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Meca y Medina

¿Dónde vivimos los musulmanes, en Meca o en Medina?

24/04/2015 - Autor: Abu Bakr Gallego - Fuente: Musulmanes Andaluces
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Todos los profetas (as) tuvieron una Meca y una Medina

Cada vez que dirigimos la mirada a la vida de los Profetas vemos que todos ellos tuvieron una Meca y una Medina, ya que cuando Allah el Altísimo otorga la Profecía a uno de Sus siervos, comienza de nuevo la historia generándose un escenario en el que toman vida todos los aspectos inherentes a la condición humana. Una y otra vez, los Profetas reviven los mismos problemas, las mismas dificultades, la misma oposición y tienen que enfrentarse a los mismos argumentos.

La Meca de Ibrahim (a.s) era su ciudad natal como lo fue la de Muhammad (s.a.s). En ella creció y en ella convivió con sus conciudadanos asimilando la misma cosmogonía que ellos, sus mismos valores y sus mismas aspiraciones. Sin embargo, pronto dejó de sentirse cómodo en aquella sociedad tan apegada a la magia y a la astrología pagana.

Aquel malestar, aquella extrañeza que iba apesadumbrando su ánimo y alejándole cada vez más de su propia familia, de sus amigos, de sus vecinos… del mundo en el que se había criado, le llevó a la búsqueda, al iÿtihad, a la verificación, al relegere (releer) para ver si esa cosmogonía que hasta ahora había conformado su visión de las cosas tenía algún fundamento o era un mero producto de la ignorancia o de la superstición.

El Qur'ân nos relata de forma condensada el iÿtihad de Ibrahim cuyas secuencias pudieron haber durado años:

Y así fue cómo mostramos a Ibrâhim el dominio de los cielos y de la tierra para que comprendiera que son creación de Allah.

Y cuando cayó sobre él la noche, vio un astro y dijo: “Éste es mi Señor” pero cuando se ocultó, dijo: “No amo lo que se oculta.”

Y cuando vio que salía la luna, dijo. “Éste es mi Señor.” Pero al ver que desaparecía con el día, dijo: “Si mi Señor no me guía, de ninguna manera podré salir del extravío.”

Y cuando vio que salía el sol, dijo: “Éste es mi Señor pues es el mayor;” pero cuando se ocultó, dijo: “¡Gente mía! Nada tengo que ver con vuestra idolatría!

En verdad que dirijo mi rostro, como hanîf, a Quien ha creado los cielos y la tierra, y no soy de los mushrikîn.”

Qur'ân 6:75-79

Tras su fructífero iÿtihad, Ibrahim quiere llevar a su gente la buena nueva del tawhid (la Unicidad absoluta de Allah), quiere sacarles de las aguas de la superstición en las que están sumergidos y a las que no llega otra voz que el ruido de las burbujas cuando ascienden hasta la superficie. Pero su discurso, sus argumentos, su lógica… todo se deforma al refractarse en el agua de la ignorancia.

Decide probar suerte con un plan sagaz que sin duda le ha sido inspirado por el Altísimo para confrontar a sus conciudadanos con el absurdo en el que viven:

Ya antes de este suceso le habíamos dado a Ibrâhim recta comprensión y le conocíamos bien.

Cuando le dijo a su padre y a su gente: “¿Qué son esas estatuas a las que adoráis con tanta devoción?”

Dijeron: “Encontramos a nuestros padres adorándolas.”

Dijo: “En verdad que vosotros y vuestros padres estáis en un claro extravío.”

Dijeron: “¿Tienes algo mejor que proponernos o te estás burlando?”

Dijo: “Muy al contrario. Vuestro Señor es el Señor de los cielos y de la tierra, Quien los creó.

Y os doy testimonio de ello.”

“Y por Allah que he de tramar algo contra vuestros ídolos una vez que hayáis salido de aquí.”

Así pues, los hizo pedazos a excepción de uno grande que tenían, para que volvieran su atención a él.

Dijeron: “¿Quién ha hecho esto a nuestros dioses?

Quien haya sido, en verdad que es un malvado.”

Dijeron: “Hemos oído a un joven referirse a ellos, le llaman Ibrâhim .”

Dijeron: “Traedlo a la vista de todos, para que puedan atestiguar.”

Le preguntaron: “¿Oh Ibrâhim, Eres tú el que has hecho esto a nuestros dioses,?”

Dijo: “Claro que no; ha sido éste, el mayor de ellos. Preguntadles, si es que pueden hablar.”

Y cayeron en la cuenta de lo que habían hecho y se dijeron entre sí:

“En verdad que estabais en el más abyecto extravío.”

Qur'ân 21:51-64

Todo fue vano; precisamente porque el kafir no es el incrédulo sino el encubridor de la verdad. Se han dado cuenta de que la exposición de Ibrahim es impecable e inmune a cualquier refutación. Han comprendido la abominación de adorar aquello que ellos mismos han fabricado con sus manos, pero si aceptan la verdad que les ha traído Ibrahim en bandeja, perderán su “maravillosa” forma de vida. Siempre es el mismo argumento, el de Fir’aun, el de la gente de Saleh y el de la gente de Nuh. Eso mismo temían los Quraish de Muhammad, que les sacara del “bienestar” que les proporcionaba su corrupción, su despotismo y su tiranía; sus abusos y su crueldad.

Luego, volviendo a su posición anterior, dijeron: “¡De sobras sabes que no pueden hablar!”

Dijo: “¿Es que adoráis a parte de Allah lo que en nada os beneficia ni os perjudica?

¡Alejaos de mí vosotros y lo que adoráis fuera de Allah! ¿Es que sois incapaces de razonar?”

Qur'ân 21:65-67

En su propia ciudad, en su Meca, vive una violenta persecución y es amenazado por su propio padre. Los magos y astrólogos paganos quieren matarle y preparan una ignominiosa hoguera. Los pocos creyentes que le siguen están amedrentados; pronto, quizás, les toque a ellos sufrir la misma suerte.

Dijeron entonces: “Quemadlo y vengar así a vuestros dioses, si es que sois capaces de reaccionar.”

Qur'ân 21:68

Allah el Altísimo tiene, sin embargo, otros planes para su Jalil (amigo íntimo) y lo rescata del fuego y lo salva a él y a quienes con él creían. Tienen que abandonar Meca por la tremenda hostilidad que muestran hacia ellos sus propios conciudadanos, y partir hacia una Medina que les acoja y en la que puedan establecer el tawhid y la adoración que Le es debida. Hay Meca en la vida de Ibrahim y hay hiÿra, emigración, lejanía del encubrimiento en el que vive su sociedad.

Ordenamos al fuego que fuese frío y benigno para Ibrâhim.

Pretendieron con ello urdir una trama, pero fueron ellos los verdaderos perdedores.

Y le salvamos a él y a Lut en una tierra que habíamos hecho bendita para todos los hombres.

Qur'ân 21:69-71

La misma historia repetida vemos en la vida de Nuh (a.s). Su pueblo se burla de él y hace caso omiso de sus enseñanzas y de sus advertencias, a pesar de ser el hombre más sabio de su tiempo -algo reconocido por todos sus contemporáneos. Y esa sabiduría y la ecuanimidad de la que hacía gala en cada situación que se le presentaba quedarán en la memoria de los pueblos de la tierra, generación tras generación, a través del mito y la leyenda. A pesar de ello, su sociedad sigue inmersa en la ignorancia y la idolatría. Le amenazan, le vituperan, a él y a los pocos que creen con él. Al final, como en el caso de los demás Profetas, tendrá que abandonar su ciudad natal, su Meca, y emigrar, hacer hiÿra y partir en busca de una Medina, de una tierra que les acoja y acoja el tawhid que llevan consigo.

Por lo tanto, vemos que la situación que viven Muhammad y los musulmanes de su tiempo no es algo nuevo, algo inédito que ocurre en la Meca de Arabia por primera vez en la historia de la Profecía. Así se lo recuerda el Altísimo en el Libro que le está revelando:

Ya los pueblos que hubo antes obraron de la mima manera; recorred, pues, la tierra y ved cómo acabaron los que encubrieron la verdad.

Qur'ân 3:137

Si continuáramos recorriendo la vida de los Profetas, veríamos que todos ellos tuvieron una Meca y una Medina, y en cada uno de esos dos territorios establecieron una estrategia y realizaron unos actos de adoración determinados, acordes a la situación que imperaba en ellos.

Deberíamos preguntarnos ahora: ¿Dónde vivimos los musulmanes, en Meca o en Medina? Contestar certeramente a esta pregunta es ya despejar una de las más acuciantes incógnitas a las que nos enfrentamos hoy.

Muchos dirán que ya no hay Profetas ni Libros revelados y que por lo tanto este símil no se puede aplicar a estos tiempos. Sin embargo, la Profecía es un fenómeno cíclico, un movimiento dialéctico entre ésta y el chamanismo -o periodo de yâhiliya, ignorancia.

Cuando el chamanismo empapa las sociedades y poco a poco se van estableciendo todos los aspectos paganos propios de él, necesariamente llega la Profecía para eliminar los elementos contrarios a la fiṭra y establecer el tawhid. Es cierto que ya no vendrá hasta el Día del Resurgimiento Profeta alguno ni se nos revelará ningún Libro, pero ello porque el Qur'ân y la hikma profética contenida en los dichos del Profeta Muhammad (s.a.s) permanecen intactos, nada ha sido alterado en “Los Textos”.

Por otra parte, hoy vemos cómo el chamanismo, la idolatría y el paganismo bajo diferentes denominaciones controla el mundo, el mundo judío, el mundo cristiano y el mundo musulmán. Se ha hecho con el poder político, económico y social, y su pegajosa inmundicia avanza por tierras y mares, por universidades e institutos de sharî'a, por hospitales y cuarteles, por fábricas y sanatorios… en cada rincón del planeta se adora el laicismo, la corrupción y el encubrimiento. ¿No es tiempo entonces de contrarrestar esta fuerza satánica con la profética? ¿No es acaso este tiempo como el tiempo en el que vivió Muhammad (s.a.s) y sus Compañeros, un tiempo en el que imperaba el despotismo, la injusticia, la crueldad y la avaricia?

También en tiempos de Muhammad (s.a.s) quedaban los restos proféticos de Ibrahim y de Ismail empañados de chamanismo, pero en aquel tiempo no había Libro ni hikma y Allah el Altísimo apoyó a Su Mensajero con el Qur'ân y con la mil-la que durante 23 años le fue enseñando.

Nuestro tiempo camina parejo a los tiempos de los Profetas cuando vivían en su Meca y, por lo tanto, debemos aplicar su misma estrategia, su mismo método para no ser absorbidos por el chamanismo que impera por doquier.

Los musulmanes de hoy se afanan por construir mezquitas allí a donde van y lo único que levantan son templos de fitna, centros sociales y observatorios desde los que vigilar y controlar la marcha de la Umma. En ellas establecen el yumu’a para mantener la ilusión de que estamos en Medina, de que tenemos un territorio, un Amir y de que nos regimos por la Ley de Allah -la sharî’a. Pero no es más que una ilusión. La realidad es que seguimos en Meca donde no tenemos ningún poder y donde estamos a merced de los Quraish. Este yumu’a ficticio es causa de la mayoría de los problemas que hoy asolan las relaciones entre musulmanes; y ello porque no es el yumu’a ni las mezquitas lo que tenemos que establecer sino la casa de Arkam -un lugar libre de fitna y escondido donde comenzar de nuevo a grabar a fuego la verdadera ‘aqida en nuestros corazones y desde ahí ir levantando la Ka’ba de Ibrahim, su mil-la, la hikma de Muhammad, su Sunna; y todo ello cimentado en la Ley de Allah -la sharî’a.

La casa de Arkam debería ser el único centro de reunión y de adoración en el que se elaborarían las estrategias a seguir en cada momento, en el que se establecería el estudio -como comprensión- del Libro de Allah y de la hikma de Su Mensajero (s.a.s); donde se fraguaría la verdadera hermandad y se corregirían las malas posturas que hemos ido tomando a lo largo del tiempo.

La casa de Arkam es una fase obligatoria en el periodo de Meca; funcionó como lugar de recogimiento y protección, ya que no se puede llevar, como llevamos hoy los musulmanes, el asunto al mercado.

Alguien haciendo gala de malicia disfrazada de candidez podría sugerir que ese es el papel que juegan los centros culturales islámicos con sus abarrotados programas culturales, las mezquitas y las muṣal-lâ con sus edificantes charlas, las asociaciones y los encuentros multitudinarios de musulmanes en algún lugar turístico con merienda de despedida.

Todo eso se hace a la luz del día. ¿Por qué entonces la casa de Arkam era un lugar clandestino? Porque todos esos eventos pseudo-islámicos están bendecidos y permitidos por los Quraish, mientras que las reuniones en la casa de Arkam estaban bendecidas y permitidas por Allah.

En la casa de Arkam no se confeccionaban carteles en los que se anunciaba el próximo recital de poesía romántica o alguna velada musical sufí. En la casa de Arkam se reunían los que habían puesto sus vidas y sus bienes a disposición de Allah y de Su Mensajero; los que acudían a riesgo de sus vidas para saber qué estaba ordenando Allah y escuchar la sabiduría con la que Muhammad (s.a.s) explicaba las aleyas que se le revelaban. En esa casa se fue grabando el îmân en los corazones de los creyentes, se fue grabando la comprensión y se fue forjando la determinación que les llevó a limpiar la tierra de la inmundicia chamánica. Pero quizás los musulmanes de hoy prefieran seguir manteniendo la ilusión de vivir en Medina. No hay coacción en el Islam. La verdad ha descendido de forma clara y evidente; que cada cual, pues, tome su camino.

Damasco, Siria, Febrero, 2014

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