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Una llave para mil historias (I)

Un cuento infantil para todas las edades de las almas

06/11/2006 - Autor: Málika Al-Yerraji - Fuente: Orden sufi HAlvetti al-Yerraji
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Bismillah
Bismillah

Para conocer las historias de este libro,
vamos a necesitar de todos nuestros ojos.
Sí. Has comprendido bien: toooodoooos tus ojos.
Los que usas al estar despierto
y los ojos con que miras cuando duermes y sueñas.

Vamos a ver lo que ocurría en tiempos antiguos,
cuando estaban en el mundo los mil veces tátara-tatara-tatara-tatara-tatarabuelos
de nuestros abuelitos.

Si estamos listos, sólo falta encontrar
una preciosa y pequeña llave que abre los misterios
y la sabiduría que guardan los libros…

Que ¿dónde está la llave?
Es la palabra …

BISMILÁ

Es una poderosa llave que baja del cielo. La llave de BISMILÁ.
Verás cuántas cosas descubrirás al usar esta llave.
Puedo adelantarte que si dices BISMILÁ por la mañana, al despertar,
será fácil que encuentres las sorpresas que tienen reservadas para ti
las horas y los minutos de cada día.

Y si te gustaría ver las regiones más hermosas de los sueños,
di BISMILÁ, justo antes de dormir.
Se sabe que esta palabra, al pronunciarla,
nos ofrece una poderosa protección si sentimos miedo,
nos da paz si estamos enojados, y recibimos ayuda si estamos en medio de dificultades.

BISMILÁ es una llave que abre el reino de los corazones.
Nos ayuda a ser libres para compartir nuestro buen humor,
para decir cuánto lamentamos algunas cosas que suceden,
para defender a quien está en apuros,
para acompañar a mamá o a papá,
para pedir lo que necesitamos,
para cuidar de las plantas y los animales,
para querer mucho a los amigos y las amigas,
y para celebrar y dar gracias.

 

“Un anillo para un rey triste”

Como tú ya sabes, todas las personas pertenecemos a una sola y extensa familia: la familia humana. En esta original familia tenemos una gran variedad de parientes. A unos los conocemos muy de cerca y a otros no tanto, pero con todos ellos compartimos esta casa asombrosa que se llama el mundo. En ella viviremos por un tiempo conociéndonos y cuidando unos de otros. ¿Has notado cuántas cosas suceden siempre en el mundo? Mientras tú lees este libro, por ejemplo, habrá unos niños madrugando para ir a la escuela, otros que lloran, otros que estarán haciendo sus tareas, otros más que llevan dormidos varias horas, algunos que irán de camino al trabajo y otros que estarán rezando. Habrá unos pocos a quienes les duela la panza o estén sumamente enojados. Y no faltarán quienes pasean a sus mascotas, sea un perro, una gallina, un mono, un grillo, o un caballo.

Conozco a una niña que tiene a su cuidado una colonia de hormigas, a dos niños que alimentan a sus pescaditos que nadan en la pecera que está sobre la chimenea, a una nena que tiene una pareja de pajaritos, y a un niño que se hace acompañar por una aspiradora. También, ahora mismo, seguramente hay algunos pequeños quejándose porque no les gusta la sopa, otros jugando escondidas, y otros que bailan y se divierten aprendiendo a hacer piruetas o a hacer nudos…

Así es la casa de este mundo. Inmensa y movediza. Siempre sus cosas están cambiando. Aparecen, desaparecen, se transforman… ¿Te has fijado cómo la noche se vuelve día y el día desaparece cuando llega la noche? ¿Y qué me dices de las estaciones? Cuando la primavera se acalora mucho hace su aparición el verano, luego, el calor pierde fuerza y nos lleva sin darnos cuenta al otoño y más tarde al invierno. Igual le sucede a nuestro ánimo. A ratos nos sentimos tristes y luego contentos y luego enojados y luego en paz y luego alegres… ¡Uf! cuánto cambio ¿no crees? Y claro, no todos nos gustan. Quisiéramos que el dolor de muelas pasara un poco más rápido y que los paseos terminaran más tarde…

Conozco una vieja historia que cuenta el caso de un joven rey que no sabía que las cosas del mundo siempre están cambiando. Aunque como todos nosotros, el rey había visto pasar los días, las noches y las estaciones. No se había interesado lo suficiente en observar lo que sucedía a su alrededor. Su ignorancia, en parte, se debía a su trabajo de rey. En palacio, cualquier cosa que deseara se le daba en el acto. Nadie se atrevía a contradecirlo. Unos porque lo querían mucho y otros sencillamente porque tenían miedo de verlo enojado o porque no querían buscarse problemas. Tampoco había estado enfermo, ni siquiera conocía un simple dolor de estómago, o una fiebre o un catarrito.

Hasta ese momento el joven rey había gozado de muy buena salud. Recibía los cuidados de sus ayudantes que lo abrigaban antes de que sintiera frío y le ofrecían un buen baño, ropa ligera o abanicarlo cuando el calor era apremiante. Pero un día, sin que pasara nada fuera de lo común, el rey despertó por la mañana sintiendo una sensación rara. Era tristeza, aunque él no sabía cómo llamar a lo que experimentaba. No comprendía por qué lo afligía aquel desgano y ese deseo constante de llorar. Pero así se sintió el rey. Pidió primero ser visitado por los médicos y las doctoras de la corte. Le pidieron que sacara la lengua y dijera ¡Aaaaa!, oyeron su corazón y miraron en sus oídos, y luego concluyeron que no podían hacer nada por él, pues su cuerpo estaba perfectamente sano. El rey pensó entonces que quizá los curanderos o las yerberas tendrían algo mejor que decirle y los convocó a todos.

Ellos le aconsejaron los baños de miel, frotar un huevo por su cabeza, dar tres brinquitos antes de bañarse, poner agua a serenar con hojas de albahaca y romero, cerrar los ojos en caso de ver un gato negro, usar un collar de ajos, tomar té de canela muy caliente antes de dormir y tres cucharadas de aceite de ricino en ayunas. Pero ningún remedio surtió efecto sobre el ánimo del rey. Al final, y como última opción, alguien propuso que quizá la visita de una bruja o un mago podría ser de ayuda. Hubo un original certamen de magia en el patio del palacio. Cada uno de los participantes sacó de su sombrero alguna cosa para sorprender al rey: conejos, serpientes, lechuzas, pañuelos de colores, pedacitos de papel de colores, burbujitas de jabón y dulces. Los más expertos volaron montados en sus escobas haciendo piruetas complicadas para arrancar al rey una sonrisa. Pero todo parecía inútil.

Las comisuras de la boca del joven monarca empujaban tanto hacia abajo que comenzó a lucir pucheros a toda hora del día. Su carácter se hizo amargo, tanto, que cuando entraba en una habitación, disimuladamente y de puntitas, los presentes huían por alguna puerta lateral. Nadie quería ya su compañía. Al pobre del pastelero los nervios lo tenían tartamudo. No sabía qué hacer. Cada día, sin falta, era llamado por su majestad a la hora de los postres para recibir en sus orejas un montón de quejas. El rey se sentía igualmente infeliz si la crema estaba muy dulce como si le faltaba azúcar, incluso una cereza chueca sobre un durazno era un buen motivo para llorar o hacer berrinche.

Así de difícil era la vida en el palacio. El frío que despedía el corazón del rey pronto hizo que sus ayudantes se vieran pálidos y nerviosos. Luego el frío escapó por las ventanas y alcanzó al resto de los habitantes de la ciudad. En las calles y en las casas se hicieron frecuentes las caras tristes o enojadas, llegó el momento en que era raro encontrarse con alguna persona sonriente o amable. Se había perdido la esperanza de recuperar la alegría y esta preocupación hacía que cuando se tocaba el tema del rey, la gente terminara discutiendo a gritos. Habían algunos que aseguraban que el mal del monarca se debía a un tremendo aburrimiento. Y otros decían que cuál aburrimiento ni qué ocho cuartos, que la tristeza al rey le nacía en los ojos, porque ya no era capaz de descubrir las cosas bonitas.

Cierto día, un pastor llegó a la ciudad. Traía un rebaño de ovejas para vender en el mercado. Mientras caminaba por las calles oyó, porque la gente no hablaba de otra cosa, de la tristeza del rey. Pero no tardó en darse cuenta que no sólo el ánimo del rey había cambiado, incluso los más pequeños en la ciudad se comportaban de manera extraña. En vez de correr y jugar juntos como solían hacer antes, lloraban y se arrebataban los juguetes de la mano. Sin duda, pensaba el pastor, esta especie de mal se ha extendido y ahora aflige a todos los vecinos. De regreso a su aldea, el pastor se desvió un poco de su camino para visitar a una anciana que vivía en el bosque. Quería preguntarle si su sabiduría alcanzaba a ver la cura para aquello que estaba enfermando a la gente del reino.

Ella conocía muchos secretos así es que le dijo al pastor que irían juntos a ver al rey, pero primero necesitaba mandar a hacer una joya especial con un artesano que supiera trabajar con metales y piedras preciosas. Por supuesto que el joven monarca los recibió de inmediato cuando su ayudante le anunció que una mujer anciana y un pastor se habían presentado en la puerta de palacio asegurando que traían una cura para su mal.
En cuanto la mujer sacó de una pequeña bolsita azul la joya que había mandado hacer al artesano, los presentes mostraron algo de confusión. Les parecía que era un hermoso presente, sin duda digno de un rey, pero se preguntaban de qué manera podría esa pieza curarlo. Vieron a la anciana poner en el dedo del monarca el anillo de plata fina adornado con algunas piedras de colores. En él se podía leer la siguiente frase:

“Esto también pasará”

El rey pensó que la anciana quería jugarle una broma y su mirada se ensombreció. Los ayudantes estuvieron a punto de escapar de puntitas por la puerta lateral, pero sentían una enorme curiosidad así es que esperaron. “¿Qué clase de medicina puede contener un anillo?” gritó furioso el rey. Pero la mujer le pidió un poco de paciencia y le explicó que, aunque le pareciera descabellado, podía encontrar la cura a su mal con aquel anillo. Cuando se sintiera atormentado por los pensamientos que le causaban tristeza y angustia, simplemente debía leer una y otra vez la frase impresa en el anillo: “Esto también pasará”. Y si Aláh lo permitía, en poco tiempo llegaría el alivio.

Para sorpresa de quienes vivían en el reino, unos días después el rey se había recuperado. No es que ya nunca más sintió tristeza, esa no habría sido una cura sino otra clase de enfermedad. Sino que leyendo la frase impresa en el anillo, el joven monarca había obtenido un conocimiento precioso. Una especie de llave, como la de BISMILÁ, que le permitió observar la casa que es este mundo con nuevos ojos. Vio cómo todo, sin descanso, está continuamente transformándose. Así es que se dio cuenta que no hay en realidad qué temer, porque ninguna tristeza, ni angustia, ni miedo, ni dolor, durarán para siempre. Y también supo que sería más feliz si disfrutaba la compañía de quienes lo querían, de los juegos, de la salud, del trabajo, porque también eso, cuando llegue su tiempo, pasará.

Algunas personas sabias dicen que vivir en este mundo es como estar de viaje. Cada vez que respiramos o pestañeamos el mundo cambia por completo. Dicen además que los viajeros experimentados saben encontrar y disfrutar de la belleza de todo lo que ven a su alrededor. ¿Tú has notado lo variado que son los paisajes en el mundo?
Aunque la mayoría de los seres del planeta vivimos en paisajes compuestos de la sencilla combinación de tierra con agua, son muy diferentes los animales y las plantas que viven y crecen en lo alto de una montaña que los que viven en un valle. Y los valles son sumamente distintos que las profundidades del mar. Si te fijas, verás que un lago hace un paisaje distinto que un río o un océano. Y un grupo de robles hace un bosque que no se parece en mucho al que haría un conjunto de pinos. Tampoco una ciudad es igual a otra. Ni siquiera la calle de tu casa es como las demás calles del mundo —aunque muchas veces a mí me parezcan tan parecidas que confunda unas con otras.

Tampoco debemos olvidar lo que hace la luz en los paisajes y con nosotros. Lo mismo nos descubre y nos hace brillar que nos esconde. Cuando hay claridad vemos la montaña, los árboles, los pájaros y hasta algún venadito aunque esté lejos. Pero cuando la luz se marcha, aparece la noche, y todo ese hermoso paisaje queda escondido en medio de la oscuridad. Es fantástico. Apenas si podemos distinguir lo que está más cerca. Si quieres puedes hacer un experimento. Cuando llegue la noche, entra a tu habitación y mira todos los detalles que hay en ella. La cama, el color de las sábanas, las paredes, el techo, los juguetes, el piso… Y, cuando hayas visto todo, apaga la luz. ¿Qué puedes ver del paisaje que había en tu habitación? ¿y los colores dónde se escondieron?

Ahora nos maravillaremos al ver las cosas que ocurren en la casa del mundo, y lo que guardamos en la casa de nuestro corazón, porque conocemos el secreto que le enseñó al rey triste aquella mujer sabia: que todo pasa y se transforma. Que nada en el mundo permanece igual por mucho tiempo. Disfrutaremos viendo cómo las flores de los árboles se deshojan para dar paso al fruto, que madurará de a poco hasta caer de la rama y mostrar su secreto: una pequeña semilla. ¿Y qué crees tú que tendrá dentro la semilla? Sí, tiene la vida de un nuevo árbol.

Nosotros también cambiamos. Y nos están ocurriendo transformaciones milagrosas aunque no siempre nos demos cuenta. Como por ejemplo, la forma que tiene nuestro cuerpo de crecer sin que podamos oírlo. Pero aunque nuestro cuerpo crezca en silencio, algo delata sus cambios: la ropa, de pronto, nos queda chica. ¿No te parece fantástico? A mí me gusta especialmente cuando descubro que los deditos de mis pies ya no caben en los zapatos.
Todo cambia en la casa de este mundo, hasta las enormes montañas, que como son muy longevas y algo presumidas, les gusta hacernos creer que siempre han estado ahí.

Dibuja aquí al pastor y al rey


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