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Maqâma de Abû Hafs ‘Umar ibn ash-Shahîd at-Tuÿîbî

Breve relato andalusí

27/03/2015 - Autor: Redaccion Musulmanes andaluces - Fuente: Musulmanes Andaluces
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Le dije: «Oh, dueño de la mansión, enhorabuena, enhorabuena por todo lo que Allah te ha dado».

Apunte biográfico

La única noticia que tenemos de su vida es que fue panegirista de al-Mu’tasim de Almería, y en la Dajîra hay varios poemas en alabanza de este rey, gran protector de las letras. Ibn Bassâm, hablando de al-Mu’tasim, cita a nuestro Ibn ash-Shahîd, entre los poetas forasteros que acudieron a Almería y se afincaron en la corte. En esta ciudad lo encontró al-Humaydî hacia el año 440 (1048-9).

Ibn Bassâm, nos dice de él: “Este Abû Hafs, contemporáneo nuestro, alternó con maestría el verso y la prosa, y fue la maravilla de su época y el lenguaje y enfiló los collares de la prosa y el verso. Si no fue ministro de rey alguno, ni giró entorno suyo el molino del poder, no por ello dejó de contar en la generación de los buenos literatos ni quedó a la zaga en los hipódromos de los escritores excelentes”.

Maqâma de ibn ash-Shahîd

El arte de escribir es una de tantas pruebas y servidumbres. Dichoso aquél a quien le vale para mejorar de fortuna, y desgraciado del que lo tiene como único capital. Y es sensato quien, al excluirlo de sus defectos no lo incluye entre sus virtudes, cuanto más una vez que ha pasado por tantas manos plebeyas y lo han vendido como prenda usada, despojado de la corona de su brillo y del manto de su grandeza, y lo han convertido en una industria que el noble apenas si se digna dedicarle una mirada ni vaciar en su molde una sola palabra.

Sólo cabe que los nobles pisen en falso cuando gobiernan los asnos y que los leones tomen aires de corderos cuando los corderos se las dan de leones. Si bien, el que está marcado a fuego con esta dignidad del arte de escribir, cuyo estigma ostenta, no se desconoce el rango que ocupa, ni le es dable tenerlo oculto.

¿Qué, daño puede hacerle a un escritor de bien ganado pres­tigio, si un día de alegría y de exaltación siente el noble deseo de registrarlo en prosa y verso? Y, por Allah, que aunque se trate de un ser tan seco como su sandalia y tan duro como el casco de su montura, no tendrá más remedio que someterlo al juicio de personas ecuánimes, si no quiere ser tachado de desabrido y áspero.

Esta es la razón que nos ha movido a presentarte lo que es­tás oyendo, que acaso encontrarás meritorio. Y aunque ante ti desfilen palabras que sean despropósitos, enhebrados en los hilos de la chanza, sábete que se trata tan sólo de epítetos en consonancia con los nombres que acompañan, y ornamentos a la medida de aquello que adornan. El retórico, como el joyero, pone el mismo emperio en enfilar perlas que cuentas de vidrio, y, como el orfebre, encuentra idéntica dificultad en fundir la blanca plata que el azófar, y, como el águila, toma igual impulso al lanzarse sobre el sacre que sobre el gorrión. Es prudente aquél que, en día de gozo, sale con traje de fiesta, y en el día de tristeza con vestidos de luto. Y es igualmente displicente y grosero el que permanece serio ante la chanza y el que chancea en situaciones graves.

Ningún movimiento de la gente puede ser mejor comparado a los del sol y la luna en el firmamento que gira, conforme van cambiando de estación y de signo zodiacal, coincidiendo con lo señalado por el astrolabio y las tablas astronómicas, y cono­ciéndose en minutos y segundos su exacta posición, dentro de sus límites más o menos lejanos, que los del alfaquí Ibn al-Hadîd, cuyos días lucen por él mantos de juventud y adornan sus cabezas con soberbias y admirables coronas.

Toma esta maqâma todavía intacta, en las primicias. Como si acabara de descorrerse ante ella el velo de la invención o estuviese recién arrancada del nido de la originalidad y mirase con ojos de gacela tímida, o se viese defraudada después de haberle dado esperanzas.

Sí, sucedió en primavera, en el momento en que el sol se situaba bajo el signo de Aries, y la gravidez de la sazón se equilibraba y temperaba. Marzo había emprendido aquello que tenía por costumbre: cubrió de joyas las mesetas y las planicies, vistió a las praderas con toda clase de mantos de dîbâÿ, abrumó las ramas de los árboles con el aljófar de las flores; con el esplendor de los frutos despertó el celo de los pájaros, que repetían sus trinos alejando sus tristezas. Y todas las granadas que quieras, que colmarían la palma del amante apasionado, como si fuesen pechos bajo los collares, y que podrían hacer las veces de rojas encías, o ser saboreadas como saliva fresca o como vino.

Cuando todos estos primores estuvieron en armoniosa sazón, el espíritu señorial del alfaquí sintió nostalgia por su generosidad innata, por hacer bien a los suyos y distraer el ánimo de amigos y partidarios. Cuando el gallo batió sus alas y cantó, todos los creyentes arrepentidos pidieron perdón a su Señor, y entonaron sus alabanzas; el sol se dispuso a emprender su algara desde el oriente, y se estremeció e1 alba como si fuera una lanza en la diestra del horizonte, y el alfaquí dio rienda suelta a su lengua elocuente con la profesión de testimonio del Islam y las alabanzas a Allah. Pidió luego agua límpida, la vertió como si fuera luz sobre luz, e hizo las abluciones de su rostro resplandeciente, llenando de radiante bozo a los que le contemplaban.

Nos dirigimos a la casa de un campesino, de buena presencia y bien vestido, una casa espaciosa, amplia, cercada con ramas de roble y atocha entrelazada; podrías ver el estiércol de las gacelas en sus corrales y en sus predios, como si fueran granos de pimienta.

Estaba amable y sonriente. Barrió y regó la casa, puso a sus familiares a un lado y a los niños en un rincón, y empezó a dar vueltas como un trompo entre los grupos. Se topaba con uno después de otro, le cogía por los estribos, sonreía mostrando sus dientes, y recitaba los versos del poeta:

Coger al huésped del estribo y albergarlo,

me resulta más grato que alfinges con miel,

o que tortas del horno a medio tostar.

o que leche agria bien preparada,

o que el mugido de los terneros en los pastizales,

o que montar a grupas de los asnos indómitos.

Nos llevó luego a una habitación bien barrida, alfombrada de rústicas esteras y tapizada de alcatifas campestres. Había tendido en ella trenzas y cuerdas, como si quisiera expulsar a los fantasmas, en las que había colgado túnicas, pañuelos, escarcelas y zaragüelles. Y cuantos pañuelos se te antojen, teñidos de cártamo, bandas teñidas de azafrán, incluso velos y tocas, y todas las cosas más elegantes que darse puedan. Había practicado en la pared una ventana, y una segunda ventana, que había llenado de botecillos y de vasos, como un soberbio regalo de boda dejado en depósito: afeites del campo, desde el primero al último, agua destilada de rosas y sauce, jugo de alazor con azafrán, su poco de antimonio y de polvos, varillas de vidrio para el colirio, granos de almáciga, de incienso y de nuez moscada, cáscara de granada y toda suerte de preparados para blanquear los dientes.

Le dije: «Oh, dueño de la mansión, enhorabuena, enhorabuena por todo lo que Allah te ha dado». Y me puse a acompañarle en el vino de la mañana y a decirle: «Cuándo han estado las tiendas de Dzú Tulûh...? ¿Cómo es que la gente del campo tiene este esplendor y esta gracia? ¿Y cómo has hecho este botín en casa del perfumista? ¿Y cuándo se ha mudado el zoco de las telas a esta mansión? A tu lado se refrescan los ojos y se recrea el espíritu. Este es el equipo de la novia, pero, ¿dónde se celebra e1 banquete nupcial?»

El campesino rióse de buena gana, y me dijo:

Amigo mío, nosotros, pese a ser un producto del campo,

somos señores, gentes de quienes se habla en el país.

Cuando a nuestra casa viene un huésped,

encuentra en ella comida y bebida para saciarse,

un lecho bajo, relleno de plumas de pollo,

muchas atenciones, buen trato y buena ropa.

Luego se levantó de su asiento, llamó a los niños y les incito a buscar un gallo decrépito que tenía, para degollarlo, como mandan las leyes de la hospitalidad. Los niños lo persiguieron con saña, de un rincón a otro, hasta que el gallo cayó extenuado, como un cuerpo sin vida. Los muchachos llegaron hasta él y se precipitaron para cogerlo, en tanto se debatía como un ahorcado, y pedía socorro a Allah y a las criaturas. Sucedió que, con el mucho ahogo y la mortal incertidumbre, comenzó a darles picotazos en las manos mientras le sacudían, y vino al fin a encaramarse sobre una viga. Con aire de triunfo alabó a Allah y recitó los versos del poeta:

Si naufragas en el mar desbordado del mal,

no creas que vas a perecer en él,

porque la espada de la muerte

no está afilada a todas horas.

Llegada la del mediodía, batió por dos veces sus alas y lanzó un par de quiquiriquíes. Los almuédanos le imitaron, y los llamados al salat se congregaron, hasta que, al terminar el mismo, les pidió socorro. Todos ellos, señores y nobles, se lanzaron en su auxilio, y saltaron hasta él. El gallo les dijo:

«¡Oh, señores príncipes! Entre vosotros hay jóvenes que pueden gozar de la juventud, y los que están ya canos, iluminan con la luz de su blanca cabeza a los mozos y a las mozas. Yo os he acompañado a todos durante largo tiempo, y he alabado a Allah por encima de vuestras cabezas repetidas veces. Os he despertado por la mañana, y he convocado al salat noche y día. He cubierto a la perfección vuestras gallinas, os he criado muchos polluelos, y ahora, cuando está ya mi corona deslucida en servicio vuestro, se anuncia mi muerte a mis gallinas y se inclina sobre mi pescuezo el filo del cuchillo. Cuando me llega la senectud, van a despedazar mi carne y a guisarla. ¡Oh, gentes generosas, qué humillación para esta casa!»

Derramó lágrimas de sangre, y el dolor le obligó a cerrar el pico. Desmayóse, al cabo, y los campesinos se apiñaron en torno suyo, le rociaron el rostro con agua e hicieron por él los mejores votos. Al volver en sí, comenzó a recitar:

¿Por qué dar muerte a un anciano, inocente de toda culpa,

que hace lo que juzga mejor, cree solo en Allah y sigue la sunna?

¿Se encuentra prescrito en algún libro, o lo ha dicho algún profeta?

No tengo más delito que ser un almuédano rústico.

Las gentes se enternecieron al oírlo, y se acercaron al dueño de la casa, colmándole de reproches. Pero él les dijo: «¡Tontos de vosotros!, este gallo tiene buenos muslos y buena pechuga. Me ha dado muchos sinsabores y tengo un secreto motivo para degollarlo. Es preciso aderezar con él una cazuela, ponerle bajo el fuego, y los huéspedes se saciarán con su carne. ¿No comprendéis que es un gozo para los ojos y para los corazones, un lingote de plata sobredorado con maestría?» Y recitó:

Cada vez que mi casa se honra con un huésped, es mi lema

ofrecerle hospitalidad y lo mejor que tenga.

Si mi sangre fuese vino, se la daría a beber,

y si tuviese un hígado apetitoso, lo asaría para ofrecérselo.

Esto me aconsejó mi padre desde que tuve uso de razón,

y, antes, mi abuelo a él le aconsejó lo mismo.

Replicó el gallo: «No digo que no. La razón es una senda clara, y los que la siguen son hombres de pro y temerosos de Allah. Tiene buen carácter, es generoso, lo era su padre... Pero en lo que toca a mí, exagera, se comporta de modo innoble, y disparata todo lo que le viene en gana. ¿No sabe que los gallos decrépitos no son manjares de príncipes, y que más son medicina que alimento? Por Allah, que si coge un caldero bien ardiente, y me mete en él en el horno, no va a satisfacer su ne­cesidad conmigo, ni va a faltarle conmigo carne cruda y correosa. Bien puede encontrar en mis hijos lo que no encontrará en mí: un olor apetitoso, un sabor exquisito, y la sangre más roja que hay, para robustecerle. ¿Qué mejor carne que la del pollo para quien quiere preparar un buen isfidâbâÿ?».

Todos los que le rodeaban dieron su beneplácito a este discurso, sin ahorrar frases de alabanza, y fue tenido por sabio desde aquel día. El campesino, con su mucha bondad, gastó todo lo conveniente en obsequiar a sus huéspedes; y terminó la racha de su generosidad pidiéndonos excusas, que aceptamos. Nos separamos de su lado y nos pusimos en camino al apuntar el día.

Conforme el sol iba trasladándose, avanzaban los corceles, montados por los valientes guerreros, paso a paso, hasta que llegamos a un manantial que parecía un dinar, como si hubiese sido trazado con compás, de un agua que manaba fresca, deliciosa, cuyos guijarros eran como dientes afilados, y la hierba en torno crecía como el bozo alrededor de la boca de un imberbe. Con esta gala de verdor, parecía un espejo pulido, con marco de esmeralda.

Presté atención, y comprendí que se trataba de la voz de una campana, en el convento de un clérigo. Ana es un pueblo todo él taberna, la casa de los patricios, el sitio donde juegan las copas y las jarras. Hay en él cerdos por todo ganado, sus pilones son lagares, y sus aguas, mostos y vinos. Tiene una forma triangular, aplastada, trazada por los apóstoles del Mesías.

Las plantas que crecían allí eran ramos de talles, que vibraban en mantos de hojas, y eran sus frutos granadas de pechos, manzanas de mejillas, alacranes de aladares, víboras de brazaletes y collares, y tenían vino por saliva.

Eran los coperos muchachas de senos túrgidos, todas de una misma edad, de cuellos flexibles y caderas como dunas, estremeciéndose bajo el manto, frágiles cinturas y piernas sofocadas por las ajorcas. Gachonas en sus palabras, parecían brindar con sus miradas una cita; corazones que enamoraban, de los que uno queda preso, y suspiros, unos que daban la vida y otros la muerte.

Cuando uno de nosotros, en presencia del alfaquí, tomó la palabra y se extendió en símiles sobre aquellas bellezas que conmovían a los de ánimo más templado, nos quedamos adustos, pusimos cara de desagrado, y se lo reprochamos en voz baja. Entretanto, aumentábamos el alboroto, y comprendimos que sería una torpeza quedarse entre los cristianos, porque al mirarlos, quedábamos presos en los encantos de sus mujeres, de sus delicadas cinturas, de soles y lunas, de formas redondas que llenaban el escote y hacían saltar los botones. Sin otras espadas que las pupilas, ni otras adargas que el pudor. No había más lluvia que el aloque, ni más industria que recrear la mirada, ni más nombre que el de amante y amado.

El clérigo, por hacernos quedar, buscó la intercesión de las mejillas de las bellas, y nos conjuró por la gracia de sus talles que hiciésemos la merced de plegar las riendas, y de detenernos, dándonos potestad de vidas y haciendas.

La intercesión dio sus frutos. «Con mil amores», dijimos, y dimos una vuelta, como la que da el cíngulo a la delicada cintura, y nos adentramos en lo que nos restaba de camino, como se adentran las ajorcas en las piernas mórbidas, hasta encontrar la puerta. Nos apeamos, y el clérigo nos dispensó la hospitalidad que dispensan los nobles, y se excedió en su generosidad hasta extremos a que no estaba obligado.

Forzamos a los corceles a alejarnos de él al trote, y marchamos hasta que surgieron en el camino ante nuestros ojos unos muros, los de una iglesia cuyas ruinas estaban exentas de belleza, salvo unas pobres muestras de decoración que evocaban y hacían imaginar lo que la iglesia había sido, como el vestido raído por el uso, o la mejilla del mozo cubierta ya de vello, que despiertan recuerdos y avivan la memoria. Y recité:

Es una iglesia en la que se cebó la destrucción,

te parecería estar viendo el botín pillado en una algara.

Como un mensaje, llegó hasta nosotros el perfume

del zumo de las viñas que se había vertido.

Una ilusión ingenua nos llevó, y a nuestras monturas,

hasta ella; pero los deseos engañan.

Los jinetes se detuvieron en aquellos patios,

todo asombrados y atónitos.

¿De dónde puede al hombre venirle la fuerza

para proponerse erigir un monumento así, y llevarlo a cabo?

¿De qué país se habría traído ese mármol maravilloso

tallado en columnillas como brazos de gacela?

¿Cuántos arrepentidos habrá cazado el demonio

con lazos que les tendió el monacato?

¿Y cuántos sermones habrá pronunciado el cura

desde púlpitos construidos sobre corzas?

Allah dé buena ventura a esta mansión del extravío,

en la que el hombre noble no deja de sufrir por las bellas,

en la que no han cesado las burbujas del vino

de ponerse, como el sol, en las bocas de los contertulios.

¡Qué pobre oratorio si en él quisieras adorar a Allah,

mas, qué grato lugar para beber, en cambio.

Aceleramos la marcha, como si pretendiéramos perseguir a las aves, hasta que vimos ganado pastando en las praderas. Parecían doncellas que se pavoneasen bajo sus mantos de dîbâÿ. Pasto lozano y agua cristalina. Estuve abrevándome de leche cuajada y suero hasta convertirme casi en un macho cabrío.

Partimos luego, y pensamos en la caza. Iban al paso los corceles y los hombres, valientes como leones, saltaban, prestos los halcones y los perros. Aparecieron de pronto unos charcos, grandes como mares, que vadeamos con nuestras monturas, que parecían navíos.

Tras nuestros petos, parecíamos sacres cuando aguzan la mirada, o leones al lanzarse al ataque. Con los ojos bien abiertos y refulgentes, como dinares, arrebatábamos las presas, como espadas afiladas. Lanzábamos nuestros dardos como se lanzan los dardos de la mirada al corazón del amado, pero no vimos más que plumas arrancadas, y cuchillos cual picos degollando a las aves.

Llegamos hasta un manantial de agua suave como el céfiro y tan deliciosa como el vino. Bebimos, comimos, y con lo que les sobró a los guerreros, pudimos ofrecer comida a las alimañas del campo. Sobre un blanco mármol grabé, en el momento de llegar a la fuente, estos versos:

¡Qué agua tan escondida dejó caer la nube,

vertida en lluvia fina, en la llanura!

¡Qué topacio, ennoblecido al quedar velado

con el dîbâÿ del musgo!

Si en otros tiempos fue un abrevadero,

sería para lobos y leones sedientos.

Fui allí temprano, con mis valientes, que prefieren

montar en sus corceles a cabalgar estrella,.

El ruido de los pájaros en torno

es como el de los niños en la escuela.

Soltamos de nuestra mano la estrella fugaz del halcón,

de mirada más brillante que la de los astros,

de ojos pintados de antimonio y fuerte pico,

implorando a Allah con sus garras le depare una pieza.

Las aves emprenden, asustadas, el vuelo, y huyen,

¿pero es que puede huir el sujeto a su hado?

Mis compañeros cazaron lo bastante para brindar hospitalidad

a los que estaban lejos y a los que estaban cerca.

Por Allah, fue una cacería sin más defecto

que haber faltado postres para aliñar el vino.

Seguimos luego viajando en medio de la noche, como van las estrellas entre la tiniebla. Encontramos a un mozo que parecía que hubieran bañado de oro el coral de sus mejillas, y cuyo bozo no hacía dudar de su condición varonil. Llevaba ceñida una espada que parecía haber sido acuñada con la fuerza de su mirada, y no con la delicadeza de su hablar. Montaba un corcel de patas e ijares resecos, pero chorreando lomo y ancas. Era un joven que hasta los menos sensibles a los encantos pedían a Allah que les librara de mirarlo, y a cuyo alrededor se apiñarían los libertinos:

de pupilas azules, como las de los cristianos,

pero su lengua era árabe elocuente.

Dije, cuando le reprocharon su creencia en la Trinidad,

con palabras razonables, sensatas y ponderadas:

Tiene todos los encantos del mundo. Y rara vez en un hombre

se dan juntos el mundo y espiritualidad.

Al llegar hasta nosotros, besó las crines de su corcel, mientras las lágrimas le rodaban hasta la cintura. «¿Qué te sucede, amigo?», le dije. «Vengo huyendo de la cárcel - contestó -, y he escapado de la gente del castillo. Busco refugio de las tinieblas del extravío en la luz del buen camino, y de la ignominia de adorar ídolos en la gloria de adorar al Misericordioso. Tengo una nueva que contaros».

El alfaquí, Allah le salve, deseaba escuchar su relato. Se le dio permiso, y le dijeron: «Acércate». Se cumplieron con creces los ritos del saludo, y después dijo:

«¡Oh, alfaquí! Hay medios de llegar a las cosas y posibilidades de alcanzarlas. Por Allah Sapientísimo y Creador que ha dado a un pueblo la gracia y el privilegio de guiarlo, y ha castigado a otros condenándolos al extravío, no me ha hecho feliz adorar los ídolos, pues adoré la cruz, repiqué la campana, e hice todo aquello que agrada al extraviado. Era el destino que me estaba marcado y que no erró su blanco, hasta que me salvó y me guió mi Señor. Yo doy testimonio, oh testigos, de que no hay más verdad que Allah, no tiene hijo ni padre, que existía cuando nada existía, ni tierra, ni agua, ni vapor. Creador e Inventor de todo, que hace surgir de la nada y que resucita. Suyo es el alto ejemplo y suyos son los bellos nombres... »


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