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Al Hach: Crónica de una Peregrinación

15/06/1996 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Verde islam 4
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Hach

Vuelo de la imaginación

Por el ojo de buey se divisaba un tranquilo mar de nubes a nueve mil metros de la superficie del océano. Entre los blancos algodones se clareaba a veces un azul distante allí abajo. Aquel debía ser el Mar Rojo, el que, huyendo de las huestes del Faraón, cruzara el profeta Musa, que la paz sea con él, hace algunos milenios.

Sentado en su sillón first class, el peregrino Hisham se preguntaba sobre la distancia que separa la forma de vivir de los antiguos y la de sus contemporáneos.

Se decía a sí mismo que tal vez el dromedario o el Jumbo sirvan a los mismos propósitos. En cualquier caso, la inmensidad del desierto del Hiyás era aún más apabullante sentida así de golpe, entre las nubes, desde esas alturas que permiten a la imaginación suplir con sólo un vistazo las impresiones de las largas jornadas de otros tiempos.

Hisham era un converso que quería cumplir con uno de los pilares de su religión, viaje imaginado y soñado, aquel que había modelado su memoria desde el día que entró por la puerta del Tawhid en la propia comunidad de los creyentes. ¡Cuántas tardes había pasado escuchando los hadices que narraban la vida del Profeta, que la Paz y todas las bendiciones sean con él, y se había acostumbrado ya a quererlo y a sentirlo en aquellas tierras que fueron su morada, en esas santas ciudades que albergaron a tantos hombres justos! Sin embargo, la memoria imaginativa tiene a veces lagunas imponderables, vacíos que no pueden llenarse con imágenes sino con sentimiento. Comprendió entonces que la Historia le traicionaba, que el abismo entre aquella comunidad que conoció al Profeta, la Paz sea con él, y esta otra que viajaba por los aires era demasiado profundo. Abajo se distinguían ya claramente los suburbios de Jeddah, enormes extensiones edificadas a lo largo de la costa occidental de Arabia Saudí.

Un enorme surtidor de agua se levantaba junto a la playa, surgiendo del mar. Un compañero de viaje le contaba que Jeddah, en árabe, quiere decir abuela, y que, según cuenta la tradición, en esa ciudad está enterrada Eva, la primera mujer creada, antecesora de todo el género humano.

La anécdota se deshizo en el aeropuerto, en la visión de una arquitectura elegante y vanguardista que reflejaba sin embargo el espíritu de la cultura tradicional del desierto. Abiertas estructuras que producen la sombra necesaria y dejan que el aire circule por debajo, allí donde se reúnen los miles de peregrinos que acuden desde todos los rincones del mundo para cumplir con uno de los pilares de su fe.
Mientras esperaba la resolución de trámites inevitables, Hisham se dio cuenta de que su imaginación no había tenido en cuenta un hecho que ahora se revelaba como central: una comunidad que no estaba determinada por la pertenencia a una raza, tribu o lengua materna sino una comunidad de creyentes que se reunían con la voluntad de cumplir un antiguo mandato. Hombres y mujeres de todas las edades y culturas deambulando en un espacio abierto y caluroso, esperando pacientemente su protocolaria tramitación hacia el interior.

Durante el viaje, las conversaciones habían girado inevitablemente sobre las condiciones del Hach, sobre el estado del Muhrim, y la manera correcta de cumplir con todos los ritos, descritos y fijados de manera definitiva por el Mensajero de Allah, que Allah derrame sobre él y sobre su familia las más generosas bendiciones. Lo primero era claramente una cuestión de intención, la conciencia que ha de tener el peregrino de una voluntad firme para materializar en sí mismo aquello prescrito, encomendándose a su Señor en uno de los Mikats o lugares especificados para ello.

Intención

Tambien en ese tema surgieron los distintos puntos de vista y el cruce de informaciones. Hisham estaba con un grupo de peregrinos en la puerta de uno de los negociados de inmigración, tomando café verde y masticando dátiles. Cuando, tras una interminable espera, pudo por fin abandonar el aeropuerto, supo que los llevaban en autobús hasta Taif, más allá de Meca, en cuyas inmediaciones está uno de los mikats. El viaje transcurrió por la llanura calcinada hasta que la carretera empezó a ascender por enormes montañas de roca. Se le hacía difícil a Hisham imaginar la travesía de los antiguos por aquellos parajes, a pleno sol, sin el recurso facilón del aire acondicionado, a pelo de camello y pellejo de agua. Ciertamente esa comunidad tuvo el privilegio de convivir con el Mensajero de Allah, la Paz sea con él, y escuchar la Recitación de sus propios labios, pero también es cierto que sus miembros fueron claramente probados.

Finalmente el autobús se detuvo junto a una mezquita. Hisham y sus compañeros bajaron llevando en la mano una bolsa con el Ihram, las dos piezas de tela blanca sin costuras que son la sola vestimenta del muhrim. Cientos de musulmanes se agolpaban en las inmediaciones de los lugares de ablución, esperando turno para purificarse con el agua e invocar al Señor de los Mundos. Cuando Hisham salió con la ropa en la mano, algunos de sus compañeros estaban ajustándose el ihram, difícil maniobra cuando no se tiene mucha práctica. Al dejar la ropa en el autobús se oyó el adhan de Magrib y entró con sus compañeros en la mezquita.

El imam recitaba con una entonación especial. Aunque no dominaba el árabe, Hisham sintió toda la dulzura de esa lengua y la belleza incomparable del Divino Discurso. Después del salat se quedó un rato en la mezquita haciendo dikr.

Mientras repetía las letanías, su corazón sintió la proximidad de una situación muchas veces imaginada. Dentro de poco iba a visitar la Casa Sagrada. Como musulmán, sabía que Allah no puede ser asociado a ninguna forma, confinado a un sitio concreto, pero también que Allah ha mandado que se peregrine a Meca, al menos una vez en la vida, si se dispone de medios para ello. Allah no está en ningún sitio, pero Él ha dicho que los creyentes tengan la Kaaba como centro en sus oraciones de cada día. La idea de llegar a ese Centro, le resultaba a Hisham inquietante, sobrecogedor, aún a sabiendas de que el Templo nada contiene, de que detrás de la puerta dorada no hay imagen ninguna, ni soporte, ni forma. Ese era uno de los misterios que su mente no había podido resolver, porque a fin de cuentas no era una cuestión de razonamiento sino de fe.

Al salir, ya de noche, la luna avanzaba hacia el cuarto creciente de Dul-Hiyya, señalando un año más la fecha del milenario retorno.

La Casa

El tráfico era pesado y el autobús avanzaba penosamente por la carretera de Meca al Mukarrama, la Ciudad Bendecida. Los peregrinos se acostumbraban a recitar la invocación que habría de acompañarles durante todo el Hach: “¡Labbaik, Allahumma labbaik. Labbaik, la sharika laka labbaik. Imnalhamda wanniamata laka wal mulk, la sharika lak...Labbaik!--¡He aceptado Tu Orden, y he venido para obedecerte. Oh Dios mío He aceptado Tu Orden y he venido para obedecerte. Nada puede ser asociado contigo. He aceptado Tu Orden y he venido para obedecerte. Por cierto, Tuyas son las alabanzas y Tuyas son las bendiciones. Y Tuya es la soberanía. Nada puede ser asociado contigo!--” Cuando por fin se detuvo en las inmediaciones del Haram, Hisham se dió cuenta de la densidad inimaginable que poblaba las calles. La multitud parecía un solo organismo que se expandía por todos sitios, encogiéndose por momentos, como una cinta sin fin que se moviera en todas las direcciones. El grupo de Hisham descendió por una calle limitada por un alto muro que, según les indicó uno de los guías, cerraba el espacio del palacio real. Cuando llegaron abajo, Hisham pudo darse cuenta de que estaba pisando los mármoles blancos del Haram y, al levantar los ojos, los potentes reflectores le mostraron, iluminados, la fachada de la Mezquita y los alminares. El guía les señaló un obelisco con un reloj, diciéndoles que, en caso de perderse, volvieran a ese sitio tras completar la Umrah. No tenía pérdida. El reloj se veía desde todos los rincones de la plaza.

“¡Labbaik, Allahumma labbaik...!” resonaba por todos sitios. La multitud ofrecía el rostro único de toda la genealogía humana, la expresión de una diversidad elocuente que no había dejado nada en el tintero de las posibilidades. El vicio y la virtud, promesas del cielo y del infierno, cruzándose en el mar de hombres, mujeres y niños que ya desembocaba en el interior, buscando un punto sin dimensión que era su sola referencia.

Hisham cruzó entre las columnas de la rica mezquita engalanada, a la vez temeroso y lleno de deseo. Pasando de un salón a otro, su corazón galopaba con rapidez. No supo en qué momento sus ojos vieron por vez primera la negra vestidura, pero sus lágrimas brotaron desde dentro, desde muy adentro. Tanto que descubrió en sí mismo la Sublime Morada. Las lágrimas cayeron sobre el mármol y se prosternó. Ya no había multitud ni sonido que pudiera distraerle de la Recitación. Sintió que había estado ausente mucho tiempo. Recordó entonces las cosas olvidadas y supo que allí estaba su casa, el lugar donde su intimidad era sentida, donde podía encontrarse a solas con su Señor, el Dios Único, Solo y sin asociado, el Amigo Íntimo que de verdad le conocía. Sus lágrimas no estaban sólo enjugando una biografía sino que componían ahora el discurso de una creación.

Lloraba también porque no podía decir nada, porque era consciente de que nada ni nadie podrá nunca articular palabra que Le describa. Lloraba también al darse cuenta de su insignificancia, de la gratuidad de tantos sufrimientos y gozos inútiles, de tantos recuerdos y deseos que se hacen trizas y se decoloran ante la Sola Realidad.

Circunvoluciones

Cuando Hisham terminó su plegaria se internó en el tawaf, buscando la esquina oriental donde se ha de iniciar la circunvalación. Aún por la parte exterior era difícil avanzar entre la marea imparable de los creyentes. “Labbaik Allahumma labbaik...” grupos que estaban ya dando las vueltas empujaban sin quererlo siquiera, como arrastrados por un caudal de humanidad que no dejaba de incrementarse. Olor corporal, sollozos, la humedad de un ihram que vistió a un peregrino venido desde las profundidades de Afghanistán o desde un árido rincón de Africa. “Imnalhamda wanniamata...” Perfumes del medioriente, voces de súplica, presión de los cuerpos que no terminan de encontrar la nada...”laka wal mulk...” Hisham levantó su brazo derecho desnudo hacia el cielo y repitió el saludo “Bismillah allahu akbar” mientras pasaba por delante de la majestuosa Kaaba, rozando el Maqam de Ibrahim. Cuando vio la puerta dorada entre las cabezas de los peregrinos sintió un deseo irreprimible de acercarse. Arrastrado por la multitud, dobló la esquina Norte tocando el borde del Hirch de Ismail, donde, según cuenta la Tradición, están enterrados éste y su madre Hayyar. Sudor, súplica, presión, imposibilidad...”La sharika lak...Labbaik...”. Ahora se encontraba en la esquina occidental y la multitud se abría en ese sitio. Aprovechó para acercarse un poco más, y en la esquina del Sur, la del Yemen, pudo ver a las gentes luchando por acariciar una de las piedras talares. Un olor intenso a perfume lo llenaba todo. Parecía imposible que, de pronto, desapareciera la presión de los cuerpos para volver aún con más intensidad. “Allahumma labbaik...” La tela negra dejaba al descubierto la parte inferior de la Kaaba, y Hisham pudo ver de cerca sus piedras oscuras de color indescriptible: estaban cogidas entre sí con un mortero marfileño, la tela, ricamente bordada con alabanzas al Señor de los Mundos, cuando la densidad humana se hizo insoportable. “Imnalhamda...”. Esta vez pudo ver la hornacina de plata que, en la esquina oriental protege la Piedra Negra, piedra que, como dijo el Profeta, la Paz y las Bendiciones sean con él, “ni perjudica ni beneficia” y que, según cuenta la Tradición, le fue traída a Ibrahim, la Paz sea con él, por un ángel, desde la colina de Abu Qubays, donde estaba conservada desde que llegó a la tierra procedente de los confines del Universo. Hisham recordó el hadiz de Tirmidi: “descendió a la tierra más blanca que la leche, pero los pecados de los hijos de Adam la volvieron negra.” Ibrahim y su hijo Ismail, la Paz sea con ellos, colocaron la piedra en la esquina oriental cuando terminaron de construir la Kaaba, por mandato de Allah. En ese tiempo profético se instituyó el rito de la Peregrinación, que adquirió su forma definitiva con la Revelación Coránica que transmitió el Mensajero de Allah, Muhammad, que la Paz y las bendiciones sean con él.

Hisham estaba en la segunda vuelta y su mente ya no articulaba. Círculos de la existencia componiendo un gigantesco acto de adoración, nunca detenido desde los tiempos remotos de Ibrahim. Preguntas sobre la condición humana.

“...Wanniamatta...” ¿Qué misteriosa energía hace posible ese irreprimible movimiento del ser humano hacia Dios?...¿Qué fuerza es capaz de mantener al ser humano e incluso a la propia Historia, sujetos a un movimiento circular en torno a un cubo vacío desde los tiempos históricos más remotos?...Hisham empezó a adivinar las respuestas pero nada podía decir, como no fuera repetir la invocación, volverse hacia el Recuerdo...”Laka wal mulk, la sharika lak. Labbaik...” Ahora había cruzado el Maqam de Ibrahim por dentro y se aproximaba hacia las piedras. El Hirch volvió a desviarlo. Se dio cuenta de que estaban depositando un cadáver, el cuerpo de algún peregrino que quiso allí morir como shahid, alcanzando así el Jardín prometido a los mártires, a los que mueren en el Camino de Allah. De la parte exterior del círculo irrumpió entonces una especial comitiva formada de altos porteadores que transportaban a los impedidos sobre angarillas. Inválidos y enfermos para los que la enfermedad no era un obstáculo, cumplían así con los ritos prescritos. Figuras llenas de dignidad en medio de la vorágine de cuerpos amortajados...”Allahumma labbaik...” Tribus diferentes que llegan de todos los lugares del planeta...ojos rasgados del extremo oriente, dulzura de las islas donde se anticipa el jardín, cuerpos curtidos por el sol de la sabana, recia la voz, ahora música, bálsamos y aceites aromáticos, “Allahumma...” lágrimas, sudor, alguna mirada shaytánica que se disuelve en la marea de los que adoran, “Allahumma...”, algún empujón desesperado entre brazos que quieren proteger a los cuerpos más débiles. Hombres que defienden a sus mujeres en el mar de los cuerpos, “Allahumma...”, con sus brazos fuertes abren camino entre los caminos. “Imnalhamda wanniamatta..” Un grupo penetra con evidente fuerza, sus miembros embriagados en el Recuerdo, los ojos cerrados, cuerpos empapados en sudor, perfume y lágrimas: “La illaha illa Allah... la illaha illa Allah...la illaha illa Allah...” sonido que se pierde entre los demás, notas de una sola melodía...”Laka wal mulk...” Hisham ya no estaba presente, su persona se había desintegrado. Su cuerpo era llevado, arrastrado por una energía inevitable, su voz era también en ese instante la voz de toda la Ummah, recitando los más sentidos versos de adoración. Su conciencia ahora estaba abierta, no condicionada por el deseo. Presentes sus seres más queridos, las más viejas escenas de su memoria no compartían ya ningún argumento. Figuras olvidadas, momentos negados...”la sharika lak...”

¿Tres vueltas? ¿Quizás cuatro? A Hisham le era ya del todo imposible llevar la cuenta. “Bismillah Allahu Akbar!”. De nuevo contracción junto a la Puerta Dorada y, más adelante, muecas de la más baja naturaleza, sonidos animales que caen al suelo pisoteados en medio de la súplica. Otra vez se expande el espacio y Hisham está ahora tocando las piedras de la Kaaba. Un peregrino sudoroso vuelve su rostro envuelto en llanto: deja delante de sus ojos los sillares desnudos. Hisham bajó los párpados y, al tocar la piedra con los labios, sintió que su conciencia se proyectaba hacia el infinito, atravesando cielos poblados de galaxias innumerables. Millones de puntos luminosos en una oscura interioridad. Fue cuestión de una fracción de segundo, un tiempo imponderable en el que su alma abandonó su natural encarnación para volar libre de cualquier contingencia. Momento irrepetible, al abrir los ojos se encontró frente a un material veteado de minúsculos reflejos metálicos. Las piedras exhalaban un denso perfume, ungidas como estaban desde la antigüedad. Detrás del muro, nada. Tal es la forma en que Allah quiere ser adorado, Solo, sin asociado, Único, sin forma, sin objeto, sin rostro. Hisham estaba casi tocando la esquina del Sur. Pudo ver la piedra yemenita, en la que se adivinan grafismos intraducibles, fragmentos incisos de una escritura desvanecida. Manos de distintas tonalidades acariciaban sin cesar su superficie. “Allahumma...” Un poco más adelante, rozando el muro Sureste, algunos muhrims trataban de acercarse a la Piedra Negra. Hisham puso la intención de tocarla y se adentró en el punto de mayor densidad. Parecía no haber fisuras entre los cuerpos. Sintió la imposibilidad de acercarse. Sobre la esquina, agarrado a una de las cuerdas que sujetan la tela, estaba colgado un guardia uniformado que intentaba disuadir a los peregrinos cuando la tensión se hacía peligrosa. La idea de morir aplastado era, más que una sensación, una posibilidad real que podía producirse en cualquier momento. Violentos movimientos de brazos, y sonido de animales respiraciones. Rostros de los que luchan y no temen a la muerte. Rictus que ya sólo se miran de soslayo y de nuevo la marea que lleva a Hisham hacia la Puerta. Quiso volver pero ya no podía, arrastrado por los que iban saliendo de tan álgido espacio. “Bismillah Allahu Akbar...”

La quinta vuelta casi desapareció de su conciencia. Todos los intentos por tocar la Piedra Negra habían resultado infructuosos. Hisham se consoló pensando en el Hadiz: ”Ni perjudica ni beneficia...” y en el hecho de que no es obligatorio el tocarla, de que no forma parte de lo prescrito al peregrino. A pesar de ello, cuando estaba completando la sexta vuelta volvió a la carga y se zambulló empujando con toda la fuerza de que era capaz. La presión era tan insoportable que podía morir estrujado en cualquier instante. Aún era posible retroceder. Sintió miedo, un profundo terror ante la inminencia de su propia muerte. Nada de metáforas ni alegorías. Perdió fuerza por un instante y estuvo a punto de desfallecer. Súbitamente cesó el pánico, la presión y las voces. Se encontró agarrando con las manos el borde de una hornacina de plata que tiene en el centro una abertura. Metió la cabeza y besó la Piedra, negra por los pecados de toda la Humanidad, antigua y cansada. Sin saber cómo se encontró doblando la esquina. Bajo la Puerta había un claro y allí se quedó con el pecho pegado a las piedras. El sudor le corría a chorros y su pecho quedó adherido a la pared como una ventosa. Su corazón golpeaba el muro produciendo un sonido. Eran los aldabonazos desesperados de una criatura que reconocía al Poderoso, al Compasivo. Hisham miró hacia arriba y se fijó en la puerta cerrada. “La jawla ualla qwata illa billah...”Allí acababan todos sus estados, frente a la puerta cerrada que guarda un espacio vacío de todo menos de Allah. Sintió que la Kaaba era como su corazón, un espacio interior donde se acaban las palabras, donde a veces resuena la Verdad. Órgano que escucha la Recitación y sede de su Conciencia y de su anhelo. Allí le pidió Hisham a su Señor los favores que más necesitaba. Expresó, sin hablar, los más puros deseos y allí se conoció a sí mismo como nunca antes lo había hecho. Allí desveló el secreto y comprendió la inmensa Sabiduría de Su Mandato. Allí van los creyentes para saber ya para siempre que Allah no está ni aquí ni allá, que no reside en este o aquel lugar, que el final del viaje está en el interior, en el Taqwa que nace del corazón de los que Le adoran y suplican sinceramente.

Súplicas en un lugar especial

Hisham completó el Tawaf y se dirigió al Maqam de Ibrahim, donde los que acaban las vueltas se detienen a prosternarse dos veces.

Era difícil ocupar un espacio en medio de la corriente, pero en ese momento se escuchó el Adhán de Isha por todos los rincones del Haram. La llamada se extendió entre la multitud como si fuese un bálsamo y el movimiento se fue deteniendo poco a poco. Hisham se encontró de pronto formando parte de una de las filas circulares, alineado con otros peregrinos que se ya se disponían para hacer los rakaa. La solemne sensación de quietud y el silencio caluroso del Haram le abrieron los ojos a Su Majestad. Quietos los corazones y los cuerpos, quietos como ese Templo Inmutable que se ofrecía a su visión, despojado ahora, por un momento, de sus contingentes rondadores. La recitación del Imam se extendió por todos los rincones y más allá. De nuevo sintió Hisham que la entonación y el ritmo de los ayats escapaban de cualquier condición humana. No era la voz de ningún hombre, la palabra de ninguna criatura, o el discurso que quien se sabe perecedero, sino Palabra Eterna, ritmo de las estaciones y los días, de la sucesión del día y de la noche, del nacimiento y de la muerte. Después del salat, Hisham pudo hacer los rakaa de la Sunna, mirando de frente la puerta cerrada de su íntimo vacío de todo menos de Allah, Alabado Sea.

Pidió Hisham a su Señor por sus seres queridos, por que fueran guiados por el Camino Recto y no les resultara demasiado difícil la travesía por esta vida. Por sus súplicas desfilaron los habitantes de su corazón y las querencias inevitables de su alma. Seres amados y recordados, rostros que expresaron su cualidad más señalada, como si en una fugaz visión celeste quedaran reducidos al solo sonido de sus nombres.

Agua de Vida

Lentamente se encaminó Hisham hacia el corredor que une las dos colinas, Safa y Marwa, las que, según cuenta la tradición, recorrió Hayyar pidiendo auxilio para su hijo Ismail, que moría de sed en pleno desierto de Becca, en la antigua Ruta del Incienso que atraviesa la Península Arábiga de Sur a Norte. Siete veces recorrió Hayyar el espacio entre las colinas antes de que Yibril acudiese a ella mostrándole el pozo de Zam Zam. El agua brotó de la misma arena en el preciso lugar donde Ismail tenía asentado el talón. Y así, son siete las veces que el muhrim ha de recorrer la distancia entre las colinas, de las cuales Hisham sólo pudo ver sus piedras superiores, ya que la base y el camino entre ambas se hallan hoy recubiertas de blanco mármol y techadas, formando el ala Sureste de la Gran Mezquita del Haram. Unas líneas fluorescentes marcaban el espacio intermedio donde el peregrino debe acelerar el paso, correr incluso, recordando con ello el momento angustioso en el que la madre buscaba ayuda para su hijo en medio del desierto.

Al final del recorrido, Hisham estaba exhausto y sediento. Sintió que los ritos prescritos le ayudaban a vivir una experiencia que estaba teniendo lugar en un tiempo profético, no en ese tiempo lineal y lógico, descriptivo, que construye la Historia, sino en otro en el que los siglos no tienen sentido, en el que pasado, presente y futuro conviven en la experiencia de la Conciencia Única. Momento en el que ya no hay sujeto u objeto de conocimiento ninguno.

Hisham bajó a Zam Zam y se acercó a uno de los puntos de agua. Sintió en su cuerpo el frescor inusitado de un Agua Bendita que, en este caso, no está contenida y quieta en una pila, sino fluyente y viva, artesiana, emergiendo de las más remotas profundidades, elevada mediante la energía de la creación. Cogió una de las cazoletas de metal y gustó su sabor incomparable, diferente a cualquier agua que hubiese bebido en sitio alguno, sin olor ni sabor, místicamente pura. Bebió un cazo tras otro y acabó rociándose la cabeza.

Con el Ihram empapado, Hisham abandonó el Haram por Bab As Salam, sabiendo ya que no es una metáfora el dicho de que quien hace lo prescrito en ese santo Maqam sale de allí como naciendo de las entrañas de su madre.

Mina

Cuando llegó al lugar de cita con sus compañeros encontró a algunos de ellos charlando con el guía. Aún faltaban más de la mitad, y en la espera volvieron los debates sobre la forma correcta de hacer esto o aquello. El siguiente paso consistía en pernoctar en el Valle de Mina, como hizo el Mensajero de Allah, que la Paz y las bendiciones sean con él, cuando fijó definitivamente la forma de la Peregrinación.
Al poco tiempo estaban todos juntos en un vehículo que les llevaba a Mina. De nuevo la entonación del “Labbaik, Allahumma labbaik...” letanía que ya se repetiría hasta la saciedad. Las calles de Meca parecían intransitables. Autobuses de la más diversa procedencia con ayats de Corán caligrafiados en la carrocería, invocaciones que llegaban a la Ciudad Bendecida procedentes de todo el mundo. Algunos ejemplares curiosos, como esos viejos autobuses iraníes a los que les han quitado el techo y llevan a los peregrinos a su meta cruzando los desiertos a pleno sol, en un ansia por reproducir las dificultades de los tiempos antiguos. O aquellos otros, procedentes de Afghanistán, con la baca atestada de estoicos y recios hombres, mientras en los asientos se distribuyen las mujeres, los niños y los ancianos. Detrás de alguna ventanilla, Hisham descubría a veces la mirada perdida de algún viejo que iba buscando el mejor de los rincones para esperar la muerte.
A medida que pasaban las horas el flujo se iba incrementando hasta los momentos de colapso total. Cuando por fin llegaron a Mina, el cuarto creciente de Dul-Hiyya se recortaba claramente en un cielo anaranjado de intensa luz artificial. Enormes reflectores iluminaban todo el valle, ofreciendo la imagen de una reunión escatológica. El autobús no pudo avanzar más y los guías decidieron que era el momento de apearse. A duras penas pudieron llegar los peregrinos a las jaimas donde debían alojarse.

Los alrededores de la mezquita estaban tan saturados de gente que tuvieron que bordearla para poder atravesar al otro lado del valle. Allí, a lo largo de toda la cadena montañosa se alineaban miles de jaimas y se dibujaban líneas de peregrinos moviéndose en todas las direcciones como si de un gigantesco hormiguero se tratara. Jamás había visto Hisham nada semejante. Pensó por un momento en los cientos de miles de historias personales que allí se entrecruzaban. Cada uno de aquellos seres tenía sobre su conciencia el peso de la individualidad, y sin embargo no cabía mayor anonimato. Hubo un momento en el que todos los rostros le parecieron familiares, como si la dimensión exagerada del número condujera a un reconocimiento evidencial de toda la condición humana, a la disolución real de las particularidades. Un misterioso sentimiento en el que todos aparecen iguales y únicos al mismo tiempo. Algunas mujeres orientales abrían enormes pañuelos sobre el suelo, ofreciendo a la vista productos exóticos: telas de múltiples y vivos colores entre las tribus mauritanas, sedas suavemente teñidas en el extremo oriente, perfumes de todas las calidades posibles de la pobreza, imposibles bisuterías y maquinaria dorada de Taiwan por todos sitios. Hisham se daba cuenta de que para muchos de aquellos peregrinos, aquel era el viaje de su vida. Muchos habían llegado hasta allí vendiendo la quincallería para ir pagando el viaje. Recios muyyahiddins se cruzaban con rostros venerables dibujados por el Vedhanta, un hombre de estatura inusitada levantaba sobre sus hombros un niño de apenas cuatro años, destacado de la masa blanca de los ihrams.

Para llegar hasta la jaima había que ascender por la ladera de la montaña, remontando un sendero cortado a pico sobre el vacío. Allí acababa el asfalto y comenzaba el desierto de roca. Hombres, mujeres y niños circulaban subiendo y bajando como si caminaran a ras del suelo. A medida que subía, Hisham iba asumiendo una panorámica más extensa. El mar de peregrinos parecía no tener fin. Al final del valle, la blanca multitud se difuminaba hasta desaparecer en una vibración lechosa y anaranjada, confundida con el vapor luminoso de los reflectores.

Las jaimas de lona blanca estaban dispuestas junto al enjuto camino, abiertas hacia el valle. Unas simples alfombras cubrían el suelo, suavizando la superficie cuajada de irregularidades. La vibración del lugar coincidía con el espacio tantas veces imaginado. En un extremo, unos hombres sentados tomaban café verde que ofrecieron a los recién llegados junto con el saludo, “Assalamu aleikun wa rahmatullahi wa barakatuhu...”, respondido por los agotados peregrinos que se sentaron sin pensarlo dos veces.

Encuentros

Entre el café con cardamomo y las palabras, se fueron cruzando las miradas y las intenciones. Uno de los anfitriones se llamaba Sidi Umar, y era uno de los hijos de Sidi Bashir, hombre del que Hisham había oído hablar a menudo a sus amigos de Al Andalus. Su familia pertenecía a una comunidad de eritreos afincada en Medina Al Munawwara desde hacía siglos. Sidi Umar tenía la distinción propia de los de su raza, esa elegancia de rasgos que distingue a los miembros de este pueblo entre todos los de la Ummah. Hablando con él, descubrió Hisham el significado de la palabra adab, término que no sólo alude a la cortesía en las formas, sino que es la expresión social de un estado del alma e incluso del espíritu.

La conversación serpenteaba por el hilo conductor del Tawhid --la Ciencia de la Unicidad-- y sobre la licitud de determinadas actitudes y prácticas. Algunos hombres estaban reunidos en un espacio cercano haciendo dikr. Su murmullo se dejaba sentir como un bajo continuo.

Poco a poco fueron quedándose dormidos sobre las alfombras, entre relatos de hadices y emocionadas canciones medinesas en recuerdo del Mensajero de Allah, que la Paz y las bendiciones sean con él. Lo último que pudo oír Hisham, justo antes de sumirse en una nostálgica inconsciencia, fue el Hadiz transmitido por Bujari en el que el Profeta, la Paz sea con él, afirmó: “Los mejores de mi pueblo son los de mi generación, luego los que vienen después de ellos, luego los siguientes.”
Durante la noche, los sueños de Hisham se poblaron de largas caravanas que avanzaban por el valle. No había asfalto ni reflectores, sino la tierra milenaria bañada en la luz polarizada de Arabia. Camellos del color de la arena soportaban la carga de las generaciones, como si llevaran la Historia sobre sus lomos. La diversidad de razas y culturas que Hisham había visto durante el día, aparecía ahora ampliada en el tiempo. Una sola humanidad avanzaba con parsimonia como si eternamente estuviese finalizando su travesía. Hisham descendió de la montaña para ir al encuentro de los viajeros. Les saludó, pero éstos parecían no darse cuenta de su presencia. Inmutables, miraban hacia el final del Valle desde la más remota interioridad. Sus ojos ya lo habían visto todo en este mundo y estaban inevitablemente de regreso. Hisham caminaba en sentido contrario al de la caravana. Estaba descalzo y las piedras le quemaban los pies. Sintió un dolor en las plantas y se agachó, descubriendo que tenía clavada en el talón la espina de un azufaifo. Cuando terminó de sacarla, una pezuña clara se detuvo a su lado. Sintió una alegría inmensa, un amor incontenible. Se agarró a la brida de Qaswa sin atreverse a levantar la mirada. En ese momento, el Adhán de Fayr vibraba con fuerza en todo el valle: “...ashadu anna Muhammadan Rasullullah...” y Hisham se dió cuenta entonces de que soñaba. Su conciencia estaba ahora entrando en la vigilia del último momento de la noche. “...la illaha illa Allah.”

Por toda la montaña se veían peregrinos portando botellas de agua para realizar la ablución. Poco a poco se iban formando grupos alineados tras los imames. Con el presentimiento del crepúsculo se produjo la Teofanía de la Recitación: visión de una humanidad que cumple con el ineludible mandato de la adoración. La Ummah prosternada ante su Creador, el Generoso, el Inmenso.

Según finalizaban las oraciones, los peregrinos iban preparándose para la marcha hacia Arafah, una vasta llanura que se abre hacia el Este, a partir del límite del recinto sagrado, en dirección a Taif.

Gentes del Recuerdo

A pesar de la hora temprana hacía bastante calor porque estaba entrando el verano. Sidi Umar invitó a Hisham a tomar un café con su gente. Un grupo de sudaneses se sentó con ellos. Hisham percibió en los recién llegados una vibración especial, como si sus movimientos dibujaran un planificado diseño. En voz baja Sidi Umar le explicó que eran gentes de la tariqa del Sheij Bujari y que iban a ir con ellos hacia Arafah.

Tras el café, el grupo se puso en camino. Una larga fila de peregrinos descendía por la montaña, como un arroyo que fuese a desembocar a una corriente mayor. Desde arriba, la masa de peregrinos parecía fluir como un líquido que iba a desagüar en a hondonada. Poco a poco los sudaneses empezaron a entonar el “Labbaik”. Hisham se sumó a su letanía mientras el ritmo de la marcha crecía paulatinamente. Los sudaneses eran seres de una gran fortaleza física, recios y flexibles. Hisham se sentía a gusto con ellos, con la bondad de sus miradas y la sinceridad de sus corazones.

Los casi veinte kilómetros del trayecto fueron recorridos como en volandas, con alguna parada para beber o para atender a las mujeres y a los niños. Éstos, a medida que se iban cansando, pasaban a las espaldas de los hombres. Al fondo se sugerían las montañas de Taif difuminadas por el calor.

Hicieron un alto en la mezquita de Muzdalifah para esperar a los más viejos que habían quedado descolgados durante la marcha. Hisham se dió cuenta entonces de que habían estado caminando durante horas. El valle se abría en una llanura y Sidi Umar le dijo que estaban entrando en Arafah mientras le ofrecía una botella con agua de Zam Zam. Tambien le dijo que durante el Hach de la Despedida, algunos hombres del Quraish se habían extrañado de que el Profeta saliese de los límites del recinto sagrado y se asentara en aquella llanura. El Profeta, la Paz y las bendiciones sean con él, había dicho que Ibrahim, la paz sea con él, había establecido el día de Arafah y luego esta parte de la Peregrinación se había olvidado.

Arafah

Los peregrinos llegaban de todas las direcciones circulando por unas avenidas circundadas de acacias que estructuran el desierto en aquel lugar. Los árboles sobreviven allí gracias a un sistema de difusores que lanzan una niebla finísima, como sakina, que cae suavemente al suelo.

Sidi Umar dijo que las jaimas de Bujari estaban un poco más adelante, en un lugar muy especial. Cuando llegaron a las lonas le señaló a Hisham una colina diciéndole que era Yebel Rahma, el Monte de la Misericordia, donde el Profeta, la Paz y las bendiciones sean con él, se asentó para pronunciar su sermón.

Los sudaneses entraron en la jaima invitando a Hisham a unirse a ellos. Unas simples lonas y alfombras. En el centro se disponían algunos leños para cocinar y en un rincón se había improvisado una letrina. En el otro extremo del recinto había un espacio cerrado al que algunos hombres accedían abriendo una cortinilla.

Sentado en un rincón, Hisham observaba atentamente cómo se iban colocando los que llegaban. Saludaban a un hombre que parecía un guerrero de la sabana. Este les iba indicando un sitio hasta que hubo un número suficiente. Empezó entonces a recitar la shahada continuando luego con la mención de los Nombres de Allah. Los hombres le seguían en la recitación y al poco tiempo todos estaban inmersos en el Recuerdo. Sidi Umar le dijo que aquel fornido luchador era el muqadem y que aquellos hombres eran los fuqara del Sheij Bujari, los cuales venían a Meca casi todos los años durante la Peregrinación.

La temperatura iba subiendo por momentos. Poco a poco se fueron incorporando nuevos fuqara que llegaban de Mina. Una mujeres estaban preparando comida en una enorme olla de latón. A Hisham le sorprendió la naturalidad con la que se trataban hombres, mujeres y niños dentro de ese grupo. Lo hizo notar a Sidi Umar quien le contestó que todo era cuestión del talante y de las costumbres de los pueblos. Añadió que, aún existiendo la natural separación entre hombres y mujeres, entre estos musulmanes se dan un tipo de relaciones familiares mucho menos rígidas que entre los pueblos del Golfo. Hisham pudo comprobar cómo los hombres se preocupaban de los niños y estaban atentos a las necesidades de sus mujeres, siempre dispuestos a echar una mano, siempre sonrientes con ellos.

Hombres capaces de matar a un león con las manos, acariciaban a sus pequeños con la ternura de quien es consciente de su propia fuerza.

Éxtasis

El tono de las letanías fue creciendo y su sonido invadía todo el espacio de la jaima. Hisham cruzó algunas miradas con los fuqara y pudo percibir tremendas energías que sugerían espacios inmensos y luchas llenas de nobleza. Sidi Umar se levantó y volvió al poco tiempo con unos vasos de té. Por la puerta del recinto entró entonces un personaje que llamó poderosamente la atención de Hisham. Era un hombre pequeñito y oscuro. La barba y el cabello estaban crecidos, como en esas estampas tópicas de naúfragos rescatados después de largos años de soledad. Se apoyaba en una vara y llevaba un takbir de madera en la otra mano. Hisham preguntó a Sidi Umar y éste aseguró conocerle. Se trataba de Sidi Ahmed, eritreo como él, que había pasado ocho largos años de soledad en medio del desierto, en una cueva, memorizando el Corán. Cuando el anacoreta pasó junto a ellos, pudieron sentir su vibración, una energía luminosa y sonriente, alegre y ligera. Su cuerpo no era mayor que el de un niño de trece o catorce años, y se movía como dibujando en el aire su propia figura. Se colocó en cuclillas en un rincón y comenzó a pasar las cuentas. El dikr se hacía cada vez más intenso, como el calor, y Hisham se dio cuenta de que estaba atravesando un límite, una puerta existencial no conocida. Casi no podía contener la energía y decidió salir al exterior. Preguntó a Sidi Umar y éste le dijo que prefería quedarse, porque allí afuera la cosa estaría intransitable. Hisham se levantó y fue hasta la puerta de lona. Al salir comprendió la negativa de Sidi Umar. El espectáculo era dantesco: hombres, mujeres, niños, ancianos deambulando bajo el calor, autobuses varados, coches de policía, ambulancias enloquecidas, seres moviéndose en todas las direcciones. Habían llegado al sitio, pero el sitio era inmenso, así que seguían andando de un lado a otro. Hisham no entendía por qué ni para qué, pero todos se movían sin cesar. Algunos se arremolinaban en torno a un camión que repartía botellas de agua. Otros salían y entraban de las jaimas. El suelo estaba lleno de botellas de plástico y restos de comida. La dinámica humana era tan intensa que daba la sensación de un movimiento sin retorno hacia ningún sitio. Algunos se sentaban en el suelo extenuados por el cansancio y el calor, aprovechando alguna mínima e incomprensible sombra. Un policía llevaba de la mano a un niño que parecía perdido. Otros atendían a un anciano que había sufrido un colapso.
Hisham estuvo andando un rato y se acercó a Yebel Rahma. El calor era allí tan intenso que la densidad humana era menor. Subió la colina entre los lamentos de quienes allí realizaban las súplicas en alta voz. Desde allí podía verse la explanada cubierta de blancas figuras. Hisham pensó que aquello era como una escenificación del Día del Juicio. Los peregrinos andaban caminando sobre la podredumbre de sus vidas, sobre los restos de una existencia condenada a desaparecer. De aquella putrefacción nacían ahora los seres purificados, elevados desde la tierra descompuesta, envueltos en sudarios iluminados. Imagen escatológica para quienes quieren saber de la Otra Vida. Símbolo viviente de la Resurrección. La visión hizo comprender a Hisham que aquello no se explicaba tan sólo como parte de un rito. Era necesario algo más para soportar aquella prueba y hacerlo sonriendo. Trató de imaginar un encuentro así entre no musulmanes y le resultó imposible.

Los peregrinos cubrían toda la llanura. Ya no había otro sitio adonde ir. La esperanza que hubiera en sus corazones había llegado a su límite. Hisham volvió sobre sus pasos abriéndose camino entre los cuerpos. Un hedor insoportable surgía del suelo incorporándose al aire denso que todo lo envolvía, incluso el humo disperso de un incensario en el que se quemaban costosos perfumes. Algunos hombres dormían más allá del cansancio sobre el hábitat improvisado de una alfombra. La tierra se acotaba en esos espacios limpios y mínimos delimitados por los detritus de la aglomeración. Parecía imposible que los seres convivieran allí con sus propios deshechos sin contaminarse. La más cercana metáfora era una escena iluminada, en la que la realidad se fragmentara en luces y sombras.

Al penetrar en la jaima, el tono del dikr había subido hasta el delirio. Hisham buscó inútilmente a Sidi Umar por todos sitios. Vió a Sidi Ahmed que seguía sentado en su esterilla pasando las cuentas, irradiando su energía luminosa, desperdigando la sonrisa a su alrededor. Los fuqara estaban entregados al Recuerdo de Sus Nombres y a las palabras certeras del Tawhid. Hisham sintió que el muqadem le miraba. Volvió su rostro hacia él para encontrarse tan sólo con un perfil recortado en la lona. Era la voz de los guerreros que estaban librando el Gran Yihad, el que se dirime en lo profundo del corazón de los que tienen conciencia de Dios, taqwa.

Alrededor de los fuqara se reunían otros corros donde los peregrinos tomaban té o recibían un plato caliente del caldero. De pronto se abrió la jaima cubierta y apareció Sidi Umar quien, viendo a Hisham, le hizo un gesto de saludo y se dirigió hacia el caldero para ofrecerle un plato de comida.

Hisham casi no pudo comer. El guiso de tapioca estaba condimentado con especias muy fuertes y picantes, y el sudor le corría por el cuerpo como si estuviese en un baño turco. Probó un poco y volvió a ensimismarse con el ritmo de los derviches.

Ese día era Viernes, y coincidía Arafah con el Yumah. Sidi Bashir le dijo que estaba de suerte porque estaba haciendo el Hach al Akbar, cuya recompensa era cien veces superior a otros casos. Señalando en la dirección de Yebel Rahma dijo que en el día de Arafah, el Profeta, que la paz y las bendiciones sean con él, había pronunciado el último sermón, durante el que transmitió los ayats finales del Corán, que acababa de recibir de Yibril:
“Hoy, aquellos que no creen han desesperado de prevalecer sobre vuestra religión, así pues no les temáis a ellos sino a Mí. Hoy os he perfeccionado vuestra religión, completando Mi gracia en vosotros y me satisface que sea el Islam vuestra religión.”

El ritmo del dikr empezó a descender. La tensión fue disminuyendo casi hasta la quietud. Empezaron a escucharse diálogos de expresivas respiraciones. Algún nostálgico suspiro y el adhán que ya anunciaba las oraciones.

El muqadem se levantó encaminándose al rincón donde Sidi Ahmed seguía desgranando su takbir. Cruzaron algunas palabras y finalmente el anacoreta extendió su mano derecha señalando al muqadem el lugar desde donde debía pronunciar el jutba. El muqadem se resistió, pero finalmente se colocó delante de la lona y empezó a desgranar un sermón en árabe que Hisham no podía entender.

Hicieron luego el salat y continuaron toda la tarde entre el recuerdo y las peticiones. Palmas abiertas en señal de súplica recibían de cuando en cuando una lágrima o gotas de sudor. Así hasta la oración del crepúsculo, tras la que los peregrinos se prepararon para abandonar la llanura. Sidi Umar dijo a Hisham que ahora era el momento para entrar a saludar al Sheij Bujari, pero Hisham no lo consideró oportuno, a la vista de las numerosas personas que aguardaban en el exterior. Sidi Ahmed se levantó y cruzó por delante de ellos. Hisham observó que su energía iba diseminando la sonrisa allí por donde pasaba. Algunos de los fuqara se levantaron e hicieron ademán de saludarle. Empezaron los abrazos y Hisham sintió que, a pesar de no haber cruzado una sola palabra, había existido una clara comunicación con ellos. Los cuerpos y, sobre todo, los ojos no mentían. Momento emocionante fue el abrazo del muqadem. Entonces comprendió Hisham por qué había sentido su mirada clavada, sin poder ver sus ojos. Pudor o compasión, aquellas pupilas que ahora tenía ante sí podían muy bien matar a una fiera. El guerrero lo sabía y por eso no le había mirado de frente hasta ese momento. Hisham pudo ver muchas cosas en esa mirada.

Muzdalifah

Tras la despedida los peregrinos empezaban su marcha hacia Muzdalifah, dentro ya del recinto sagrado, donde habrían de pasar la noche. En medio de la masa de peregrinos Hisham perdió de vista a Sidi Umar y ya no volvió a ver a ningún derviche. Ahora caminaba solo, más bien nadaba en la corriente humana que circulaba por las avenidas de Arafah circundadas de árboles. Olía a flor de acacia.
En Muzdalifah se desplomaban los cuerpos cansados por las alfombras, iluminados por la luz anaranjada de los reflectores. El suelo estaba limpio y las gentes que llegaban ya no comían ni arrojaban detritus. Sólo buscaban un metro cuadrado de tierra donde derrumbar su cansancio. Aquí y allá quedaban los cuerpos quietos como estatuas de plomo. Caminando entre los ya durmientes, Hisham encontró una alfombra extendida, vieja y vacía, y se recostó en una esquina. A pesar del agotamiento no podía dormir. Entró en un estado de ensoñación en el que las imágenes de los peregrinos se cruzaban con recuerdos de otras gentes y de otros tiempos, con luces y sonidos ajenos a su voluntad.

El adhán de la oración de Isha le sacó del estupor. Tras un corto deambular encontró a alguien que estaba terminando la ablución y le facilitó un poco de agua en una botella de plástico.

Después de hacer el wudu, se incorporó a unos peregrinos que estaban agrupándose tras el imam.

Acabado el salat, recordó que tenía que recoger las piedras para apedrear, en los días siguientes, a los Yamarats, unos obeliscos que representan a las fuerzas shaytánicas del mal. Anduvo durante un buen rato como un avestruz, doblándose en busca de los guijarros. Las piedras de Muzdalifah, como todas las montañas del Hiyás, están cuajadas de minerales metálicos. A la luz de los reflectores, las piedrecillas ofrecían inesperados destellos y vetas de una belleza obnubilante. Hisham tuvo la sensación de estar recolectando piedras preciosas. Remontó la ladera de una montaña cercana y de nuevo pudo ver el mar de peregrinos. La masa central estaba quieta, dormida, creciendo en extensión a medida que iban llegando nuevas oleadas desde Arafah. Se quedó allí mirando desde las rocas, oliendo a pasto seco.

Bajó después y trató de buscar la alfombra inútilmente, así que estuvo caminando hasta encontrar un espacio donde tumbarse. Finalmente pidió permiso a un grupo que estaba en una alfombra ocupada a medias. Se sentó y al poco le ofrecieron un té. A pesar del cansancio y de que reinaba un relativo silencio, la luz de los reflectores era tan intensa que no podía dormir. Los focos estaban poblados de insectos que revoloteaban a su alrededor, atraídos inevitablemente hacia la claridad. Por medio de las mariposas blancas cruzaban eventualmente grandes murciélagos en busca de alimento. Hisham se quedó como hipnotizado siguiendo con la vista su vuelo irregular. Cuando lograban capturar alguna mariposa desaparecían velozmente en la negrura de las rocas. De pronto, en la danza de los cazadores apareció un ave más veloz. Hisham, que se había criado en el campo, reconoció muy pronto que se trataba de un halcón. Era extraño que anduviera volando por la noche pero allí estaba, cruzando como un relámpago las trayectorias de los murciélagos trazadas en la niebla anarajanda.

A pesar de la velocidad, era difícil alcanzar la presa. Los murciélagos no seguían un camino lineal, sino que avanzaban de forma sincopada, siguiendo un ritmo irregular e imprevisible. El halcón pasaba una vez y otra sin conseguir atraparlos. A veces se paraba a descansar sobre el reflector. Resultaba extraño que no se quemara las patas o cayese electrocutado. Al poco tiempo volvía a la carga, y Hisham se quedó dormido sin saber el desenlace de tan hipnótico movimiento.

El adhán del alba lo sacó del sopor y, todavía dormido, pudo encontrar un poco de agua para hacer la ablución.

Después del salat al Subh, los peregrinos comenzaron el regreso hacia Mina. La vuelta fué más penosa pues estaban cansados. Habían dormido poco y ya se había cruzado el cénit de la peregrinación. Como dice la Tradición, “el Hach es Arafah”.

Yamarats

Unas horas después podían verse los alminares de la mezquita de Mina. Cuando por fin Hisham pudo llegar a los alrededores de los Yamarats era casi la hora de Duhr. Llevaba una bolsa de plástico conteniendo las piedras y pensó que lo mejor era tirarlas cuanto antes. Sin embargo, pronto pudo comprobar que no era una tarea fácil. En ese momento se producía otra situación de aglomeración. Todo el mundo quería tirar las piedras. Demasiada gente al mismo tiempo en el mismo lugar. Cientos de miles de personas queriendo acceder al mismo espacio. Decidió esperar y se dirigió hacia la jaima de las primeras noches. Subió la colina y allí estaba Sidi Umar preparando café.

-”Assalamu aleikun wa rahmatullahi wa barakatuhu”, le dijo el eritreo.

Hisham le devolvió el saludo y se sentó en la alfombra raída.

Después de hablar de las peripecias de la vuelta, Sidi Umar le preguntó sobre los Yamarats. Aquél le contó que había demasiada gente y el amigo le recomendó que lo resolviera pronto pues iban a ir por la tarde a sacrificar. Conocían a un hombre que criaba corderos en los alrededores de Meca y habían concertado un coche para desplazarse. Le advirtió además de los peligros del lanzamiento de las piedras y la forma correcta de acercarse a los monolitos.

Hisham bebió dos o tres tazas de café y descendió por la montaña. De nuevo la corriente humana de los que marchan y regresan en todas las direcciones. Los puestos improvisados en el suelo y la acumulación de restos por todos sitios. Para llegar hasta los Yamarats tenía que cruzar el valle transversalmente. Encontró una ruta entre los peregrinos y finalmente se vio arrastrado por la multitud que iba a lanzar los guijarros. Sobre el mar de cabezas se podía ver la columna de piedra gris y el ruido sordo de los miles de impactos que estaba recibiendo. No eran sonidos puntuales sino una vibración seca y continua. La columna aparecía a lo lejos envuelta en un vapor denso que no era otra cosa que una lluvia de minerales.

A medida que se iba acercando, Hisham pudo comprobar que las energías se estaban tiñendo de matices diabólicos. El simbolismo de la lapidación ejercía una profunda influencia en los peregrinos, que con ese acto estaban exorcizando todos sus demonios personales, sus carencias, miedos y omisiones. Escenificaban el triunfo de la luz sobre la oscuridad, del bien sobre el mal. La dimensión moral de esa parte del rito hacía que el simbolismo se encarnara en un acto vivido con intensa emoción, provocando la teofanía, haciendo realidad en éste mundo a la Comunidad de los Creyentes, a la comunidad de aquellos que según el Generoso Corán, “Prescriben el bien y rechazan el mal...”

El ruido y la presión de los cuerpos fueron haciéndose más intensos. La sensación era parecida a la que había sentido en los alrededores de la Piedra Negra, pero con una carga de violencia que apenas existía en el otro lugar. Hisham pensó que debería acercarse lo más posible si quería acertar con las piedras, pero la masa humana se sentía impenetrable. Haciendo un esfuerzo consiguió abrirse paso entre los resquicios, hasta que consideró que estaba a una distancia apropiada. En ese momento sintió que le empujaban hacia adentro. De nuevo el miedo se apoderó de él, pero supo también entonces que no debía desfallecer. Como pudo, a duras penas lanzó los siete guijarros en el Nombre de Allah, el Bueno, el Perdonador. Cuerpos pesados le pisaron los pies hasta destrozarle las sandalias. Le habían empujado tanto hacia adentro, que las piedras de los que estaban más lejos caían sobre su cabeza produciéndole daño. Volvió el rostro y pudo comprobar que los peregrinos tenían las caras desencajadas, vomitando en sus gestos toda la malignidad reprimida, arrojando en su dramático movimiento, no sólo los pedruscos sino sus más inconfesables frustraciones. El pánico invadió a Hisham, que no veía la forma de salir de allí. Sentía que cada vez estaba más adentro, acercándose a una zona peligrosa en la que los peregrinos eran aplastados contra la baranda de contención que rodea el monolito, recibiendo una violenta lluvia de piedras. Un grupo de policías se abrió paso y consiguió sacar a una anciana que había sido pisoteada. Hisham aprovechó la situación para salir de allí. De soslayo, sus ojos pudieron ver el cuerpo inerte de la mujer que, con seguridad, estaba muerta. Una sensación de desasosiego le recorrió el cuerpo.

Repitió los lanzamientos en los otros dos monolitos, pero desde más lejos. La experiencia le había servido para aprender a cruzar los densos y humanos espacios, hallando impensables senderos entre los cuerpos.

Cuando entró de nuevo en la jaima, Sidi Umar se le acercó con un vaso de té caliente. No necesitaba preguntarle nada a Hisham. Se limitó a mirarle a los ojos y le dijo:
-”Mucha gente viene aquí con la esperanza de morir. No hay que entristecerse, pues a ellos se les ha prometido el Jardín. Algunos, en sus países, cuando sienten cercana su hora, emprenden su peregrinación con la esperanza de morir en el camino. A otros les gustaría hacerlo en el Haram, delante de la Kaaba, y si lo piensas bien, ¿qué lugar mejor para entregar el aliento que la Tierra Sagrada?”

Día del Sacrificio

Por la tarde, Sidi Umar invitó a Hisham a ir con ellos hasta el aduar donde se concentraban los animales. El taxi se abría paso con el morro a través de las gentes. Una hora más tarde habían salido de Mina y estaban circunvalando Meca por el Noreste. Uno de los acompañantes señaló una montaña, diciendo que se trataba de Yebel Nur, Montaña de la Luz, en cuya cima recibió el Profeta Muhammad, que la Paz y las bendiciones sean con él, los primeros ayats de la Revelación Coránica. Hisham se quedó mirando el lugar durante un rato, observando su forma peculiar, esbelta y diferente a las otras montañas de los alrededores.

Cuando llegaron al lugar donde se concentraban los rebaños, Hisham tuvo la sensación de encontrarse de nuevo en el espacio profético, en medio de la visión suscitada por la lectura del Libro o los relatos de los hadices. La vestimenta de los pastores era tal y como Hisham había imaginado muchas veces. Beduinos del desierto, de tez curtida y cuellos cuarteados por el sol. Sonrisa de dientes blancos y una hospitalidad que nada tiene que ver con las formas sociales sino con el espíritu de unos seres acostumbrados a los rigores del desierto. Mundo de Yinns que escuchan atentos la Recitación en medio de la tormenta, de hombres que recuerdan a su Señor en las soledades inmensas, que conocen el desamparo de las caravanas y el valor de las cosas simples como el agua o la sombra.

Un hombre maduro los introdujo en los corrales, mostrándole unos blancos animales que estaban preparados para el sacrificio. Sidi Umar empezó a negociar el precio, y al cabo de un rato le dijo a Hisham la cantidad convenida. Sacaron los animales al exterior y allí mismo cada uno procedió a sacrificar el suyo. Hisham comprendió entonces un poco mejor la naturaleza del sacrificio ritual. Pidiendo perdón al animal, le cortó limpiamente la yugular vuelto en la dirección de la Kaaba.

“Bismillah Allahu Akbar”, repitió Hisham cuando la hoja separó por fin la línea entre la vida y la muerte.

Desangrados los animales, convinieron en dejarlos allí como limosna o sádaka, reservando una parte para la gente del campamento de Mina.

Era la hora de Asr y se quedaron con los pastores para la oración. Terminada ésta, iniciaron el regreso.

Ya en camino, Hisham quiso detenerse en Yebel Nur, pero Sidi Umar dijo que era ya bastante tarde y sería difícil luego encontrar un taxi.

Llegaron al campamento poco antes de la oración de Magrib. Aún tenían tiempo para afeitarse la cabeza, como está prescrito. Cerca de la jaima encontraron a un sudanés que, por la módica cantidad de diez riyals, dejaba los cráneos pelados y relucientes. Hisham le dijo a Sidi Umar que indicara encarecidamente al hombre que usara una cuchilla nueva. Sidi Umar le dijo que no se preocupara, que era costumbre el hacerlo siempre y no había necesidad de decirle nada.

Agua caliente con jabón, “Bismillahi ar Rahmani ar Rahim”...la sensación metálica en la cabeza iba acompañada de un cierto escozor por los pequeños cortes que, inevitablemente, se producían. Cuando el sudanés le dio a Hisham un trozo de espejo para que viera el resultado, éste comprendió que la transformación interna tenía ya su reflejo en el mundo visible. Un hombre nuevo había nacido allí, a pesar de la evidente suciedad que había acumulado el ihram después de tantos días caminando entre las multitudes.

Después del salat y con íntima satisfacción, con el espíritu liberado de sus lastres existenciales, tomaron la dirección del Haram para realizar el tawaf, siguiendo los pasos del Mensajero de Allah, que la Paz y las bendiciones sean con él, que hizo lo propio durante su Peregrinación.

Andando entre la multitud

Hisham ya se había acostumbrado a la aglomeración, y se movía con soltura entre los grupos de peregrinos. Ya sabía cómo cortar transversalmente la corriente sin rozarse apenas con los caminantes, encontrar las veredas que se forman entre las hileras desordenadas y esperar el momento en que la densidad da paso a la apertura. Por el camino se entretuvo en concentrase en ese ejercicio y comprobó lo fácil que era moverse entre la gente sin recibir ni un solo empujón. Todo era cuestión de reducir la ansiedad y eliminar la impaciencia. Cuando conseguía un estado de quietud, el espacio iba abriéndose delante de él. Cuando su mente se distraía con algún pensamiento, un codazo o un pisotón lo sacaban del ensimismamiento. Parecía como si los ojos tuviesen el poder de ir abriendo camino, como si la mirada proyectara una energía real en el espacio circundante. Hubo un momento en el que Hisham se sintió jalado, arrastrado por un itinerario liviano que no mostraba ninguna resistencia a su paso.

Cuando quiso racionalizar lo que le estaba ocurriendo se encontraba frente a las puertas del Haram, en la explanada de mármol blanco. Sidi Umar había caminado detrás de él durante todo el trayecto y ahora le indicó que era muy difícil realizar el tawaf, porque todo el mundo se estaba concentrando allí a esa hora.

Un hombre anciano estaba tendido junto a una de las puertas. Hisham miró a Sidi Umar y éste le dijo, adivinando sus pensamientos, que probablemente estaba agonizando. Se detuvieron a contemplarlo, pero no pudieron saber si estaba durmiendo o entregando el aliento. En su rostro se dibujaba una especial dulzura y sus párpados cerrados cubrían una segura visión de la Otra Vida. Como adivinando la presencia de quienes le daban la despedida, sus labios vivieron la que tal vez fuese última sonrisa antes de quedar inmóviles en este mundo.

Sidi Umar cogió a Hisham de la mano y juntos fueron hasta las escaleras que conducen a los pisos superiores. Mientras subían, podía verse en toda su amplitud la dimensión de la mezquita. Varios cientos de miles de personas podían estar allí en ese momento. Unos prosternados, otros elevando las manos hacia el cielo en señal de súplica. Algunos, retirados junto a las gruesas columnas de mármol, pasando las cuentas del takbir, aquéllos leyendo a media voz la Recitación.

ombres y mujeres mezclados en el espacio final de la Quibla, en el punto donde confluyen todas las direcciones espaciales de adoración. Centro desmitificador que ayuda al ser humano a desprenderse del Shirk, de esa única falta que Allah no perdona. Si alguna vez, en la imaginación del creyente, se tejieron fantasías sobre la Casa de Allah, sobre su forma o contenido, éstas quedan ahora reducidas a nada frente a la realidad de la Kaaba, del Cubo Vacío que, sin embargo, alberga en este mundo de las formas el punto sin dimensión donde toda prosternación desaparece y toda diferencia se diluye.

Cuando llegaron al piso superior pudieron comprobar que estaba también lleno de peregrinos haciendo tawaf. El recorrido era aquí mucho más largo porque la circunferencia era la misma que la de la mezquita, tal vez unos ochocientos metros. En el suelo de mármol estaba marcada la posición de comienzo frente a la Piedra Negra y el cielo, iluminado por los reflectores, dejaba pasar la imagen de una luna caminando hacia la plenitud.

Teofanía

Tardaron casi dos horas en completar las siete vueltas. En la segunda, el adhán de Isha les hizo pararse para hacer el salat. Luego continuaron hasta acabar en el Maqam de Ibrahim donde hicieron duats. Pasaron después a la terraza superior del corredor entre Safa y Marwa y lo recorrieron siete veces. El trayecto central, en el que hay que apretar el paso estaba indicado con unos tubos verdes fluorescentes. Hacía calor, y el agua de Zam Zam, que también fluye en los pisos superiores, fue la mejor recompensa a sus sudores.

Al terminar, Hisham se acercó a la barandilla. El espectáculo era inenarrable. Desde la altura podía verse el tawaf circunvalando la Kaaba. Un mar de puntitos negros rodeados de un halo blanco que se movían siguiendo la dirección espiral de las aguas cuando desaparecen por un sumidero. En este mundo de formas no hay nada más allá.

Como un agujero negro que devorase una gigantesca galaxia de humanidad, la Kaaba expresaba su majestad desde todos los ángulos posibles. Desde la terraza, era inevitable sentir la Manifestación, la Teofanía. Sidi Umar estaba junto a Hisham, también perplejo. El hecho de que cada año viniese a la Peregrinación y de que hubiera visto el espectáculo muchas veces no era óbice para que se sintiera estupefacto cada vez que contemplaba la escena. En un momento, dijo que el verdadero milagro estaba en el hecho de que, desde hace cuatro mil años, desde los tiempos de Saydinna Ibrahim, la Paz sea con él, la Kaaba no ha dejado de ser circunvalada. A cualquier hora de cualquier día del año puede verse el tawaf lleno de peregrinos que vienen de todos los rincones del mundo a hacer el Hach o la Umrah. Ésa era la prueba de que la fe aún sigue viva en el corazón del hombre, a pesar de que las generaciones, como todo lo que está destinado a desaparecer, vivan sometidas a la descomposición, a la degradación y, en definitiva, a la entropía que es consecuencia de la existencia material.

Lugar de la Revelación

Al llegar a la jaima apenas habían regresado unos pocos que estaban sentados, comiendo dátiles que se deshacen en el paladar y sorbiendo ruidosamente los pocillos de café verde.

Al día siguiente, Hisham volvió a los Yamarats para arrojar las piedras. Resultó más fácil que el día anterior. Había aprendido a moverse entre la densidad y a lanzar desde lejos. En el primer Yanmarat pidió a Allah que le librase de la concupiscencia desmedida, instinto que era el principal obstáculo en el camino del Recuerdo. En el segundo monolito Le pidió protección para los suyos, que les librara de las amenazas exteriores e interiores, guiándolos por el sendero del Islam. En el último suplicó por sus difuntos, porque encontrasen en la tumba la Compasión del Misericordioso.

De nuevo en la tienda, Sidi Umar le dijo que si quería, podía ir hasta Yebel Nur. Hisham se dio cuenta entonces de que durante todo el tiempo de su peregrinación había tenido cerca al eritreo, pendiente de sus necesidades, y sintió una profunda gratitud. Ambos se abrazaron como hermanos y, cogidos de la mano, bajaron por el camino de la colina.

Tuvieron que caminar un buen trecho antes de conseguir un taxi. Sidi Umar discutió el precio del trayecto y al cabo de media hora divisaron la roca vertical difuminada por el calor.

Caminaron por la suave colina que le sirve de base. El suelo era de polvo y piedra, y el lugar mostraba un evidente abandono. Diseminados por el trayecto se hallaban algunos aduares de pastores beduinos y grupos de chabolas que albergaban con toda seguridad a familias de emigrantes.

Sidi Umar le iba explicando que, antiguamente, la montaña era conocida como Monte Hira, y según se sabe por la Tradición, era lugar frecuentado por los descendientes del Profeta Ismail, la Paz sea con él. Allí se retiraban los hunafa, rectos seguidores de los antiguos profetas, desde los más remotos tiempos, para practicar el ayuno y la meditación. En una cueva que existe en la cima y, siguiendo la costumbre de sus mayores, se retiraba el Enviado de Dios, que la Paz y las bendiciones sean con él, durante largos períodos de tiempo.

Fue allí donde, a la edad de cuarenta años, en una noche de finales de Ramadán vió al ángel Yibril bajo la forma de un hombre, quien le ordenó: “Recita”. El Profeta le contestó: “No soy un recitador”. La orden se repitió tres veces y finalmente descendió la Revelación, empezando por la Surah que hoy conocemos como “De la sangre Coagulada” y que dice:
“¡Recita en el Nombre de tu Señor, que lo ha creado todo!
Ha creado al hombre de un coágulo.
¡Recita! Tu Señor es el más Generoso,
Él, que ha enseñado el uso del cálamo,
ha enseñado al hombre lo que no sabía.”

Llegaron a la base de la montaña. La roca se erguía de forma imposible en medio de la llanura. Hisham pensó que no era posible subir andando, pero observó a algunos peregrinos que bajaban por un camino de cabras, bordeando las piedras. A un lado de las veredas estaban apostados tullidos y mendigos que alargaban las manos a los caminantes que las transitaban. El trayecto se hallaba surcado de vidrios, latas y desperdicios. Parecía que aquel lugar estaba abandonado. Era difícil mantener el equilibrio entre tantos guijarros. Los pies le dolían y optó por descalzarse. Sidi Umar, sin detenerse, le recomendó que repitiera algún Dikr acompasándolo con la respiración. “Alhamdullillah!...Alhamdullillah!..”. En pocos minutos, el movimiento de su cuerpo, el ritmo de su respiración y su pulso entero estaban diciendo: “Alhamdullillah!... Alhamdullillah!” Hisham sintió como si lo agarraran por el ihram y lo subieran hacia arriba, viéndose de pronto junto a una lona, bajo la que unos afghanos estaban tomando té. Saludaron a los recién llegados como si fuesen conocidos de siempre, invitándolos a una taza caliente. Hisham miró a su alrededor y pudo comprobar con una sensación de vértigo, la altura a la que se encontraba. Podía haber subido seiscientos metros sobre el suelo y el horizonte era tan vasto, que se perdía entre la neblina producida por el calor del desierto.

El lugar tenía una báraka inconfundible. El hecho cierto de que el Enviado de Dios, Muhammad, que la Paz y las bendiciones sean siempre con él, pisó aquellas piedras y en aquella cima recibió la Revelación, iluminaba la conciencia de los que allí subían. La alegría brotaba de los rostros que, de pronto, rompían en llanto. A pesar de estar en la cima, Hisham no veía ninguna cueva y preguntó a Sidi Umar. Este le indicó que le siguiera por una vereda. A escasos metros, unas gigantescas placas de piedra se apoyaban contra una pared vertical. Estaban dispuestas como las hojas de un libro. El espacio entre la primera hoja y la pared era una oquedad oscura y triangular que se iba estrechando hasta convertirse en una rendija. Sidi Umar dijo que existía la costumbre de pasar al otro lado y hacer dos rakaa sobre una piedra cuadrada que allí existe, pues era el lugar donde solía hacerlo el Profeta de Dios, que la Paz y las bendiciones sean con él. Hisham se asomó pensando que era imposible pasar al otro lado. Por un momento dudó de hacerlo y prefirió esperar a que antes entrase alguien para verlo. Llegaron algunos corpulentos afghanos y Hisham pensó que si pasaban sería tarea sencilla para él. Entró a la cueva detrás de ellos y, cuando había recorrido escasamente dos metros, se sintió aprisionado entre las piedras sin posibilidad de moverse hacia adelante ni hacia atrás. Pudo ver cómo el hombre corpulento pasaba sin mucha dificultad y sintió los cuerpos de los que venían empujando. Otra vez la soledad más absoluta, otra vez la criatura indefensa ante la prueba de su Señor, otra vez la duda que se resuelve en la certeza. De nuevo la petición sincera y Hisham estaba saliendo por el otro extremo. Allí estaba, a sus pies, la Ciudad Bendecida, Meca al Mukarrama, diseminada por valles laberínticos que penetran en las montañas. En medio de los edificios se podía ver el Haram y, en su centro, la Kaaba, pequeñita y oscura, como una joya inimitable que adornara el cuerpo de la tierra.

Hisham se miró los pies y se dio cuenta de que estaba pisando un Maqam especial, la piedra cuadrada donde se prosternaba el Enviado durante su retiro, donde pasaba largas horas contemplando la Casa de Allah.

Las lágrimas brotaron con fuerza de sus ojos, que así excretaban los restos de la incredulidad y de la duda. El Aliento de Su Misericordia había limpiado a fondo su corazón y ya sólo se sentía agradecido. Cuando terminó de hacer rakaa, advirtió la presencia de Sidi Umar detrás de él. Con la elegancia y comprensión de siempre, Umar señaló la ciudad que se extendía allí abajo y dijo:

-”En tiempos del Enviado de Dios, que Allah le colme de Gracia, cuando éste contaba treinta y cinco años, el Quraish decidió reedificar la Kaaba, pues en esa época se hallaba muy deteriorada. Bajo la Piedra Negra encontraron un trozo de pergamino escrito en lengua siriaca que decía: ‘Yo soy Dios, el Señor de Becca. La creé el mismo día en que creé los cielos y la tierra, el sol y la luna, y puse a su alrededor a siete ángeles inviolables. Durará tanto tiempo como las dos colinas, bendita por sus gentes con leche y agua’.”

Los dos amigos se fundieron en un profundo abrazo permaneciendo un rato en ese santo lugar. Más tarde rodearon la cueva por un lado y volvieron a coger una de las veredas que descendían.

Sidi Umar dijo que, cuando el Enviado de Dios bajó de la montaña tras recibir la Revelación de Yibril, lo hizo saludando a las plantas y a las piedras, deseándoles la Paz de Allah. Eso era consecuencia de la tremenda experiencia que supone para un ser humano el encuentro directo y personal con su Creador, una mutación irreversible de la conciencia que le acompañará ya durante toda su vida.

Se cruzaron con los mendigos y tullidos que emitían sonidos lastimeros. El descenso era rápido. Hisham estaba concentrado en el ritmo de sus pisadas, movimientos certeros e inverosímiles que se producían sin titubeo, como si el cuerpo fuese conducido por Quien conoce hasta la más diminuta de las piedras. En un recodo, coincidiendo con una espiración, Hisham encontró una mirada que se clavó de lleno en su interior. Era una mujer con un niño pequeño que alargaba su mano, dibujando un movimiento hecho mil veces. Aquellos ojos no dejaban lugar para ninguna duda. No podía existir mentira en aquel momento. Hisham se detuvo y le entregó un billete sin mirarla siquiera. Siguió bajando hasta alcanzar la colina de abajo, donde Sidi Umar le estaba esperando. Siguieron charlando entre los aduares hasta que un anciano ciego les cortó el paso amenazante, esgrimiendo un garrote e invocando a Rasul, que la Paz sea siempre con él. Los amigos no entendían lo que estaba ocurriendo y, esquivando los garrotazos, salieron corriendo hasta la carretera.

Regreso

Consiguieron encontrar un vehículo para llegar a Mina. En la radio del automóvil pudieron escuchar el adhán de Magrib. Hisham abrió la ventanilla porque no soportaba el aire acondicionado y el taxista volvió la cabeza un poco molesto.
Después de cenar, en la jaima, hicieron salat y se quedaron conversando hasta muy tarde. Hablaron sobre las peripecias del Hach y algunos expresaron su intención de volver. Al día siguiente, tras arrojar las últimas piedras a los Yamarats, cada uno emprendería el regreso a su tierra de origen. Sidi Umar le dijo a Hisham que podía acompañarlo a Medina para visitar la Mezquita del Profeta, y le ofreció su casa tanto tiempo como quisiera.

El día después, tras arrojar las piedras, Sidi Umar llevó a Hisham hasta la casa de un amigo en Meca. Allí se ducharon y se cambiaron de ropa, dejando atrás la vestimenta del peregrino. Renovación del cuerpo maltratado por mínimas penalidades si las comparaban con las que seguramente se produjeron en otros tiempos. Como imagen que resumía la travesía, las dos piezas del ihram quedaban juntas sobre el suelo, exhaustas y teñidas con las vicisitudes del camino.

Hisham se sentía como recién nacido, emergido de su propia profundidad, agradecido por el regalo de la existencia. Pocas veces se había sentido tan libre de la memoria y del deseo, tan presente en la Única Realidad, en la Conciencia. Sintió como si la luz estuviese magnificada y los olores revelaran los primeros secretos de la naturaleza y de los pueblos. Voces lejanas y palabras que se engastaron por un momento en una sola melodía percibida como acabada y perfecta.

El amigo de Sidi Umar, cuyo nombre desapareció en la escritura, los invitó a almorzar y, con la hospitalidad casi tópica pero sincera de los árabes, los retuvo todo el tiempo posible.

Después de Asr, los llevó a una estación de autobuses que hacía la línea Meca-Medina y allí se despidieron.

Hégira

El aire acondicionado se agarró a la garganta de Hisham. El contraste entre la cálida y seca naturaleza del desierto arábigo y el frío extremo de los refrigeradores le habían provocado un serio catarro. Por la ventanilla podían verse unas extensiones interminables, deshabitadas y rocosas. No era ésta la imagen del desierto que Hisham había soñado. Siempre imaginó este espacio como un mar de arena suave y clara transitada por caravanas de dromedarios o hileras de todo-terrenos caminando por medio de las dunas. La realidad era muy distinta.

Una impecable carretera de asfalto cruzaba por medio de un paisaje onírico, por un planeta que había sufrido el impacto de grandes meteoritos o alguna catástrofe impensable. Enormes piedras emergidas del centro de la tierra o tal vez el resultado de la colisión de alguna de las lunas que, según se dice, tuvo la tierra en otras eras. El desierto del Hiyás, la Arabia Central, se le aparecía como un fragmento de otro mundo. Imaginarse a los pueblos de las antiguas edades proféticas cruzando esos parajes resultaba difícil. Más de cuatrocientos kilómetros separan las dos ciudades santas, distancia que antiguamente se recorría a lomos de camello en once jornadas. Prueba difícil sin duda para quienes no tuvieran demasiado valor o una creencia firme. Muy de vez en cuando se distinguía el pequeño cauce de un oued, reverdecido en el fondo, y alguna jaima que aprovechaba el agua de algún sondeo reciente. Un verde mitigado por la inmensidad de las piedras y una temperatura que no admite fácilmente color ninguno.

La visión era una impresión lejana, aislada por el vidrio de la ventanilla y absurdamente contradicha por el frío ambiente del interior del autobús, donde los peregrinos tomaban alguna bebida carbónica helada o dormían plácidamente recostados sobre los asientos.

Poco a poco el desierto de piedra fue dando paso a otro paisaje, más cercano a la imagen imaginada. Arena fina de color amarillo claro, algunas plantas estoicas junto a una duna y, ¡Alhamdullillah! un aduar de solitarios dromedarios ramoneando unas escuálidas acacias. A lo lejos se divisaban vastos palmerales que, en medio de aquellas soledades, componían la más intensa figura de la fertilidad y de la vida.

Estuvieron un largo trecho rodando entre hileras interminables de palmeras y el aire se presentía más grato. Algunos seres cubiertos transitaban entre las palmas y, entre los troncos, a veces se adivinaban algún huerto umbrío o el punto de color de una fruta madura escondida entre las hojas. Agua corriendo por alguna acequia, y un hombre clavando la azada en una tierra mullida y orgánica.

Sidi Umar hizo un comentario sobre la ciudad de Medina, su tierra de adopción, lugar por el que sentía una profunda querencia. Habló de lo diferente que es de Meca, y del significado que ambas tienen para el Islam y para los musulmanes. Meca es sobre todo el lugar donde mejor se siente la Majestad de Allah, el Poderoso, el Sabio. La simple visión de la Kaaba es suficiente, si no para comprender, al menos para experimentar Su Solemne e Inalcanzable Presencia. Meca al Mukarrama es, fundamentalmente, un espacio de interiorización, una vibración que conduce al yo hasta un punto en el que éste desaparece en el océano de la Realidad. Medina al Munawwara, por el contrario, es lugar de expansión y de palabras, de comunicación y de vida comunitaria. Sidi Umar se extendió en analizar las diferencias entre las suras del Corán que habían descendido en cada una de las dos ciudades, y el papel que ambas jugaron en el tiempo primordial en que el Islam comenzaba a asentarse en aquellas tierras. Meca fue, en un principio, una tierra dura y hostil, un espacio para la prueba. Medina, por el contrario, acogió al Mensajero, que Allah le colme de bondades, y allí se formó la primera comunidad de creyentes. Allí pudo vivirse el gran regalo que el Islam supuso para aquellos que confiaron en el más digno de confianza, aquél Quraish llamado Ahmed, que un buen día se encontró de frente con su Señor.

Hisham nunca había pensado en estas cosas, y las palabras de su amigo le sugerían nuevos significados. Se acordó de Safa y Marwa, del movimiento entre las dos colinas buscando la posibilidad de vivir. Ese movimiento se extendía ahora entre las dos ciudades, entre la Majestad y la Belleza, entre el interior y el exterior, entre el individuo y su comunidad. Pero también podría extenderse a todo el universo visible, a cualquier ritmo o energía que sustente la posibilidad de la existencia. Safa y Marwa, Meca y Medina, inspiración y espiración...Hisham sintió que su pulso se aceleraba...sístole y diástole: era el movimiento propio de la vida y de la conciencia expresado en el mundo visible, en el cuerpo y en las palabras, en los caminos y en las sensaciones.

Cuando llegaron al final del trayecto, Hisham tuvo la sensación de hallarse en otro país. Las gentes parecían casi las mismas, pero en el aire se percibía una vibración distinta. Sidi Umar fue señalándole algunas calles, explicándole anécdotas y recordando pasajes de la vida del Profeta, sal Allahu aleihi wa salem. Siempre que se hablaba de Rasulllullah, el Mensajero de Allah, los musulmanes árabes desean la paz y las bendiciones para él diciendo: “Sal Allahu aleihi wa salem”. A Hisham le resultaban ya familiares esa bellas palabras, inseparables del nombre propio o de la condición del que tuvo el privilegio de transmitir claramente la Dirección y la Guía pata todo el género humano. Sello de los Profetas, el último de los Enviados, fue el eslabón final de una cadena que se remonta al primer hombre creado, Adam, que la Paz sea con él, aunque su ser ya existiera en espíritu desde el Principio de la Creación.

La Ciudad Iluminada

Hisham se daba cuenta de que apenas quedaban en la ciudad testimonios arquitectónicos del pasado. Los bloques de viviendas eran tan impersonales como los de cualquier lugar del mundo. Sólo los diferenciaban los letreros en las más dispares caligrafías árabes y el aire cruzado de olor a comidas mediorientales y perfumes de sugestividad inverosímil. Hacía casi tanto calor como en Meca pero la atmósfera era más ligera. La ciudad parecía un inmenso zoco. Aquí y allá se abrían locales ofreciendo las mercancías más insospechadas. Las tradicionales perfumerías con sus escaparates mostraban una miríada de frascos de vidrio pintado con líneas abbasidas, al estilo de los cuentos de las Mil y Una Noches. Los puestos de chawarman, despidiendo el olor apetitoso de la carne asada, aromatizada con especiales condimentos. Hisham miraba hacia el fondo de las calles que desembocaban en la avenida y en cada una de ellas se abría un mercado. Las piezas de tela de intensos colores se abrían como banderas, dejando ver entre sus pliegues aparatos domésticos e ingenios electrónicos. Otra calle estaba llena de fruterías donde se exhibían los productos más exóticos, cultivados con toda seguridad a miles de kilómetros de distancia. Allí una pila de ablución, más allá un puesto de pañuelos.

Al fondo se destacaban los alminares del Haram. A medida que se acercaban a la puerta, Hisham pudo comprobar que era una mezquita clara, luminosa. Pegados al muro se hallaban sentados dignos ancianos vestidos totalmente de blanco. Sidi Umar dijo que eran miembros de la tribu de los Banu Hashim, los históricos herederos de aquella familia que fue secularmente la encargada de atender a los peregrinos y velar por el respeto a los Santos Lugares.

La mezquita había sido ampliada recientemente. Ahora podía albergar a decenas de miles de peregrinos en sus salas inmensas.

Accedieron al interior por la fachada principal, la más reciente, y Hisham se quedó embelesado con su arquitectura. Gruesas columnas de mármol claro, techos bellamente trabados y una estructura moderna que, sin embargo, expresaba en su condescendiente decoración, un inestimable tributo a la tradición constructiva de los musulmanes. La construcción habría necesitado de muchos medios técnicos y económicos para poder ser llevada a cabo. Casi sugería un alarde en el más literal sentido del término. El espacio estaba lleno de peregrinos. Cuerpos expresando los más variados movimientos de la adoración y de la súplica. Suaves murmullos de la Recitación, calma profunda de la multitud que reconoce incluso al más insignificante de sus miembros.

Tardaron unos minutos en llegar a otra de las ampliaciones, ésta más antigua, donde encontraron un hueco, y allí se colocaron alineados para hacer rakaa. Tras la prosternación se quedaron en silencio. El espacio donde se encontraban ahora databa tal vez de la época de Feisal. No tenía la magnificencia ni los medios tecnológicos de la primera parte, pero se trataba de una mezquita impresionante y llena de riquezas. Del techo colgaban lámparas que parecían salidas de una crónica del Bagdad abbasí. Un enorme sistema de aire acondicionado y ventiladores removía el aire sin cesar, creando corrientes imprevisibles.

Según avanzaban se iba notando una mayor aglomeración. Arribaron a otro espacio con un patio iluminado cenitalmente. Daba la sensación de ser antiguo, tal vez ya de otro siglo. En los muros, unos medallones colgados mostraban simples caligrafías. Hisham reconoció las letras del Nombre de Allah, y las de Muhammad, pero no podía leer las otras que se alineaban en los laterales. Sidi Umar empezó a leer en voz alta: Fátima...Ali, .Abu Bakr, .Umar Ibn al Jattab, Uthmán, Abu Huraira... Bilal... Allí estaban escritos los nombres de los Compañeros y Familiares, allí, en el lugar donde pasaron tantas horas del día y de la noche en la más dulce de las humanas compañías. En aquel lugar se habían echado los cimientos duraderos de la más amplia comunidad, allí mismo.

Al otro lado del patio se abría el último tramo, el espacio de la mezquita primitiva. Su interior era más oscuro y, al principio, Hiham no podía ver bien. Cuando sus ojos se acostumbraron a la nueva iluminación, se dio cuenta de que aquello empezaba a coincidir con el espacio imaginado. Los techos, más bajos, eran sostenidos por columnas cubiertas de gruesas capas de pintura. Los capiteles mostraban el oro de los desposeídos, la purpurina digna e ingenua de la pobreza. En el muro de la qibla volvían a repetirse los nombres de los Compañeros. Sidi Umar dijo que los nombres señalaban el lugar donde descansaban sus restos. Los Compañeros y Familiares, que Allah esté complacido con ellos, quisieron reposar lo más cerca posible de quien había sido el más amado de los hombres, su conductor más añorado.

Las lámparas eran aquí humildes y daban la sensación de haber sido adaptadas para la iluminación eléctrica, habiendo tenido un uso anterior, tal vez mediante aceite o bujías. Nada de artesonados ni materiales nobles, la vibración era aquí más interior. No había necesidad de formas que impresionaran al peregrino. La sola presencia del lugar era suficiente para provocar el llanto y la conciencia.

A la izquierda, un volumen rodeado de barrotes encierra la Tumba del Enviado. Unos guardias trataban de impedir que los peregrinos se quedaran allí agarrados, impidiendo la circulación a los que venían detrás. Llamaban la atención de los que se detenían para hacer peticiones, porque el Único que escucha a quien Le sirve es Allah, el que todo lo ve. Detrás de los barrotes colgaba una tela que velaba la habitación. Hisham se deslizó pegado al recinto y, durante una fracción de segundo, pudo vislumbrar el espacio interior, un humilde habitáculo apenas iluminado, en cuyo centro se adivinaba un volumen. Un espacio real de la historia profética, la misma estancia de la casa de Aisha, la más joven de sus esposas, donde el Digno de Confianza, el Profeta Amado, que Allah le colme de paz y bendiciones, entregó definitivamente el aliento.

La corriente empujaba hacia afuera. Al lado de la tumba, el muro continuaba en un espacio parecido. Sidi Umar, que iba detrás, le dijo que era el sepulcro vacío de Isa, Jesús, que estaba preparado para recibir su cuerpo cuando volviera a este mundo a completar su misión.

Junto a la puerta encontraron un sitio y allí se detuvieron para pedir por las almas del Mensajero y de sus Familiares y Compañeros, por aquellas gentes que habían protagonizado el último episodio profético de la historia humana.

Bárakah

La salida al exterior fue como una bofetada de luz y calor. En ese momento, el adhán de Asr se oyó en todos los rincones. Los comerciantes se apresuraban a cerrar las tiendas dejando las mercancías a medio guardar, y los transeúntes volvían sus pasos hacia la mezquita. Hisham y Sidi Umar volvieron a entrar por una de las puertas laterales y buscaron un sitio para hacer el salat cerca del patio iluminado. A los pocos minutos, era ya difícil encontrar un lugar donde prosternarse. La recitación del ikamat hizo que los que aún andaban se apresuraran a detenerse. La voz del imam se escuchaba perfectamente. El tono de la recitación era distinto del que Hisham había escuchado en el Haram de Meca, más musical, más dulce y sentimental. Hasta en eso eran diferentes las dos ciudades, hasta en esa íntima manera de expresar la Creencia, los dos espacios del Haramain expresaban su pálpito dialéctico en el corazón de los que se prosternan, como Misericordia venida del Creador, como señal para los dotados de vista y oído, para los dotados de entendimiento.

Hisham estaba absorto en sus súplicas. Pasó sus manos por el rostro, como es costumbre, y se volvió hacia el lado derecho para estrechar la mano de su compañero de fila. Entonces se encontró con un regalo que no esperaba, con aquella mirada que materializaba el más profundo y querido de sus sueños, aquel en el que su deseo le había llevado a imaginar vívidamente cómo pudieron mirar aquellos ojos únicos. Su corazón había recibido el presente más humano y, al mismo tiempo, el que más podía facilitarle el Recuerdo. Aquello que se considera imposible, lo es sólo para el poder del hombre, pero no existe imposible para Allah, el Poderoso, el Sabio.

Cuando Hisham se recobró del impacto, vio a un anciano encorvado, cubierto con una alfombrilla vieja y raída que se alejaba entre los peregrinos con la levedad propia de los espíritus, de esos seres que tal vez hemos visto, pero de los que nunca podremos decir nada seguro.

Hermandad

Caminando por la ciudad, los dos amigos entraron en una perfumería que respondía al milenario nombre de Qureishi, donde Hisham descubrió aromas evocadores de nuevas sensaciones y de recodos viejos, territorios indefinidos donde se confunden la más intensa sensualidad y la espiritualidad más refinada.
Compró algunos frasquitos para llevarlos como regalo: Kaaba, Jazmín, Flor de Taif... Envueltos en la mezcla de los aromas llegaron a casa de Sidi Umar, donde Hisham pudo comprobar que la hospitalidad y el adab no son un tópico entre los musulmanes. Comprendió entonces que no era gratuito el hecho de que la familia de Sidi Umar, hubiese decidido establecerse en aquella ciudad, cerca de la Mezquita. Eran gentes que sentían un amor tan grande por el Profeta, sal Allahu aleihi wa salem, que se habían ido a vivir al sitio que le fue más querido y cercano.

En esa casa aprendió Hisham muchas cosas de esas que no aparecen en los libros y que se guardan celosamente en las conversaciones entre los hermanos, asuntos de la gran familia musulmana que se tratan de puertas adentro, en la intimidad del espacio sincero. Hadices que van hilándose a propósito de la conversación y que acaban iluminando la escena. Paz de los que se levantan de sus lechos a media noche para adorar a su Señor.

Los dos días que le quedaban antes de regresar a Al Andalus, los pasó Hisham en casa de quien ya era su hermano. Iban a hacer el salat a la Mezquita. Desde la habitación donde pasaban la mayor parte del tiempo se escuchaba con nitidez el adhán y hacían el trayecto en apenas cinco minutos.

La despedida fue emocionada. Ahora sabía Hisham que la Peregrinación no había terminado, que la propia vida en esta tierra no es sino un viaje cuyo único desenlace es el encuentro definitivo con el Creador en la Otra Vida, prometida por Él a los que Le sirven.

GLOSARIO
Hach (Al): La Peregrinación Mayor, establecida en su forma actual y definitiva por el Profeta Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él.
Hach Al Akbar: Lit. El Hach Grande. Cuando el día de Arafah coincide con un Viernes.
Muhrim: Peregrino que, tras poner su intención de hacer Hach o Umrah, se viste con las dos piezas de tela blanca y entra en estado de inviolabilidad.
Mikat: Cada uno de los lugares donde el peregrino pone su intención de hacer el Hach o la Umrah, antes de entrar como muhrim en la ciudad santa de Meca. Existe un lugar específico para hacer el mikat para cada lugar de procedencia de los peregrinos.
Adhán: Llamada a la oración que incluye el testimonio de la Unicidad de Dios, de que no existen divinidades fuera de Él, así como de que Muhammad es Su Mensajero.
Magrib: Nombre que se da al Occidente y al ocaso. Se usa para nombrar la oración correspondiente al crepúsculo.
Salat: Cada una de las cinco oraciones obligatorias que el musulmán debe realizar cada día de su vida como parte de los cinco pilares de la religión.
Dikr: Recuerdo. Se aplica al Recuerdo o Mención de Dios. Puede consistir en la repetición de Sus Nombres, Sus Cualidades o en alguna jaculatoria referente a Él.
Haram: Lo prohibido. También lo sagrado e inviolable. En el caso de las mezquitas de Meca y Medina, cada una de ellas se denomina “Al Haram”, y ambas componen “Al Haramain”, es decir los lugares sagrados.
Umrah: Peregrinación Menor, que puede realizarse durante casi todo el año.
Tawaf: Circunvalación de la Kaaba en el sentido contrario a las agujas del reloj. También se denomina así al espacio que la rodea.
Ihram: Vestimenta del peregrino consistente en dos piezas de tela blanca sin costuras, una que le cubre la parte superior del cuerpo y otra la inferior.
Maqam: Estación o lugar.
Hirch (Al): Espacio semicircular situado en la cara noroeste de la Kaaba donde están enterrados el Profeta Ismail, la paz sea con él, y su madre Hayyar.
Shahid: Lit. El que testifica. Se aplica a aquellos que mueren en el camino de Dios, sea durante la Guerra Santa, la Peregrinación, defendiendo a los suyos e incluso los que son víctimas de alguna enfermedad consuntiva.
Isha: Oración de la noche, última de las cinco obligatorias, cuyo tiempo comienza una hora y media después de la puesta de sol.
Rakaa: Cada una de las secuencias completas de la oración. Incluye las posiciones de pie, inclinado, prosternado y sentado.
Bab As Salam: Puerta de la Paz. Una de las innumerables puertas del Haram de Meca, por donde tradicionalmente suele entrarse cuando se visita el lugar por primera vez.
Muyahhidin: Los que van a la Guerra Santa, los que luchan en el Camino de Dios.
Adab: Cortesía, distinción, educación.
Fayr: Oración recomendada que se ha de realizar entre el comienzo de la aurora y la salida del sol.
Sakina: Lluvia finísima, casi imperceptible, que los musulmanes aprecian como especial Misericordia de Dios.
Muqadem: En los círculos del Recuerdo, esto es, en las tariqas o cofradías sufís, el que dirige los rezos y las letanías.
Yumah: La oración del Viernes que se hace en comunidad, en la mezquita, y en la que el imam imparte un sermón o Jutba.
Wudu: Ablución menor que incluye lavarse y enjuagarse manos, boca, nariz y cara, los brazos hasta los codos, pasarse las manos húmedas por el pelo y las orejas, y lavarse los pies hasta el tobillo.
Subh: Oración obligatoria previa a la salida del sol.
Duhr: Oración obligatoria del Mediodía.
Aduar: Hato de corderos, cabras o camellos, que guardan los pastores beduinos.
Yinns: Genios. Seres de fuego creados por Dios, según el Corán.
Asr: Oración obligatoria de la mitad de la tarde, cuando la sombra proyectada por el cuerpo tiene una vez y media la longitud de éste.
Riyal: Unidad monetaria actual del Reino de Arabia Saudita. Equivalente a unas veintitrés pesetas aproximadamente.
Hiyás: Nombre de la región de Arabia Central, casi toda desértica, donde están situadas las Ciudades Santas.
Jaima: Tienda de lona que usan los habitantes del desierto.
Fuqara: Faquires miembros de una cofradía sufí.
Takbir: Repetición de determinados dikr. Por extensión también se denomina así al rosario de cuentas o sibtja, aunque para algunos resulta impropia esta acepción.
Shahada: Testificación que hace el musulmán sobre la Unicidad de Dios y la naturaleza profética del Enviado de Allah, Muhammad.
Yibril: El Arcángel Gabriel, que trajo al Profeta la Revelación Coránica.
Barakah: Bendición o Gracia Divina.
Tawhid: La Unicidad.
Dul-Hiyya: Mes del calendario islámico durante el cual se realiza el Hach.
Gran Yihad: La Gran Guerra Santa, la que se libra en el corazón del creyente, para diferenciarla del Pequeño Yihad, referido a la lucha con las armas.
Hunafa: Pl. de Hanif. No asociador. Apelativo dado a Ibrahim, la Paz sea con él, en el Corán, y por extensión se conocen como “hunafa” a los seguidores de la religión abrahámica que existían en tiempos del Profeta Muhammad, que la Paz y las bendiciones sean con él.
Al Mukarrama: Lit. La bendecida. Nombre de la ciudad de Meca.
Al Munawwara: La iluminada. Nombre con que se conoce a la ciudad de Medina.
Sidi: Tratamiento de cortesía que podría equivaler a “Don”.
Sheij: Maestro espiritual.
Shirk: Asociar a Allah con algo o con alguien. La peor de las faltas que puede cometer el creyente.
Asr: La oración de la media tarde, cuando la longitud de la sombra que proyecta el cuerpo sobre el suelo es de una vez y media su altura.
Hadiz: Lit. Relato. Se usa para denominar los dichos del Profeta Muhammad, recopilados en colecciones diversas.
Ummah: La comunidad de los creyentes.
Taqwa: Temor o Conciencia de Dios.
Sunnah: Tradición islámica.

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