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La Tierra de Nunca Jamás, una aproximación al misterio real de la naturaleza

27/07/2012 - Autor: Moámmer al-Muháyir
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Los animales se reúnen para hablar con el Sol

- "Mi camino es el rayo que viaja por su cuerpo; sólo vivo para deslizarme por sus curvas. Cada línea de su piel fue mi sendero; si no puedo guardar el secreto, perfumaré las garras de los tigres. Ella besa mis pasos al andar; y allí donde me besa sus labios queman, estalla un nuevo rumbo y se transforma en danza"

(Un ánima china con la filosofía del peregrino)
 

Sólo las gaviotas, las golondrinas y los albatros saben la verdad. Saben que afirmar que la Tierra es redonda, es inútil. Ellas se elevan por los aires, y ven su redondez. Y no perderán el tiempo aseverando algo que ven a diario. Dicen las gaviotas, que en su sencilla condición de animalitos gozan del agrado de los astros, dicen que... dicen así:

-El viejo nos vio- dijo Tora, una joven gaviota.

-Así es la gente -dijo otra más vieja-, cuanto más tiempo pasan en soledad, más cerca están de romper el hechizo.

-Cuéntame de vuelta la historia del hechizo de gentes, abuelo.

-Bueno... cuando nuestro patriarca Abantú era gaviotico como vos, fue que las gentes aprendieron a hablar. Pero antes, vivían como nosotros. Se calentaban al Sol como todos los animalitos de la Tierra, y dicen los albatros que si bien la Tierra no les había dado alas, los había dotado de una inteligencia profunda y exquisita. Sabían sus ojos cosas que nosotros no sabremos jamás, y oían cosas que la Tierra y el Sol sólo les contaban a ellos. Usaban sus manos para asir palos, y con el filo de piedras rotas les daban punta hasta que pinchaban, y estos picos los arrojaban lejos y con fuerza para herir otras bestias, y cuando las mataban se las comían.

Primero se conformaban con matar unos ciervos de vez en cuando. Pero pronto fueron muchos y persiguieron a los ciervos cuando se marchaban a buscar nuevos territorios. Luego íbamos a saber, que la gente era de las criaturas más feroces de la Tierra.

Comenzaron a cazar animales cada vez más grandes, porque les gustaba saberse más feroces que las fieras. Se habían quejado los ciervos porque las gentes mataban a veces más de lo que comían, y en su alianza con los tigres les pidieron que se coman un hombre durante las cacerías, para amedrentarlos. Y así fue, y los hombres que fueron perseguidos por ese tigre y lograron escapar se asustaron tanto, que no volvieron a perseguir a las manadas sino cuando tenían mucho hambre. Pero un día, durante una cacería de ciervos, un joven tigre pasó detrás de unos matorrales. Algunos hombres lo vieron, y se vieron tentados a cazarlo. Lo atacaron con sus picos, y cuando lograron abatirlo se creyeron invencibles.

Pronto fabricaron picos cada vez más grandes, y caminaban cada vez más lejos, para cazar animales cada vez más grandes, hasta que un día, mataron un elefante. Y cuando esto sucedió, todos los animalitos del cielo, de la Tierra y del agua se preocuparon mucho, porque antes de la gente no había criatura que pudiese matar a un elefante. Decidieron hacer una gran reunión en la Tierra de Nunca Jamás, donde habían vivido los antepasados de todos los animales, excepto de la gente. Los jefes de todos los clanes y manadas de animales de la Tierra emigraron una mañana a la Tierra de Nunca Jamás, y a la orilla del Gran Río Corobo, dialogaron muy preocupados por su destino y el de toda la naturaleza. El problema era que las gentes parecían encontrar la forma de reproducirse indefinidamente, sin nada que los detenga, y parecían estar olvidando el Sentido de la Tierra. Estos animalitos le preguntaron a la Tierra de dónde venían estos seres tan extraños que sin tener dientes ni garras, cazaban con picos de palo y se comían hasta los elefantes. Y la Tierra les dijo que habían venido de soles lejanos, y que habían llegado entre rayos de fuego, porque los había mandado el Señor del Fuego. Entonces, dialogaron largo rato entre ellos muy sorprendidos por lo que habían oído, y decidieron preguntarle al mismo Sol.

Descansaron hasta el alba, y un rato antes de que asomara el Sol, se despertaron. Cuando el Sol apareció por el horizonte, todos los animales estaban reunidos. Los pájaros ocupaban, por especie, un árbol cada una. Los peces de todos los mares se agrupaban en cardúmenes cerca de la orilla, para poder opinar a la par de los lagartos, los rinocerontes y las cebras. Al frente, estaban los tigres, cuyas franjas doradas como llamas de fuego los hacían más parecidos al sol que ninguna otra criatura. Los elefantes, los cebúes, las avestruces y las culebras, todos estaban reunidos para conversar con el Sol.

—Grande es vuestra preocupación, animalitos míos, y sé que observan a las gentes a través de las eras. Han visto su temor ante las tormentas, cómo sufren frío fácilmente, y se reúnen alrededor de un fuego que ellos mismos encienden. Los han visto darse baños alborotadamente en los ríos y orillas del mar, han visto su sensibilidad cambiante y extraña para este mundo. No se alrmen. Aunque ellos se extenderán más que ninguna otra criatura de su tamaño, cuanto más crecen más aman y valoran. Las gentes serán algún día soberanos de la tierra, conocerán los misterios de la muerte y tendrán poder sobre ella. Cuando llegue ese día serán también señores de todas las criaturas y las cultivarán más bellas y más perfectas que antes, y más rápido cambiará el cuerpo de todos los seres. Convertirán el planeta en un gran pájaro, y volarán todos juntos a las estrellas lejanas, donde verán otras luces que jamás habían visto. Mientras tanto, sigan con atención el crecimiento de las gentes y dénles alimento; llegará un día en que coman sólo fruta, semillas e insectos y no necesitarán matar más bestias para comer. Sean amigables con ellos y enséñenles todo sobre el sentido de la tierra; los árboles les darán protección y les enseñarán el resto. Las gentes les enseñarán una nueva alma. La gente es la única criatura que se observa a sí misma...

Los animalitos se miraron entre sí... ¿qué cosa es una criatura que se observa a sí misma?

-Será que son más vanidosos que el pavo real, y adoran ver su reflejo en los abrevaderos.- Dijo el león.

-No eso no puede ser,  no son hermosos... ¿como podría ser así? Lo único bello en ellos son sus manos y sus ojos... -Dijo una avestruz-. Por lo demás son bastante escuálidos y lentos, una vez uno de ellos vino a llevarse mis huevos y lo pateé, y su piel se rajó como si fuera barro.

-Quizás se enseñorean de sus ojos... -Replicó el león.

Se levantó un murmullo repentino, todos hablaban al mismo tiempo. El tigre puso orden:

-¡Silencio!, ¡silencio!, no nos alborotemos compañeros. Preguntémosle al Sol.

El tigre miró a todos los animales, tratando de recoger con sus ojos la incertidumbre de sus rostros y expresarla con su voz. Se dio vuelta y dijo fuerte:

-Gran astro, hemos visto a los hombres jugar en las orillas con el reflejo de sus rostros; dinos si es esto lo que los hace más hábiles, para que hagamos lo mismo y seamos hábiles como ellos.

-La razón de sus habilidades no está en sus juegos ni en sus ojos. Sus almas conocen de los elementos cosas diferentes que las vuestras; vuestras almas sólo dominan la tierra, el agua o el aire, pero las almas de las gentes dominan el fuego.

Los animales se despidieron entonces del Sol y se fueron a reunir a un claro de la selva. Pasaron todo el día discutiendo el asunto; los pájaros poblaron el lomo de los grandes animales, en especial el de la jirafa, que se convirtió en una tribuna de aves parlanchinas de todos los colores, mientras la jirafa conversaba con unos macacos que se habían subido a un gran eucalipto. Los peces habían venido en el pico de algunos pelícanos, que en honor a la gravedad de la situación habían prometido no comerse a ninguno. Los elefantes habían traído mucha agua de mar en sus trompas; pisotearon una porción de tierra blanda y volcaron ahí toda el agua para que pudieran remojarse las focas, los lobos marinos, los pingüinos y hasta un delfín. Las culebras se peleaban por treparse a las patas de las jirafas para poder oír mejor, hasta que la jirafa se canso de ser campo de batalla de los animalitos más pequeños y se pegó tal sacudón que no le quedó ni un colibrí en el lomo. Así transcurrió todo el día en deliberaciones. Cerca del crepúsculo, la reunión dio sus frutos; los animales decidieron que en su derecho nativo sobre la Tierra le pedirían al Sol una protección, hasta que las gentes aprendieran nuevamente el Sentido de la Tierra, un sentido que los animales hemos poseído desde antaño y que nos permite tomar fácilmente nuestro lugar en el todo sin destruirlo, y que lo hemos aprendido oyendo las canciones y los murmullos de la Tierra.

- ¿Qué es el Sentido de la Tierra, abuelo? – preguntó Tora, el gaviotico.

- Bueno, no sé cómo explicártelo, sólo puedes sentirlo. A ver… cada día, cuando sale el Sol y tienes hambre, te lanzas al mar y comes peces, ¿verdad? Bueno, ¿cuántos peces puedes comer? – Preguntó el abuelo.

- Todos los que me entren en la panza, abuelo, hasta que me cuesta levantar vuelo para volver al peñasco, ¡Ja ja ja ja ja!

- ¿Hoy tragaste más que ayer? – Preguntó el abuelo.

- No sé, todos los días igual… más o menos. Supongo que cuando crezca más…

- Y cuando ya estás harto de peces ricos, ¿no te dan ganas de volver y cazar más peces? – Preguntó el abuelo.

- No, ¿para qué? Si pudiera quizás lo haría, pero no me dan ganas, además no puedo – Respondió Tora.

- Y ese es el problema, Tora. Los ancestros de todos los animales hemos descubierto de que detrás de esa pereza que te da cuando estás harto de peces, hay una gran sabiduría que mantiene todo en su lugar. Esa sabiduría no es necesario aprenderla, viene sola.

Pero con las gentes no es así, las gentes no saben cuándo es basta. Ellos tienen su propio idioma hecho de palabras que se cambian y se confunden fácilmente, y creen que la pereza es mala. Si ven un león que los asusta, dan vueltas y piensan nerviosos, hasta que van y lo matan. Si hay muchos ciervos, hace un extraño pozo, lo cubren con palos y hojas muertas, y matan diez para comer cuatro. Como viste, hoy las gentes pueden destruir una montaña entera sólo para buscar piedras de colores. Los ancestros dicen que esto es porque ellos no están atados al Sentido de la Tierra; nacieron con él, pero lo olvidaron.

Entonces, fue así que, a la mañana siguiente antes del alba, todos los animales estaban otra vez reunidos a la orilla del gran río para recibir al Sol. Saludó el astro rey con sus primeros rayos de luz, y acarició cálidamente el lomo de los animales. El tigre, el rey de la selva, rugió intensamente, largo y fuerte, anunciando su supremacía sobre los animales. Bramó al Sol:

-Gran astro, mis animales han resuelto exigirte una protección, y yo estoy con ellos. Nuestro cariño por esta Tierra lleva ya miles de años, desde que la fecundaste por primera vez con tu luz. Mucho hemos vivido y compartido con los montes y todos sus árboles, con los ríos y las montañas. Nosotros somos la naturaleza que anda. Pero ahora tu luz le ha hecho parir a la Tierra frutos más exquisitos a tu paladar, y nosotros no sabríamos cómo negarnos a tu voluntad.

Las gentes, dices tú, tienen en su alma un conocimiento diferente. Nosotros los hemos visto extrañarse y sorprenderse con todas las cosas de la naturaleza; todo les causa asombro. Su curiosidad es insaciable y más fuerte que su temor, y a donde van, cambian la forma del territorio. He aquí una criatura con un alma que domina el fuego, una criatura que se parece a ti más que yo; una criatura poderosa. No queremos caer en sus garras ni que nuestros huesos sean transformados en picos con filo. En nombre de todos los animales te pedimos que lances un hechizo a las gentes, para que no se distraigan ni se aburran. Tú te aburriste del mundo y creaste a la gente, la gente se aburrió de comer ciervos y bayas y desafió a las grandes bestias, y hasta mató un elefante. ¿Qué será de nosotros cuando se aburra de cazar elefantes?, ¿acaso nadarán mar adentro para cazar una ballena?

-Puesserá como túa has dicho; algún día entrarán al mar a cazar una ballena.

Todos los animales hicieron un gran alboroto, nadie quería semejante cosa. El Sol los calmó diciendo:

-Lo que piden les daré. De las entrañas mismas de la tierra haré salir un hechizo que impedirá a las gentes conocer esta vasta región de la tierra en la que están parados, a la que llamarán la tierra de nunca jamás, donde nunca jamás llegará la gente, hasta que reconozcan sumisamente a su madre, la tierra. Tampoco conocerán los pasajes al centro de la tierra; Islas gigantes nunca serán halladas, el mar las ocultará. El arco iris se desvanecerá ante sus ojos cuando intenten seguirlo. Y ya no podrán ver a las almas traslúcidas de la naturaleza, ni podrán conversar sino entre ellos. Y este hechizo durará hasta que aprendan el sentido de la tierra. 

-Y así fue que las gentes –dijo el abuelo de Tora- son las únicas criaturas que no pueden recordar su nacimiento, ni ver las luces y ni las ánimas de las selvas, ni las anaranjadas y verdes de los desiertos, ni las cuerdas solares, ni la geométrica rosa que se despliega y se cierra rítmicamente en el corazón de la Tierra. Como tu sabes, cada criatura canta una canción, hasta las piedras tienen su propia canción. Nosotros las escuchamos a todas, pero nunca nos imaginamos que habría una criatura que no las oyera, ni que fuera ciega a toda criatura que no tenga cuerpo. A partir de ese hechizo, comenzaron a comunicarse con sonidos graciosos que salían de sus bocas, y con el correr de los siglos llegó un tiempo en que ya no podían comprender a los animales ni entenderse sin hacer esos ruidos. Poco a poco sus oídos se fueron acostumbrando al sonido de sus bocas, y no había momento en que pudieran oír las vibraciones de los astros ni de la Tierra. Todo lo olvidaron; las canciones y consejos de la Tierra sobre cómo vivir, las largas y monótonas melodías solares, el saludo particular de cada criatura, ya no pudieron ver el pasado en las nubes ni el futuro en las llamas durante los incendios. El hechizo hizo que, cada vez que señalaban estas maravillas y se pusieran a hablar de ellas, comenzaban imperceptiblemente a olvidarlas. Pero desde hace algo más de quince mil años, los antepasados de la gente se dieron cuenta que llegarían a un punto en que nadie podría ver estas cosas ni imaginarlas siquiera, y elaboraron signos, costumbres, monumentos y creencias para no olvidar lo que veían, y para recordarles a las generaciones futuras las artes y secretos que habían aprendido en la contemplación del universo. Todo fue en vano. El entendimiento de las gentes cambió, y cada vez que alguien hablaba sobre la cultura del pasado, ésta se les hacía más borrosa e incomprensible. Esto les provocaba una extraña fatiga, una desazón que los iba consumiendo por dentro, que los volvía más débiles y más malhumorados. Por eso, el antiguo sabio Abantú dijo que las gentes son débiles cuando atacan, y fuertes cuando están en calma.

-No entiendo -dijo el gaviotico- Todos las criaturas somos más vulnerables cuando descansamos... ¿con la gente es distinto?

-Al parecer, sí. Todos los animales hemos aprendido mucho mirando a la gente...

(Inconcluso)

Abril del 2002. Mo'ámmer al-Muháyir. Se permite la reproducción total de este cuento bajo licencia de Creative Commons, 2011.

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