que me fui a la zona comercial para ver las tiendas.


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