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El filósofo que murió dos veces

Un cuento basado en la vida de Althusser, del libro Diablo y el Fogonero

23/06/2011 - Autor: Abel Samir - Fuente: Webislam
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Louis Althusser en sus últimos años
Louis Althusser en sus últimos años

Es el final del siglo de las luces y también el final de un hermoso proyecto socialista. La URSS se ha desplomado sin que medie una guerra nuclear que todos temíamos. Y se desploma sin pena ni gloria, dejando boquiabiertos a cientos de miles de comunistas y a otros que no pertenecen al partido. ¡Un estado tan poderoso y temido por todo el mundo capitalista! El estado que aplastó al nazismo alemán. Bastó un decreto y los 18.000.000 de miembros de ese partido le ponen llave a las sedes locales, regionales y centrales y se van a sus casas; la mayor parte de ellos renegando de su pasado comunista.

Aunque miembro del Partido Comunista francés, no simpatizaba con los soviéticos, pero ese derrumbe llega en un momento trágico de su vida. Ya había sufrido la muerte de una ilusión cuando China tomó otro rumbo después de la desaparición de Mao en 1976. Louis se siente un hombre acabado; un enfermo de cuerpo y alma. Abrumado por muchas razones: existenciales y otras que roen su intelecto y su creencia en el presente y en el futuro. El tránsito de la vida está llegando al final del camino y lo recorre solo. Y eso es lo cruel de la vida, porque la esencia el hombre es la de un animal sociable, hecho para vivir en compañía. Queda un recodo todavía, pero es muy corto y ya no lo seduce. Y tantos proyectos que no se terminaron o que quedaron sin empezar. La vida ya ha perdido su significado y su razón, si es que, en verdad, tiene alguna. Y la vida que tuvo no siempre fue fácil; nunca lo es para los que nacen dentro de la clase proletaria. Los proletarios no transitan por un piso alfombrado, sino uno cubierto de piedras ásperas y escabrosas.

Los cinco años que Louis estuvo prisionero de los nazis, en el campo de concentración de Schleswig, durante la Guerra, lo dejaron marcado; ya antes era un muchacho que padecía de largas melancolías; en ese campo conoció el hambre y los malos tratos, los que abrieron huellas profundas en su alma sensible, huellas que nunca pudieron borrarse del todo. Después de eso conoció a Helena. De ese infierno heredó sus depresiones y su psicosis. Muchas veces, durante su existencia intentó quitarse la vida y, probablemente, no tuvo valor o la cobardía de hacerlo. Porque quitarse la vida es algo difícil de entender. Se puede ser un valiente o un cobarde, dependiendo de las razones que a uno lo impulsan a tomar ese camino. Tal vez, tiene miedo de pensar en eso ahora que ella ya no está más a su lado. Helena le salvó la vida en incontables veces, porque mientras fue su compañera, se preocupaba de él y como a un niño, cogido de la mano, lo llevaba a la clínica psiquiátrica. Y él se dejaba llevar mansamente porque ella tenía una personalidad fuerte. Ahora que está solo parece buscarla con la mirada. Aunque a ratos sus pensamientos vuelan con la mirada puesta en el infinito. Tal vez, su parte idealista no cree en él. Es comprensible, porque hay tantos seres inteligentes que no aciertan a concebirlo. No es fácil aceptar algo tan enorme, sin un comienzo y sin un final. Sobre todo, que donde fijemos nuestros ojos veremos sistemas, y sistemas de sistemas, y todos ellos tienen sus límites. Y Louis, en su fuero interno, en su subconsciente, es un partidario del estructuralismo, de la explicación del mundo y de su historia a través de las estructuras aunque lo niegue. En momentos de desvarío cree escucharla, allá adentro, en la otra habitación, ordenando un poco, tal vez, haciendo la cama, o limpiando, porque todo está desordenado. Restos de colillas de cigarrillos llenan los ceniceros y el polvo de suelo se acumula formando pelotitas grises que parecen motitas de algodón. Libros abiertos encima de su vetusto escritorio, también sobre el radiador de la calefacción afirmando papeles manuscritos manchados por café derramado. Vuelve a la realidad y acepta que ella no ha de volver jamás. No se conforma y nunca podrá hacerlo. La soledad lo aqueja y lo abruma, como a todos los solitarios que creen poder vivir soportándola. La soledad, una enfermedad social de la vida moderna que golpea más a los viejos, a los que los arrastran los ríos de la vida; como una mala hembra, una mala consejera. Ni siquiera tiene un aparato de televisión para sentirse acompañado, porque siempre la odió. No soporta ni la mediocridad, ni tampoco la forma como se retuercen y se deforman las noticias para favorecer al sistema. Como se utiliza para alienar a la gente.

Pasa horas de horas escuchando música clásica y pensando en el más allá. Esa música que tiene la virtud de estimularlo, de ayudarlo a inspirarse y a encontrar ideas nuevas, a veces ideas geniales; las que se escriben en papeles que quedan sepultados debajo de otros, esperando su turno de ser desarrollados y transformados en algún ensayo o en algún texto. Inmóvil, como un lisiado del pensamiento y de su cuerpo, contempla sus hermosas manos suaves de obispo que nunca han tenido que hacer trabajos manuales. A veces, tiene arrebatos de exaltación y quiere llevar adelante proyectos nuevos, pero quedan pronto postergados y piensa que ya nada tiene sentido, ¿para qué? se pregunta y se sumerge en su melancolía habitual. Un amigo cercano trató de levantarlo, diciéndole que de todas maneras era un hombre famoso y que nadie podía quitarle su gloria. ¿Qué gloria?, pregunta Louis. Aunque la gente necesita ser reconocida para sentirse bien, eso no tiene importancia frente a su existencia solitaria, sin al amor que todos necesitamos, a su vejez y al sistema social que se ha derrumbado, llevándose con su caída a media humanidad y que le ha partido el alma.

Cuando conoció a Helena estaba relegada con toda su familia por ser judíos. En la Alemania hitleriana era un delito tener sangre judía. Y ella sería la única que sobreviviría al holocausto familiar. Se enamoró de golpe de ese joven alto, de ojos color de cielo, mirada benévola y de una melena rubia cubriendo un cráneo grande que sorprendiese a los que lo vieron nacer. Ella, por aquella época, ya era comunista, en cambio él, un joven católico que participaba en grupos cristianos, alienado por creencias y por demonios que el hombre crea en su imaginación y que después torturan a los débiles. Se admiraba de lo paradójico que era que la mayoría de sus compañeros católicos se hiciesen comunistas. Había soñado ser un monje trapero y vivir como tal, porque era un romántico y un idealista, y bajo la influencia de Helena dejó esa idea y se convirtió en un comunista. Pero nunca llegó a ser un ateo consecuente. Aunque ingresó al partido comunista francés, y que en él encontró los medios para realizarse como materialista, nunca lo fue del todo. El verdadero comunista es un ateo consecuente. Para ellos la religión, como lo dijo Marx, es el opio de los pueblos.

Ella lo introdujo al marxismo y cuando una vez se la presentó a su maestro, le diría que esa mujer era la que había tenido el papel más importante en su vida. Más tarde dirían que, en verdad, estaba enamorado de Franca, porque mantuvo una correspondencia mística que suman 500 cartas. No comprendieron el verdadero sentido de ellas, en las que se busca el reconocimiento al hombre, al macho inteligente y, también, al ser humano por una mujer igualmente inteligente. Al individuo de carne y sangre, apasionado por la belleza y por un ideal superior. Y tal vez, por ella sentía otra forma de la pasión que, de una u otra forma, todos sentimos por las mujeres bellas.

Louis y Helena se amaban y tenían una relación simbiótica, como muchas otras parejas han llegado a tenerla: él dócil y ella dominante y exigente. Sin embargo, algo ocurrió que rompió esa relación de 20 años. En un arranque de locura (¿esquizofrenia?), la estranguló. Y nadie sabe la razón. Probablemente no existe: tiene la razón de la sinrazón. Mató a la mujer que para él lo era todo: esposa, compañera, amiga, enfermera, secretaria y hasta madre. Un victimario que con esa acción se transformó en una víctima de sí mismo y, con esa acción, ahondó su miseria y su dolor. Fue el domingo 16 de noviembre de 1980. Día aciago, día sin luz y frío, sin jolgorio, sin que se percatase del canto de las aves, día en que se detuvo el tiempo para siempre y que rehúsa devolver lo andado. Otoño sin hojas llamando al invierno que camina apurado. Día muy a propósito para inundarse de melancolía. Para meterse en la cama con su hembra y sentir el calor del cuerpo desnudo.

Por aquella época los azotaba el misticismo y el temor a un mundo amenazado de una locura destructiva e irreparable. Buscando conciliar al marxismo con el cristianismo, como fuentes de un humanismo en peligro universal. Estuvo a punto de entrevistarse con el Papa Pablo VI, quién tuvo palabras elogiosas para ese hombre tan destacado. Faltando sólo tres semanas para la entrevista ocurrió el desastre y luego fue recluido cinco años en un hospital para enfermos mentales.

Louis no había podido resolver la contradicción entre ser materialista dialéctico y un cristiano idealista. Y él, que escribió tanto sobre el marxismo. Tantas obras famosas que lo presentaron como el más brillante de los filósofos del siglo de la revolución proletaria, de la energía nuclear, del ordenador y de los viajes espaciales.

Con la muerte de Helena, murió también, el filósofo. Se enterró en vida en París, en su pequeño departamento de la calle Leuwen, entre sus papeles polvorientos. Allí esperó su segunda muerte, casi sumido en la invalidez, sólo a 62 años de haber sorprendido a la matrona. La muerte llegó el mismo año en que se desplomó la URSS. Y cuando ella le tendió la mano, Louis, como lo hacía con su mujer, sin protestar, sin demostrar señales de querer quedarse en este mundo cruel, la cogió dócilmente y se dejó conducir por aquellos caminos misteriosos, por los cuales se desvanecen las almas.


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