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Umrah. Diario de Mi Visita a La Mecca y Medina

Un Viaje Hacia el Corazón del Islam

29/03/2015 - Autor: Manuel Fernández Muñoz, La Taberna del Derviche - Fuente: La Taberna del Derviche
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Medina

 
UMRAH
DIARIO DE MI VISITA A LA MECCAY MEDINA

 

UN VIAJE HACIA EL CORAZÓN DEL ISLAM


LA TABERNA DEL DERVICHE

Esta obra está protegida por copyright. © 2014 Manuel Fernández Muñoz.
Queda totalmente prohibida la reproducción total o parcial de la obra sin la autorización expresa de su autor.
Primera Edición


Especialmente dedicado a los nuevos musulmanes

 

“Y llevad a cabo la Peregrinación y la Visita que hacéis por Allah en su integridad…”Al Corán al Karin. Sura 2, Ayat 195

 

A´udhu billahi al Aziz. Bismillahi-Rahmani-Rahim. As Saddhu an La ilaha ill Allah, wa as sadhu ana Muhamaddan Rasulluhlah.

Introducción

Desde las alturas, en la cueva de Hira, la vista de La Mecca era sencillamente impresionante.

-¡Iqra! ¡Lee!

Muhammad, un miembro distinguido entre su tribu, los Coraix, guardianes del templo de la Kaaba, se echó a temblar. ¿De dónde provenía aquella voz?
Solía pasar días enteros en la cima de la montaña, a veces semanas. Bajaba a casa solamente en busca de provisiones para volver a subir de nuevo, deseando no separarse de su profunda meditación, donde buscaba la Presencia del Señor.

Muhammad se deleitaba en la contemplación de la Creación desde aquel lugar, en la cúspide del monte llamado de la Luz. Un sitio apartado de los laberínticos ajetreos de la ciudad, de sus ruidos, de sus gentes, de su mercado y su trasiego.

Mahoma, como después se le conocería en occidente, recordaba con estupor aquella vez cuando, siendo muy niño, su pecho quedó abierto y el corazón le fue arrancado del sitio.
Ante sus ojos, dos entidades aladas le extrajeron una pequeña mota de polvo adherida al corazón y lo lavaron con nieve, para devolverlo nuevamente a su lugar, cerrando la herida de tal forma que no quedara rastro alguno de la operación.

“¿Acaso no te hemos abierto el pecho y te hemos librado de la carga que pesaba sobre tu espalda y hemos puesto tu mención en un lugar elevado? Porque es cierto que junto a la dificultad hay facilidad. ¡Sí! Junto a la dificultad hay facilidad. Así pues, cuando hayas acabado, esfuérzate por más y a tu Señor anhela” Al Corán al Karim Sura 94

Su mente se nubló sin poder comprender lo que sucedía. ¿Sería algún genio malvado que pretendía arrastrarlo hasta la locura?

-¡Iqra! ¡Lee, Recita!

-¿Qué tengo que leer? – gritó Muhammad aterrado.

La entidad, por segunda vez, apretó su cuerpo, asfixiándolo, para después soltarlo repentinamente.

-¡Iqra! ¡Lee, Recita!

-¿Qué tengo que leer? – repitió angustiado.

Y por tercera vez sintió el abrazo del Ángel Gabriel.

Cuando por fin se liberó, la Voz clamó:

“¡Lee, en el Nombre de tu Señor que ha Creado! Ha Creado al hombre de un coágulo. Recita: ¡Tu Señor Es el Más Generoso! El que Enseñó al hombre por medio del cálamo. Enseñó al hombre lo que no sabía.” Al Corán Al Karim 96. 1 a 5.

Muhammad bajó del monte a toda prisa temblando de pies a cabeza. Los objetos inanimados con los que se cruzaba, piedras, palmeras y árboles, le saludaban diciendo - As salamu alaykum –

Allá donde mirara podía ver cómo se levantaba la poderosa figura de Gabriel, el Mensajero de Dios, que fue enviado para exhortar a un ser humano a convertirse en Profeta, para descubrir al hombre ante quien el mundo se detendría, al portador del Mensaje del Rey y Creador de Mundos.

Una vez en casa, Mahoma, de complexión fuerte y estatura media, temblaba, tiritaba y al mismo tiempo sudaba abundantemente.

-¡Arrópame! – dijo a su mujer.

Al instante, Jadiya lo cubrió con un manto, pero Gabriel no se daría por vencido.

“¡Oh tú que te arropas! ¡Levántate y advierte! Y a tu Señor engrandece. Y tu vestido, purifícalo. De lo abominable, aléjate. No des esperando recibir más y sé constante con tu Señor.” Al Corán Al Karim 74. 1 a 7

Así comienza la historia del Islam, con la aspiración de un hombre por encontrar a su Señor.

Para los mundanos, Islam significa sometimiento a la Voluntad de Allah, para los creyentes sencillamente significa Recuerdo. El antídoto para el veneno que ha corrompido a la humanidad; el olvido de Dios. Y este Recuerdo pasa por asomarnos a nuestro interior con honestidad y reconocernos como criaturas dependientes del Poder del Rey de los Mundos.

Gabriel no trajo a Muhammad algo diferente de Muhammad. Tan solo le dijo: “Lee en tu interior, en tu corazón, donde guardas tu anhelo por Dios, y expresa lo que ves ahí.” Un corazón que fue purificado anteriormente, quitando la mota de polvo oscuro que todos poseemos, donde el mal susurra sus tentaciones. Gabriel no trajo un manuscrito, ni tablas de piedra, ni hojas de palma… tan solo una exhortación: “Lee en tu interior y viaja, a través de los siete cielos, hasta el Trono del Señor”

Siguiendo sus órdenes Muhammad encontró el Corán, máximo exponente de poesía mística, y los hijos de su linaje le siguieron, dando a luz a la aspiración alquímica más fabulosa, capaz de trasformar el metal no en oro, sino en otra piedra filosofal. Así, cuando el hombre puro mira en su corazón, como Muhammad, solo puede decir: ¡El Señor es el Más Generoso!

Moisés, muchos años antes, divisó en la cima del Sinaí una zarza ardiente que refulgía con tal fuerza que ya no pudo apartar la vista de ella. Ese fuego era la representación del Amor de Dios en alguna parte de su pecho. Una Pasión que, sin embargo, no se consumía. Así, vislumbrando aquel lugar, se aventuró a buscarlo y, cuando llegó, quitó las sandalias de sus pies recociendo la magnitud de lo sagrado del lugar donde estaba. En ese momento nació el salat, la oración islámica, que contiene a su vez descalzarse, purificarse con agua y rezar algunas letanías, además de las postraciones e inclinaciones ante el único Dios.

Aquella primera mezquita que encontró Moisés siguiendo las huellas de la zarza no estaba fuera de él, sino dentro. Igualmente, la oración es una expresión de nuestro Amor por Dios que se manifiesta desde dentro del corazón hacia afuera, poniendo la frente en tierra.

Igualmente, el milagro del Corán fue primeramente un susurro en la cima de la montaña para convertirse después en la obra cúspide de Amor Divino, una guía para los que saben razonar. Las palabras que Muhammad pronunciaba le eran dictadas por Gabriel desde la Tabla Sagrada que reposa junto al Trono del Señor, derramando sobre el mundo el néctar sagrado de la devoción que sanaría el corazón de los hombres, aliviando su alma de la enfermedad del olvido.
Quizás, al principio, el Corán devuelve al hombre a su posición original de criatura, elevando a Dios al Trono del Poder. Después, para los que anhelan el Vino Secreto, un mismo lenguaje puede contener a la vez muchos significados dependiendo de la sed...
“Él ha hecho descender sobre ti este libro, donde hay signos muhkamât (claros) por sí mismos, que son la base, junto con otros mutashâbihât, que deben ser interpretados" Al Corán 3, 7.
"A vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás solo en parábolas" Lucas 8, 10.
Al principio, el hombre se somete a la Voluntad de Dios afirmándose en el Islam. Al final comprende, y ya solamente guarda silencio porque sabe que Dios está tanto en la presencia como en la ausencia. ¡Todo es Él!
Cuando los contemporáneos de Muhammad aceptaban el Islam, repetían públicamente el Testimonio de Fe. ¡Ya eran musulmanes!

Islam es la palabra en lengua árabe que engloba toda una cultura, una forma de vivir, de ser, de estar, de comportarse ante la vida. El Islam no es solamente una religión. Su significado se empobrece si decimos únicamente que es la sumisión del ser humano ante su Señor, el Dios Único y Verdadero, el Dios de Abraham, el Dios de Moisés, el Dios de Israel y de Ismael, de Jesús, el Dios de Muhammad, mi Dios, el Único Dios.

Islam es sinónimo de vida, de afán de superación, de deseo ferviente de sabiduría. Islam es la cúspide del Mensaje de todos Profetas.

Lo que Muhammad deseó con todo su corazón era que el ser humano, en lugar de gastar todo el día en los afanes mundanos, distraído por satisfacer los placeres de los sentidos, antes de caer en el olvido, detuviera su trajín y recordara. Cuando el muecín canta la llamada a la oración desde la mezquita, el hombre vuelve su rostro hacia Dios…

-Dios es el Más Grande. Dios es el Más Grande. Dios es el Más Grande. Dios es el Más Grande. No hay más dios que Dios. No hay más dios que Dios. Muhammad es Su mensajero. Muhammad es Su mensajero. Ven a la oración. Ven a la oración. Ven al buen trabajo. Ven al buen trabajo. Dios es el Más Grande. Dios es el Más Grande. No hay más dios que Dios-

Islam es la llave etérea de una cerradura de oro cuya puerta está hecha con cedros del Líbano, siendo su tesoro inestimable, incalculable, inimaginable… en las entrañas del Islam más puro y esotérico, está el acceso al Trono.
Para el que se ha dejado enamorar, en el Islam está la razón de su único fin, la pura devoción a Allah, Su Alianza, una Guía para toda la humanidad, el manual de instrucciones para esta vida y la esperanza de la siguiente.
Además, dentro de sus límites se encuentra el Secreto del Vino Añejo que nuestro credo no prohíbe. Ser musulmán significa, literalmente, estar sometido voluntariamente a la Decisión de Allah. Reconocer ese sometimiento es la base absoluta de la esencia de la vida. Saber discernir el lugar que el ser humano ocupa en la Creación aniquila los demonios de la desesperación y nos ayuda conocernos a nosotros mismos. Pero los hombres no quieren ser felices.

Realmente, éste es el camino más directo, el más arriesgado, más duro y complicado, el más certero y difícil de realizar, el más desgarrador, donde la tentación es mayor. Es el sendero donde los embistes del mal son más fuertes y el peregrino, si desvía su atención, estará perdido.

En la religión externa, la devoción es como un comercio en el que el hombre hace algo esperando una recompensa; el cielo, salud, riquezas, prosperidad. Este tipo de devoción es la más primaria y, quienes la utilizan, creen que Dios es como un gran mercader y que pueden negociar con Él. Se han olvidado de que Dios no necesita nada de nosotros. Más bien somos nosotros quienes necesitamos de Él.
 
Ciertamente no somos seres que nacemos, crecemos, nos reproducimos, somos infelices y morimos. ¡No! Hay algo más, hay mucho más. Está Su Recuerdo y Su Amor. Y ese Amor es increíble. Se manifiesta en las estrellas, en los planetas, en el nacimiento de un niño, en la vida. En el árbol cuando da su fruto, en la hierba verde y fresca tras la lluvia de primavera, en el paso de las estaciones hay signos para la gente que razona.

Tras la roca y sobre ella, entre la cascada y bajo ella, alrededor de la estepa y en la misma estepa se encuentra el Aliento Divino.
Los hombres no somos dioses inmortales, somos criaturas con un principio y un final.

En un hadiz transmitido por Umar ibn al Jattab, el Profeta explica brevemente lo que es el Islam a un misterioso hombre que aparece de repente en la mezquita. Dice así…
“Un día, estábamos sentados junto al Mensajero de Allah y se presentó ante nosotros un hombre con vestidos de una blancura resplandeciente y cabellos intensamente negros, sin evidencias o señales de estar viajando y sin que fuera conocido de ninguno de nosotros.

Dirigiéndose hacia el Profeta, se sentó frente a él y, poniendo las manos sobre sus muslos, dijo:
-¡Oh, Muhammad! Infórmame acerca del Islam.

A lo que el Mensajero de Allah dijo:
-El Islam consiste en que atestigües que nada ni nadie tiene derecho de ser adorado excepto Allah, y que Muhammad es Su Mensajero. Que hagas las oraciones prescritas, pagues la limosna obligatoria, ayunes el mes de ramadán y peregrines a la Casa Sagrada si cuentas con los medios para hacerlo.

Y el extranjero exclamó: - ¡Has dicho la verdad!

Los que estábamos allí nos asombramos de que el hombre preguntara y además confirmara la respuesta. Luego siguió preguntando:
- Infórmame acerca de la Fe (imán).

Y el Profeta dijo:
- La Fe consiste en que creas en Allah, en Sus Ángeles, en Sus Libros, en Sus Mensajeros, en el Día del Juicio Final y en el Decreto Divino, sea agradable o desagradable.

El hombre exclamó de nuevo:
- ¡Has dicho la verdad!

Y siguió diciendo:
Infórmame acerca del grado más alto de la Fe (Ihsan).

Y el Profeta respondió:
- Consiste en que adores a Allah como si lo estuvieras viendo. Pero, si no eres capaz de hacerlo, al menos debes saber que Él sí te ve.

- Infórmame, oh Profeta, acerca de cuándo sobrevendrá el Juicio Final.

A lo que el Mensajero de Dios respondió:
-El preguntado no sabe, acerca de ello, más que quien pregunta.

Finalmente, el hombre dijo:
- Indícame, entonces, acerca de sus signos. Las señales que indicarán su proximidad.

A lo que el Profeta respondió:
- La esclava dará a luz a su ama y los descalzos y desamparados pastores de ovejas competirán entre ellos en la construcción de altos edificios.

Después de que el hombre se marchara, yo permanecí un rato más en la mezquita. Cuando el Profeta reparó en mí, me dijo:
-¡Oh, Umar! ¿Sabes quién era el que preguntaba?

A lo que le respondí:
-No.

Y él me dijo:
- Era el ángel Gabriel, que vino para enseñar nuestra religión por estas preguntas que se recordarán a través de los tiempos”

La forma interna del Islam es un cosmos donde la criatura se reconoce a sí misma como lo que es y reconoce a Su Señor como el Dueño de todo. Es tan difícil para el ego endiosado del hombre moderno aceptar esta realidad, que el Islam se ha vuelto un enemigo de occidente, cuna del materialismo, cuyo único Dios es el hombre.

Cuando se llega a este punto, cuando nos reconocemos como siervos de Dios, ya no se hacen las cosas por miedo al castigo o esperando una recompensa. Simplemente rezamos porque es lo que tenemos hacer, porque Dios es el Más Digno de alabanza, el Creador de los mundos, la Mente Primigenia, la Causa de la cual todo ha partido. Rezamos por nosotros mismos, para no olvidar, para recordar…

Cuando el musulmán reconoce este gran secreto, se pone por completo a los Pies de la Divinidad, se ofrece a sí mismo por entero a Dios, intenta que sus pensamientos sean cada vez más elevados, que sus palabras muestren siempre la virtud más excelsa y que sus acciones vayan acordes con los Atributos del Señor. Entonces, un nuevo anhelo nace en su interior y esa esperanza ahora guía su vida. Es el Espíritu Santo.

Este fue el principio de la Revelación Profética de un hombre que, porque Dios quiso, cambiaría la forma de devoción de millones de almas a lo largo de la historia.
Es el principio de la historia del último Profeta y es el principio que he elegido para comenzar esta historia. A continuación, con el Permiso de Dios, les relataré mi visita a las dos ciudades santas del Islam, La Mecca y Medina. La tercera, Jerusalén, si Dios quiere, la veremos en otro volumen.

La Mecca, según nuestros hadices, palabras o relatos de la vida del Profeta, ha sido Santa desde que Allah creara esta tierra y todas las cosas que existen.
A semejanza del Trono de Dios, el Templo de la Kaaba, en la Mecca, es la representación en este mundo de lo que hay en los cielos. Un microcosmos del infinito, un sol en la tierra.
La santidad de Medina, contrariamente, fue una Gracia que Allah concedió a Su Profeta cuando le pidió Su bendición para la ciudad y sus habitantes.

Yatrib, o como fue bautizada más tarde, Madinat al Nabi, la Ciudad del Profeta, Medina, sería donde arribaran los musulmanes en su Hégira, emigración, huyendo de los idólatras que ansiaban su muerte. Esta ciudad fue quien acogió el Mensaje y al Mensajero. El lugar desde donde se extendería el Islam hasta llegar a los confines más remotos de la tierra.
Hay un dicho, muy extendido entre los musulmanes que asegura que a Medina se llega y se disfruta del lugar, de sus gentes y de sus encantos, sin embargo en La Mecca se sufre por la Fe. No podía yo imaginar, antes de comenzar mi viaje, cuánta razón tenía el refranero popular islámico…
La Mecca es la prueba más dura del peregrino. Una ciudad tan santa que, de hecho, puede llegar a aniquilar quien esté poco avisado. Es la ciudad donde te encuentras con las peores versiones de ti mismo, las cuales has de superar. Y con las mejores versiones de ti, las que has que fomentar y guardar en el corazón.
Es una ciudad donde Satanás pretenderá arruinar la Fe del musulmán, pero hasta debajo de la arena, incluso en la argamasa utilizada para unir las piedras de cualquiera de sus monumentos, se ha recitado el Nombre de Dios. ¿Puede cualquier otro lugar de la tierra decir lo mismo? ¡Seguro de no!

Ojalá mi obra sirva de inspiración a las futuras generaciones y que de ellas vuelvan a surgir eruditos cuyos corazones estén soportados únicamente por el amor a Dios y el ejemplo de devoción de su Profeta Muhammad, cuya sed de Allah jamás llegó a saciarse. ¡Paz y Bendiciones para todos aquellos que buscan al Señor!

 

 

“Antes de ti no enviamos ningún mensajero al que no le fuera inspirado: No hay dios excepto Yo. ¡Adoradme!” Al Corán al Karim. Sura 21, ayat 25

Mi Visita a La Mecca y Medina

Todo empieza con un sueño, un anhelo que es repetido en cada oración, en cada suspiro, en cada pensamiento. Lentamente va cobrando forma, se va haciendo posible, al final casi puedes tocarlo. ¿Es La Mecca una ciudad real o será producto de las ensoñaciones de millones de personas? ¿Existirá realmente La Kaaba?

Cuando el musulmán realiza la oración, busca orientar su cuerpo hacia un punto concreto del horizonte intentando dirigir su plegaria hacia una Qibla, dirección correcta.
Allá, tras el vacío, a través del espacio, se encuentra la ciudad prohibida de La Mecca, y justamente en su corazón, en un valle al abrigo de numerosas colinas, el Templo del Profeta primigenio, Abraham que, junto a su hijo Ismail, edificaron para adorar al Dios Único y Verdadero.
Rezar hacia esta dirección te une en un solo corazón y en una sola mente con millones de personas de todo el mundo. Realizar los movimientos del salat es algo más que una oración, es mucho más que hacer súplicas.

“Dos rakats de oración valen más que este mundo y todo lo que contiene” Hadiz

Cada día, el devoto busca orientarse como mínimo cinco veces hacia la dirección de esta ciudad en las nubes e intenta imaginarse la Kaaba a lo lejos, majestuosa y soberbia, a la vez que humilde y discreta, alzándose en el centro del mundo musulmán como una imagen del Trono de Dios en la tierra.

Cinco veces te orientas y la buscas a través de los mares, montañas, valles o rascacielos sin saber si en verdad el primer Templo que la humanidad edificó para la adoración del Dios Único estará realmente tras tus ensoñaciones. Has oído hablar tanto de la Kaaba, que, aún sin verla, ya forma parte importante de tu vida.
La visualizas a través del Mihrab, símbolo que señala la Qibla en la sala de oración de la mezquita, la imaginas estando de viaje, respiras su aroma cuando oyes al almuédano cantando el Azdhan.

Para un fiel de la religión del desierto es obligatorio, en la medida de sus posibilidades, hacer una vez en la vida la Peregrinación a la Ciudad Santa y circunvalar la Casa de Allah siete veces en un ritual que llamamos Tawwaf. Esta Peregrinación, o Hajj, que se realiza en fechas determinadas, no excluye que cualquiera pueda visitar la Casa de Allah en fechas distintas y realizar otro de los rituales de nuestra Fe: La Visita Menor o Umrah.

La Umrah consiste en la culminación de siete vueltas completas a la Kaaba, que se cierran con dos rakats en la estación de Abraham, lugar desde donde se dirigió la edificación del cubo, continuando después dando otras siete vueltas entre las colinas de Safwa y Marwa terminando, los hombres, afeitándose la cabeza.

Durante la Umrah o el Hajj, el peregrino debe ir vestido con dos trozos de paño blanco sin costuras denominado Ihram. Vestuario que representa nuestra propia mortaja. Es esta Visita Menor o Umrah, realizada en el mes de ramadán, la que, por la Gracia de Dios, me dispongo a narrar.
No he sentido en el alma un calor tan intenso como a la vera de la tumba del Profeta Muhammad en la ciudad de Medina. Ni fervor religioso tan fabuloso como el que se manifiesta en la Casa de Dios en La Mecca. Que Allah, el más Compasivo, el Guardián de los Creyentes, guíe mis palabras en esta obra para poder expresar fielmente lo que mi alma no puede pero mis lágrimas sí. Que Dios les bendiga y les conceda la Gracia de poder experimentar algo comparable al de saberse un siervo fiel y agradecido que busca con anhelo la mirada de su Señor.

 


“Allah, no hay Dios sino Él, el Viviente, el Sustentador. Ni la somnolencia ni el sueño Le afectan… El escabel de Su trono abarca los cielos y la tierra y no le causa fatiga mantenerlos. Él es el Elevado, el Inmenso” Al Corán al Karim. Sura 2, Ayat 253,254

El Sueño se Acerca.

El avión ha salido puntual. Una escala en Milán nos separa de Jeddah, aeropuerto al que, si Dios quiere, llegaremos la madrugada del día primero del mes ramadán del año 1427 de la Hégira (22 de septiembre del año 2006 de la era común) y desde donde partiremos en un vuelo doméstico hacia la ciudad del Profeta.

Es difícil describir las sensaciones que nacen en el alma mientras te encaminas hacia la culminación de un sueño. Si cierras los ojos, la mente te regala imágenes salidas del no-mundo, donde tienen su morada las ilusiones, encontrándote con visiones de peregrinos de otras épocas. Caravanas de gente que, desde cualquier parte del planeta, a lomos de sus monturas, a través del feroz desierto de Arabia, superaron mil penalidades en pos de cumplir uno de los mandamientos de Allah según la religión del desierto.

Aunque Jeddah dista de La Mecca unos 70 kilómetros, he decidido visitar antes Medina. Ansío ver la Kaaba, entrar en La Mecca y hacer el Tawwaf en la Casa de Allah… lo deseo tanto como terror me produce.
Medina será un gran primer paso, el lugar donde templaré mis nervios, daré sosiego a mi espíritu y me prepararé para el día en que el corazón me diga: ¡Estás listo!

Quiero pensar que mi estancia en Medina es una adaptación a esta tierra, a sus gentes, a sus costumbres. Medina es la ciudad que acogió al Profeta cuando, junto con Abu Bakr, huyeron de las tribus mequíes que buscaban su muerte. Medina ha sido y es la casa del Islam, su primera morada. Para mí será una estación de tránsito donde preparar el alma para visitar la llamada Casa de Dios en la tierra. ¡Tengo que estar preparado!

El corazón, impetuoso, juega a veces malas pasadas. El alma, en ocasiones inquieta, no sabe dominar los nervios, y la mente, en los momentos previos a alcanzar la meta, se encuentra exultante y los nervios no son buenos compañeros de fatigas en un viaje donde el anfitrión es el Señor Único del universo. Para culminar tarea semejante, se ha de estar preparado. No se pueda fallar… no se debe.

No a todos se nos brinda la oportunidad de ir a visitar la Ciudad Santa. Algunos, por su situación económica, nunca se lo podrán permitir. Otros, alejados de la fe, ni siquiera se han lo han planteado. Muchos, simplemente, no tienen permiso de Dios.

* * * * * * * * *

Hemos tomado tierra y los pasajeros se van levantando. El aterrizaje ha sido muy suave pero yo no me puedo mover. El anciano que se sienta a mi lado me mira con recelo al ver que le obstruyo el paso. No sé cómo explicarle que tengo miedo.
Empujado por su mirada, cojo finalmente mi equipaje de mano y camino tímidamente por el pasillo del avión hasta la puerta. El primer regalo de Arabia es una temperatura exterior de veintiocho grados centígrados a las doce de la noche con una humedad como nunca antes había experimentado. Todo ha comenzado…

El segundo regalo de Arabia es la negativa de un trabajador de las líneas aéreas Saudís a proporcionarnos plaza para el vuelo que sale hacia Medina en poco más de una hora. Arguye que nuestros pasajes no están confirmados y que el avión está completo. Mientras, otros peregrinos, a solamente un metro de distancia, adquieren sus pasajes para ese mismo vuelo sin ningún problema.

Es inútil discutir con aquellos que están sordos a Dios. Si no escuchan a Señor de los Mundos, mucho menos me escucharán a mí. No he venido a esta tierra para enfadarme con un cretino que se dedica a estafar a los peregrinos que, corazón en ristre, han de sufrir los abusos de los mercenarios del dólar. Sé que Allah les dará su salario.

Sueñas, meditas, duermes mientras el autobús que te lleva a Medina sigue su rumbo y, tras cinco horas de viaje, a lo lejos, detrás de la ventanilla izquierda del autobús, un destello de luz llama mi atención.

Rápido, fugaz como un suspiro, las luces de los altos minaretes de la mezquita del Profeta en lontananza me hacen un guiño llamando mi atención. Alguien se sobrecoge ¡Estamos llegando!

“No son molinos, amigo Sancho, son gigantes”

De entre las limpias arenas del desierto, casi una decena de minaretes se levantan hacia el cielo refulgiendo cual antorchas encendidas. La Mezquita del Profeta, su casa, el lugar donde se encuentra enterrado, la tierra que solía pisar, el aire que solía respirar, el sitio donde rezaba está tras las inmensas puertas de entrada de aquella majestuosa, a la vez que humilde edificación.
La luz del sol aún no ha revelado los encantos más sutiles de su estructura, pero su belleza brilla cual estrella en el vacío nocturno del desierto de Arabia.

Miles de peregrinos cruzan la avenida que traspasa sus puertas a estas intempestivas horas de la mañana para realizar el salat del Fayr, el primero del mes de Ramadán.

¡Tranquilo corazón! Tiempo habrá para acelerar tus emociones.

Inmóvil, contemplo a la muchedumbre avanzar rápidamente mientras el almuédano empieza a entonar su melodía. Al grito de “Allah-u-Akbar”, Dios es el más Grande, muchos corren los cincuenta metros que les faltan para cruzar los límites de la puerta de entrada

Aquella letanía, elevada hasta los cielos por un diestro cantor, sacude mi cuerpo y mis sentidos estallan en un sin fin de emociones para las que las palabras no son lo suficientemente precisas. Es el lenguaje del corazón que se ha postrado ante su Señor. Un lenguaje que solamente dos corazones que se comunican sin necesidad de palabras pueden comprender.

Es la inspiración del alma de las emociones, las cuales, al querer ser detalladas, pierden la mayor parte de su grandeza. ¿Cómo explicar lo que siente la novia momentos antes de la boda? ¿Cómo olvidar el primer Azdhan que oyes en Arabia? ¿Cómo hacer entender qué sucede dentro del alma cuando estás escuchando la llamada a la oración en la ciudad del Profeta, frente a la casa donde vivió, en la tierra que amó, en el primer sitio donde los sueños de un Islam recién nacido germinaron y tomaron forma?
Todo lo que tenía movimiento, ahora permanece estático. El universo se había detenido. Los coches, las personas, la vida aguardaba por la oración. ¿Dónde estoy? ¿Qué ha sido de mí?
Al cabo de unos segundos, la consciencia retorna junto al silencio del almuédano. Es hora de volvernos hacia nuestro Señor. ¡Silencio!

“Ante Allah se postra todo ser viviente que hay en los cielos y en la tierra, así como los ángeles; y ellos no se muestran soberbios. Temen a su Señor, que está por encima de ellos y hacen lo que se les ordena” Al Corán al Karim. Sura 15, Ayat 49

Los Pilares del Din

El primero y más importante de los cinco pilares del Islam es el Testimonio de Fe. El reconocimiento de la Unicidad de Allah (Tawhid) es la máxima doctrina y el centro del modo de vida islámico. Es el Mensaje común que todos los Profetas de Dios proclamaron como Verdad Absoluta incluso a riesgo de sus vidas.
La existencia de Dios es patente por la firma que ha dejado en Su Creación de la misma forma que intuimos la presencia del lobo en el bosque sencillamente siguiendo sus huellas. El rastro de la Mano de Dios es obvio para aquellos que no tienen una enfermedad en el corazón. Ningún ser viviente, que contiene a la vez las causas para su propia autodestrucción y sus antídotos, es fruto de azar, sino más bien una obra de ingeniería perfectamente orquestada.
Que los seres humanos tengamos huesos que soportan el peso del cuerpo, un sistema respiratorio que alimenta las células, uno reproductivo, otro digestivo… que generemos saliva para pasar los alimentos y sudor para refrescar el cuerpo es sencillamente prodigioso, y la Mente que lo ideó necesariamente debe ser absolutamente maravillosa.
Al ser tan increíbles, no hemos podido surgir por generación espontánea y la evolución, aunque juegue un papel muy importante, ha requerido de la Mente de un formidable Arquitecto.
Las Huellas de Dios, de una Mente universal, están presentes en todos los fenómenos de la naturaleza y las podemos inferir en nuestros propios actos. Levantar la mano requiere de una mente que previamente haya querido realizar el movimiento y lo haya ejecutado. Todas las causas naturales y cósmicas han precisado de una Mente que, al igual que nosotros, haya iniciado la primera causa para después manifestar el efecto. Esto es indiscutible para aquellos que razonan.
La existencia de Dios está más que probada por mucho que se empeñen los necios en atribuir la creación al puro azar. Podremos dejar un montón de arcilla durante quinientos años en algún lugar que, pasado el tiempo, sin duda habrá cambiado, pero no se habrá convertido en un jarrón hermosamente labrado ni pintado. De igual manera, los organismos más complejos han necesitado de una Mente Cósmica para su formación y de una inteligencia viva.
No podemos saber qué papel jugamos nosotros en Su obra. Si sutiles son nuestros pensamientos, ¿cuánto más Sutil será la huella del Creador de los Pensamientos? Pero, si nos reconocemos como meros seres sintientes sin ninguna otra pretensión de eternidad, omnipotencia o individualidad última, dejaremos de vestirnos con los Atributos de Dios y empezaremos a comprender la realidad.
“Yo era un Tesoro oculto y quise ser descubierto” Hadiz Qudsi
Somos seres finitos creados por una Mente Infinita, y esa Mente es la Más Digna de Alabanza. En la religión interior, reconocer que no hay más dioses que Dios es otra forma de decirle al ego: ¡No existes!
La primera frase del Testimonio de Fe significa realmente que nada existe excepto Dios. Esto es una vuelta de tuerca muy fuerte para enfrentarnos a los ancestrales miedos del ser humano con total valentía.
La ilaha ill Allah se introduce en la mente, en el alma, y la devuelve a la realidad. Y esa realidad es Dios.

La segunda y última frase de la Shahada es la declaración clara de que Muhammad es el último de Sus Mensajeros y su Sello. Esto no implica sacar del corazón a Jesús, a Moisés o a cualquier santo inspirado o inspirador, sino hacer nuestra comprensión más grande para acoger también en el alma al profeta árabe.

Muhammad unificó los mensajes divinos en un lenguaje puro y sencillo que a la vez esconde la puerta hacia la realización del devenir humano al servicio de la Inmensidad.
Donde anteriormente encontró cientos de ídolos de barro, de cultos vacíos y de terribles costumbres, como la de enterrar con vida a las niñas recién nacidas, Muhammad separó el trigo de la paja, el mal del bien, y llamó a la gente a seguir su propia evolución al servicio de la razón y del amor al Único Dios.
Entonces, la segunda parte de la Shahada es, al igual que hizo el Sello de los profetas, limpiar todo rastro de idolatría interna o externa de nuestras vidas y someternos a la Voluntad del Creador. 

El Testimonio de Fe es la base de la edificación del ser humano completo, la llave de la vida, el principio de la sabiduría.

Declarar que la Unicidad de Dios es incuestionable acerca al ser humano hacia la consecución de una aspiración devocional inicialmente bien encaminada. Proclamar que Muhammad es el apóstol de Dios es testificar que seguimos el Camino de quien completó la misión del resto de los profetas, confirmando al mundo lo anterior y dándole cumplimiento.
Exclamar estas dos afirmaciones provoca la apertura de las aguas del Mar Rojo, la multiplicación de panes y peces, la muerte del pecado y la resurrección del hombre al servicio del Amor.

Quien proclama desde lo más profundo de su corazón el Testimonio de Fe, retorna a su esencia primigenia, la razón original de su nacimiento, el estado de inocencia y humildad con el que Dios nos puso en este mundo.

“El Testimonio de Fe contiene una fuerza que este mundo no puede contener” Ali ibn Abu Talib

Es por la bendición de la Misericordia de Allah que el ser humano nace musulmán. Es decir, nace sometido a la Voluntad de su Señor porque, de hecho, viene directamente de la imaginación del Ser Supremo.

“Todos los seres de la Creación cantan alabanzas al Señor, unos conscientemente y otros sin darse cuenta” Corán

Son las tradiciones de la tierra, las costumbres de nuestros progenitores, las que nos vinculan a ser judíos, cristianos, budistas, adoradores del fuego etc. Las religiones se formaron de la inspiración más o menos acertada del místico que fue capaz de entender el Lenguaje de los Pájaros.

Por la imposición de la fe sin razón, por la nula búsqueda del ser humano por acercarse a la inmensidad y el ansia de poder de algunos demonios, el hombre ha creído que las piedras eran dioses y ha seguido cualquier dogma sin base alguna. Es curioso comprobar el enorme cuidado que ponemos en no contagiarnos de ninguna enfermedad común y lo poco que protegemos nuestra mente de la multitud de tendencias dañinas que nos rodean y que nos pueden hacer sufrir más que cualquier bacteria o virus que infecte el cuerpo.

Es por eso que, cuando el ser humano vuelve a su esencia y descubre el Islam, lo primero que debe hacer es reafirmarse en su antiguo estado de pureza, el estado con el que nació. Para esto debe proclamar el Testimonio de Fe.

Pero la Shahada puede ser repetida de noventa y nueve formas diferentes, una por cada Nombre de Dios. No hay más amor que el Amor Puro y Verdadero. No hay más paz que la Paz Pura y Verdadera, y así sucesivamente…

Es en ese momento cuando muere toda la maldad que anteriormente había consumido el alma y un nuevo camino se abre ante nuestros ojos inundando por completo de calma el corazón.

“No hay enfermedad del alma como la depresión, la tristeza, la ansiedad, el temor, la ira o el egoísmo, que toquen el corazón de un siervo fiel a Dios” Dicho sufí

Al pronunciar la Shahada, el hombre reconoce su papel en el mundo, la misión para la que ha sido existencia saliendo del vacío. Es ahí cuando caen los velos que nublan la mente y comienza la Yihad Mayor, la lucha contra los demonios que antes no sabíamos reconocer, y que ahora tratarán por todos los medios de desviarnos del estado de pureza de quien retorna a la vida en la Sabiduría y en la Misericordia de Allah.

Proclamar el Testimonio de Fe es hacer caer los velos de la ignorancia y del egoísmo que antes cubrían nuestro rostro y que no nos dejaban ver con claridad. Pero el Secreto oculto de la Shahada va mucho más allá, pues descubrimos un mundo que ha cambiado pero que, curiosamente, sigue siendo el mismo… En realidad, somos nosotros los que hemos cambiado.

Ahora percibimos una tierra en la que, allá donde miremos, Allah nos muestra Su Grandeza y Su Compasión. Allá donde Sus maravillas se muestran, también se revela Su Mensaje. Un Mensaje que dice:
¡Mira, lo he hecho por amor a ti! ¡Y a ti te he hecho para que me ames a Mí!

El universo que anteriormente percibíamos como estático, forma ahora parte de la danza de la vida. Una danza ordenada al son de música inaudible para los oídos, pero intensamente potente para el alma. Entonces debes bailar, girar o balancearte al son de la música de tu corazón, que exhala y grita de pasión por su Señor.
De repente, la vida ya no aparece en blanco y negro, sino que puedes distinguir los colores de la paleta del Pintor de los Mundos. ¡Y son colores increíbles!

Al afirmarte en el reconocimiento del Señor, sientes una Mano cálida que te acaricia las mejillas mientras duermes, que guía tus pasos y te muestra el camino a seguir mediante numerosos milagros diarios. Señales en un camino nuevo que nunca habías advertido. Los signos aparecen ante ti con un lenguaje claro y maravilloso que hace que tus ojos se inunden con las lágrimas de quien se siente amado.

Te asemejas a un bebé pues sabes que el Señor te cuida constantemente. Protege y vigila tus primeros pasos para que no tropiece tu pie contra ninguna piedra. Y la tierra se mueve, y las estrellas se mueven, y la vida se mueve, y todo parte de Dios, retorna a Dios, y el Secreto está cada vez más cerca. Los milagros ya no son un cuento para niños, algo inaudito, algo que jamás verás, sino que forman parte de tu vida diaria.
Y lloras cuando Allah no te los muestra porque temes haber perdido Su Atención. Y el corazón se te sale del pecho cuando vuelven a aparecer en tu vida porque sabes que, por encima de las personas de ostentan el poder, por encima de presidentes, ministros y reyes que no te conocen, eres importante para quien está muy por encima de ellos, para quien verdaderamente merece la pena, y ya solo Él te importa.

Al saber reconocerte en este mundo, algunas cosas dejan de tener importancia, o al menos no te preocupas tanto por ellas, sino que te vuelves hacia tus deberes para con Dios, lo que nos lleva consecuentemente a los demás pilares del Islam.

Cinco veces al día, el musulmán se vuelve hacia su Señor realizando los movimientos prescritos para la adoración. Estos movimientos forman parte del más sagrado de nuestros actos, la oración o As Salat.

Otras religiones no diferencian las oraciones según su intención y no hay diferencia o distinción entre sus plegarias.

Según el evangelio de Mateo, un judío se dirigió a Jesús y le dijo: ¡Maestro, enséñanos a rezar! Es cuando Jesús les enseña el “Padre Nuestro”

En el Islam tenemos una concepción distinta de la oración, diferenciándola según la intención del siervo hacia su Señor. Es decir, para cada intención de adoración, hay una forma determinada de ejecución.

Podríamos decir, sin demasiado temor a equivocarnos, que As Salat es el centro, base y esencia de los rituales de adoración en el Islam, pero realmente es mucho más, es parte del camino a recorrer para pulir la copa sagrada y muchos son los que caen en este pilar y no pueden continuar. El salat muestra la verdadera dirección en el corazón del hombre que diferencia al siervo de Dios del servidor de su ego.

Consta de una serie de movimientos, o ciclos de movimientos, denominados rakats, en los que el fiel muestra ante su Señor, tanto física como mentalmente, su sumisión, respeto, amor y ansias de perdón y auxilio, así como su total entrega, devoción y pasión. Son estos movimientos los que debemos realizar al menos cinco veces al día en momentos determinados de la jornada.

¡Ampárame Señor! ¡Abrázame Señor!

Si analizamos cualquier forma de oración, rezo o plegaria de otras religiones, podremos sostener sin lugar a dudas que no hay acto de devoción más humilde, y a la vez con más carga significativa, que el Salat en el Islam. Que no hay otra oración en el mundo en la que el fiel se sienta más al abrigo de su Señor y que, igualmente, rechacen tanto los enemigos de Dios.

A otro nivel, exclusivamente para las peticiones de auxilio, salud etc., los musulmanes hacemos Duá. Oración ésta que podremos realizar en cualquier momento del día o de la noche y que, analizada también exteriormente, contiene, en sus movimientos, un tremendo poder simbólico.

Independientemente del Salat o del Duá, quien ha viajado por los países de Oriente Medio, habrá podido observar en la mano de sus habitantes una especie de collar de cuentas que pasan de una en una por entre sus dedos. Este collar contiene noventa y nueve “perlas” divididas en tres grupos de treinta y tres. Una por cada Atributo y Nombre de Allah.

El Atributo número cien es el Nombre de Dios que nadie conoce. Un misterio desde la noche de los tiempos sólo descubierto por quien Él mismo escogió para guardar esta Gracia.

Pasar las cuentas de este collar y recordar los Atributos del Señor es una forma de hacer Dhikr, Recuerdo de Allah, ya que el olvido es como la perdición. Los collares reciben el nombre de Tasbih o Subha y son una de las vías hacia el Secreto del Islam Interior o Tasawwuf.

“No recuerdo porque Le haya olvidado, tan solo muevo los labios y Sus Nombres brotan de mi corazón. Es tan fuerte mi intimidad con Dios que a veces me duele el alma por la separación. Entonces desaparezco, Él es como una gacela blanca, solo aparece cuando no queda nadie” Dicho Sufi

Otro acto de adoración es la contemplación de la vida sentado en el Haram de La Mecca, a la vista de la Kaaba, admirando la Casa de Allah, y así podríamos seguir enumerando todas y cada una de las formas de oración que contiene nuestro Din. No obstante, espero que este botón sirva como muestra y diferenciación entre el Islam y el resto de Ciencias del mundo.

El salat es la medicina que todo lo cura y el tropiezo para los más débiles, pues consagrar la vida a Dios, deteniendo toda actividad para volvernos hacia Él, es una vía exclusivamente elegida para una élite de seres que se han enamorado perdidamente de su Señor y su única aspiración es acercarse a Él. Toda otra vía que no exija sacrificios no es una vía, sino un sucedáneo para nuestro ego que no nos conducirá a nada.

Según la tradición islámica, el alma del difunto espera en el sepulcro la hora del Juicio Final. Éste, nuestro destino común, sin embargo, será bien diferente entre los que han obrado correctamente y los que se extraviaron y fueron rebeldes.

Durante toda la vida nos hemos puesto en el altar de Dios adorándonos a nosotros mismos, protegiendo nuestro ego y agasajándolo con los mejores placeres. No obstante, el cuerpo será llevado al cementerio y los gusanos gustarán el sabor de nuestra carne ¿Tantos esfuerzos para finalmente ser comida de gusanos?

“En la soledad de la tumba, solo quedará la intimidad del siervo y su Señor. Cuando envuelvan tu cuerpo en la mortaja y lo bajen al agujero. Cuando tus familiares se marchen uno a uno y sientas caer la tierra sobre el lienzo. Cuando tu nombre solo sea un recuerdo y ya no haya más tiempo. Entonces sentirás el frío de la muerte corromper tus miembros y el terror del vacío te ahogará como una soga al cuello. Tus posesiones no te servirán, nadie oirá tus lamentos. Pedirás ayuda y solo habrá silencio. Cuando venga el ángel negro a los pies de tu cama y conduzca tu alma al su Decreto. Cuando los gritos ya no valgan y de nada sirva el arrepentimiento. Cuando cese la respiración y se aquiete el aliento te preguntarás por qué, en la vida, perdiste tanto el tiempo” Diwan de los Pobres

Cuando nos encaminamos hacia la mezquita con la intención de repetir el Testimonio de Fe, los ángeles nos acompañan cantando, y toda la creación se detiene porque quien estaba perdido, ha vuelto al hogar, y su Padre, que le echaba tanto de menos, no puede contener Su júbilo y envía emisarios para evitar cualquier obstáculo en el regreso de Su hijo. Entonces, estrechando la mano del imán, le miras a los ojos, se hace el silencio, y toda la tierra se dispone a escuchar cómo de tus labios surge la llave de la vida que vivificará el espíritu, para acabar después postrándote ante tu Señor por primera vez en oración. ¡Dios es el más Grande! El milagro se ha consumado.

Los hermanos que te acompañan, en algunos casos, te ofrecen un regalo de bienvenida que consiste en una pequeña alfombra además del rosario de cuentas. Lo que no puedes imaginar es que ese pequeño trozo de tela es tu parcela en el Paraíso.

Al igual que en el cuento de Aladino, el día de tu regreso a la no existencia, el alma volará sobre esa alfombra hasta ocupar un lugar en el Reino de los Cielos, donde permanecerás sentado esperando la oración frente al Trono de Dios junto a los demás fieles que se reparten en hileras frente y detrás de ti.
Así, sus límites serán tan grandes como haya sido tu fe y podrán extenderse desde los límites de sus bordes hasta un jardín cuyo final no alcance la vista. Sobre ella encontrarás ríos de leche y miel, árboles frutales, los manjares más deliciosos, el vino secreto que nuestro credo no prohíbe… y las huríes que, en contra de lo que dicen algunos, no son ninfas, sino los estados del alma más cercana al Creador.
La realización de los Nombres y Atributos más Bellos de Dios que se consuman en nosotros, los cuales, aunque sean utilizados, nunca menguan, como una botella que no se vacía o un perfume que nunca se agota.

Por esa razón, prefiero las alfombras de oración de color verde, al igual que las de la mezquita del Profeta en Medina, porque cuando realizo el salat, imagino que estoy en mi parcela del Paraíso y que, frente a mí, está el Trono de mi Señor.

“Entre mi casa y mi lugar de oración (Mihrab o Mimbar) se encuentra un Jardín de los Jardines del Paraíso” Hadiz

Por otra parte está el rosario o tashbir, con el que, mediante el recuerdo constante de los Nombres y Atributos de Dios, además de la repetición sostenida de Sus Alabanzas, iremos purificando el corazón para que en nuestro continuo mental se inculque el dulce néctar del sabor del Amor Divino. Así, siendo constantes con esta práctica, hasta en sueños nos sorprenderemos adorando a nuestro Señor no solo con los labios, también con la mente inconsciente, lo que será fundamental para soportar y contrarrestar los embistes del enemigo y nos allanará el camino hacia nuestro lugar en el paraíso.

“Cada criatura se forma una imagen distinta de Mí. En lo que opina de Mí es donde Me encuentro. Purificad vuestros pensamientos, criaturas Mías, pues son Mi morada y Mi residencia” Hadiz Qudsi

El tercer pilar del Islam es el Zakat, o limosna, que se realiza entregando el dos coma cinco por ciento de nuestra riqueza acumulada durante el año a los pobres. Uno de los Nombres más Bellos de Dios es el Generoso. Los musulmanes, a imagen de nuestro Señor, intentamos comprometernos con las necesidades de nuestros hermanos.

El dinero del Zakat se emplea en la recuperación efectiva de las familias más necesitadas. No consiste en llenarles el estómago, pues en un futuro inmediato seguirían teniendo hambre y solamente habríamos enmascarado el problema. Con el Zakat se intenta dar la formación y recursos necesarios a las zonas más desfavorecidas para que lleguen a ser autosuficientes.

El cuarto pilar del Islam es el ayuno en ramadán. Desde el principio del mes lunar, los musulmanes nos abstenemos de comer, beber, fumar, enfadarnos y tener relaciones sexuales desde la salida hasta la puesta del sol.

Otro de los Nombres más Bellos de Dios es el Compasivo. La compasión consiste en ser conscientes del dolor ajeno y desear ponerle fin. Para saber qué siente alguien que carece de recursos, deberíamos previamente ponernos en su lugar aunque solo sea momentáneamente.

El lenguaje simbólico de este acto es, por sí mismo, tan brutalmente purificador que intentar aquí explicarlo es casi innecesario. El mes de ramadán es uno de los meses más sagrados del año ya que cada día es como una prueba a superar en el camino hacia nuestro sometimiento y pureza.

El fiel realiza el ayuno no para estar más esbelto, para ahorrar dinero, porque esté de moda o porque sea parte de la tradición de una cultura, sino para desapegarnos de las cosas que son un deleite vacío para los sentidos.
Hay muchos seres que, de satisfacer sus propias pasiones, han hecho el centro de sus vidas sin comprender que éstas jamás podrán contener la felicidad que tanto ansían. Ir tras los placeres de los sentidos te hace esclavo de ellos cada vez más, olvidando dónde está la Qibla.
Así cuando pasas sed, lo haces porque amas a Dios y por Él te mantienes firme. Cuando pasas hambre sabes que, al caer la noche, podrás saciarte.
Para quien verdaderamente ama a su Señor, no se le hace difícil trabajar en el Camino de Allah.

El quinto Pilar del Islam, como hemos mencionado anteriormente, es la Peregrinación a la Casa de Allah en la ciudad Sagrada de La Mecca para todo aquel que tenga medios. Esta peregrinación, o Hajj, está compuesta por actos bien estructurados en estaciones muy precisas. Cada uno con un poder simbólico tremendo que, para quienes los han sabido descifrar, sobrepasan con creces la medida de lo imaginable.

“Silencio, alma perezosa, charlatana y sibilina. Silencio. Has encontrado el lecho del Durmiente, silencio. Has contemplado el sueño de lo aparente y tras él, su Dueño. Silencio. No despiertes al Amado y resguárdate bajo Su Regazo. No oses perturbar su descanso o todo estará consumado. Acurrúcate junto a Él, abandónate en Sus brazos. Se te ha concedido la proximidad y la cercanía. Ha caído el último velo. Duerme tranquilo junto a Él. Silencio.” Diwan de los Pobres de Dios

“Y Allah hace que caiga agua del cielo con la que vivifica la tierra después de muerta, realmente en eso hay un signo para la gente que escucha” Al Corán al Karim. Sura 16, Ayat 65

El Aroma de Santidad

Tras la ventana del hotel se asomaba un mundo nuevo, un país desconocido y extraño, un mundo misterioso del que no sabía qué podía esperar. Cuando salí de la habitación para intentar aprovechar las primeras horas de calma de la mañana, antes de que el sol impusiera su justicia desde lo más alto, me encontré por primera vez, frente a frente, con la Mezquita del Profeta a la luz del sol.
Una construcción sobria, de firmes pilares asentados en la tierra con casi una decena de antorchas de luz que se levantan hacia el cielo. Las puertas principales de su fachada, paralela a la tumba de Muhammad, la cual se encuentra al fondo de la misma junto a su mihrab, se abren majestuosas ante el peregrino.

La bárbara ampliación que el rey Fahd hizo en el año 1414 d.H. rodea por completo la antigua mezquita, construida por el también rey Abdul Aziz en el año 1372 d.H., que a su vez rodea la que realizó Walid en el año 91 d.H., que a su vez circunvala la extensión de la misma que hizo Uzman y amplía la que hizo Umar, sobrepasando la que hizo el mismísimo Profeta en el año 7 d.H., para restaurar la mezquita original del año 1º.

Dentro de ella, las hileras de columnas se pierden a derecha e izquierda, siendo ésta última la zona de las mujeres.
El suelo, una gran parte de lo que fue la última ampliación, se encuentra libre de alfombras, con el mármol del piso refulgiendo gracias al esfuerzo de los trabajadores de la mezquita que se preocupan en pulir con sus propias manos la fría piedra. ¡Que Allah los bendiga!
A ambas partes de la hilera central de columnas, decenas de bidones con capacidad para veinticinco litros de agua se yerguen ofreciendo al peregrino el codiciado néctar mequinés llamado Zam-Zam. Licor que, para los que guardamos el ayuno prescrito, es, a estas horas, una tentación difícil de superar. Aún así, sacando fuerzas de flaqueza, continúo mi camino, el cual me lleva hasta dos zonas contiguas, a cielo abierto, protegidas por inmensos parasoles que, cuando se cierran, tras la oración de Magreb, el fiel que decida quedarse en la más próxima a la tumba del Profeta y dedicarse a la absoluta contemplación, obtendrá una visión sin igual de las estrellas del cielo infinito sobre la cúpula verde, perfectamente visible desde este lugar, que señala la ubicación exacta de la casa y mausoleo del apóstol de Dios. Una visión, para mí, casi celestial.

Hay una leyenda piadosa que asegura que, antiguamente, los peregrinos que arribaban por la noche a la ciudad, cuando aún no se conocía la luz eléctrica y la mezquita no poseía la fabulosa iluminación de hoy día, muchos aseguraban poder orientarse gracias a un particular rayo de luz que, desde el camino, podían distinguir, y que partía o culminaba en la cúpula verde de la casa/mausoleo del Enviado de Allah.

Durante muchos años, esta historia fue pasando de boca en boca, de peregrinos a peregrinos, generación tras generación, tras generación hasta que, desafortunadamente hoy, nos encontramos con que la mezquita está tan bien iluminada que su resplandor se hace inconfundible, aunque éste no tenga nada de sobrenatural.
Y aunque no fuera así y dejáramos a la mezquita sin luz en pos de descubrir aquella mágica luminaria, el peregrino debería salvar el estorbo de los grandes edificios hoteleros que anidan a su alrededor, teniendo que disputar también su yihad contra el crecimiento desmesurado de una ciudad claramente en expansión, opuesta totalmente a la pequeña y coqueta villa que visitaran los fieles de siglos pasados.

Hoy por hoy, Medina, además de ser la segunda ciudad más sagrada para el Islam, es una enorme urbe de amplias avenidas plagadas de coches que circulan sin rumbo. Una ciudad a caballo entre lo espiritual y los últimos avances de la técnica. Aun así, obviando todos los inconvenientes del progreso desmesurado y del afán del hombre por crear monstruos de hormigón y transformar la faz de la tierra, Medina es Medina y siempre lo será. Y lo que Allah te ofrece en esta ciudad no lo podrás encontrar en ningún otro lugar.
Siguiendo con mi visita al Templo Sagrado, llego al lugar llamado Al Rauzah o “El Jardín” ya que nuestro amado profeta aseguró que:

“Entre mi casa y mi lugar de oración (Mihrab o Mimbar) se encuentra un Jardín de los Jardines del Paraíso”

Por esta razón los musulmanes creemos que este lugar, al igual que la Piedra Negra de La Mecca, e incluso Uhud, formó parte literalmente del Reino de los Cielos en el pasado y que, en el Día del Juicio Final, volverán a su lugar de origen. Así, alrededor de estos lugares, la devoción de los fieles llega a su clímax e igualmente el respeto y comportamiento en los mismos debe de ser, en suma, semejante al comportamiento de los ángeles en el Paraíso.

Al Rauzah está delimitado y señalado por alfombras verdes a modo de hierba, mientras que los adornos de columnas, techos y capiteles se construyeron intentado emular un jardín de mármol.

A mano izquierda, la casa del Profeta se yergue impenetrable, flanqueada por un enrejado verde y dorado que la protege de las miradas de los curiosos, custodiada por las autoridades Saudís. Una fortaleza de metal dentro de la mezquita.
Según se dice, el Profeta fue enterrado en la habitación de Aisha, su esposa más joven y, junto a él, acompañándolo en su descanso eterno, están Abu Bakr y Umar.

Algunas leyendas primitivas aseguran que dentro del Huyrah también se encuentra una sepultura vacía perteneciente a Jesús, para después de su segunda venida a la Tierra, pero esta leyenda ha caído hoy en el olvido. Incluso si preguntas a alguna autoridad en la materia, o se encoge de hombros o niega haber oído jamás algo parecido.

“El Mihrab del Profeta” es el más cercano a su tumba y está situado a la derecha de la misma, según se entra en el Jardín. Tras su sepulcro y su Mihrab, se abre una divisoria, o pasillo, llamado Muwayihat al Sharifah que separa Al Rauzah de la pared sur de la mezquita y corre paralelo a ésta. Es en este lugar donde, actualmente, se ubica el Mihrab desde el cual se dirige la oración.

El camino hacia la tumba del Profeta comienza en una puerta abierta al final de la pared orientada al Este, recorre meridionalmente la parte sur de la mezquita dejando a la izquierda Al Rauzah, el Mimbar y el Mirhab del Profeta, hasta llegar directamente frente al Huyrah.

Este pasillo te permite recorrer la mezquita de un extremo al otro sin la necesidad de molestar a los fieles que están haciendo la oración. Algunos lo han llamado “El Camino de Muhammad” ya que su razón de ser es conducirte hasta el lugar de descanso del apóstol de Dios.

Una vez llegamos a los límites donde se yerguen las rejas que protegen las tumbas, se alza una pequeña valla de mármol que separa al fiel unos dos brazos del enrejado. Dentro de la misma se encuentran policías y guardas saudís dirigiendo a los fieles hacia la salida, unos metros más adelante, impidiendo el colapso de gente frente de la tumba del Profeta.

Asimismo, el personal de vigilancia está muy al cuidado de que cualquier cretino ignorante intente realizar algún acto poco conveniente frente a las tumbas de Abu Bakr o Umar dada la naturaleza violenta de algunos movimientos heréticos del Islam para con estos dos Califas.

El lugar exacto de la tumba del Profeta está marcado en el enrejado por un pequeño agujero rodeado de una cubierta dorada para distinguirlo de las otras dos hornacinas que ubican las tumbas de Abu Bakr y Umar, en este orden.

Al pasar frente a su tumba, imaginé un gran trono de oro macizo tras la reja y al más noble de todos los hombres sentado sobre él devolviendo el saludo que los musulmanes le ofrecíamos conforme a uno de los hadices que asegura que:

“Quien pase frente a mi tumba y me salude, le aseguro que yo le devolveré el saludo desde donde me encuentre”

De igual forma, al pasar frente a las tumbas de los sahabas, les ofrezco el saludo prescrito para, sin más dilación, absorto en mis pensamientos, sentimientos y emociones, salir al exterior para contemplar la claridad de la mañana.

Tras de mí se alza majestuosa la cúpula verde. A su derecha, mirando hacia el norte, se encuentra el lugar donde Bilal se subía para llamar a la oración cantando el Azdhan.
Todo aquello pasó en este mismo lugar cientos de años atrás. Los primeros pasos del Din perfecto se dieron en esta bendita tierra. El más increíble de los seres humanos, junto con Jesús, respiró este aire, rezó en estos lugares y su cuerpo se encuentra descansando aquí. Gabriel bajó desde los cielos para susurrar el Corán en este lugar, los sahabas bebieron de las fuentes de la iluminación bajo esa cúpula verde, los hombres aprendimos a ser humildes a través del ejemplo del mejor de nosotros.
Es imposible quedarse impasible en este lugar. Es imposible no detener tu corazón en este sitio, que esta tierra no cale tu mente cambiando a la vez la esencia de tu alma.

De vuelta en el hotel, solamente queda esperar el nuevo Azdhan que me conduzca, en volandas, de regreso a mi destino. La sed casi se ha olvidado, el hambre ha sido mil veces sofocada. Nada necesito del mundo, excepto volver de nuevo al Jardín.

Y el tiempo pasa y se acaba el día. El sol se recoge para dejar paso al Tarawih, oraciones voluntarias que se realizan después del anochecer y que se practican solamente en el mes de ramadán. El Tarawih pasa y los peregrinos salen de la mezquita para dejar paso a los durmientes, y los durmientes se recogen inconscientes para dejar paso a los ángeles que, en filas, siguen haciendo su salat junto a los Enamorados que se sumergen en el Recuerdo.

Es en estas horas, cuando los millones de luminarias que alumbran el balcón de mi Señor están cayendo hacia el poniente, cuando acercarte al Mihrab del Profeta para hacer dos rakats no se convierte en una lucha a vida o muerte. Cuando la mezquita del Profeta pertenece a los que desprecian el sueño.
Es a estas horas cuando en Al Rauzah se puede distinguir con claridad la Báraka flotando entre el suelo y el techo, cuando los siervos del Señor exigen no ser molestados bajo ningún concepto, cuando hablar con Él se convierte en una necesidad imperiosa que necesitas satisfacer.
Y ves a los ángeles caminar entre los hombres con total naturalidad. Están ahí, a tu alrededor, te cruzas con ellos y los puedes distinguir haciendo el salat o comiendo unos simples dátiles. Están ahí, entre tú y los demás… mas no fue hasta el tercer día, o mejor dicho, hasta la tercera noche, cuando pude hablar con ellos.

Es costumbre, en ramadán, tras la hora del Asr, oración de la tarde, y hasta el Magrib, oración del ocaso, que las familias de la ciudad, voluntariamente, ofrezcan a los peregrinos alimentos para romper su ayuno. Así, desde hace generaciones, han dividido la mezquita en parcelas, siendo responsabilidad de cada una alimentar a los peregrinos que sobre sus lindes se encontraran. Las fronteras invisibles de los comensales son solamente conocidas por sus dueños y distinguidas por los diferentes manteles que sobre las alfombras se colocan poco después del salat de la tarde.
Sobre los trozos de tela se van depositando paulatinamente las viandas: bollería, yogurt, pan, dulces y dátiles. Los vasos de agua se dejan para lo último ya que, incluso con la comida servida, toda la mezquita es zona de paso de peregrinos, quienes no dudarán en pisar manteles, comida y hasta personas, movidos por el afán de alcanzar sus objetivos.

Y así, en la tercera noche de ramadán, en la ciudad sagrada de Medina, después de la oración del Tarawih, en la mezquita del Profeta, antes de retirarme a descansar, acompañado por uno de los jóvenes marroquíes que había conocido días antes, un mantel que aún seguía extendido en el suelo llamó mi atención y el deseo de tomar algún que otro dátil me atrajo como la luz atrae a la polilla sin yo explicarme, ni aún ahora, el por qué de tal proceder ya que en verdad no son estos alimentos plato de mi gusto.
Aun así, insté a Abdul Hamid para descansar alrededor de aquella acampada, frente al grupo de personas que ya la poblaban, para poder degustar el fruto de la palmera sin dar mayor importancia a los demás comensales.

Más sosegado, habiendo probado ya el empalagoso sabor de mi gula, quise observar a las personas que junto a nosotros se sentaban y descubrí a mi alrededor un pequeño grupo de cinco o seis hombres procedentes posiblemente de Malasia o Indonesia masticando lentamente los alimentos que habían podido encontrar sobre la tela.
Y vi que su piel era oscura como madera de árbol y sus ojos negros y profundos como el océano nocturno. La extrema delgadez de sus cuerpos cargados de años y sus ropas roídas y harapientas fueron testimonio más que suficiente para comprender que me encontraba entre personas que en verdad vivían sumidas en la pobreza más extrema. Aún así, sus ojos, al mirar, mostraban una belleza deslumbrante que solamente podía tener su origen en la proximidad a la Bondad inconmensurable del Creador. La paz interior de quien es de Dios y Dios hace brotar en él la belleza más radiante y cegadora pues, ¿cómo pueden oler mal los dedos de aquéllos que reparten rosas?

De sus manos se desprendía perfección hasta en el movimiento más ínfimo, y fue con este movimiento con el que uno de ellos me ofreció el poco pan que todavía tenía, así como el yogurt que se estaba comiendo. Y fue con su mirada con la que me dejó sin respiración al darme cuenta de lo que significaba aquel gesto tan sencillo, pero tan cargado de intención.

De repente, frente a mí, por esa casualidad que me gusta llamar “el sentido del humor de mi Señor”, me encontré con las personas más humildes, con las que menos poseían, con hombres que todo cuanto tenían se veía reducido a lo que podían cargar en sus humildes, pequeñas y destartaladas mochilas. Seres que, al contemplar sus cuerpos, puedes advertir sin temor a error las penalidades que han debido sufrir. Hombres hambrientos que, sin pensárselo dos veces, nos ofrecían sus alimentos.
En definitiva, aquellos que nada poseían, incluso lo poco que pudieron obtener para alimentarse aquella tarde, se lo brindaron a dos extranjeros. Y acepté, conmovido, el pan que me ofreció y lo partí en tres trozos viniendo a mi memoria el recuerdo de la Última Cena de Jesús con sus discípulos. Y los tres comimos también del yogurt mojando el pan de vez en cuando.

Pasados unos minutos, nuestro nuevo amigo, alentado por su grupo, se levantó, cogió su mochila y, deseándonos paz y bendiciones, desapareció.
No quise recobrar el habla. Necesité unos instantes más para reponerme de lo que acababa de vivir cuando, de repente, una mano se posó suavemente en mi hombro. Sorprendido, me volví para descubrir de nuevo a aquel bondadoso hombrecillo portando y ofreciéndonos dos vasos de agua Zam Zam que había recogido de alguno de los bidones que estaban distribuidos por la mezquita.
Cuando nos repusimos y quisimos agradecérselo, ya se había marchado, volviendo a desaparecer entre las columnas del Jardín del Paraíso. En verdad necesitamos algunos instantes más para poder digerir aquella increíble escena que Dios nos había regalado. Minutos después, saliendo de la mezquita, nuestro corazón latía de forma diferente.

A veces las palabras no pueden contener los sentimientos y no pueden describir con detalle las enseñanzas que Allah ofrece a Sus siervos. Los hombres no sabemos encerrarlas diestramente en el papel o hacer que otros puedan imaginar siquiera una décima parte de lo que nuestros corazones experimentan ante Su Misericordia.
Hasta el más diestro en este arte no es capaz de expresar lo que en esos momentos experimenta el alma, pero esa milésima parte que ha podido balbucear ya tiene la capacidad de sorprender al lector.

La única forma de comprender el Lenguaje de los Pájaros es que los corazones se pudieran comunicar directamente, sin necesidad de la palabra o de cualquier otro vocabulario que tenga que ser procesado por otros órganos para hacerse entender. Los de antaño, los peregrinos que hacía unas horas se inclinaban ante su Señor, ahora comprendían en verdad cuán arrogantes y egoístas habían sido bajo una fachada de fingida santidad. Y fue aquella sabiduría, transmitida y recibida fielmente por algunos Hombres Notables, la que nos había mostrado con su ejemplo el camino real de la excelencia.

¡Cuánto nos quedaba aún por trabajar para acercarnos mínimamente al completo desapego por este maldito mundo! Este reino donde el poder de atracción de las cosas que poseemos es en verdad la perdición de los hombres, siervos de sus propios deseos, pues son ciertamente nuestras pertenencias las que nos poseen y no al contrario, nos embelesan y nos apartan cada vez más del estado de plenitud total de quien solamente necesita y anhela el Amor del Único que realmente importa. El estado del Enamorado y del Pobre de Dios.

Aquel corazón mío de antaño… no sé, tal vez, después de lo ocurrido, jamás vuelva a ser el mismo. Tal vez este pequeño trozo de mi cuerpo se sorprendió tanto que, conmovido por aquellos hombres, quiso ser como ellos y emprendió ese camino por su propia cuenta sin poder yo detenerle en su misión.

 

“Quien se guía, lo hace a favor de sí mismo y quien se extravía lo hace en contra de sí mismo. A nadie se le cargará con la carga de otro. Y no castigamos sin antes haber enviado un mensajero” Al Corán al Karim. Sura 17, Ayat 15

Las Lágrimas de Uhud

El periodo de adaptación a Medina no resulta en absoluto pesado o embarazoso. En ningún momento sientes que estás fuera de lugar. La mayoría de la gente es de lo más cordial, las sonrisas se reparten sin reservas por entre ciudadanos y peregrinos, y el ambiente del lugar te acoge como si fueras en verdad un viejo conocido que llevaba tiempo sin regresar a su hogar. Sientes calor en el pecho, un calor que te hace estar cómodo, que te hace sentir que formas parte de algo más grande de lo que puedes concebir.

Pasear por el cementerio de Al Baqi tras al Fayr, es como hacer una visita al lugar de descanso de viejos conocidos. Caminar despacio por entre las tumbas de los sahabas viendo salir el sol mientras el cielo se tiñe con los colores de la mañana es poco menos que impresionante.
Has de saborear cada uno de los pasos que vas dando hacia el Recuerdo, siguiendo el largo y serpenteante sendero del cementerio. Sabes que, a ciencia cierta, a cada lado del camino se encuentran descansando los cuerpos de la gente de aquella generación de hombres que lucharon en las primeras contiendas entre los Coraix de La Mecca y los seguidores del apóstol del Señor.

A un lado y otro del sendero están las tumbas de hombres que caminaron sobre la tierra en la época en la que el último de los Profetas podía comunicarles los Mandamientos de Allah directamente. Personas que lucharon por Su Causa y que vivieron directamente bajo las directrices del mejor de los seres humanos.

Desdichadamente, hace años que las tumbas perdieron sus epitafios y monumentos, siendo demolidos por el celo saudí olvidando así dónde se encuentra el lugar de descanso de cada quién.

Ellos argumentan que lo hicieron para evitar actos vergonzosos causados sin duda por la ignorancia de algunos pseudo musulmanes que están mal de la cabeza, y del alma, los cuales se dedicaban a realizar el salat sobre las tumbas de los Santos más destacados o a tirar basura y excrementos a los mausoleos de quienes, piensan algunos, fueron ilegítimos sucesores al califato.

Sea como fuere, lo cierto es que Al Baqi es hoy una gran extensión de tierra que se yergue hacia el Oeste donde todos los sepulcros están limitados por un par de piedras, o tejas, que se ubican en la cabeza y pies del lugar donde se encuentra enterrado el difunto. Y aunque los más viejos del lugar aún recuerdan el sitio exacto de los lugares de descanso de las mujeres del Profeta y de los primeros Califas, hoy día guardan silencio por temor.

Caminar en Al Baqi, a estas horas, es un viaje en el tiempo, una experiencia que no hay que dejar escapar por nada del mundo. Hacerlo en soledad, sin compañía alguna, reflexionando, caminando lentamente y sin prisa, contemplando cómo los primeros rayos del sol rozan la cúpula verde de la mezquita del Profeta en la distancia, la cual, orgullosa y esplendorosa, asoma tras los muros del cementerio, es un viaje hacia tu interior, hacia ti mismo, hacia el centro mismo de tu ser y un recuerdo del futuro inexorable que nos espera tarde o temprano.

Aún así, aquella calma, aquel silencio, aquella paz, aquella tranquilidad, aquellos sentimientos, no sé… hay de vivirlo.

Tras salir de Al Baqi me preparé para otra de las sorpresas del camino: La visita a Uhud, Quba y La Mezquita de las dos Qiblas.

* * * * * * * * * *
Si sales del Haram de la Mezquita del Profeta por la puerta más cercana a la zona de las mujeres, no tardarás en encontrarte con algún “taxi colectivo” cuyo chofer ofrece a gritos sus servicios.
Probablemente no encontrarás el logotipo de ninguna empresa de viajes organizados pegado en la carrocería del coche o furgoneta, las cuales, por regla general, suelen ser bastante destartaladas. No encontrarás ninguna chapa en el pecho del conductor/guía con su nombre impreso ya que la mayoría son particulares que se ganan la vida honradamente realizando en poco más de hora y media la excursión a estos tres sitios emblemáticos de la historia del Islam en los meses sagrados.

Reunido de nuevo mi grupo, es decir Abdul Hamid, Muhammad, que era el joven imán en Getafe, y yo, nuestro chofer puso en marcha el motor con destino a Uhud.

-La batalla de Badr - nos relataba Muhammad mientras cubríamos los escasos seis kilómetros que distan desde la Mezquita del Profeta a Uhud - consolidó la confianza de los musulmanes y afianzó su posición frente a los Coraix de La Mecca y las tribus vecinas. Pero los seguidores de Abu Sufian no podían permitir que su estrepitosa derrota anterior llegara a oídos de las tribus de la Arabia preislámica. De lo contrario, no tardarían en perder el respeto que anteriormente se habían forjado como grandes comerciantes y fieros guardianes del Templo de Kaaba.
Uhud, zona ubicada entre una pared de montañas y un profundo valle, fue el lugar designado para la revancha de los idólatras.
Reunidas de un lado las tribus Tihama, Kinema y Coraix, las cuales, entre caballería e infantería superaban los tres mil efectivos, y de otro lado un grupo de musulmanes con no más de setecientos hombres y mujeres, pues ellas también tomaron parte en la ofensiva, esperaban, bajo el duro sol de arabia, entrar pronto en batalla.

Originalmente, el grupo se compuso de mil hombres pero, a última hora, viendo la magnitud del ejército mequinés, Ibn Ubbay se echó atrás y se retiró con trescientos de sus efectivos. Asimismo, los judíos de Medina también se excusaron puesto que la batalla coincidió con el sábado.

-Al mando de los Coraix, Abu Sufian rugía para exaltar a sus soldados, exigiendo verter hasta la última gota de sangre de los musulmanes, unos hombres que tan solo pedían libertad para poder rezar al Dios Único y Verdadero en su exilio. Al mando de la caballería, el temible Jalid ibn Walid aguardaba acontecimientos.
Por parte de los musulmanes, las espadas de Hamza, Ali y Umar, entre otros, esperaban, enfundadas, el momento de desenvainarse para poder defenderse de la sed de sangre de los infieles.

Cuando llegamos al lugar lo encontramos tal como Muhammad nos lo había relatado por el camino. Lejos de la expansión de la ciudad, Uhud, de momento, se había librado de la explosión demográfica y se conservaba casi intacto. Al abrigo de las montañas de granito y caliza, se yerguen humildes casas, además de una mezquita entre las montañas y del Cementerio de los Mártires, el cual invita al recogimiento y la reflexión.
Un pequeño promontorio donde se suelen subir los peregrinos, señala el lugar desde donde el Profeta dirigió la batalla. Delante de aquella pequeña elevación del terreno se extiende el desierto, y más allá el vacío.
Al bajar del taxi Muhammad siguió con su relato:

-El ejército de los siervos de Dios se desplegaba delante del monte que hoy recibe el nombre del lugar, Uhud. Un monte que, si lo miras bien, resulta diferente al resto, y quizás lo sea.
El Profeta dispuso nuestro ejército delante del promontorio para que, si algo fallaba, nos replegáramos subiendo al monte y así retornáramos a una posición de fuerza o refugio en el peor de los casos -

Hay quienes dicen que oyeron al Profeta decir que Uhud, al igual que Al Rauzah y que La Piedra Negra, forman parte del Paraíso y que, una vez llegue el Juicio Final, Monte, Jardín y Roca retornarán a su lugar de origen. Sinceramente, cuando oí esta historia tuve mis dudas. Hoy, tras haber estado allí, estoy convencido de que ese lugar guarda bien sus secretos. Aquella tierra no es cualquier lugar, ese enclave forma parte sin duda de algo que no sé bien cómo explicar.

-Desplegada nuestra infantería, el Profeta reunió un grupo de arqueros con instrucciones claras:

“Si nos veis flaquear, no abandonéis vuestras posiciones. Si nos veis avanzar sobre el enemigo, no os mováis. ¡Guardar vuestros puestos sin abandonarlos, pase lo que pase!”

El choque entre ambos ejércitos fue terrible. Las espadas de Ali y Umar no dejaban títere con cabeza, Hamza tampoco vacilaba en su avance. Los arqueros que el Profeta había ubicado en la retaguardia cumplían bien su cometido con saetas que sesgaban los miembros enemigos.
Los Coraix flaquearon pronto ante el coraje de los musulmanes que, alentados por el Profeta, rechazaban una y otra vez el ataque de sus enemigos diezmando sus filas pero, ¿dónde estaba Jalid ibn Walid?
Firme todavía en su memoria el recuerdo de Badr, los musulmanes se emborracharon de victoria una vez más y, desperdigándose, rompieron el orden.
Dando por ganada una batalla aún por terminar, algunos se olvidaron de los enemigos y se dedicaron a recoger el botín de guerra rebuscando tesoros entre los caídos.
Los arqueros que debían permanecer inmóviles, abandonaron sus puestos, ebrios de ambición por saquear los bienes de los que yacían en el suelo.
Cuando tuvimos la victoria en nuestras manos, todo se perdió. Jalid ibn Walid vio su oportunidad y atacó por la retaguardia a unos musulmanes desprevenidos. A unos musulmanes desguarnecidos porque habían abandonado sus puestos arrastrados por la codicia, desoyendo las instrucciones del Profeta.
La caballería enemiga arrasó la retaguardia musulmana, el desorden se alojó entre nuestras tropas. El Profeta había sido herido en la cara y el rumor de su muerte cundió por entre los soldados que aún resistían el asedio. La noticia conmocionó a los musulmanes y el terror se instaló en sus corazones.
¡El Profeta muerto! ¡El Apóstol de Dios muerto! ¡No podía ser! Algunos, ante tal espanto, bajaron la cabeza y los brazos dejándose asesinar, abatidos por la noticia.
Hasta que llegó el desmentido, el enemigo ya se había cobrado la ventaja que les daría la victoria. Fue cuando el monte Uhud sirvió de protección a nuestras tropas que, replegadas en él, no pudieron hacer nada para evitar que los idólatras mutilasen a los musulmanes caídos en el campo de batalla.
Las lágrimas del Profeta inundaban su rostro contemplando las vejaciones que los idólatras hacían con Hamza y con los otros musulmanes, cortándoles las orejas, los genitales, la nariz...
El vientre del tío del Profeta quedó abierto para que la mujer de Abu Sufián, Hind, sacara su hígado y se lo comiera a mordiscos. Unos espeluznantes collares de trozos de los cuerpos de los musulmanes eran lucidos con gran orgullo por las mujeres Coraix en su camino de regreso a La Mecca.
Una vez replegados ambos ejércitos, llegando casi a Medina, el Profeta mandó una centena de soldados en persecución del ejército Coraix como demostración de que los musulmanes nunca dimos por perdida la batalla de Uhud. Muhammad ordenó que, esa misma noche, los musulmanes que salieron en persecución del enemigo formaran hogueras muy alejadas unas de otras.
Los Coraix, al ver la gran distancia que había entre las hogueras, pensaron que un gran ejército perseguía sus pasos clamando venganza y se apresuraron a esconderse de nuevo en La Mecca. La “victoria” no les sabría demasiado dulce -

Puede que los musulmanes no perdiéramos aquella batalla, pero sí perdimos, entre los valerosos caídos en combate, a Hamza, quien ofreció su vida, al igual que el resto de los mártires, para que hoy, mil cuatrocientos veintisiete años más tarde, la Palabra de Allah haya podido llegar al corazón de todos los hombres y mujeres en todos los rincones del mundo.
Las lágrimas corrían por nuestras mejillas al contemplar el escenario de esta horrible historia. Desde los límites de la valla de seguridad que impide el paso al Cementerio de los Mártires, hicimos Duá por nuestros hermanos caídos en combate. Es difícil no emocionarse en este sitio, es difícil que el ambiente del lugar no cale hasta lo más profundo del alma, instalándose en ella una sublime tristeza con sabor a derrota.
Aquí, en este lugar, quizás en este mismo sitio, el Profeta, días antes de morir, haciéndose aún más evidentes los síntomas del veneno inoculado en Jaiber por una mujer judía, se encaminó hacia este lugar y, en pie ante la tumba de los caídos, lloró con tal tristeza que nadie podría creer que aquella batalla sucediera ocho años antes.
Sin duda el dolor del Profeta, aquellas lágrimas, aquella melancolía, ha superado las barreras del tiempo y perduran aún hoy en Uhud, haciendo que todo aquel que, con corazón sincero, se acerque a este lugar, no se pueda alejar de él sin que sus ojos se conviertan en ríos, su corazón quede partido en dos y su barbilla pegada al pecho.

De nuevo en el taxi, intentando recobrar el aliento, Muhammad, como un loco que habla consigo mismo, incapaz de mirarnos a los ojos pues ninguno alcanzábamos a levantar la mirada del suelo, prosiguió relatándonos algunos detalles acerca de nuestra próxima parada, la Mezquita de las dos Qiblas o Masjid Qiblatain.

-Como sabemos, en su primera etapa apostólica, el Profeta, por Mandato de Allah, rezaba en dirección a Jerusalén, aunque su corazón albergara el deseo de orientarse hacia la Kaaba dado el intenso amor que sentía por ella. Pasado el tiempo, una vez instalado en Medina, no exento de problemas, descendió la aleya que imperaba el cambio de la Qibla, ordenando a los musulmanes dirigir sus rezos ahora hacia La Mecca, más concretamente hacia la Casa que Adán, Abraham e Ismael edificaron para la adoración de Allah.
Esta Orden Divina, que podemos encontrar en el Sagrado Corán, alegró el corazón de Muhammad y además puso a prueba a los verdaderos musulmanes, pues no faltaron, entre los hipócritas, quienes dudaron del Profeta argumentando que no sabía lo que hacía.
Los auténticos musulmanes no dudaron en cambiar la dirección de su Qibla hacia La Mecca pues seguían con devoción las órdenes de nuestro Mensajero. Pero los que pronunciaron Shahada por algún interés mundano, sin la más mínima fe, no tardaron en salir de su escondite y retiraron su máscara, mostrándose tal cual eran.

El mismo año de nuestra hégira, un grupo de hombres partió desde Medina hasta La Mecca para circunvalar la Kaaba. Algunos seguían siendo idólatras, pero otros se habían convertido al Islam.
Fue en aquella peregrinación cuando aconteció uno de los hechos más curiosos y premonitorios dentro de la comunidad, pues un hombre llamado Al Bara ibn Marar, sugirió que, estando tan cerca de la Kaaba, se hiciera el salat hacia ella en lugar de volverse hacia Jerusalén. El resto de musulmanes se negaron a desobedecer las instrucciones del Profeta, por lo que siguieron realizando la oración mirando a Jerusalén. No obstante, Al Bara ibn Marar se mantuvo firme en su propósito e hizo el salat hacia la Kaaba.
Sabemos que, algo más tarde, de regreso a Medina, Al Bara retornó la dirección de sus rezos hacia Jerusalén, pues el Profeta así se lo ordenó. El anciano murió días después. Los musulmanes guardamos con cariño la historia de este hombre y de su premonición, pues en verdad Allah le inspiró Su Voluntad antes de sacarlo de este mundo.

-Habiendo descendido la aleya que cambió la Qibla, un hombre que fue testigo de ello, pasó por la mezquita en la que nos encontramos ahora, donde aún no se habían enterado de la noticia y seguían rezando hacia Jerusalén. Comenzado el salat del Asr, se les acercó y les comunicó la nueva orden, jurando que lo que decía era la pura verdad. Por ello, los que empezaron a rezar hacia una dirección, terminaron dándose la vuelta y mirando hacia otra. De ahí el nombre de esta mezquita -

Aparte del interés histórico del sitio, del antiguo oratorio no queda hoy más que el recuerdo, dando paso a una gran construcción, rubricada con dos minaretes, que se eleva donde antaño los primeros musulmanes hicieron el salat hacia las dos qiblas.
Aún así, admirar la nueva y majestuosa mezquita y hacer dos rakats en ella era un deber que no queríamos dejar pasar, así como el volver nuestros rostros hacia Jerusalén cuando salíamos, a la izquierda del mihrab, e imaginar el movimiento de rectificación de nuestros hermanos hace mil cuatrocientos veintisiete años.

Rompiendo la Qibla de Jerusalén, los musulmanes nos desvinculábamos también de los errores en los que  cayeron judíos y cristianos. Jerusalén representaba, y aún lo sigue haciendo, el sueño del Reino de los Cielos en la Tierra, pero los hombres no supimos mantener puro ese sueño.
Regresando a Jerusalén, quizás nos volvíamos a la dirección de la desintegración de la Ummah. Rompiendo con Jerusalén, rompíamos simbólicamente con los errores que habían cometido los trinitarios y con la testarudez del pueblo judío, que asesinó a sus profetas y niegan la santidad de Jesús y de Muhammad.
La nueva Qibla era una señal inequívoca de que algo nuevo estaba naciendo, una nueva Jerusalén, un nuevo sueño, el nuevo Reino de los Cielos, una nueva religión que nos hacía retornar a la más antigua.
Recogiendo el legado de Abraham, los musulmanes volvíamos los rostros hacia el Templo que él construyó para la adoración del Dios Único y Verdadero.

Aunque jamás olvidaremos la melancolía de Uhud, nuestro nuevo destino abría una tímida sonrisa de impaciencia en la comisura de los labios y Muhammad continuó narrándonos la historia de la mezquita de Quba.

-Tras la huida del Profeta de la ciudad de La Mecca, recorriendo cientos de kilómetros sobre la grupa de su fiel montura, junto a su inseparable guardián Abu Bakr, huyendo de los Coraix que habían puesto precio a su cabeza, se dirigió hacia Yatrib, antiguo nombre de la ciudad que después pasaría a llamarse Madinat al Nabí, La Ciudad del Profeta, es decir, Medina.
El camino fue arduo y pesado. Abu Bakr, en tensión constante, cabalgaba a derecha, después a izquierda, adelante y atrás intentando cubrir todos los flancos en previsión de alguna emboscada, o de que algún caza-recompensas cayera en la tentación de peinar el desierto codiciando los cien camellos que los Coraix habían puesto como precio por la cabeza de Mahoma.
No obstante, muy tranquilamente, balanceándose con el vaivén del paso de su fiel montura, el Profeta, confiado, miraba más allá de las colinas y de las dunas. Miraba hacia otros mundos, otros lugares inaccesibles para los ojos de su amigo, hacia los reinos de su Señor. La inquietud que Abu Bakr no podía ocultar contrastaba con la calma y seguridad del Profeta, quien, sonriendo, intentaba tranquilizar al que después se convertiría en su suegro. Pero, de repente, algo a lo lejos perturbó la quietud del desierto... Un hombre en lontananza se les acercaba con paso lento y abatido.
Abu Bakr reaccionó poniéndose en guardia. El extraño caminaba con la cabeza gacha y sostenía de mala gana la correa de su vacío carcaj, que arrastraba por la arena dejando un surco a su paso. En la otra mano, un poderoso arco denotaba su casta y su oficio. Su nombre era Siraqa, un valiente guerrero que se había propuesto cobrar la recompensa ofrecida por los infieles.
Abu Bakr salió a su encuentro, pero Siraqa no reaccionó. Cuando estuvieron a la misma altura, la espada del compañero del Profeta amenazó al mercenario. No obstante Siraqa, con calma, sin levantar la cabeza, tiró su carcaj y su arco, su espada y su puñal, y pidió poder acercarse al Profeta. Tenía que pedirle perdón.
Abu Bakr vaciló, pero fue inútil. Mahoma ya se encontraba a su altura. El Mensajero de Dios desmontó y, acercándose al mercenario, puso las manos sobre sus hombros, le miró fijamente a los ojos y le invitó a hablar.
Siraqa, que no pudo sostener la mirada del Profeta, una mirada cálida y misericordiosa, comenzó su relato:
¡Oh Mensajero de Allah! Perdona a este gusano incrédulo que, hasta hace unos instantes, deseaba con todas sus fuerzas asesinarte para cobrar así la recompensa que pusieron tus enemigos.
Me encontré, la noche anterior, a la vera de una hoguera, a cierta distancia de aquí, acompañado por unos mercaderes que, de camino hacia su destino, se habían detenido para pasar la noche y descansar del viaje, cuando un jinete se nos acercó, pidió permiso para acompañarnos y, una vez acomodado, fluida ya nuestra conversación, nos informó de que había creído ver a unas personas cruzando el desierto.

-¡Quizás pueda ser Mahoma y sus acompañantes! - dijo - Por los que han puesto una gran recompensa los ciudadanos de La Mecca -

Viendo mi oportunidad, no dudé en mentirle, asegurándole que aquellas personas eran unos mercaderes conocidos míos que se dirigían a ver a unos judíos con los que tenían tratos.
Cuando todos estuvieron dormidos, recogí mis enseres, monté mi camello y seguí la dirección que el joven nos había indicado, esperando poder alcanzaros para cumplir con mi oficio.
No hace mucho encontré vuestro rastro y lo seguí. Cuando ya podía adivinar vuestra silueta en el horizonte, me lancé al ataque, pero mi camello tropezó y cayó de bruces, rodando yo por el suelo junto a él.
Jamás en toda mi vida había sufrido una caída igual. Nunca había rodado por el suelo de manera tan absurda.
Siendo un mal augurio, decidí consultar las flechas, las cuales se negaron a que siquiera con mi intención de cobrar la recompensa.
No haciendo caso ni de la caída del camello, ni de las flechas, me dejé llevar por la codicia, regresé a mi montura y recobré vuestro rastro deseando cobrar la recompensa. Algunos metros más adelante, mi camello fue aminorando el ritmo de su carrera aún a costa de mis fuertes golpes, hasta que la bestia se paró. De repente, sus patas empezaron a hundirse en el suelo, lo que acabó de maravillarme, pues en verdad conozco este desierto como la palma de mi mano y jamás hubo aquí arenas movedizas.
Sin dar crédito a lo que mis ojos veían, volví a consultar el oráculo, que volvió a negarse a que siguiera con mi anterior empeño. Así, lo tenté una vez y otra, pero su respuesta jamás variaba. Por los prodigios que te acabo de relatar, sé que en verdad Muhammad es el Enviado de Allah, pues no hay explicación posible a lo que me acaba de ocurrir excepto que el Señor del Universo cuida y protege a Su Mensajero. Temo haber incurrido en Su cólera al haberme propuesto quitarte la vida, por eso te pido perdón y me hago musulmán en este instante y para siempre.

Muhammad no sólo perdonó a Siraqa de buen grado, sino que le prometió que, para compensar los cien camellos que había dejado de cobrar de los Coraix, les serían entregadas las pulseras del Rey de Persia. El mercenario se extrañó de aquella promesa y no le dio mayor importancia. Años después de la muerte de Mahoma, las tropas musulmanas conquistaron Persia y las pulseras de su Rey fueron entregadas a Siraqa. ¡La Profecía se había cumplido!

Era Quba la zona donde se habían asentado muchos musulmanes que huyeron de La Mecca y distaba unos cinco o seis kilómetros de Yatrib. El día ocho de Rabí al Awwal, Mahoma entró por primera vez en ella aclamado por sus seguidores. Corría año 622 de la Era moderna. Durante el tiempo que se quedó en Yatrib, Muhammad se ocupó de la construcción de la primera mezquita del Islam, la cual se ubicaría en un antiguo secadero de dátiles.
Trabajó como un obrero más en la construcción de la misma, advirtiendo así que todos los hombres y mujeres somos iguales ante Allah y quien más destaca a los ojos de su Creador, es el más humilde.

El Sagrado Corán hace referencia a esta mezquita en las siguientes aleyas:

“Una mezquita fundada sobre la piedad desde el primer día es más digna de que estéis en ella” Al Corán 9 ,109.

Pero cuando llegamos al sitio, mi romanticismo cayó por los suelos como caen las hojas de los árboles en la estación de otoño.

Esperándome una pobre y humilde mezquita de tiempos remotos, con las huellas del Profeta todavía en su interior, sin embargo, frente a mí, se alzaba una grandiosa construcción de esbeltas formas rubricadas por cuatro minaretes que se levantaban como agujas rompiendo el cielo.

La monstruosa reconstrucción y extensión que se realizó por mandato expreso del Rey Fahd, allá por el año 1986, quebró todas mis expectativas de poder recogerme dentro de un edificio hecho por las manos mismas del Mensajero de Allah. Aún así, he de reconocer la magnífica labor de adaptación del terreno para las masas de visitantes que cada año arribamos a los santos lugares y cómo la ampliación de la anterior mezquita, aún a costa de mi romanticismo, era una solución pragmática y necesaria a destacar.

Con la boca abierta, para variar, entramos en Quba con el pie derecho, e intentamos acercarnos lo más posible al mihrab para realizar los dos rakats de saludo a la mezquita, suponiendo que el emplazamiento del oratorio original se encontraría cerca del mismo.

Una vez cumplidas las obligaciones del peregrino, regresamos al taxi que nos devolvería de nuevo al hotel para poder asimilar todo lo que aquella mañana nos había acontecido.

Dijo el Profeta: “Aquel que se purifique en casa con la intención de venir a Quba y hacer dos rakats, obtendrá la misma recompensa que si hiciera una Umrah completa”

 


“¡Gloria a Quien una noche hizo viajar a Su siervo desde la Mezquita Inviolable hasta la Mezquita más Lejana, aquella cuyos alrededores hemos bendecido, para mostrarle parte de Nuestros Signos! Verdaderamente Él es Quien oye y Quien ve” Al Corán al Karim. Sura 17, Ayat 1

La Despedida del Profeta

El tiempo iba pasando y los cinco días de estancia en Medina llegaban a su fin. Veíamos las estrellas pasar raudas sobre los minaretes de la Mezquita, sentados plácidamente a veces fuera, a veces dentro de la misma, disfrutando del momento, disfrutando de una belleza que colmaba del todo los sentidos.

La bóveda celeste giraba sobre nosotros a tal velocidad que casi sentíamos vértigo al ver pasar los astros sobre nuestras cabezas. Todas las razas, todas las etnias, todos los hombres y mujeres unidos en un mismo corazón, con una sola voluntad. Tan idénticos y a la vez tan distintos. La diversidad de la Unicidad. El Todo que nació del Uno, Alhamdulilah.

Muhammad me avisó el día anterior - Mañana será nuestro último día en Medina. Cuando se ponga el sol, si Dios quiere, partiremos hacia Su Casa, en La Mecca. –

La noticia me pilló desprevenido. ¡La Mecca! Para eso habíamos venido a Arabia. Un sudor frío me recorrió todo el cuerpo y un miedo terrible se apoderó de mi alma. ¡La Casa de Dios! ¿Estaré listo para entrar en ella? ¿Seré digno?

Como una fijación obsesiva, me repetí mil veces esta pregunta. Igualmente pregunté también a mi reflejo en el espejo, pero no me contestó. Pregunté a mis manos, pero guardaron silencio. Pregunté a mi corazón, pero intentó salirse del pecho para eludir su respuesta. ¿Cómo saber si se está preparado? ¿Si se es digno de circunvalar Bayt Allah? ¿Cómo estar seguro?

¡No! Me quedaré aquí, en Medina. ¡Aquí estoy bien! Estoy tranquilo. Disfruto de cada momento que paso en la Mezquita del Profeta, en Uhud, en Quba, Qiblatain, Al Baqi, Al Rauzah...

Además, me quedan muchas cosas por ver y hacer; Explorar la ciudad vieja, escalar Uhud, visitar todas las mezquitas y hacer dos rakats en cada una de ellas. ¡No quiero ir a La Mecca…! Me da miedo.

Muhammad me arrastró hasta el aeropuerto para confirmar nuestros billetes hacia Jeddah. Desde Jeddah a Medina había poco menos de setenta kilómetros que recorreríamos en un taxi colectivo.

Antes de partir, debíamos comprar el Ihram, o hábito del peregrino, que se compone de dos trozos de tela de algodón nuevo, sin costuras, con aproximadamente tres pies y medio de ancho por seis de largo, los cuales enrollas el primero en la cintura hasta algo más abajo de las rodillas y el segundo cubriendo el pecho y la espalda, pero dejando, si quieres, el hombro izquierdo al descubierto. Huelga decir que son solamente estos dos trozos de tela los que visten al peregrino cuando se dirige hacia La Mecca con la intención de hacer la Umrah o el Hajj.

Se acercaba el final de nuestra espera y los nervios estaban a flor de piel. Una mezcla de emoción y nerviosismo se apoderaba por momentos de mí. Altibajos que intentaba paliar refugiándome en la conversación con Hamid, en momentos de meditación, haciendo las compras de última hora y deleitándome con las historias que Muhammad nos contaba acerca del Profeta.

Y pasó el tiempo rápidamente, fiel en su complot contra nosotros. Muhammad, su madre Fátima y yo partiríamos tras el Magreb hacia el aeropuerto donde un vuelo doméstico nos llevaría hacia nuestro destino. Hamid disfrutaría algunos días más de Medina y después se reuniría con nosotros en La Mecca.

Mil veces estuve tentado a quedarme con él para retrasar el momento de pisar el Haram de la Kaaba, esperando así sobreponerme al terror que me producía no estar a la altura ni merecer tal honor. Un honor que realmente no me había ganado y que Dios, en Su Misericordia, me regalaba sin pedir a cambio ningún precio.

Sentados cerca de Al Rauzah, esperando la hora de romper el ayuno, miré de nuevo el enrejado verde que protege y preserva Al Huyrah del mundo exterior y me pregunté cómo habrían sido los últimos días en la vida del Profeta ¿Qué sintió, cómo murió?

Muhammad, una vez digerida mi pregunta, con las fuerzas que a veces nos da la flaqueza al recordar los momentos trágicos, tragó saliva y, con la cabeza gacha, sin levantar la mirada del suelo, comenzó a narrar una de las más tristes historias jamás contadas:

-Un incidente en Jaiber dejaría su macabra huella en el cuerpo del Profeta. Dicen que, estando junto a uno de sus compañeros, fueron invitados a comer en casa de una familia judía. Comenzando la conversación, una mujer les acercó un cordero asado, el cual había emponzoñado previamente.
A partir de aquí hay dos versiones: La primera dice que el Profeta fue alertado por Gabriel de que la comida estaba envenenada y pudo escupir a tiempo el trozo que iba a ingerir. Sin embargo su compañero no tuvo esa suerte.
Aun así, el veneno ya había entrado en su cuerpo y, aunque no inmediatamente, puede que esa ponzoña fuera uno de los motivos de la muerte del Apóstol de Allah.
La otra versión asegura que fue el mismo cordero quien habló al Profeta para impedirle comer su carne.
Fuera como fuese lo cierto es que la asesina consiguió su propósito, si no en ese momento, sí a largo plazo. Tras el incidente, el Mensajero de Allah sufría ausencias y desvanecimientos. Su cuerpo notó pronunciadamente los efectos de la ponzoña. Fiebres y jaquecas no le dejaron de acompañar hasta el final de sus días. De esta manera, el Profeta, como muchos enviados antes que él, murió mártir, defendiendo la Causa de Allah a manos del pueblo judío.
Sabiendo lo que el destino le deparaba, el Profeta decidió acompañar ese año a la Ummah en el Hajj y dirigirlo.
Hay quien dice que, teniendo la certeza de que su hora se acercaba, confesó a su hija su trágico final y, cuando Fátima cayó desconsolada, el Profeta también le anunció que pronto se reunirían de nuevo.
Fátima comprendió que su muerte no distaría mucho de la de su padre y que éste le vaticinaba una recompensa para ambos junto al Hacedor de Todo, por lo que pudo calmar así su miedo y su tristeza. Efectivamente, como Mahoma predijo, Fátima lo acompañaría meses más tarde.
Éste fue el último Hajj del Profeta. Consciente de ello, Mahoma se dirigió a todos los musulmanes en un sencillo discurso, donde pidió unidad y amor fraternal.
“La sangre de un musulmán es sagrada para su hermano. Así como sus mujeres, tierras, honor etc.”
Desde la ubicación que hoy ocupa la mezquita de Namira, en los alrededores de Arafat, se cree que Mahoma dijo su “Sermón de la Montaña”. Un discurso breve y profundo. Las sencillas bases que regirían la vida de los hombres y mujeres de corazón puro generación tras generación después de su partida. Un discurso donde, como punto final de su apostolado y cierre de su obra, preguntó a los musulmanes:
“¿Podéis asegurar que os he transmitido el Mensaje?”
A lo que la Ummah respondió al unísono: • “¡Sí!”
Entonces Muhammad, con lágrimas en los ojos, miró al cielo y dijo: “¡Oh Dios mío, Eres Testigo de lo que han dicho!”
Una vez terminado el Hajj, el Profeta regresó a Medina donde, haciéndose más patente su enfermedad, intentó dejar bien atados todos cabos para evitar posibles malos entendidos posteriores en el legado de su Mensaje. Con muestras evidentes de fatiga y mareos, continuó dirigiéndose a los musulmanes, aconsejándoles que siguieran su ejemplo en todo lo que le habían visto hacer en su vida diaria.
Antes de tener que recluirse en la habitación de Aisha a causa de su enfermedad, por Mandato de Allah, se dirigió al cementerio de Uhud, como mencioné anteriormente, y lloró con dolor tan amargo que ha traspasado las fronteras del tiempo.
Hasta que cayó sin fuerzas, siguió dirigiendo la oración en su mezquita incluso con una venda envuelta en la cabeza para calmar el dolor. Fue en uno de sus últimos discursos cuando confesó a sus compañeros que se acercaba el día de retorno de un hombre hacia su Señor.
“Hay un servidor de Allah al que su Señor le dio a elegir entre quedarse en la tierra siempre o retornar hacia Él, y este siervo escogió retornar hacia Él”
Abu Bakr, el único que había entendido su mensaje, se levantó y rompió a llorar suplicándole que no los abandonara. El resto de la Ummah le miró como a un loco, preguntándose por qué esa reacción ya que el Profeta nunca había dicho que era él a quien Allah había dado a escoger entre los dos destinos.
Poco después, Muhammad, la Paz y las Bendiciones de Dios sean con él, caería tan enfermo que la fiebre le impedía levantarse del lecho. Por más que lo intentaba, las fuerzas no le hacían justicia y tuvo que rendirse finalmente ante la evidencia.
Ordenó a Abu Bakr que ocupara su lugar dirigiendo la oración y dejó caer su cabeza en el regazo de Aisha. A la mañana siguiente, miró por la ventana de la habitación y vio a la Ummah reunida en la hora del salat de Fayr.
Aisha aseguró que el rostro de su marido se iluminó con una sonrisa tal, que la luz que entraba por la habitación no tenía comparación con la que reflejaba su rostro.
Las últimas palabras del Profeta el día anterior fueron:

- ¡Cuidad el salat! ¡Cuidad vuestro salat! ¡Cuidad de vuestras mujeres! -

Poco después de asomarse por la ventana, se dejó caer de nuevo en el regazo de Aisha. Entre susurros, su mujer aseguró que oyó cómo decía – “Con Allah. Con Allah. Con Allah” –

Instantes después expiró su último aliento tranquilamente entre los brazos de la hija de Abu Bakr, quien ni siquiera se percató de lo sucedido hasta momentos más tarde.

Nadie conoce el significado de las últimas palabras del Profeta ¿Estaba Allah dándole a elegir de nuevo su destino? Lo cierto es que el mejor de Sus siervos retornó hacia su Señor un lunes del año 632 de la Era contemporánea. El último de los Profetas había muerto. 

La noticia corrió como la pólvora. Las mujeres caían al suelo consternadas de dolor, los hombres se apresuraron hacia la mezquita suplicando para que no fuese más que un maldito rumor. Una multitud desconsolada se agolpó frente a la habitación de Aisha sin dar crédito a lo sucedido. La tierra entera se estremeció al ver partir a uno de los mejores hombres que sobre ella transitaron.
La noche cayó sobre el alma de los musulmanes y sus cuerpos se estremecieron. Nuestro guía había retornado hacia Allah dejándolos solos en esta tierra, solos ante el infortunio, ante un mar tempestuoso que resultaba difícil de navegar sin una brújula que nos orientara.
Pero Allah nunca nos habría dejado abandonados a nuestra suerte, por el contrario, nos había legado a Muhammad, el más fiel de Sus siervos para que, mediante su ejemplo y El Sagrado Corán, pudiésemos caminar por el Sendero de los Distinguidos.

A través de Muhammad, Allah nos legó el Corán, la Sunnah y el sueño y la esperanza de sacar lo mejor de nosotros mismos para ser dignos del Amor de nuestro Señor. Muhammad nunca murió, ni morirá. Sigue vivo en el corazón de todos los musulmanes y vive además en Dios. El más fiel de todos nosotros, con el permiso de Allah, consiguió hacernos cambiar, hacernos desear ser mejores.

Cuando Umar se enteró de la noticia, cayó en estado de shock. Sus ojos se nublaron y su cuerpo empezó a sudar y a temblar.

- ¡No puede ser! – Gritaba como un poseso andando de un lugar a otro sin saber qué hacer. - El alma de Muhammad volverá a su cuerpo en unos instantes. Solamente hay que esperar un poco más para que regrese desde el lugar donde Jesús reside. Unos momentos solamente, esperemos unos momentos. En otra ocasión, el Profeta ya subió al cielo y retornó de nuevo con nosotros. ¡No puede ser! – Se decía a sí mismo entre sollozos.
Con la espada en mano, amenazaba de muerte a todo aquel que decía que Mahoma había muerto. Su desconcierto dio paso a una ira descontrolada hasta que Abu Bakr, con asombrosa entereza y serenidad pasmosa, se le acercó, puso las dos manos sobre sus hombros, le miró fijamente y recitó una aleya del Corán.

“Muhammad es sólo un mensajero antes del cual ya hubo otros mensajeros. Si muriese o lo mataran ¿daríais la espalda? Quien da la espalda, no perjudica a Allah en absoluto. Y Allah recompensa a los agradecidos. Nadie muere si no es con permiso de Allah, en un plazo escrito de antemano. Quien quiera la recompensa que ofrece esta vida, se la daremos en parte, y quien quiera la recompensa de la última vida, se la daremos. Y recompensaremos a los agradecidos.” Sura 3 ayat 144/145:

Umar sostuvo la mirada de Abu Bakr por unos instantes, hasta que soltó la espada y cayó al suelo de rodillas, tapándose la cara y llorando desconsoladamente. El nuevo Califa tenía razón. El Profeta ya les advirtió del peligro que corrían si intentaban divinizar su figura, como hicieron los cristianos con Jesús.

“Mahoma es un hombre – solía decir el Apóstol - Quien adore a Mahoma, ha de saber que Mahoma morirá. Quien adore a Allah, ha de saber que Él vive por siempre y es el Único a quien pertenece toda adoración y alabanza.”

El Profeta temía tanto que su imagen pudiera ser motivo de idolatría, que no dejó que nadie describiera su rostro al detalle.
Sabemos por un hadiz que, caminando Mahoma con un compañero dirección a La Mecca, siendo de noche, el hombre miró atentamente la luna llena y posteriormente el rostro de Mahoma. Después miró de nuevo la luna llena y volvió a mirar el rostro del Profeta. Pasado el tiempo, cuando le preguntaron sobre el aspecto de Muhammad, siempre recordó la noche en que ambos caminaron juntos por el desierto y dijo:
“Entre la luna llena en todo su esplendor y el rostro del Profeta ¡Juro por Allah que el rostro del Profeta era mil veces más bello que la luna llena!
Si no llega a ser porque el corazón de Aisha se ablandó ante el desasosiego de los musulmanes, la tumba de Mahoma sería hoy una incógnita, tal y como era su deseo, para evitar así una de las mayores faltas en los hombres de antaño, que rezaban sobre las tumbas de sus santos o directamente hacia ellas, considerándolos intermediarios entre la humanidad y la Deidad.
El cuerpo del Profeta fue enterrado en la habitación de su mujer y hoy podemos ver su casa, su habitación, e imaginar su tumba tras de el enrejado verde -

El corazón, sufrido y pobre, no tardó en mandar lágrimas salir a la superficie. Sin decir palabra, nos levantamos del suelo y nos dirigimos por separado hacia la Tumba del Profeta. No queríamos que ningún otro ser, ni aun nuestros propios hermanos, vieran la pena reflejada en nuestros rostros. Con el corazón, con el cuerpo, con la mente y con el alma, nos despedimos del Profeta.

Mientras salíamos de la mezquita, me di la vuelta para poder contemplar por última vez la cúpula verde que marca el sitio exacto de su lecho. Ahí estaba. ¡Adiós, amigo mío, mi Maestro, mi Profeta, mi Sheij, hasta pronto, si Dios quiere!

 

 

“Y al que Allah guía, ése es el que está guiado, y al que extravía… no encontrarás en la tierra quien lo proteja” Al Corán al Karim. Sura 17, Ayat 97

¡Heme Aquí!

Antes de partir hacia Jeddah me corté las uñas, me duché y arreglé mi barba tal como manda la Shariah. A partir del punto denominado “Zona de Ihram”, una vez en el avión con destino a La Mecca, o a la entrada de la misma en la mezquita de Ali si se va por tierra, o de Aisha si ya se está en la ciudad, el peregrino debe consagrarse recitando su intención de hacer la Umrah o el Hajj.

Una vez pronunciada la letanía de nuestro propósito, consagrados y decididos a cumplir con las prácticas prescritas, nuestra mentalidad debe ser distinta. Debemos procurar, por todos los medios, no enfadarnos, no dejar que el cabello caiga al suelo, no sacrificar ningún animal, tendremos que comportarnos como los mejores hombres de la tierra intentando asemejar nuestro carácter con el de nuestro amado Profeta, cuyo honor está a salvo en nuestros corazones. Íbamos hacia la Casa del Señor de los Mundos y nos consagrábamos a este destino desde el momento en que recitamos la plegaria.

Poner la intención de hacer la Umrah o el Hajj no es solamente la recitación de una melopea, es el acto por el que el hombre intenta asemejarse a los ángeles en su comportamiento, ignorando toda aquella circunstancia que pueda alejarnos del estado sagrado de resurgimiento. Si en Al Rauzah nuestro comportamiento tuvo que ser inmejorable, en Bayt Allah debía de ser aún más perfecto.

Al entrar en estado de Ihram, inconscientemente pones la intención de volver a unir lo que antes estaba separado, de volver a retornar adonde un día fuiste sacado procurando ser, por todos los medios, ante toda circunstancia, un digno peregrino, un siervo fiel y un agradecido invitado en la Casa del Señor.

La recitación de la oración que acompaña al peregrino hasta que se divisa la silueta de la Kaaba es la abstracción de la mente en la realidad. Como el espíritu, sin forma, toma la forma de la oración y como el peregrino, una forma, se diluye en el mar de Esencia que es su Señor, la Morada de Dios se manifiesta en este mundo en el corazón de Sus fieles y en el edificio creado solamente para Él en La Mecca.

¡Heme aquí! ¡Oh Dios mío, heme aquí! ¡Labaik Allahumma Labaik!

Estaba lejos de Ti, mi Señor, pero he oído Tu Voz y he acudido a Tu llamada. Estaba en la oscuridad de la muerte, pero he oído Tu Clamor y la vida me ha inundado. Oh Dios mío, he oído Tu Llamada y he acudido raudo buscando Tu Presencia.
Estaba en el olvido, pero Tu Luz me ha traído de vuelta hasta Tu Recuerdo. Estaba perdido, pero Tu Amor me ha guiado. ¡Oh Dios mío, no permitas que vuelva a caer en el olvido, no permitas que me vuelva a alejar de Ti, no permitas que caiga de nuevo la oscuridad sobre mis ojos!
¡Oh Dios mío, Tu Voz me ha sacado de un lugar donde no existía, por favor no permitas que vuelva a caer en la desgracia!

¡Heme aquí, Oh mi Señor, heme aquí!

¡Oh Señor, he oído cómo me buscabas aún teniéndome! Oh Señor, he oído cómo me llamabas aún sabiendo dónde estaba y mi pecho no ha podido contener mi corazón, que ha estallado de amor por Ti.
Tú, el Único, el Dueño del Poder Absoluto. Tú, el Uno. Oh Tú, Amor, Bondad, Compasión, Paz, Majestuosidad. Oh Tú Creador de todo lo visto y de lo no visto. Oh Tú, Señor del Tiempo y del Espacio, Creador de todas las fronteras. Oh Tú, que soñaste a los hombres por Puro Amor.
Bondad infinita e inconmensurable. Oh Tú, Dueño de mi vida. Principio y Fin de Todo. Oh Tú, que clamas en mi corazón. En Verdad Tuyas son las alabanzas, el Imperio y el Poder. En verdad nada ni nadie tiene derecho de ser adorado excepto Tú, el Dios Único y Verdadero. En verdad Tu Grandeza no cabe en la imaginación, en verdad Eres Dueño del Poder Absoluto.
Cuando levanto mis ojos, Te veo a mi alrededor y en todas partes, cuando los cierro, Tú estás allí. ¡Afortunado aquél a quien diste la capacidad de razonar y trajiste del olvido de Ti! Oh Allah, en Sí Mismo Alabado. Oh Arquitecto y Creador de los Mundos, Oh Amor Eterno. Bendecido es quien, de entre Tus siervos, elegiste para entrar en Tu Casa a Tu servicio. Aquél a quien rescataste de los velos, aquél que se convirtió en espejo porque Tú quisiste.

¡Labaik Allahumma Labaik!

Oh Tú, que no tienes a nadie por igual. Oh Señor de los Mundos, que ni las tierras ni los cielos pueden contenerte, pues Tu bondad todo lo abarca. Oh Misericordia Divina que no fuiste Creado, ni hay otro que pueda asemejarse a Ti. Oh Amor de mis amores, por favor, haz de mi corazón un instrumento de Tu Música. Oh Luz infinita que es Tu Faz, pues tras los setecientos velos, Tu Rostro brilla con inimaginable Majestuosidad.

Oh mi Señor, déjame morir para escalar los peldaños del cielo, para poder hacer caer los velos que Te ocultan de mis ojos pero, ¿con qué ojos podría yo verte y seguir viviendo?

Gracias, mi Señor, por rescatarme del señorío de los muertos vivientes. Gracias por traerme de vuelta a Tu Recuerdo, gracias Dios mío porque estaba perdido y me encontraste, me guiaste y ahora no puedo dejar un solo segundo de pensar en Tu Amor. Heme aquí, oh mi Señor, heme aquí, Oh Amor de mis Amores. ¡Mi Rey, en Tus Manos encomiendo mi espíritu!

Llegó el momento. En un taxi particular nos dirigimos hacia el aeropuerto de Medina. Vestidos con el Ihram y cargados con nuestras maletas y nuestros temores, dijimos adiós por última vez a la ciudad donde el Sueño se hizo posible.

Hay un secreto a voces que dice que en Medina no puede entrar el Shaitán. Ciertamente, en nuestra estancia, nos encontramos con gentes de todas clases, culturas y educación. Encontramos gentes de “moral distraída”, como en cualquier otro lugar, pero el balance global de la ciudad fue muy positivo. La Mezquita del Profeta, aún encerrada en la colosal ampliación del rey Fahd, sigue conservando su encanto. ¡Qué decir de Uhud, de Qiblatain, Quba, Al Baqi!

Los mercaderes, si no todos, la mayoría son de carácter ameno y agradable. Existe el pillaje, es cierto que las zapatillas vuelan de las mezquitas si no están bien vigiladas, puedo dar fe de que esto me ocurrió en dos ocasiones en cinco días. También es cierto que la mayoría de pedigüeños son pícaros que ven en los peregrinos la gallina de los huevos de oro e inventan mil excusas para sacarnos los cuartos en una deleznable tarea que explica el por qué carecen de toda bendición, pues tan cercanos a Dios, sin embargo han elegido olvidarse de Él.
Muchos se te acercan y te cuentan su cuento. Suelen repetir siempre el mismo argumento cambiando algún pequeño detalle: “Perdí todo mi dinero y no tengo para volver a casa. Quiero traer a mi familia de Afganistán, la India, Palestina o Irak” Curiosamente los destinos donde los musulmanes tenemos una situación más complicada, pues saben que somos muy sensibles a ellos.

Muhammad me aseguró que uno de aquellos sinvergüenzas se le había acercado tres años consecutivos contándole la misma cantinela. Miserable que, por cierto, pudimos ver también días antes desplegando su asquerosa comedia entre los confiados viandantes.

Medina es una ciudad que ha evolucionado en torno a su mezquita. Los hoteles han hecho su negocio, pero queda algo en este lugar que los ojos no pueden ver pero que el corazón no puede ignorar. Medina es diferente, distinta… especial. Muy al contrario de lo que nos íbamos a encontrar en La Mecca.

La Mecca, el centro del Mundo, la ciudad que contiene Bayt Allah, el Templo que mi antepasado, Abraham, reconstruyó junto con Ismael para mayor gloria del Dios Único y Verdadero, es el epicentro en la tierra de la fe islámica, que, sedienta de cielo, modeló en este lugar algo parecido a lo que el alma recuerda del Paraíso donde ansiamos retornar.

Durante miles de años, los hombres hemos circunvalado la Kaaba arribando de todos los lugares con el propósito de ser fieles a nuestras tradiciones. Encontramos referencias a la Kaaba en la Torah y en los libros de los profetas judíos, quienes le dan el nombre de Param.

Dada la documentación que poseemos, incluso de fuentes externas a la península arábiga, alejadas de la religión islámica, podemos de decir que, si bien la actual Kaaba no es el Templo original más antiguo del mundo, sí es el más antiguo del mundo que adora a un solo Dios y que todavía sigue en pie, además de ser el que recibe a más peregrinos cada año.

Consta en un Hadiz Qudsi, que Allah, Bendito Sea, aseguró que, mientras que la tierra siga dando vueltas alrededor del sol, habría siempre alguien dando vueltas a la Kaaba, ya sean hombres u otros seres...

La Kaaba es una construcción de granito sencilla pero majestuosa. Con forma de cubo, se alza entre colinas albergando las Piedras del Paraíso en su estructura. Cubre su desnudez una tela negra llamada de Damasco, bordada y adornada con Suras del Sagrado Corán en letras doradas.

Antiguamente, cuando la tela se cambiaba por otra, era seccionada por los eunucos que cuidaban del Haram y repartida entre los peregrinos, quienes pujaban por llevar a casa un trozo del lienzo que vistió la Sagrada Casa de Dios, actos que, más que piadosos, rayan el fetichismo.

La ciudad de La Mecca creció a la vera de su Templo y prosperó porque que supo sacar partido de su situación estratégica en el paso de las caravanas de comercio que cruzaban la península arábiga en dirección a Siria, Egipto o Yemen. La custodia del Templo de Allah, en la época del Profeta, era honor de una de las tribus de la Arabia preislámica, los Coraix.

Bajo la protección de estos hombres, el Templo al Dios Único perdió su original propósito y pasó a ser el albergue de cerca de trescientos sesenta ídolos. La esencia de Adán, de Abraham y de su hijo Ismael, se perdió entre los pliegues de los libros antiguos, fue exiliada de las mentes de los hombres y olvidada e ignorada por los habitantes de La Mecca y sus alrededores.

Es cierto que la memoria de los constructores de la Kaaba no quedó nunca relegada al olvido, pero su Mensaje no caló el corazón de los hijos de Adán y pronto se borró de su memoria, cayendo así el velo de la muerte sobre ellos.

Cuentan las crónicas que, en la época en que Mahoma tan solo era un honrado comerciante, una catástrofe arrasó el Templo de Dios.

La Kaaba había sido reconstruida por el profeta Abraham y su hijo Ismael para glorificar al Señor de los Mundos desde tiempos remotos. El Templo original, según los más piadosos, lo alzaría Adán en el principio de los tiempos por Mandato de Allah, haciendo algo semejante en la tierra al Trono que el Hombre primigenio había visto en el Paraíso, allá donde los ángeles daban vueltas.

Era la primera vez que desdicha semejante caía sobre el Templo. Los Coraix, exaltados, nerviosos, deambulaban de un lado a otro sin saber qué hacer. ¿Sería éste el presagio de algún mal venidero?

Aunque el Templo se hallaba repleto de imágenes de ídolos, figuras que cada tribu se complacía en introducir en su interior, el testamento del culto monoteísta de sus constructores no se había olvidado y en los momentos de necesidad, aquellos hombres bárbaros y salvajes, sabían que solamente había un Dios que escuchaba y que respondía a las súplicas.

En los momentos de necesidad, todos los rostros se volvían hacia Allah. Pero cuando el Misericordioso paliaba el mal del que Sus siervos se quejaban, éstos se ensoberbecían olvidando de nuevo a su Señor y yendo otra vez tras los ídolos hechos por sus propias manos.

La Kaaba quedó totalmente destruida, exceptuando los cimientos de su estructura. En una de las esquinas del edificio, que anteriormente tenía forma de rectángulo, se hallaba encajada la Piedra Negra. Es ésta una de las Piedras del Paraíso que Abraham introdujo en el edificio y que sirve como punto de orientación para que los peregrinos que se disponen a circunvalarla comiencen sus vueltas y las terminen.

Los habitantes de La Mecca reunieron dinero para reconstruir su Templo, pero se exigió que ese dinero tenía que estar limpio de toda impureza. No podía proceder de negocios sucios, no debía estar manchado por las apuestas, la prostitución, el hurto, la violencia.
Al ser dinero con el que se construiría el Templo más sagrado de la humanidad, la procedencia de todo lo que formara parte de él, o participara en su construcción, debía estar purificada.

Poco a poco fueron reconstruyendo el edificio, pero el dinero iba menguando y la estructura seguía estando inacabada, por lo que se tuvo que reducir su forma original y el rectángulo primigenio pasó a ser un cubo. Kaaba, en lengua árabe, se traduce literalmente como “cubo”.
Hoy en día, un pequeño semicírculo en el lado occidental del Templo, opuesto a las esquinas yemenitas, recuerda las dimensiones originales del edificio.

(Dentro de este semicírculo está permitido el paso y los peregrinos suelen hacer dos rakats de Sunnah. Dos rakats buscando una Qibla en la que te hayas inmerso. Se la conoce como la estación de Ismail.)

Cuando las obras se hallaban muy avanzadas y el edificio se alzaba con su forma actual, otro problema estuvo a punto de conducir a las tribus hacia una guerra fratricida. Había que poner de nuevo la Piedra Negra en la estructura del edificio. ¿Quién se encargaría de llevar a cabo tal honor sin ser el depositario de las iras del resto de las tribus y el desencadenante de un conflicto absurdo?

En secreto, los dirigentes acordaron que la primera persona que entrara en el Templo al día siguiente, sería quien tuviera el honor de colocar la Piedra en su Lugar. Por la Gracia de Allah, esa persona fue el Profeta Mahoma.

Muhammad sería el encargado de ubicar de nuevo el Legado de Abraham en el edificio de Allah. Poco después también le sucedería en su labor apostólica, una muestra más del sentido del humor de mi Señor y de Sus Signos para la gente que razona.

Conociendo lo que supondría para la sociedad del momento, siendo consciente del malestar que aquella elección generaría en muchos fetichistas ignorantes, el Amin, más noble, pidió que le trajeran una sábana limpia, otros dicen que utilizó su propia túnica, colocó la piedra sobre la tela y pidió a los dirigentes de las tribus que cogieran cada uno de un extremo del lienzo, llevándola así todos al lugar donde le correspondía. De esa forma nadie se molestaría pues todas las tribus habrían participado en su ubicación. Con este gesto, Muhammad evitó una más que posible guerra y entraría en la historia como un hombre cuya leyenda es increíblemente cierta.

Al respecto de la Kaaba, Allah, por amor a Abraham, protegió este santuario de su destrucción total aún consintiendo que los idólatras profanaran Su Casa, llenándola de ídolos por un tiempo limitado. Pero el corazón de los hombres, capaz de negar las evidencias y de hacer callar la voz de su alma, conocían secretamente que la Kaaba no era un lugar cualquiera. Sabían que en este lugar se manifestaba la Presencia de Dios, del Único Dios verdadero por encima de lo que los idiotas le asociaban. Sabían que la Voz que al corazón susurra en este lugar, jamás podría ser silenciada.

Tan seguros estaban los antiguos habitantes de La Mecca de la invulnerabilidad de la Kaaba que, en cierta ocasión, el rey de Yemen, Al Arsham, marchó contra La Mecca con el propósito de destruir por completo el Templo de Dios y evitar así que la afluencia de peregrinos que llegaban a este lugar hicieran a la Mecca aún más poderosa y próspera de lo que ya era.

Llegando los ejércitos de Yemen hasta las mismísimas puertas de la ciudad, los Coraix, ante la magnitud del poder invasor, no tuvieron más remedio que aceptar lo evidente, comprendiendo que no podrían hacer frente a un ejército curtido en el arte de la guerra portando, entre otras armas, animales fabulosos nunca vistos por los hombres de aquellas latitudes: ¡Elefantes!

Por esto y por la debilidad de su fe, decidieron abandonar la ciudad y el Templo a su suerte. O quizás los oriundos de La Mecca se alejaron de sus casas huyendo de la Ira de Allah, pues eran conscientes de que Él nunca permitiría que los hombres destruyeran Su Casa. 

Lo cierto es que, los ejércitos de Yemen, confiados, decidieron no entrar en la ciudad inmediatamente y acamparon en las inmediaciones. Abu Mutalib, abuelo del Profeta y noble dirigente de la tribu en aquella época, con el porte y la gallardía de los ilustres árabes, decidió ir a ver al soberano de Yemen a su propio campamento obviando el riesgo personal que corría si se adentraba en las fauces del mismísimo ejército invasor. Al Arsham, convencido de que su enemigo quería negociar la rendición de la ciudad, accedió al encuentro.

Ante la presencia del abuelo del Profeta, el rey de Yemen se maravilló. El porte, la altura y gallardía de Abu Mutalib eran dignos de cualquier soberano de la época. Su mirada penetrante y su altivo rostro confundieron al Yemenita, quien empezó a dudar de las intenciones del árabe. Ambos se sentaron uno frente al otro y comenzó la entrevista.

Al Arsham no codiciaba la sangre de los habitantes de la Mecca, sólo ardía en deseos de arrasar su Templo sin dejar el menor recuerdo de él para, quizás, conseguir que la afluencia de peregrinos arribara hasta Sanaa y así hacer de esta ciudad una nueva Mecca más rica y próspera.

Al Arsham preguntó a su invitado el motivo de su visita, quien, escueto, dijo:

-Los habitantes de La Mecca y las tribus de Arabia ofrecen al rey de Yemen una parte de sus posesiones, así como un tributo anual, para que regrese en paz a su tierra y no destruya el Templo -

Al Arsham, con desdén, no aceptó la oferta. Deseaba con todas sus fuerzas la destrucción de la Kaaba y no cambiaría su ambición ni por todo el oro de Arabia.

El abuelo del Profeta, comprendiendo la situación, no insistió más, pero antes de marcharse, volvió su mirada hacia el soberano y le dijo:

- Si no aceptas el ofrecimiento que la Mecca te hace, ¡devuélveme los camellos que me has robado!

Según las crónicas, el ejército Yemení se apropió de más de un centenar de camellos del abuelo del Profeta mientras estuvo acampado frente a La Mecca.

-Cuando te vi, te respeté - dijo Al Arsham. - pero ahora que has hablado siento desprecio por ti. ¿Me preguntas por tus camellos y no insistes en la salvaguarda del Templo de tus antepasados que pretendo destruir?

Abu Mutalib, de espaldas al soberano, lo miró por encima del hombro derecho y le contestó con desprecio:

- ¡Los camellos son míos, pero el Templo pertenece a Otro! No tengas duda de que Él lo defenderá de ti y de otro cualquiera.-

Con los ojos abiertos de par en par y las venas de la frente latiéndole de furia, el rey gritó de rabia mientras veía cómo su enemigo se marchaba:

-¡Jamás podrá defenderlo de mí!

Abu Mutalib se paró en seco y, sin molestarse ya en volverse, respondió:

-¡Devuélveme mis camellos! Verás...

El abuelo del Profeta, fuera del campamento enemigo, se dirigió hacia la Mecca e instó al pueblo a que abandonaran sus hogares. Luego, ante la puerta de la Kaaba, se abandonó a la oración con los ojos empapados en lágrimas, rogando a Dios por la salvaguarda de Su Casa.

La ira del soberano yemenita no se hizo esperar y su ejército se preparó para el combate. Sin embargo algo extraño sucedió aquella mañana. Estando el ejército a la espera de que el monarca diera la orden fatal, el elefante que siempre le sirvió de fiel montura se negó a levantarse del sitio. Por más que le golpearon, la pobre bestia no movió un solo músculo hasta que decidieron sustituirlo por otro. Entonces se levantó y corrió con celeridad dirección al Yemen. Esto sorprendió tanto a los yemenitas, que algunos lo consideraron un presagio de lo que debían hacer.

Es el mismísimo Corán quien termina esta historia y la propone como ejemplo. Y es que Allah mandó sobre los invasores bandadas de pájaros como nunca antes se habían visto, portando piedras en sus picos y patas. Sobre quienes caían estas piedras, morían al instante.

Los invasores, temblando ante semejantes prodigios, salieron corriendo en dirección a su tierra natal tal como hizo el elefante. De esta manera, Dios protegió Su Templo de la destrucción.

En la época en que Mahoma vino al mundo, los Coraix eran los únicos que tenían derecho a circunvalar la Kaaba con la ropa puesta. El resto de peregrinos no podían disfrutar de ese privilegio.

Los poetas más destacados rivalizaban con sus obras, siendo las más aclamadas colgadas en el cubo. Los embriagantes néctares corrían por las gargantas de los hombres y los consecuentes excesos se manifestaban en toda la ciudad.

Una terrible costumbre, habitual entre los árabes de la época, era enterrar a sus hijas con vida en honor de algún ídolo. El fetichismo, la magia, los oráculos, la superchería, la completa ignorancia de la Justicia Divina, así como un salvajismo propio de animales irracionales eran características propias del pueblo árabe anterior al Islam.

Las orgías, al igual que en la Roma pagana, eran plato de gusto para todos. Los excesos eran la nota dominante en el día a día de los habitantes del desierto antes de la llegada del Islam. Éste fue el entorno que se encontró el Profeta en su apostolado, con el que luchó y supo enmendar hasta hacer de La Mecca y Medina un Reino de los Cielos en la Tierra.

En nuestra peregrinación, la Casa de Allah nos esperaba al final del trayecto. Por la distancia que hay entre Medina y Jeddah, el avión no tardó más de treinta minutos en llegar a su destino. De repente la voz del comandante nos anunció que estábamos sobrevolando la “Zona de Ihram” Los peregrinos debíamos manifestar la intención por la que nos dirigíamos hacia La Mecca y el por qué vestíamos nuestros hábitos.

Una vez en estado de Ihram comienza la batalla contra uno mismo y contra las tentaciones de la mente animal, que por todos los medios intentará arruinar tu visita al Centro del Mundo. A partir de este punto, la oración del hayyi fue la banda sonora que acompañó nuestra agrupación hasta la visión del Templo de Allah, tal como estaba estipulado en la Shariah.
Con suerte llegaríamos a La Mecca antes del Fayr y quizás hasta consiguiéramos terminar la Umrah antes del salat. Todo dependería de la gente que se agolpara en el Templo, de lo lejos que se encontrara nuestro hotel, del tiempo que tardáramos en dejar nuestras maletas y del que gastáramos en solventar las formalidades propias de recepción.

Aunque no había sido un viaje organizado, sí quisimos dejar a elección de la agencia de viajes de España las reservas del hotel para así no perder más tiempo del necesario en gestiones que podrían retrasar nuestra visita.

El rostro del taxista se torció al ver el nombre del hotel impreso en el papelito que portábamos y yo, atento siempre a los gestos de las personas con las que me cruzo, acostumbrado a desentrañar los mensajes sutiles que el cuerpo humano nos transmite sin necesidad de utilizar las palabras, no quise aceptar que aquello fuera producto de la mala reputación del lugar y opté por creer que más bien pudo deberse a la dificultad de entrar en el lugar ya que los responsables de la agencia nos habían comunicado que el hotel estaba muy cerca del Haram.

Esta vez mi buena fe no tuvo acierto y, cuando vimos el sitio, quisimos salir corriendo. El rótulo con el nombre del hostal estaba pintado a brocha sobre la fachada. Un par de grandes piedras de granito teñidas de amarillo, situadas a diez metros de la puerta de entrada, avisaban al peatón de las obras que se estaban realizando para evitar tener que demoler el lugar.
Cierto es que se encontraba a unos trescientos metros del Haram, cierto es que estaba situado en una calle comercial que desembocaba justamente en la Mezquita, cierto es que estábamos en La Mecca en una fecha donde el resto de los hoteles, nosotros contratamos un cuatro estrellas en España, podrían estar saturados, pero ¿no pudieron encontrar algo un poco mejor?

Cuando el recepcionista nos enseñó las habitaciones nos tuvimos que llevar los dedos a la nariz. La madre de Muhammad se echó las manos a la cabeza al descubrir el cuarto de baño. En el fregadero de mi habitación había anidado algún tipo de insecto que, junto con sus correligionarios, reivindicaban su derecho de alojamiento por antigüedad. Cuatro camas por habitación circunvalando la pared y un aparato de aire acondicionado que sonaba como el motor de un dos caballos serían nuestra provisión de alojamiento gracias a los esfuerzos y servicios de una muy esmerada agencia de viajes preocupada únicamente en el bienestar de sus clientes. No era Satanás quien se aprovechaba de la bondad del ser humano, eran otros seres humanos sin escrúpulos los que intentaban arruinar nuestra estancia en el Paraíso.

Decididos a no dejarnos influenciar por las desavenencias con la agencia de viajes, decidimos anteponer nuestro deber a cualquier otra cosa y, dejando momentáneamente las maletas en las habitaciones, con un trato firmado entre los inquilinos del fregadero y yo de no meternos uno en la zona del otro, bajamos la calle para arribar a contemplar la mayor Mezquita del mundo en el mismísimo centro de la tierra.

Un colosal edificio de indescriptible majestuosidad se levantaba frente a nosotros y un mar de peregrinos desembocaba en él como ríos que desembocan en el mar.

Con la boca abierta de asombro, me dejé arrastrar por mi hermano hasta cruzar por la puerta del rey Fahd, donde nos sorprendió el Azdhan de la mañana. El canto salmodiado del almuédano silenció el compás de la oración del peregrino, la cual seguíamos recitando mentalmente aún a pesar de los inconvenientes.

Siempre temí y esperé que, cuando divisara la Kaaba, mi corazón se desbocaría. Que se saldría del pecho incapaz de aguantar la emoción ni de contener la pasión de Amor por mi Señor y el gozo por encontrarme en Su Casa.

Aún no podía divisar el sagrario entre la multitud. El pasillo de acceso al Haram era largo y los peregrinos se agolpaban a derecha e izquierda buscando un lugar para hacer los dos rakats previos a la oración de la mañana.
Siempre soñé con el momento de tener frente a mí el Templo que Abraham e Ismael construyeron. Infinidad de veces imaginé estar junto a él mientras realizaba el salat tras el imán de la Mezquita Mayor de Granada imaginando que, en vez del bello mihrab estilo Omeya y la fabulosa vista de la Alhambra a la derecha, se alzaba el Haram de la Kaaba con el mismísimo y colosal cubo revestido de la tela de Damasco.

Solamente unos metros más allá se encontraba la culminación de este sueño. Solamente unos metros más y mi anterior ensoñación daría paso al posterior recuerdo. Mi anhelo, al actual estado de gracia, mi temor, al deseo de ser el más digno a los ojos de mi Señor.

El Fatiha retumbó por entre las columnas que sostienen la mezquita penetrando a la vez en lo oculto del alma de cada ser que ese día sometía su frente en el Templo de Allah.

En el suyud, al postrarnos en el suelo, manifestábamos el deseo, más ferviente aquí que en ningún otro lugar de la tierra, de someternos enteramente a la Voluntad de nuestro Señor, agradeciendo las bendiciones que nos otorgaba, de las cuales no éramos en absoluto dignos ni merecedores.

Rezamos a Dios porque nosotros somos los pobres y Dios es el Rico, el más Digno de alabanza, y las oraciones pertenecen a Él. No hay otro motivo además del de cumplir con nuestra obligación por amor a Aquél que es el Amado por Excelencia.

Temerosos de mostrarnos ingratos, retrasábamos nuestra puesta en pie para abrir de nuevo el pecho a los siete versos más sagrados. Los siete ángeles que Allah nos reveló para, mediante ellos, poder reconocerLo, poder adorarLo como es debido y poder suplicar por nuestro destino y el de nuestros seres más queridos.

Aquellas dulces palabras que embellecen cualquier garganta fueron particularmente estremecedoras esa mañana del mes de ramadán en la Mezquita de la Kaaba en la Mecca.

Muchos ulemas han discutido sobre si el Fatiha fue revelado en La Mecca o en Medina… para mí no hay la menor duda. Formando parte indisoluble del salat, siendo ambos la piedra angular sobre la que descansa el segundo pilar del Islam, ineludiblemente tuvieron que ir juntos desde el principio de la revelación profética de Muhammad, cuando Gabriel deja ver al Mensajero de Allah su condición.

Tras el salat avanzamos hasta que la silueta de la tela de Damasco nos mostró su color asomando por entre las cabezas de los peregrinos y los arcos de las columnas. ¡Alhamdulilah!

Seguimos caminando hipnotizados por su fuerza, atraídos como limaduras de metal por el imán, como polillas hacia la luz, como ríos que desembocan en el mar.

Bajamos un par de escalinatas hasta vernos inmersos en una marea de gente que circunvalaba el Templo de Allah. ¿Dónde estaba yo? ¿Dónde se había quedado mi corazón que ya ni siquiera podía sentir sus latidos? ¿Dónde aquel temor de no aguantar el ritmo de su compás ante la visión de la Kaaba?

Nos tomamos un momento para admirar el edificio, enorme y magnífico. Mucho más grande de lo que en mis sueños había imaginado. Accedimos al Mataf, lugar de las circunvalaciones, por la zona occidental, lo que nos dio tiempo para comenzar la primera vuelta buscando nuestro sitio entre la multitud de peregrinos.

Una vez llegados a la altura de La Piedra Negra, la saludaríamos desde lejos, como está prescrito en la Sunnah, y comenzaríamos así la primera vuelta o shaut.

Algunos hadices recomiendan dejar desnudo el hombro izquierdo en el primer Tawwaf que se realiza en la Kaaba, siguiendo así las órdenes del Profeta a los musulmanes que arribaron a La Mecca para cumplir con sus obligaciones estando aún en guerra con las tribus y los Coraix.
Con este gesto, lejano al propio ritual religioso, Mahoma quiso mostrar que los musulmanes refugiados en Medina no habían perdido un ápice de su masa corporal pues corrían bulos asegurando que los exiliados pasaban hambre y sed.

Asimismo, las tres primeras vueltas a la Kaaba se suelen hacer rápidamente, mientras que las cuatro siguientes se ralentizan y se disfrutan.
Mi compañero Muhammad, protegiendo a su madre de la afluencia de peregrinos y de posibles empujones, la rodeó con sus brazos y la colocó delante de él mientras yo les seguía a corta distancia. Al pasar por primera vez frente a la Piedra Negra, levantamos la mano derecha para saludarla en voz alta repitiendo tres veces “Bismilah, Allah u Akbar”, como quedó registrado en el infinito, dando comienzo así formalmente el ritual de circunvalación a la Casa de Allah.

En la medida que pudimos, dadas las circunstancias, dimos las tres primeras vueltas con ímpetu acelerado, para sosegar nuestro corazón en las últimas cuatro.

A derecha e izquierda, hermanos y hermanas seguían su camino encerrados en sus propios pensamientos y oraciones. Unos ocultaban el rostro tras un librito de súplicas que habrían adquirido previamente en alguna de las numerosas librerías de la ciudad, otros repetían lo que su mutawwif gritaba al viento. Algunos había que, ajenos a todo respeto y deber religioso, se permitían realizar el ritual hablando a través de sus teléfonos móviles.

La visión de tal cantidad de gente realizando a la vez un mismo acto de adoración es sencillamente impresionante. Como impresionante y deleznable es contemplar cómo algunos musulmanes golpean a otros frente a la Piedra Negra movidos por su deseo de tocarla o besarla. Fetichismo idólatra totalmente sancionable y estremecedor, ajeno e impropio de nuestro Din.

Pero de todo esto me daría cuenta más tarde, pues mientras circunvalaba Bayt Allah, el poder de atracción de la Kaaba mudó mi corazón. Por más que me esforcé, no conseguí reconocer sus latidos. Una letanía no cesaba de invadir mi mente, la cual, sumergida en una quietud nunca antes conocida, se vació de todo su contenido sin poder ni querer hacer yo nada por salir de aquel trance.

Mis ojos no dejaban de contemplar la estructura. ¡Era realmente el edificio más bello que jamás había visto! Perfecta en sus formas. Una construcción de belleza tan serena y sencilla que casi no podías mirarla de frente por temor a que tus ojos, al igual que sucede con los rayos del sol, quedasen abrasados. Todo estaba en movimiento y estático al mismo tiempo. Todos recitamos lo que en ese momento creímos oportuno y nos comportamos en el Tawwaf como nuestro corazón y nuestra consciencia nos ordenó. Mas yo no estaba allí, Ismail murió del todo aquella mañana del mes de ramadán y desde entonces vago perdido por el espacio buscando el origen de mi propio ser...

Mi cuerpo, como un autómata, siguió los pasos de mi hermano para concluir el ritual y dirigirnos hacia el Maqam de Ibrahim realizando los dos rakats de Sunnah que coronarían nuestro Tawwaf.

Mi mente se diluyó en la Kaaba. Mis miedos, todos, desaparecieron. Mi antiguo ser quedó destruido ante la visión sin comparación del Templo del Rey de los Mundos y ante Su Presencia. El Señor de la Casa se encontraba en ella.

Mientras la forma siguió delirando, la esencia se diluyó hacia su origen y Su Llamada clamó en mis oídos separando lo que un día Él mismo quiso unir. Y abandoné mi templo, el templo que anteriormente me había albergado, para retornar hasta la Fuente del Sol, pues solamente hacia Él es el retorno. Luz de toda luz, Estrella de soles… Y solamente quedó de mí la voluntad, el deseo, más fuerte que cualquier otra cosa en el mundo, de cumplir fielmente con lo que mi Señor me había encomendado.

Tras realizar los dos rakats, nos volvimos hacia los dispensadores de agua Zam Zam para contemplar el lugar donde antaño Allah hizo salir agua del desierto para apagar la sed de Agar e Ismail.
Y donde antes hubo una fuente, hoy se levantaban decenas de pequeños grifos con provisiones de vasos de plástico para surtir al peregrino del preciado licor.

Impedidos por el ayuno a saborear su textura, pospusimos aquel placer hasta la noche y, saludando por última vez a La Piedra Negra, subimos las escalinatas que nos devolverían al interior del techado de la Mezquita para, junto con la multitud de peregrinos, dirigirnos hacia Safa y Marwa, las colinas entre las que deambuló Agar en su desesperación por encontrar agua para sofocar la sed mortal que hacía presa del cuerpo del pequeño Ismail.

Una cantidad ingente de hermanos nos impidió, al igual que en el Mataf, recorrer a paso ligero las zonas recomendadas para ello pues temimos por la integridad de las personas que nos rodeaban y de que se pudiera producir una verdadera avalancha humana. Otros no se dieron cuenta del peligro.

Entre la multitud, dejamos volar de nuevo nuestras súplicas y concluimos así, con dificultad, las siete vueltas entre ambas colinas.

Aquel sentimiento de confort, de admiración, de plenitud a la vera de la Kaaba se esfumó al dar la espalda al Templo para dirigirme hacia Safa y Marwa. Durante el tiempo que duró nuestra migración de una colina a otra, intenté retomar aquella experiencia, pero no lo conseguí. Hoy no tengo la menor duda de que no fue mi propia mente condicionada la que me indujo hacia aquel estado alterado de conciencia ya que, una vez experimentado, he querido volver a repetir la experiencia, buscándola en otros lugares sin éxito. Solo en los círculos del Recuerdo, en grupo o en solitario, solo en presencia de mi Maestro hay algo del oculto Secreto del poder de atracción de la Kaaba y quizás, persistiendo en el salat y en el Recuerdo, se podrían superar incluso todos los límites conocidos del ser humano, pero esa es otra historia.

Bismillah, oí decir al barbero antes de empezar a afeitar mi cabeza. Con el último cabello que vi caer, di por terminada mi Umrah, rogando a Allah que fuera aceptada. Todo había concluido, el principal motivo por el que arribé al centro del mundo, había culminado. Todo lo que aprendiera además en esta tierra, o dejara en ella, sería mi provisión para el destino en el dunia o en el Ájira.

Caminamos lentamente hasta las inmediaciones del hotel donde nos vimos obligados a entrar. Casi se nos había olvidado el hecho de que nos albergábamos en algo parecido a una cuadra insalubre y cochambrosa. Nada más entrar por la puerta, el recepcionista nos informó de que el personaje designado por la agencia de viajes a cargo del grupo de peregrinos españoles que se habían quedado en Medina, responsable sin licencia de la integridad de los mismos, así como de velar por la comodidad de los peregrinos, acababa de llegar para acordar el alojamiento del resto.

Buscamos al tipejo para pedirle explicaciones. Cuando lo encontramos, lejos de cogerlo por la solapa, como se merecía, intentamos hacerle ver lo perjudicial del negocio que estaba haciendo. No solamente era el hecho de que, sencillamente, nos hubiera estafado al prometernos un hotel de cuatro estrellas y nos metiera en este cuchitril de mala muerte, es que, además, pretendía hacer lo mismo con el resto de personas que arribarían dentro de pocos días. Personas que, al igual que nosotros, habían contratado unos servicios que no iban recibir.

Con la frialdad del sinvergüenza, fingió que no pasaba nada mientras quitaba con su mano las moscas que salían del fregadero de mi habitación. Muhammad y yo nos miramos el uno al otro y decidimos remitir el asunto a Allah. Nuestro Señor no hace ni una pizca de injusticia a nadie. Fue verdaderamente triste comprobar cómo el dinero y la ambición pueden extraviar a los seres hasta en el mismísimo centro de la Tierra, en el lugar más sagrado del mundo.

Conseguimos que nos cambiaran de habitación trasladándonos a un piso superior y, aunque los cubiles eran exactamente iguales, con aseos semejantes a las letrinas de los barracones de algún cuartel del ejército, éstas no tenían inquilinos alados de seis patas.

“Dirigíos a la palabra buena, dirigíos al camino digno de alabanza.” Al Corán al Karim. Sura 22 Ayat 22

Las Luces del Corán

Las noches en vela a la vera de la Kaaba son noches de ensueño. Son noches de plenitud y gozo. Las noches en vela sumergidos en la lectura del Corán son noches de luz y de vida. ¡Cuánto suspiraba por Jesús de Nazareth en aquel lugar! ¡Cuánto tenía que agradecerle!

Todo empezó aquí. Las primeras aleyas descendieron en La Mecca. Hay quien dice que las revelaciones de Medina son jurídicas y exhortaciones para los hipócritas, mientras que las que bajaron en la Mecca son advertencias para las naciones que olvidaron la Guía del Camino Recto, para quienes perdieron la conciencia de la Unicidad de Allah.

Aquí, en este lugar, el tiempo se detiene y la historia habla a través de las piedras de la Kaaba. Aquí, con un lenguaje dormido entre los pliegues de la piedra, se encuentra el Legado de Ibrahim, Ismail, de mi amado Jesús de Nazareth y del Sello de los Profetas, Muhammad, que Dios les conceda Sus Bendiciones y Su Paz. De todos aquellos primeros compañeros que lucharon defendiendo el sueño, aquellos que anhelaron un mundo mejor.

Umar ibn al Jattab, cuentan las crónicas, enemigo acérrimo de Muhammad y de sus compañeros durante los primeros destellos del Islam, cierta noche distinguió al Profeta en pie ante la Kaaba recitando el Corán.
En ocasiones, aquel fornido guerrero había amenazado con su espada a los musulmanes jurando tomar la vida del Apóstol de Allah.
Quizás algo ebrio, se escondió bajo la tela de Damasco para evitar ser descubierto y se acercó donde se encontraba el Profeta. El rostro de Umar se tornó del color de la granada y una extraña sensación de ingravidez le sobrevino al escuchar las palabras de Muhammad. Su corazón, intoxicado instantes previos por el licor de dátiles, ahora intentaba romper su esternón para rodar hasta Muhammad y someterse por completo ante los encantos del Corán.
En ese momento el Islam contaría con uno de sus más valiosos conversos, aquél de quien dicen las crónicas que cogía a Satanás del cuello cada vez que se le acercaba.

El poder de atracción del Corán en lengua árabe es un prodigio inigualable e inimitable que no ha podido ser comparado ni con las obras de todos los poetas árabes posteriores o anteriores al Islam. Es un libro con un lenguaje oculto y un lenguaje claro. Es una obra rescatada de la Tabla Sagrada, guardada en el Séptimo Cielo, que habla de Dios y llama a todos los seres a adorar a su Señor.

Comparado con cualquier otro volumen sagrado, el Corán es el que posee el lenguaje más claro y a la vez el más difícil de interpretar. Es el libro más humilde ante Su Señor y el más sublime ante las demás obras. Un volumen totalmente intolerable para los que siguen sus propios demonios y una perla de incomparable valor para todos los Pobres de Dios.
Su Mensaje cala el pecho de los seres que han sido escogidos para escuchar Su Voz. Es un libro inmutable que revela su mensaje en la medida que el corazón va sometiéndose al Creador, cambiando su esencia por el Amor más absoluto. Por eso, quienes leen el Corán asiduamente, a veces, tienen la sensación de estar leyendo cada día un libro totalmente nuevo pues su comprensión se va ampliando paulatinamente en la medida que el siervo se va rindiendo a los Atributos de su Rey.
Quienes lo recitan de memoria guardan en su pecho una fuente inagotable de luz que ilumina su camino y alumbra el de sus familiares.

Tras la muerte del Apóstol de Allah, Abu Bakr y Umar, temerosos de que los recitadores del Libro fueran muriendo y de que el Legado que el Profeta nos dejó, con permiso de Allah, se perdiera o se distorsionara, arribaron hasta la casa de Zaid ibn Zabit y le encomendaron la tarea de recopilar todo el Corán en un tomo que sería preservado contra el tiempo y el olvido, pues hasta ese momento las suras y ayats se repartían en trozos de piel de cabra, arcilla cocida u hojas de palmera distribuidas entre los copistas que oyeron las recitaciones y las transcribieron.

Esta tarea, ardua y complicada, recibió las criticas primeramente de su depositario, pues no creyó ser digno de semejante honor. Pero, ante la insistencia y los razonamientos de Umar ibn al Jattab y Abu Bakr as Siddiq, finalmente, Zaid no tuvo más remedio que reconocer la necesidad de completar el mandato de sus amigos.

La decisión de encargar una tarea tan importante a una persona tan joven como Zaid levantó una pequeña nube de celos en otro de los primeros y más distinguidos musulmanes de la época, Abdullah ibn Masud, quien protestaría enérgicamente pretendiendo para sí tal honor.

De carácter honorable y sabedor de que Zaid era mejor memorión que él, Abdullah, tras recapacitar, aceptó la orden de Abu Bakr ayudando en su tarea a ibn Zabit, prueba tangible del talante de los primeros musulmanes y de su alto grado de responsabilidad y  autocrítica.

Fue Abdullah ibn Másud uno de los primeros musulmanes y uno de los transmisores de hadices más importantes del Islam. De él nos llegó esta advertencia:

“En nuestra época se nos hace difícil la memorización del Corán, pero nos es sencillo practicarlo. Tiempos llegarán en que se hará sencilla su memorización, pero difícil su práctica.”

La compilación de Suras y Ayats dio origen a un volumen completo que se guardaría en casa de Abu Bakr, quien lo legó a Umar tras su muerte, quien lo legó a su hija tras su asesinato.

Durante el califato del noble Uzman, Hudhaifa llegó ante él y le confesó su preocupación temiendo que el Islam pudiera caer en los mismos errores del cristianismo y judaísmo pues, en sus viajes, había oído recitar a los beduinos ayats que no conocía y que más bien serían deformaciones del contenido original del Libro Sagrado.

Hudhaifa advirtió a Uzman de que si no quería que el Islam se corrompiera como las demás religiones, debía preservar el Mensaje primigenio del Corán original sin distorsiones, destruyendo toda la mala hierba que hubiera podido crecer a su alrededor.

El Califa, sin pensárselo dos veces, envió a algunos escribientes a casa de la hija de Umar para que se les permitiera hacer copias del Corán original. Estas copias se repartieron por diversos lugares del mundo islámico para que los musulmanes pudiéramos consultar o copiar a la vez el Libro original y deshacernos de cualquier otro documento que no estuviera recogido en el canon legítimo y sin discusión que era en sí la compilación última que se había guardado en casa de Umar.


Gracias a la previsión y cuidado de los primeros califas, hoy en día podemos asegurar sin temor que las palabras de nuestro Corán son exactamente las mismas que Allah inspiró al Profeta Muhammad hace mil cuatrocientos veintisiete años.

El poder del Corán para transformar el corazón de los hombres es realmente asombroso. En primera persona puedo relatar lo que nos sucedió a mi mujer y a mí una tarde de verano cuando nos vimos sorprendidos por la recitación del Corán que el imán de la Mezquita Azul de Estambul realizara para el salat al Magreb.

“Nuestro barco partiría de Estambul hacia las islas griegas a la mañana siguiente. Esa misma tarde arribamos al aeropuerto turco y nos alojamos en un coqueto hotel cerca del barrio del Sultán Ahmed.
Por la escasez de tiempo que teníamos hasta la partida del crucero, debíamos elegir bien nuestros destinos en la ciudad para robar así, aunque solamente fuera por unos momentos, la belleza de los monumentos más destacados del imperio otomano y meterlos en nuestras mochilas.
No quería partir de la ciudad sin haber admirado el Hipódromo, el Palacio de Topkapi y la Mezquita Azul. Aya Sophia, traducida como Santa Sabiduría, no se inauguró hasta el año 537 de la Era moderna y fue durante más de diez siglos el templo más grande de la cristiandad, solamente superado por el Vaticano de Roma mil años después.
Símbolo del poder del Imperio Bizantino, Aya Sophia fue creada para culminar el sueño del emperador Justiniano, quien no escatimó ningún gasto en su construcción, llevando a su imperio casi a la ruina.
Para la edificación de Aya Sophia se saquearon los templos de Delfos, Baalbeck y Éfeso entre otros. Los ladrillos fueron traídos de Rodas y las piedras fueron robadas de los templos de Egipto. Sus puertas se hicieron con cedros del Líbano al igual que las del Templo de Salomón. El oro y la plata abundaban por doquier en su estructura y su cúpula es hoy una de las mayores y más bellas del mundo.
Las losas de mármol verde de la entrada, desgastadas por el paso del tiempo, anuncian al viajero las riquezas que aún se pueden encontrar en su interior. Su esqueleto es una obra maestra que sentó escuela y miles de arquitectos se hicieron eco de ella para dar forma a otras construcciones en Estambul y en el resto del mundo.
Cuentan las crónicas que Justiniano, al ver terminada la basílica, gritó al viento: ¡Salomón, te he superado!
Parece ser que quiso superar la grandeza del antiguo Templo de Jerusalén. Tal locura casi le llevó a la ruina.
En el año 1453 las tropas musulmanas conquistaron Constantinopla y el sultán Mehmet II, lo primero que hizo al entrar en la ciudad, fue convertir la basílica en mezquita. Un largo asedio había precedido la conquista de Constantinopla por los turcos. El mismísimo Profeta había vaticinado aquel acontecimiento diciendo:

“Aquella ciudad cuyas dos partes son de mar y una de tierra, será conquistada por los hijos del Islam”

Los musulmanes que combatieron por la toma de la ciudad estaban al tanto de este hadiz y sus fuerzas se vieron reforzadas sabiendo que luchaban bajo las órdenes directas del Profeta incluso a través del tiempo.
Dicen que las noches previas al asalto y rendición de la ciudad, una luminaria extraña se instaló sobre la cúpula de Aya Sophia. Además se sucedieron otras señales prodigiosas que hicieron pensar a los turcos que su victoria estaba cercana y a los cristianos que todo se había perdido. De hecho, así sería la noche del veintiocho de mayo.
El sultán Mehmet II, de tan solo veinte años, conseguiría para los musulmanes la conquista de la ciudad prometida, a la que llamaría Istanbul. (Islam en abundancia)

Hasta que el mísero Atatürk la convirtió en museo, Aya Sophia fue una de las mayores y más espléndidas mezquitas del mundo musulmán. El afán por borrar los vestigios del Islam de los dirigentes de algunos países tradicionalmente musulmanes es lo que hoy en día, para los que aún seguimos postrándonos hacia la Qibla que Muhammad nos enseñó, es motivo de lágrimas e indignación. Aun así, y pese a los necios, Estambul sigue siendo lo que antaño fue; una de las ciudades santas del Islam y cuna de tesoros de nuestra religión interior.
Del antiguo hipódromo de la ciudad hoy solamente sobrevive el recuerdo y lo que la imaginación quiera dibujar al ver las columnas que quedan todavía en pie.
Junto al Hipódromo, frente a Santa Sophia, se yergue la Mezquita Azul. Si la obsesión de Justiniano fue la de superar el Templo de Salomón, la obsesión del sultán Ahmed I fue superar el esplendor de Aya Sophia, para lo cual trabajó él mismo en la construcción de la mezquita como un obrero más, igual que el Profeta hiciera en la Mezquita de Quba.

Los colores del atardecer sobre esta construcción se tornan aún más bellos, regresando al cielo e inundando la vista como salidos de lo más profundo del reino de los sueños. Colores así no se pueden distinguir en otros lugares del mundo. Sus seis minaretes, desde donde suena la voz del almuédano llamando a la oración, se alzan como agujas bien afiladas. Entrar por sus puertas y contemplar su fachada desde el Haram, admirar la antigua fuente de abluciones que se levanta en medio del patio, sentarte en algún punto del jardín a contemplar su estructura es un placer como no hay otro igual. Es otra manera de rezar. 
La forma de este edificio sin parangón transforma las mentes y los corazones de los visitantes. La magia de su estructura seduce y embelesa hasta que el reloj se hace tu mayor enemigo. Sus pequeñas cúpulas son un remate inspirado por la mente de algún genio. El estilo arquitectónico, similar al de su hermana mayor, Aya Sophia, es sencillamente soberbio. La cúpula central, sostenida por cuatro gigantescas columnas llamadas patas de elefante, es un recuerdo imborrable.
Su nombre original es Mezquita de Sultán Ahmed, pero los miles de azulejos azules que adornan su interior han relegado el nombre de su constructor.

Cuando Fátima y yo entramos por primera vez en ella todavía no habíamos pronunciado el Testimonio de Fe. De hecho, ni se nos había pasado por la cabeza la posibilidad de hacernos musulmanes.
Al comprobar que estaba permitida la entrada a todo el mundo, quisimos aprovechar la oportunidad. Los guardas de la puerta nos prestaron un pañuelo para que Fátima pudiera cubrirse la cabeza, una bolsa negra para guardar las zapatillas y nos permitieron el paso.
Atravesar sus límites fue como entrar en un mundo diferente. Los azulejos resplandecían por todas partes, la visión de la cúpula desde el piso dejaba al visitante con la boca abierta. Las alfombras, bien cuidadas y limpias, recubrían el suelo de mármol y unos diez metros más adelante, una pequeña valla de madera prohibía el paso para los no musulmanes. Era la musala o zona de oración.
A nuestro alrededor, todo tipo de turistas se desparramaban por entre las alfombras en actitudes poco menos que deleznables, sin tener en cuenta que se hallaban en un lugar sagrado. Algunos de ellos bostezaban y se estiraban tumbados en el suelo, lo que hizo que sintiéramos repulsión y nos alejáramos, refugiándonos junto a la puerta de entrada, sentados tranquilamente sobre el suelo admirando en silencio la maravilla que ante nosotros se alzaba.
Reflexionando cada uno sobre nuestras cosas, nos sorprendió el Azdhan. La voz del muecín llegó a nuestros oídos dulce y melódica. Instintivamente cerré los ojos y recé una plegaria dando las gracias al Señor de los Mundos por esta nueva experiencia.
Aunque todavía nos permitíamos llamar cristianos, no comulgábamos con ninguna de las doctrinas ni dogmas que nuestros compatriotas albergaban. Al contrario que la gran mayoría de ellos, nos habíamos molestado en leer la Biblia, contrastando así su auténtico Mensaje con el mensaje de aquellos que querían hacernos creer según sus intereses. Fumun vendidi.
Las imágenes de ídolos se nos hacían algo inútil y deleznable, rezar a un hombre, una herejía. Postrarnos ante piedras, algo más que grotesco.
No conocíamos nada del Islam, sin contar lo que la mala prensa española, sometida por la American way of life, nos quería hacer tragar.

Cuando abrí los ojos vi cómo los guardias echaban al resto de turistas, pero a nosotros nos dejaron en paz. Aunque nos miraban de reojo, nos permitieron seguir sentados en aquel lugar.
Los hombres que cruzaban rápidamente el dintel de la puerta, saltaban la pequeña valla de madera y se sentaban pacientemente, alineados en filas, esperando el momento de poder postrar sus frentes en el suelo. Las mujeres, que accedían por la parte derecha de la mezquita, esperaban también su turno en una zona oculta a la vista.
Comenzó el salat de la tarde y el imán recitó el Fatiha, la primera oración del Corán, junto con alguna otra. Desde el fondo de la mezquita nosotros rezábamos por nuestra parte a la vez que los hombres y mujeres se inclinaban y postraban. Por segunda vez oímos la recitación del Corán en lengua árabe y aquella entonación, sin ser conscientes de ello, resonó en nuestros corazones sacudiendo sutilmente nuestras almas. Cuando terminó el salat, salimos de la mezquita casi mareados y caminando a tientas.
En aquel momento no supimos bien qué era lo que habíamos escuchado y el impacto que había tenido en el corazón. Reconocimos que era muy hermoso, que nos había tocado algo dentro del alma, pero cómo explicar ese sentimiento místico...

Cuatro meses más tarde, el treinta de noviembre del año dos mil cinco, pronuncié el Testimonio de Fe en la Mezquita Mayor de Granada volviendo así de nuevo a la vida. Fátima lo haría el ocho de abril del año siguiente. Mi madre, hermana y algunos miembros de mi familia se unirían a nosotros por la Gracia de Dios

“Un mensajero que os lee los Signos de Allah clarificados para sacar a los que creen y practican acciones de bien de las tinieblas a la luz. A quien crea en Allah y obre con rectitud, le haremos entrar en jardines por cuyo suelo corren los ríos, en los que serán inmortales para siempre. Allah le habrá hecho buena la provisión.” Al Corán al Karim. Sura 65 Ayat 11

Como Un Ángel.

Para los salat del Magreb e Isha solíamos trepar hasta la terraza de la Mezquita. Desde la puerta de Shebika, nombre del barrio que nos acogía, subíamos por las escaleras mecánicas hasta la última planta y nos asomábamos al Mataf. La vista desde las alturas contemplando el Tawwaf de los peregrinos es sencillamente abrumadora. Miles de personas circunvalando el Templo de Allah ponen los pelos de punta haciendo que el alma se alegre de ver que en un lugar de la Tierra, el ajetreo de los hombres gira en torno a su Señor. Contemplar cómo cientos de almas en procesión se juntan para realizar lo que Allah les ha mandado en Su Libro Sagrado es sencillamente extraordinario.

Desde este paraíso en las alturas no se reconoce a las personas, pero se es consciente del movimiento, de la marea de peregrinos y de la majestuosidad del Templo que, inmóvil, también danza. Pero su baile es imperceptible para el ojo humano.

Esperando el salat del ocaso pude observar cómo, desde algún punto del edificio real que se alza frente de la Mezquita Inviolable, para mi sorpresa, salieron volando casi una decena de águilas. Al tiempo, los pequeños pajaritos que sobrevolaban la Kaaba esperando recoger alguna migaja de pan que sobrara tras la rotura del ayuno de los hayyis, se alejaron presurosamente.

No se puede explicar con palabras la visión de los colores del alba sobre la Kaaba, las águilas sobrevolando el Templo con un movimiento natural circular que casi parecen estar haciendo también su Tawwaf en el cielo, los minaretes recién iluminados que rasgan el hilo de oscuridad que comienza a expandirse saludando a las primeras estrellas que, coquetas, se encienden a la vez en el balcón de mi Señor.

Era la tercera o cuarta noche en La Mecca. Sinceramente, he de admitir que me costó adaptarme a esta urbe, una ciudad muy diferente al resto de las que había estado. Una ciudad que te derriba y te reduce a la nada, un lugar que te ensalza y te acuna si le da la gana.

Comparar La Mecca con Medina es sencillamente imposible. Nada en común tienen ambas ciudades. El trajín de sus gentes, el peso de saber dónde se está y las costumbres de los oriundos pesó mucho en mi ánimo y en mi aclimatación.

Muhammad, cuidando de su madre, cumpliendo con el deber de cualquier hijo responsable, me dejó a solas en mi lucha contra la ciudad, animándome y aconsejándome cinco veces al día cuando nos buscábamos para arribar a la Mezquita a la hora del salat.

Gracias a la Misericordia de Allah que me envió a mi buen amigo Muhammad, dándome consejos y apoyo, por fin conseguí adaptarme plenamente y pude disfrutar del aroma de santidad que se esconde tras el ajetreo de los Hayyis.

Después de los primeros días de inseguridad, la confianza en mí mismo volvió a fijarse en mis zapatos y se aseguró en mis rodillas, que ya no temblaban ante la majestuosidad de la ciudad, ansiando fundirme con ella. Ahora yo también pertenecía a La Mecca, tesoro que ya no me podrían arrebatar. Y fue la cuarta noche cuando nos propusimos intentar tocar La Piedra Negra, una noche que jamás podremos sacar de nuestro recuerdo.

No pretendíamos hacerlo de cualquier manera. Desistiríamos de nuestro propósito si ello significaba tener que lastimar, empujar o luchar con alguna otra persona en nuestro camino. Realmente nos habría gustado tocar y besar la piedra tal como hiciera el Profeta y así quedó recogido en nuestra Sunnah, mas no a cualquier precio.

Entrando por la puerta del Rey Fahd, tras superar el largo pasillo y las dos escalinatas, desembocaríamos frente al Templo de Dios. El Mataf no se encontraba tan despejado como en días anteriores, pero tampoco tan congestionado como en las horas diurnas. Depositamos nuestras alfombras en el lugar que escogimos y, presurosos, nos dirigimos hacia la Piedra Negra “atacándola” desde la retaguardia. Una frase se alojó en mi cabeza: - ¡Lo Conseguirás!

- No a cualquier precio – Contesté yo sin ser consciente de a quién me dirigía.

No me costó, arrastrado por la muchedumbre, adaptarme al ritmo de la corriente. Poco a poco, sin prisas, me dejé llevar por el flujo de peregrinos y me fui acercando parsimoniosamente hacia mi destino. No empujaría a nadie, no serviría de molestia a nadie, no entorpecería el camino de nadie y aguantaría los golpes de los “hermanos más distraídos” estoicamente y con seguridad.

A unos tres metros detrás de La Piedra Negra, respetando a todos los seres, conseguí ponerme a la altura del Cubo pidiendo permiso de paso a quien me encontraba por delante. Al que me lo daba, se lo agradecía. A quien no me lo daba, se lo agradecía también y esperaba pacientemente mi oportunidad. Fue así como, a dos metros de mi objetivo, conseguí por primera vez pegar mi cuerpo al Templo de Allah y tocar la Tela de Damasco. En aquel momento mi mente se diluyó volviendo a ese antiguo estado de abstracción que ya casi sentía como familiar.

Los escasos dos metros que me faltaban para llegar a tocar una Roca del Paraíso los recorrí arrastrado por el ritmo natural de los peregrinos que, simplemente me empujaron hacia ella. No me atreví a imaginar, ni tuve la valentía de verme nunca recibiendo este regalo de Manos de mi Señor, y sin embargo ahora se consumaba otro anhelo.

Puse las dos manos en su hornacina de plata y metí la cabeza en el orificio que la alberga para besarla con celeridad. Su tacto es diferente al de cualquier otro mineral. Dicen algunos que, en apariencia, es semejante a una roca volcánica, a un gran bloque de basalto parecido quizás a la turmalina negra. Puede que al tacto resulte similar a esas piedras, pero hay algo en ella que la hace totalmente diferente.

Objetivamente, creo que nadie podría etiquetarla simple vista entre los minerales y rocas que conocemos pues en verdad su tacto es tan sorprendente que resulta difícil de explicar. Suave como un trozo de tela de Samarcanda y cálida como los aledaños de una chimenea encendida, el secreto de su núcleo sigue siendo un misterio bien guardado.

Sin ser consciente de lo que acababa de suceder, cuando saqué la cabeza del hueco, miré con estupor el interior de la hornacina. ¡Qué había hecho!

No estuve presente cuando mi cuerpo introdujo su cabeza en aquel agujero y besó tímidamente la Roca del Paraíso aquella noche del mes de ramadán. Fue mirándola, observándola, estudiándola en apenas un microsegundo, cuando regresaría mi voluntad al cuerpo y, consciente por fin de dónde estaba y de lo que estaba haciendo, metí de nuevo la cabeza entre el hueco de la hornacina y volví a besarla esta vez siendo totalmente responsable de mis actos.

Saqué por fin la cabeza del lugar e intenté alejarme para dejar paso a mis hermanos que pugnaban por ocupar mi sitio. Fue la salida de sus inmediaciones la prueba más difícil de superar, soportando los empujones de los que se desesperaban por detrás, intentando esquivar a las mujeres que, por la derecha reivindicaban también su derecho de paso y teniendo que superar la tristeza del alejamiento de un trozo del Cielo en la tierra.

No podía creerme lo que acababa de vivir, lo que acababa de hacer. Retorné al mundo de los vivos para evadirme de nuevo atraído por el poder del Tawwaf ante el Templo del Señor de los Mundos.

Fue en la última vuelta cuando mi mente regresó totalmente de nuevo al sitio para poder ser plenamente consciente de mis súplicas y de mi agradecimiento. El saludo que desde aquel entonces, desde la distancia, ofrecería a la Piedra Negra, sería totalmente diferente. Ahora la conocía, en verdad podía decir que, durante unos breves instantes, me perteneció, o yo le pertenecí...

De regreso a mi alfombra me encontré con Muhammad, quien me confesó que también había podido tocarla. Esa noche, ambos vimos cumplido otro de nuestros anhelos.

La Piedra Negra, como tal, en realidad no es más que un trozo de mineral de roca. Si los musulmanes le damos cierta importancia es por el amor que el Profeta sintió por ella y porque se nos ha transmitido que es una roca original del Paraíso. Tocarla o no tocarla no te hará más fuerte, más piadoso, más santo, ni por ello tendrás más bendiciones. En realidad sucede como en Al Rauzah, tocarla es un regalo que el Señor de los Mudos concede a Quien quiere.

Es el siervo quien, agradecido a su Señor, debe comportarse de acuerdo al lugar donde se encuentra, al carácter del Islam y a la humildad más pura para con sus hermanos, por encima de cualquier ambición personal movida por el fetichismo más absoluto, que no deja de ser otra clase de idolatría que conduce sin remedio hacia la perdición.

Allah nos permitió tocar La Piedra Negra, por lo que nos sentimos muy agradecidos pero, si de algo estamos orgullosos es de la forma en la que llevamos a cabo nuestro objetivo. Si algo hemos de difundir de aquella noche es que, bajo nuestra humilde opinión, superamos la prueba que nuestro Señor nos puso y recibimos un regalo por tal hazaña. Sinceramente, me siento orgulloso de mi comportamiento y agradecido a mi Señor por permitirme ser consciente de ello.

 


“Tu Señor no te ha abandonado, ni te aborrece. La última vida será mejor para ti que la primera. Tu Señor te dará y tú quedarás colmado. ¿Acaso no te encontró huérfano y te acogió? ¿No te halló perdido y te guió? ¿No te encontró pobre y te enriqueció?” Al Corán al Karim. Sura 93 Ayat 3 a 8.

Hira

Cuando propuse visitar la cueva de Hira, Muhammad torció el gesto y Abdul Hamid, que por fin se nos había unido, resopló. La cueva se encontraba en la cumbre de Yabal Nur, o Montaña de la Luz, a algunos Kilómetros de Mecca.

Tradicionalmente se la reconoce como la cueva donde el Mensajero de Allah tuvo su primera revelación profética, donde se recogió para meditar durante toda su vida hasta que fue exiliado de la ciudad, donde Gabriel lo encontró por primera vez y quizás donde empezó todo.

Al igual que mi amado Jesús, Mahoma buscó la soledad del desierto para forjar su espíritu. Al igual que Moisés, fue en lo alto de una montaña donde Allah sacudió la razón de Su siervo y donde le haría partícipe de Su Voluntad. Al igual que Elías, Mahoma fue elegido para ser el portador del Mensaje del Señor de los Mundos, un Mensaje que pocos hombres podrían haber realizado.

Mis hermanos me intentaron disuadir poniéndome todo tipo de problemas. Cierto era que el calor del sol de La Mecca era algo a tener en cuenta en el mes de ramadán, donde además tenemos vedado ingerir cualquier líquido. Que la distancia hasta la montaña habría que superarla en taxi, que una vez llegados a sus faldas, habría que subir hasta la cumbre y que después tendríamos que bajar de nuevo a pie, tarea ésta que podría llevarnos toda la mañana o quizás más.

Realmente, todos los inconvenientes no eran para mí sino alicientes que hacían más atractiva la llamada de Hira. Acababa de superar una batalla donde pude mostrar la belleza que escondía mi alma, ¿qué podía temer de este mundo y de su climatología si el destino era la cuna de mi religión?

Subir a lo alto de aquella montaña significaba mucho más que tocar su cumbre. Era volver de nuevo a la Yihad, superar todos los contratiempos en pos de encontrar a mi Señor, enfrentarme las dificultades del dunia buscando Su Complacencia, recorrer el mundo anhelando Su Recuerdo una vez más. Incluso si me hubieran dicho que tendría que batallar contra cientos de gigantes, habría puesto mi brújula dirección a Hira.

Siempre me he dejado llevar por el lenguaje del corazón y cuando arribo a algún país desconocido, pongo el máximo cuidado en refinar mis sentidos al mensaje de las piedras, del bosque, de los ríos, de los hombres, de los árboles y de la tierra. Creo firmemente que los vegetales y minerales que nos rodean pueden guardar el recuerdo de otras épocas, de otras gentes, de sucesos que hace años marcaron a fuego la esencia misma de estos elementos que ahora siguen siendo testigos mudos de aquel legado.

Recorriendo Jerusalén te das cuenta de que andas sobre rocas que un día fueron testigos silenciosos de los pasos de la mayoría de profetas que Allah mandó a esta tierra. Cuando contemplas la Kaaba, el poder de atracción de su figura te transporta hacia otros lugares donde puedes diluirte con el Infinito. En Medina no es difícil, como nos sucedió a mis hermanos y a mí, viajar en el tiempo y encontrarnos frente a frente con los antiguos pobladores de aquellos sueños. En Uhud, la tristeza del Profeta y de los mártires aún es patente en el lugar. La Báraka que se extiende en la Mezquita Azul y en todo Estambul es un hecho consumado y contrastado para todo aquel que arribe a estos lugares habiendo purificado su corazón y habiéndose aniquilado a sí mismo, pues la única forma de escuchar lo que quiere ser escuchado es silenciar primero nuestra voz interior para prestar atención después a las voces de los lugares donde te encuentres.

“Mientras oigas tu propia voz en la mente llamándote al silencio, no hay quietud. Recuerda que el Templo debe quedar totalmente desierto para que la Luz de Dios emerja. Si otra cosa ocupa Su Trono, el Rey no tendrá donde sentarse. Mi Dios es tan esquivo y huidizo como una gacela blanca. Todo debe estar en calma para que Él aparezca.” Diwan de los Pobres de Dios.

Algunos hadices nos relatan la comunicación de seres inanimados con los profetas, creando por ello un precedente para reforzar que tales situaciones son posibles. Una de las colinas que rodean el Santuario de la Kaaba habló al Profeta para pedirle que bajara de ella pues temía que, si los Coraix le daban muerte sobre ella, Allah la castigaría con dureza.

En el Sagrado Corán, Allah ofrece la responsabilidad de acceder al conocimiento divino, al libre albedrío, a los cielos, a la tierra y a las montañas, pero éstos no quisieron asumirla, estremecidos de terror. Sura 33; 72.

En algunos libros de maestros los sufíes encuentras este hecho probado por multitud de testimonios, como el aquel hombre que, tras realizar el salat en la arena de la playa, se puso en pie con lágrimas en los ojos preguntando a sus hermanos si no habían oído cómo los granos de arena repetían La ilaha illa Allah.

Mi hermano Muhammad se resistió a subir a Hira alegando que años anteriores ya la había visitado. Abdul Hamid, receloso, más interesado en no dejarme solo que en la aventura en sí, intentó convencerme de nuevo para desistir del proyecto. Mas viendo que sería imposible persuadirme no tuvo más remedio que unirse a mi bendita locura.

A la mañana siguiente, después del Fayr, Hamid y yo tomamos el taxi que nos acercaría hasta la falda del monte. Rodeado de pequeñas casas y alguna que otra mezquita, Yabal Nur se alza majestuoso entre las colinas del desierto a una distancia de cinco millas de La Mecca.
La subida se haría ardua y penosa dada la inclinación del terreno, pero mi voluntad, al ver el Monte, se fijó solamente en su cumbre. Ismail volvió a desaparecer para dejar su lugar a un ser sin otra voluntad que la de llegar a la cima.

Aunque me da vergüenza reconocerlo, cuando bajé del taxi, involuntariamente, como poseído por una inmensa fuerza de atracción, olvidé todo a mi alrededor y me encaminé hacia mi destino. Lo último que recuerdo es la silueta de mi hermano intentando convencerme por última vez para que no subiéramos aquella distancia. Poco después me vería a mí mismo, desde las alturas, acelerar el paso resoplando y jadeando, superando al trote la colina y aferrándome a la piedra viva como un loco entonando el Nombre de Allah en todas y cada una de mis zancadas.

Superé un tercio del camino sin ser consciente de lo que hacía. La segunda parte del sendero empezó cuando la tierra desapareció para dejar su lugar a la piedra viva.

Al igual que en el Sinaí, algunos tenderetes de refrescos y recuerdos se alzaban a un lado y otro del sendero. Decenas de mendigos, lisiados, mutilados y discapacitados poblaban esta segunda estación de tránsito.

La tercera parte comienza cuando empiezas a escalar la pared de roca y acaba cuando llegas hasta una pequeña terraza natural donde se han extendido algunas alfombras circundando el balcón, rematado por una pequeña baranda de madera.

Creando una minúscula pero coqueta mezquita al aire libre, sus arquitectos estuvieron ciertamente inspirados para levantar aquí un campamento base antes de poder enfrentarnos realmente con la cima. En este lugar puedes encontrar multitud de ediciones del Corán en varias lenguas, así como la bendición de miles de peregrinos que dejaron sus oraciones en este lugar junto con la visión incomparable de toda la extensión de La Mecca a vista de pájaro.

Quise tomarme un tiempo para disfrutar de este lugar y hacer dos rakats de saludo, deleitándome con la fantástica visión de la Madre del Mundo, La Mecca, desde esta perspectiva.

Fueron extraños los sentimientos que allá arriba me abordaron. Sentimientos que debo guardar para mí pues no sé cómo plasmarlos justamente en este papel sin desmerecer la experiencia. Puedo asegurar que la piedra de aquel lugar ardía bajo mis pies descalzos. Puedo asegurar que pude ver fuego en su interior en el suyud. Que, sin ningún género de dudas, este lugar no es un lugar cualquiera. Su particularidad es que alberga en su memoria el pasaje de la historia que cambiaría el curso de los hombres para siempre.

Cuando terminé mi oración, recuperé el aliento y disfruté del instante. La diferencia entre el turista y el peregrino es que el peregrino ansía llevarse parte del lugar donde se encuentra en su corazón y dejar parte de él mismo a cambio. De esta forma, peregrino y lugar de peregrinación se funden en uno.

Para conseguirlo debes dejar que el tiempo pase y que el lugar penetre hasta lo más recóndito de tu alma. Debes exhalar fuertemente e inspirar el aire del momento, saboreándolo, complaciéndote, viviendo el ahora, siendo consciente de la presencia de Tu Señor en todo lo que te rodea. Teniendo la certeza de que Él es el Creador de todas estas maravillas, teniendo la seguridad de que Él está más cerca de ti que tu propia vena yugular. Solo así experimentas la vida en toda su plenitud, un pequeño bocado de Eternidad.

Miré el reloj y realmente no supe cuánto tiempo había pasado. Hamid se encontraba leyendo el Corán fuera de la mezquita, sentado en una piedra que le separaba del vacío. Cuando calcé mis sandalias, me acerqué a él mirando alrededor y preguntándome dónde se ubicaría la cueva del Profeta. Al llegar a su altura oí, bajo nuestros pies, el murmullo de la gente. Asomé mi cuerpo por encima de la piedra para descubrir un pequeño grupo de personas que esperaban su turno para entrar en algún sitio que no podíamos distinguir. ¡Sin duda, allí estaba Hira!

- ¡Vamos! - Grité emocionado, pero Hamid no estaba en este mundo. Debía respetar su ausencia.

Dejé a mi hermano navegando por el Corán y me apresuré a salvar la distancia que había entre “La Mezquita del Balcón” y la Cueva del Profeta.

“¡Lee en el Nombre de tu Señor que ha creado! Ha creado al hombre de un coágulo. ¡Lee, que tu Señor es el más Generoso! El que enseñó por medio del cálamo. Enseñó al hombre lo que no sabía”

La cueva de Hira no es un agujero que se abre en la roca viva, sino más bien el hueco que han creado algunas piedras al superponerse. Sobre la misma, de no más de tres metros de profundidad y dos de altura, en colores llamativos, se pueden leer bendiciones para el Profeta, así como alabanzas al Señor de los Mundos.

Como mis hermanos delante de mí, esperé pacientemente mi turno en la cola con la ilusión de realizar dos rakats de Sunnah dentro de ella. Esta cueva, relatan los hadices, le dijo al Profeta:

- ¡Ven a mí, yo te daré cobijo!

Momentos después me sentaba en una roca contemplando el lugar tranquilamente, sin prisas, grabando cada detalle en mi retina para guardarlo para siempre en el corazón.

¿Cuántas horas habría pasado aquí nuestro amado Profeta Muhammad sumido en sus pensamientos? ¿Cuántos sentimientos encontrados, cuántas noches en vela, cuántos momentos de desasosiego y cuántos de tranquilidad y calma sumergido en la Mirada del Misericordioso? ¿Cómo podíamos agradecer estos instantes? ¡Es sencillamente imposible!

Una vez de vuelta en el Haram, entramos en la Mezquita para contemplar de nuevo la Kaaba y dar gracias al Señor de los Mundos por hacernos depositarios de tan grande dicha, el privilegio de haber rezado allá donde fueron revelados los primeros versículos del Corán.

 

“¡Oh tú que te envuelves en el manto! ¡Permanece rezando por la noche a excepción de un poco! La mitad o algo menos, o algo más. Y recita el Corán pausadamente. Realmente vamos a depositar en ti palabras de peso. Y en el seno de la noche hay mayor quietud y es más certera la dicción. Durante el día llevas a cabo una larga actividad. Recuerda el nombre de tu Señor y concéntrate de lleno en Él. El Señor de oriente y del occidente, no hay dios sino Él; Tomadlo como protector.” Al Corán al Karim. Sura 73 Ayats 1 a 8

Tres Corazones

Poco a poco nuestra estancia en La Madre del Mundo tocaba su fin. Pendiente nos quedaba realizar una segunda Umrah. Muhammad y yo partiríamos pronto. Por motivos familiares o de trabajo, solamente disfrutaríamos de la primera quincena de ramadán en las tierras que vieron nacer nuestro Din. Cada día que pasaba arribaban más peregrinos a La Mecca. Ca
da día que pasaba era más difícil realizar el Tawwaf libremente.
No queríamos retrasar más nuestro deber y esa misma noche vestimos de nuevo el Ihram, nos subimos en un taxi que nos dejó en la Mezquita de Aisha, lugar desde el que nos consagraríamos de nuevo al “Estado del Peregrino” y arribaríamos al Mataf para realizar por segunda vez nuestra Visita a la Kaaba tal como lo ordena el Sagrado Corán, siguiendo fielmente la Sunnah de nuestro amado Profeta.

Labaik Allahumma Labaik.

Cuando volvimos a la Kaaba, el Templo rebosaba actividad. El sopor de la noche no había hecho desistir a los fieles de cumplir con sus obligaciones y en el Mataf solamente se podían distinguir hayyis vistiendo el Ihram vagando en procesión por el recinto sagrado.

Concluimos de nuevo los ritos prescritos por nuestra religión y regresamos al hotel para descansar. La hora de partir estaba cada vez más cercana y el tiempo que nos quedó lo gastamos en disfrutar de la ciudad deleitándonos con largas charlas en la terraza del Templo, con el Tarawih y con la visión de las estrellas adornando el cielo desnudo de las noches de Arabia… El tiempo que nos quedó en La Mecca, transcurrió entre risas, Recuerdo de Dios y oraciones.

Poco antes de despedirnos de nuestro hermano Abdul Hamid, y de los demás hermanos de Ceuta que se alojaban con nosotros en el hotel, no pudimos reprimir las lágrimas. ¡Allah u Akbar! En momentos como éstos, en sitios como éste, es donde el afecto entre los hombres vuelve a retomar el sentido de antaño. Es en estos lugares donde se hace más patente la naturaleza de la bondad original del ser humano que se ha consagrado a Dios, olvidándose de todo lo demás. ¡Qué Allah sea honrado y alabado por todos los seres voluntariamente y que los hombres y mujeres consigamos hacer de nuestra estirpe, una raza de criaturas que aman al Señor sintiéndose igualmente hermanos entre sí!

Desde las alturas, sentados ya en el avión, paradójicamente con escala Roma, miré hacia atrás. ¡Cuántas bendiciones en el camino! ¡Cuántas experiencias, cuántas aventuras! ¿Cómo poder olvidar el más mínimo detalle? ¿Cómo olvidar haber estado en el centro del mundo?

Mirando atrás temo olvidar todo lo que ha sucedido. Allá, en tierra firme, mis seres queridos esperan el momento de poder abrazarme. Mi madre, con su mirada blanca y limpia, me espera en el andén junto a mi mujer, mi abuelita, mis hermanas y mi sobrino. Todo está en movimiento y estático al mismo tiempo, todo cambia excepto Allah. Los sueños se van cumpliendo o los vamos abandonando, nada es eterno excepto Allah. Con el tiempo vamos cambiando algunos sueños por otros, todo cambia excepto Allah.

La rosa del jardín está en flor y su aroma es agradable.
El Jardinero se ha marchado, pero el jardín pertenece a su Señor.
El Jardinero les ha revelado a las rosas cómo poder llegar a ser las flores más hermosas. El Señor del jardín se halla complacido con el trabajo de Su siervo.
Pero esa rosa desea fervientemente conocer al Señor del jardín, por eso cada vez se vuelve más hermosa queriendo llamar Su atención.
La florecilla no se da cuenta de que una señal de que su Señor se fija constantemente en ella, es el ansía que ella siente por complacerle.
Una prueba de que ya Le ha encontrado, es que no necesita verlo para adorarle, amarle y temer Su ausencia.
La rosa, quizás mañana, será trasplantada a un Jardín más cercano a su Señor, a la vera de Su Casa, donde la espera el Jardinero.

Son solamente suspiros, sólo suspiros. Sentado en el tren, ya en España, me asomo a mi interior. ¿Quién anda ahí?

-No te apresures, ni te preocupes de ti mismo, porque Yo, Bondadoso y Generoso, soy tu Único Futuro -

Me dejo caer sobre el incómodo asiento de plástico. Ismail ha muerto. ¿Cómo podría haber vuelto de la Casa de Allah? Ismail se quedó con su Señor, circunvalando Su Trono, admirando el vuelo de las águilas, contemplando la Cúpula Verde. Se quedó en la cueva de Hira, en su parte más profunda haciendo salat hasta que la noche se extiende. Luego, con la luna, contempla las estrellas que se asoman al lienzo de Dios. Se quedó en Quba y en Uhud llorando junto al Profeta. Se quedó en Al Rauzah velando la tumba del Jardinero. Se quedó en el aire, en la piedra, en la arena, en la esencia. Ismail no volvió.

Sigo mirando en mi interior. ¿Es posible?

-¡No te alejes de mi lado!

¡No lo haré! ¡No, no y no! Es lo mismo el Amor que el Amado. Mi interior, mi interior. Me miro al espejo del alma. ¿Quién es éste que ha vuelto en mi lugar? Casi no lo reconozco. Su mirada baja y su lento caminar no son propios de quien un día marchó hacia nuevas tierras en pos de culminar la estación de los sueños. ¿Quién es este que ahora camina con mis zapatos? ¡Soy nadie, soy pura nada!

- ¿Quién es este nuevo hombre? ¿De dónde ha salido?

- Soy nadie, soy pura nada. Un esclavo de mi Señor. Un loco de amor por Él. No miréis mi rostro, pues nada tengo que ofrecer. No miréis mis manos, pues temblorosas las encontraréis. Soy tuyo, oh Rey y Señor de cielo y tierra. Soy tuyo. Mi Rey, mi Señor, mi Dios –

-¿Cómo ha podido morir un hombre estando vivo?

-Ante Su Rostro vivificador-

Dije - Cuando te conozca pereceré –

Dijo - Para quien Me conoce, muerte no habrá -

¡Oh Fuerza Seductora, no me olvides, por favor no me olvides, por favor no me olvides! ¡Oh Amor, Amado, no permitas que me olvide, no permitas que me aleje de Ti, no permitas que me aparte del calor de Tu Amor! Por favor, concédeme el Islam como religión. Te lo suplico, mi Señor, ámame, ámame mucho. Que yo te pueda amar, que te pueda amar mucho.

Miré al exterior, tras la ventana del tren y Le vi sobre la montaña y dentro de ella, en su cima, en su falda, en su núcleo, en su esencia Le distinguí. Bajo mi piel Le descubrí. En torno a mí, a través de mí, mirando con mis ojos estaba Dios.

Alcé la mirada y contemplé Su obra, y descubrí que el Señor estaba también en Su obra. Descubrí Su Sonrisa entre los colores del ocaso, allá hacia el poniente me mostró Sus Signos. ¿Quién Le conoce? ¿Quién Le conoce? ¿Quién Le podría conocer?

¡Oh, Creador de Todo, cómo podré agradecerte! ¡Oh, Luz de Toda Luz, cómo no caer rendido ante Tu Misericordia! ¿Cómo no acudirán las lágrimas a los ojos del enamorado al tener la certeza del amor del Amado? ¡Oh, Misericordioso, pues Misericordia es uno de tus Nombres! ¡Oh Benefactor, pues Dador de Bondad es uno de tus Nombres! ¡Oh, Señor de cielos y tierra! ¡Oh Señor de lo que está claro y de lo que está oculto! ¡Oh vida de mi cuerpo y vigor mío! Dueño eres del secreto de la Creación, Dueño eres del secreto de la Existencia, Dueño y Señor eres de todo, pues todo Te pertenece y nada sucede si no es por Tu Voluntad. Dueño eres del Amor porque por Amor nos creaste en Tu Imaginación y quisiste dar forma al mismo Amor. ¡Oh Amado, por favor no abandones a este pobre enamorado!

Cuando he visto gente en ausencia de Ti, me he echado a temblar. ¡Oh Dueño y Señor de mi alma, no me permitas entrar en semejante infierno! Cuando he visto a gente deambulando por el mundo con arrogancia y soberbia siendo nada más que arcilla, he tenido temor de Ti por ellos. ¡Oh Señor del Universo, aparta de mí, de los que amo y de los que Te aman ese terrible mal!

Cuando he visto gente vendiendo su alma a cualquier precio, he sentido dolor en el corazón por Ti ¡Oh Benefactor, Oh Benefactor, Oh Benefactor, no permitas que me convierta jamás en uno de esos desagradecidos! ¡Oh Sol de soles, te ruego bendiciones para todos los seres de bondad que, humildes, se inclinan ante Ti buscando únicamente Tu Faz, pues sin Ella, no podríamos vivir!

“Sé en esta vida como si fueras un extranjero o un pasajero.” Hadiz

El Fin es mi Principio

Ahora, años después de mi llegada a España, es cuando reconozco la formidable aventura que allí vivimos. He resumido en estas páginas algunas de las experiencias más destacadas. Me he arriesgado, aún sabiendo que no toda la gente alcanzará a comprenderlo, a mostrar al mundo las Bendiciones que mi Señor me dio en aquellos días que pasé invitado en Su Casa.

Instado a no revelar demasiados Secretos, no me he atrevido a sacar a la luz ciertos momentos, algún que otro descubrimiento interior y muchas experiencias que he de guardar en el baúl de mi pecho, dentro de la Kaaba que es mi corazón. No me he resistido, sin embargo, a compartir con el lector los momentos más destacados de nuestro viaje a La Madre del Mundo, con el deseo de que este relato pueda pasar por un “aviso para los navegantes”, un recuerdo y una exhortación a la paciencia y a la virtud en todos y cada uno de nuestros actos diarios. Una advertencia para los peregrinos y una ilustración para los viajeros. Un verdadero sueño para locos como yo y una realidad para enamorados de Él.

Ahora, pasado el tiempo, la visión de la Kaaba no se olvida, no se borra de nuestras mentes. Fuimos tres corazones, como otros millones de seres que se extendieron postrados ante la visión de la Casa de su Señor, los que tuvimos la inmensa fortuna de vivir aquellos días de Gloria. La Mano del Señor no está cerrada para Sus siervos. Fuimos tres corazones tendidos al sol del mediodía.

He podido relatar mis experiencias en el viaje porque Allah me ha concedido esta Gracia, pero no me pertenece a mí hablar de las emociones y vivencias de Muhammad o de Abdul Hamid. No puedo saber qué sentía mi hermano cuando tapaba con sus manos el rostro haciendo Duá para ocultar sus lágrimas de la vista de los hombres. No puedo saber qué sintió Hamid al estar media hora con su pecho pegado a la puerta de la Casa de Dios tal como el Profeta solía hacer. O cuando se quedaba noches y días enteros sin dormir para no perder su sitio en el Mataf y poder realizar así la oración lo más cerca posible del Cubo.

No puedo saber qué sintieron mis hermanos al seguir con sus vidas diarias una vez de vuelta en España. Algunas experiencias, como dije anteriormente, se pueden contar, otras, sin embargo, pertenecen al pacto de silencio entre el enamorado y su Amor.

No hace demasiado tiempo, Hamid vino a visitarme y me dio permiso para transcribir aquí una de sus experiencias, algo que me puso la piel de gallina y llenó mi corazón de alegría. Mi hermano, que se quedó en La Mecca quince días más, me relató su estancia sin nosotros. Pero fue cuando me confesó el sueño que tuvo de regreso a España, cuando mi corazón saltó del pecho y salió fuera del cuerpo para postrarse sin necesidad de mi ayuda. Abdul Hamid me confesó:

“Cuando regresé a casa, mi vida había cambiado. Creo que no somos conscientes de ello hasta que transcurre el tiempo y puedes notar los sutiles cambios en tu forma de actuar, de pensar, de rezar, de vivir…
La Mecca nos ha calado el corazón y ha adherido a nuestra alma, sin percatarnos de ello, nuevos dones y virtudes que antes no poseíamos. Sutilmente, sin darnos cuenta, al dejar la Casa de Allah, el Señor del Universo puso en nuestros pechos numerosos presentes que trajimos con nosotros sin saberlo. Presentes que son ahora parte de nuestro ser. Aunque nos pueda parecer que siempre nos pertenecieron, que siempre estuvieron ahí, los que nos rodean se percatan de que algo ha cambiado nuestros corazones, que algo en el alma es diferente. Notan una fuerza que se desprende del pecho, es el Amor que tu Señor te ofrece y el horrible temor que te invade de perder esa Gracia, esa Paz y ese Don que se te ha concedido.
Cierto día, recién llegado de Mecca, tuve un sueño:
Soñé que, entre la bruma, entre las nubes que rodean los paisajes en los sueños, algunos hombres guardábamos nuestro turno puestos en filas. Consciente en todo momento, quise suponer que esperábamos el iqama y la voz del imán que nos llamaría a seguirlo en el primer takbir.
De repente, distinguí la silueta de una mujer que se acercaba a cada uno de los que allí nos encontrábamos, obsequiándonos con un presente.
Me pregunté qué significaría todo aquello. Nada tenía sentido, pero mi corazón latía fuertemente de emoción.
Cuando llegó a mi altura descubrí que no podía reconocer sus facciones. Una bruma entre mis ojos y su silueta hacía imposible distinguir su figura.
Alargando su mano, cogió una manzana verde de su cesto y me la ofreció. Tembloroso, alargué también mi mano decidido a cogerla. Una vez en mi poder, la mujer me dijo:
-El Profeta, la Paz y las Bendiciones de Dios sean sobre él, te manda su saludo -
Cuando desperté, no podía creer lo que había soñado. Durante todo ese día y aún hoy, no puedo quitarme la sonrisa del rostro”

Gracias a Allah porque nos ha reforzado en nuestro Din. Gracias a Allah porque nos ha permitido superar las pruebas del camino. Gracias a Allah por todo. Gracias a Allah por habernos llamado, sacándonos de la oscuridad donde nos encontrábamos, pues estábamos perdidos y Él nos Guió, éramos pobres y nos Enriqueció, estábamos huérfanos y nos Acogió.

Gracias al Señor de cielo y tierra porque reafirmó en nuestro pecho la religión, eligiéndola sobre cualquier otra y otorgándonos la Gracia de Conocerlo a través de ella. Gracias Allah por llamarme al Islam. 

En el Nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo. No hay poder, ni fuerza sino por Allah, el Excelso, el Inmenso. Suya es la Soberanía y la Alabanza. Allah es el más Grande. Gloria a Allah, alabado Sea por siempre. El agradecimiento es para Dios. Él es Uno, Eterno, Dueño del Poder Absoluto. No ha engendrado, no ha sido engendrado y no hay nadie que se Le pueda comparar. Aquél a Quien todas las criaturas dirigen sus peticiones.

Yo afirmo que nada, ni nadie, tiene derecho a ser adorado excepto el Dios Único y Verdadero, y que Muhammad es el Profeta de Dios. Todas las alabanzas, sacrificios corporales y espirituales, todas las cosas que poseemos y todas las acciones de bien, pertenecen a Dios. Los musulmanes somos los Pobres ante Dios, pues Dios es el Rico, el Digno de Alabanza.

Que la Paz y las Bendiciones de Dios recaigan sobre nuestro Profeta y Mensajero, Muhammad y sobre toda su familia, descendientes, seguidores y compañeros. Que la Paz descienda igualmente sobre todos nosotros y sobre todos los siervos fieles de nuestro Señor. Que la paz acompañe a todos los Profetas de Dios, especialmente también sobre nuestro querido Jesús, así como a todas aquellas personas que buscan la verdad.

Pedimos al Señor de los Mundos que guíe los pasos de los buscadores hacia el Islam y que bendiga el corazón de los hombres de buena voluntad.

“Y si os dan la espalda di: Allah me basta, no hay dios sino Él. A Él me confío. ¡Glorificado sea Allah por encima de lo que Le atribuyen!”
Oh Allah, te pedimos un Islam correcto que nos conduzca por el Camino de los Distinguidos. Una fe sincera, segura, firme y fiel, libre de cualquier desvío. Gracias Dios mío por todo, por todo, por todo. ¡Amin!

 

Tesoros de Sabiduría

Uno de los Sahaba le preguntó a Rasulullah (Sallallaahu Álayhi Wasallam) "¿Qué es hablar mal a la espalda?"
Y Rasulullah respondió: "Mencionar algo acerca de tu hermano que a él no le gustaría cuando además no está."
El Sahaba dijo entonces: "¿Sigue siendo falta si lo que se ha mencionado de él es cierto?"
A lo que nuestro Nabi añadió: “En eso consiste precisamente el hablar a la espalda; mientras que si lo que se menciona es falso, entonces además lo habréis calumniado.”

*********

Abdullah ibn Busr narra que un hombre se dirigió al Profeta diciendo:
“Oh Mensajero de Allah, las leyes del Islam son demasiado para mí. Dime algo a lo que me pueda aferrar y que me sea de beneficio”
Y el Profeta le dijo: “Tu lengua debería permanecer húmeda con el recuerdo de Allah” (at-Tirmidhi)

*********

Abu Hurayra narró que el Mensajero de Allah dijo:
“Renovad vuestra fe”
Entonces alguien le preguntó: “¿Cómo podemos renovar nuestra fe?”
Y él Dijo: “Decid a menudo: No hay más divinidad que Allah y Muhammad es Su Mensajero” (Ahmad, at-Tabaraní)


*********

En un hadiz Qudsi, el Mensajero de Allah nos transmitió:
“Allah swt dice: “Yo estoy en la opinión que Mi siervo tiene de Mí. Estoy con él cuando Me recuerda. Si él Me recuerda en sí mismo, Yo lo recuerdo en Mí mismo. Si él Me recuerda en una asamblea, Yo lo recuerdo en una asamblea mejor que la suya’” (Muslim)


*********

Abu Darda narró que el Mensajero de Allah dijo:
“¿Os informo de vuestras mejores acciones y de vuestro bienes más puros y de vuestros grados más altos y de lo que es mejor para vosotros en lugar de gastar oro y plata, y aún mejor que luchar contra el enemigo y golpearle el cuello y que él os golpee el cuello?”
Dijeron: “¡Sí, por supuesto!”
Dijo: “El recuerdo de Allah Todopoderoso” (Ahmad, at-Tirmidhi)

*********

Al- Muzami relató que el Mensajero de Allah dijo:
“A veces hay como una sombra en mi corazón, y ciertamente pido perdón a Allah cien veces por día” (Muslim)
Si así lo hacía nuestro Noble Maestro, ¿cuánto más deberíamos hacerlo nosotros mismos?

*********

-Narró ‘Ali Abi Talib que el Profeta dijo: ¡Qué buenos recordatorios son los collares de cuentas!
*********

En un hadiz transmitido por Ibn Hibban, se narra que el Mensajero de Allah dijo: “El cuerpo de los Profetas no ha de descomponerse jamás. Si un musulmán recita bendiciones para mí, un ángel me lo comunica diciendo: Fulano, el hijo de tal, te envía bendiciones y paz.”
Abu Darda le preguntó: “¿También te lo comunicará tras tu fallecimiento?”
El Profeta le contestó: “Sí, también estaré informado de ello tras mi muerte, pues le está prohibido a la tierra descomponer el cuerpo de los Profetas. Ellos están vivos después de su fallecimiento y están protegidos”.

*********

Dijo el profeta Muhammad: “Interceder por aquellos que visiten mi tumba será obligatorio para mí”. (Huzaima, Daraqutni, Tabaraní)


Índice
Introducción 
Mi Visita a La Mecca y Medina 
El Sueño se Acerca
Los Pilares del Din 
El Aroma de Santidad 
Las Lágrimas de Uhud 
La Despedida del Profeta 
¡Heme Aquí!
Las Luces del Corán 
Como un Ángel 
Hira
Tres Corazones 
El Fin es mi Principio 
Tesoros de Sabiduría
 
 
El Autor: Manuel Fernández Muñoz (Ismail)
“Dedico mi Obra a Dios Misericordioso, a todos Sus Santos y Profetas, especialmente a mi amado Jesús de Nazareth y Al profeta Muhammad. Que Dios bendiga a todos los seres que amo, he amado y amaré, así como a todos los seres a los que Él ama”
latabernadelderviche@outlook.com
 

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