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El despertar de un rey

19/02/2012 - Autor: El memorial de los santos de Farid Uddin Attar - Fuente: Recopilación de cuentos por Basira Morlans
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Palacio
Palacio

Hace muchos, muchos años, reinaba en Balk el rey Ibrahim ibn Adham. Tenía todo el reino bajo sus órdenes y llevaba una vida de lujo, disipación y placeres.

Una noche dormía en su lecho real cuando se despertó oyendo un barullo en el techo.

- ¿Quién está ahí? -gritó.

- Un amigo. Perdí mi camello y lo busco en este techo.

- ¡Imbécil! ¿Cómo buscas un camello en el techo? -replicó el rey irritado-.

- Descuidado -respondió la voz-. Peor estás tú que buscas a Dios echado en tu lecho de oro y usando bellas ropas de la seda más fina.

El rey sintió que el terror le embargaba el corazón. Un fuego ardió en su interior y no consiguió conciliar más el sueño. Cuando salió el sol, se dirigió, muy turbado, al salón real y se sentó en el trono. Los ministros ocupaban sus lugares y los esclavos estaban alineados. Era la hora de la audiencia pública.

De repente entró en el recinto un hombre de aspecto solemne que los presentes no se atrevieran a preguntarle el nombre, como si tuvieran la lengua paralizada.

- ¿Qué deseas? -preguntó el rey.

- Acabo de llegar a este caravasar...

- Esto no es un caravasar -interrumpió el rey, gritando-. Es mi palacio. ¿Es que estás loco?

- ¿A quién pertenecía el palacio antes de tí? -preguntó el desconocido.

- A mi padre, naturalmente.

- ¿Y antes de él?

- A mi abuelo.

- ¿Y antes?

- A su padre.

- ¿Y antes?

- Al padre de éste.

- ¿Por qué todos ellos ya no son los dueños?

- Se fueron, murieron.

- ¿No es entonces un palacio un caravasar al que uno llega y otro se va?
Con esas palabras el misterioso extraño desapareció. Nadie se dio cuenta de que se trataba del gran Khidr. Aterrorizado, el rey dejó el trono y se dirigió a sus aposentos. Estaba perplejo, el fuego abrasaba su alma y la angustia oprimió su interior más todavía.

A partir de entonces ya no tuvo alegría. Nada le atraía, le agradaba ni le satisfacía: ni su joven y bella esposa, ni su hijito pequeño, ni las cacerías, ni su enorme fortuna ni el poder, ningún placer. En cambio, tenía visiones y oía voces misteriosas e incomprensibles. Creía haberse vuelto loco.

Cierto día mandó ensillar su caballo y partió de cacería. Galopó enloquecidamente sin saber a donde iba. Se separó de su guardia personal y, cuando proseguía en su atolondrada carrera, escuchó una voz:

- ¡Despierta!

- Fingió no haber escuchado. La voz se hizo oír dos veces más y él no le prestó atención.

- ¡Despierta o despertarás a la fuerza!

El rey se detuvo. Enfrente de él apareció un ciervo, al que apuntó con intención de matarlo. El ciervo le habló:

- Me han enviado para darte caza, no puedes alcanzarme. ¿Para eso fuiste creado o es eso lo que te ordenaron?

El rey escuchó, pero no podía dar crédito a aquellas palabras.

- ¿Qué me está pasando? -gritó.

Apartó los ojos del ciervo y volvió a escuchar las mismas palabras.

El terror se apoderó de él, pero en ese momento se hizo clara la revelación. Escuchó otra vez la voz y la revelación se consumó. Los cielos se abrieron para el rey Ibrahim. Desmontó. Sus ropas y hasta su caballo estaban bañados en lágrimas. Vio a un pastor que apacentaba sus ovejas. Se aproximó y le ofreció su suntuoso manto bordado en oro y piedras preciosas, sus bellísimas vestiduras, su caballo ricamente enjaezado y se vistió con las pobres ropas del ovejero.

Ibrahim partió a pie, cruzando montañas y desiertos, hasta llegar a Nishapur. Buscó un lugar donde pudiera dedicarse a obedecer a Dios. Allí vivió durante nueve años y después se fue a la Meca. En el desierto encontró de nuevo a Khidr, quien le transmitió el conocimiento.

Se estableció en la Meca y en torno suyo se congregaron muchos discípulos.

Ibrahim ibn Adham encontró la paz, “que no es de este mundo”.


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