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Un asceta en la corte nazarí

Los siete misterios de los sentidos, la imaginación y la creatividad

06/04/2014 - Autor: José Miguel Puerta Vilchez - Fuente: ibnarabisociety.es
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José Miguel Puerta Vílchez

 

... enfermedad a causa del mundo y sus oropeles,
                                                   esa es mi dolencia.

                                                 Ibn Yáafar al-Conchí

 

Diríase que la energía organizadora de los arquetipos, que trasciende incluso a la codificación de los lenguajes y de las estructuras sociales y simbólicas que configuran las civilizaciones, es la que moldea nuestra psique y la que nos hace buscar y difrutar de espacios como los de la Alhambra, a pesar de la penumbra que a menudo envuelve al conocimiento exacto de su historia y de sus formas, y lo que es más llamativo aún, dicha fuerza arquetípica es la que nos impulsa a imaginar el mundo así ordenado y nos hace reproducir, inconscientemente, sus ideales y esquemáticos modos de operar.
Por ello, cuando el Centro Mediterráneo de la Universidad de Granada me invitó a participar en un seminario sobre el Palacio de Comares en septiembre de 2002, no pude sino volver la mirada hacia Damasco y retomar la aventura de este asceta de la Granada nazarí, gestada en la capital siria durante unos encuentros sobre arte y sufismo organizados en la primavera de 2001 por el Instituto Cervantes en Damasco. Lo que entonces fue una ensoñación árabe sobrevenida en el Oriente veía ahora la luz, con la simetría del paradigma y en español, en la colina de la Alhambra y en el propio Palacio de Comares. El itinerario circular del asceta nazarí, y del presente texto, decidían pues cerrarse.
Pero he de confesar que, al apurarme en dar forma a este relato, pronto me vi sorprendido por el cúmulo de azares al que me precipitó la experiencia, producto, con casi toda seguridad, de la poderosa urdimbre arquetípica con que parece estar tejida nuestra mente. Aunque la trama del texto que sigue se reduce a la recreación de unos cuantos datos históricos, los extraídos en concreto de la escueta biografía que del asceta del Valle de Lecrín, Ibn Yáafar el Conchí (al-Qunyi), incluye Ibn al-Jatíb en la Ihata, y a una supuesta visita de dicho asceta a la corte de Yúsuf I a la hora de su definitivo regreso a Granada, recreación emprendida con el único fin de reflexionar, en un tono algo más lúdico al que acostumbramos a utilizar cuando asumimos el papel del historiador del arte, el arqueólogo o el arabista, sobre algunos de los problemas candentes en la época en que se edificaba el Palacio de Comares en la Alhambra, lo cierto es que el mismo relato se vio inintencionada, pero irremisiblemente, atrapado en la misma red de símbolos que pretendía ilustrar.
En efecto, la peripecia de este asceta nos conduce ante el debatido tema en el islam clásico de la moralidad o no de la arquitectura monumental, defendida por unos en tanto que modo de simbolización de la realeza con el fin de cohesionar a la sociedad, censurada por otros acusándola de responder al afán de lujo y dominio de los potentados, o nos acerca a las disputas sobre la verdad y la mentira en el arte, o sobre la función del artista cortesano y las relaciones entre literatura, arte y pensamiento en la Granada nazarí, y todo ello con el telón de fondo de las duras condiciones económicas y los conflictos sociales que afectaban a la población granadina del s. XIV, lo que llevó a amplios sectores de la misma a ampararse en formas populares de misticismo y ascetismo, en ocasiones alentadas por el mismo sultanato, a veces temidas y perseguidas por éste y por el estamento oficial malikí. Mas, las coordenadas, nunca obsoluta y racionalmente premeditadas, de la historia de al-Conchí terminaron por erigir su propio mundo imaginal, de aliento platónico tal vez. Los esquemas del pensamiento místico se solapan, y se contraponen, con los de la arquitectura áulica. Al viaje juvenil al Oriente en pos de la iluminación y el saber emprendido por el protagonista de la historia, le sigue un viaje de retorno al origen, pero también al ocaso del Occidente, de la misma manera que la visita de nuestro asceta a los palacios de la Alhambra parece evocar un esforzado camino de ascenso, y de afuera hacia dentro, que si bien le hacen recuperar al amigo perdido y solazarse con sus creaciones artísticas, pronto le recuerdan el oscuro motivo de su exilio y le empujan a completar su postrero retiro alejado de la corte.
Aquí los símbolos se empeñan en confrontarse arquetípicamente: la ciudad y sus oropeles frente a la sencillez del campo, el jardín áulico frente al pequeño huerto, la gran torre regia frente al perdido torreón de Cónchar, la majestuosa representación de los siete cielos del salón del trono creados por el artista, frente a la contemplación de la sublime maravilla del firmamento creado por Dios. Y el número siete actuó, por supuesto, de acuerdo con su mágica reputación: no sólo mi incrédula mirada llegó a advertir, in extremis, la alusión a los siete cielos introducida por Abu l-Barakat al-Balafiqi en el poema que le brindó a su amigo asceta del Valle de Lecrín y que conservó Ibn al-Jatíb en la Ihata, sino que reparó después, con estupor, que dicho poema se componía, precisamente, de siete versos.
Así las cosas, y ante la no menos enigmática y gozosa fortuna de tejerse el relato en dos piezas de siete casuales páginas cada una, fingí haber recuperado, de la obra perdida de Ibn Yáafar al-Conchí, siete misterios consagrados a la creación artística y la imaginación. Imité con palabras del siglo XXI las imágenes de aquel cerebro del siglo XIV, le hice pensar lo que con casi toda seguridad nunca pensó y hasta me atreví a comprender su visión del mundo y sus sentimientos, aunque, eso sí, siempre trate de ser fiel a la moderación de su sufismo y a su bondadosa condición.
Finalmente, he de confesar que varios colegas de España, Siria y el Magreb consagrados al estudio del sufismo, y que tuvieron la oportunidad de conocer los primeros borradores árabes de este relato, me solicitaron encarecidamente una copia del manuscrito de Ibn Yáafar al-Conchí, no sé si porque fui demasiado lejos al imitar la voz de nuestro asceta de Cónchar o debido simplemente a la sorna y el buen humor con que se suelen adornar las almas que se ocupan a diario de las sutilezas del espíritu y del corazón.



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